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directivos y profesionales en su laberinto

Esteban Hernández: "La empresa actual es una fábrica de estupidez"

El periodista publica 'Nosotros o el caos: así es la derecha que viene', un ensayo-bisturí con el que abre en canal la actualidad de la empresa moderna. ¿Diagnóstico? Narcisismo e incapacidad para innovar

Foto: Esteban Hernández. Foto: Salomé Sagüillo
Esteban Hernández. Foto: Salomé Sagüillo

Grandes gestores de fondos de Silicon Valley amenazados por el nuevo software automático de gestión directiva; inversores presionados a acertar con la 'startup' unicornio definitiva en márgenes temporales extremadamente cortos; directivos que queman sus días solucionando problemas urgentes que no le importan a nadie un día después. Son los "triunfadores" de la economía post-crisis global pero no se enteran de lo que hacen, se copian los unos a los otros con fruición y antes colocan un mal producto en el mercado que se permiten perder una hora de gimnasio. A ellos dedica Esteban Hernández (Madrid, 1965) su último libro: 'Nosotros o el caos. Así es la derecha que viene' (Deusto, 2015).

Hernández es periodista y, en su trabajo como jefe de la sección Alma, Corazón y Vida de El Confidencial, viene diseccionando desde hace años la actualidad veloz de los cambios socioeconómicos en marcha. 'Nosotros o el caos' es el fruto de esa tarea, de innumerables encuentros con ejecutivos, directivos, políticos, toda clase de expertos y asesores, y del conocimiento privilegiado de los sanctasantórum del mundo empresarial. Si en su libro anterior, 'El fin de la clase media' (Clave Intelectual, 2014), entonaba el responso por toda una generación de trabajadores aniquilada por la crisis, ahora Hernández apunta al nuevo discurso hegemónico en marcha amasado a partes iguales con miedo y estupidez.

'Nosotros o el caos', de Esteban Hernández
'Nosotros o el caos', de Esteban Hernández

P: En todas estas entrevistas a gentes del mundo de la empresa observamos a los "ganadores de la crisis" bastante preocupados, ¿no?

R: Sí, pero es que en realidad quienes están ganando no son ellos. Ellos se sitúan en un estrato superior de la gestión empresarial pero las dinámicas de una empresa contemporánea son peculiares. Pueden tener un CEO que aterriza aquí a dirigir España, o el sur de Europa, con unas ideas determinadas y saber que, en cualquier momento, se va a marchar patada hacia arriba mediante. Su meta es ascender mientras que ellos están atados al territorio y a rentabilizar las cuentas implantando unos modelos de gestión que, en muchas ocasiones, van contra la propia eficacia de la empresa. 

P: Dispara en su ensayo contra el gran mantra de la época: la innovación permanente. Al contrario, explica, la novedad escasea y a menudo no consiste más que en la reactualización de algo ya conocido. 

R: El problema de fondo de la innovación es el de un entorno que genera una presión incesante: si no hacemos algo, si no cambiamos constantemente, nos borran del mapa. Si no competimos de una manera eficiente en tiempos muy breves, nos vamos a la ruina. Ya no se trata de lo que haces sino de los tiempos en los que lo haces. Lo más fácil es tomar decisiones muy sencillas, elementales y habitualmente poco innovadoras y poco inteligentes. Te agarras como un clavo ardiendo a cualquier cosa, habitualmente algo que ya se ha hecho y ha funcionado. Eso en la cultura es muy evidente. 

P: La cultura vive su propio drama. Los ingresos de los autores caen en picado. Cierran librerías, tiendas de discos y salas de cine. Los canales se concentran y la oferta es tan gigantesca que la mayoría pasa desapercibida. Y, razona, esto afecta a la calidad de las obras. ¿De qué forma?

Los editores venden libros similares, de escasa calidad y enfocados a lectores intelectualmente limitados. Vargas Llosa no sería posible hoy“

R: En dos sentidos. Primero, cuando la producción es muy grande y los mediadores desaparecen o se concentran. Por ejemplo, en Spotify los músicos pueden colgar su obra sin intermediarios. Pero el artista que produce su propio contenido graba en condiciones relativamente pobres, sin tiempo de estudio o con un estudio casero, etc. Y como no genera ingresos, porque el modelo no los genera, tampoco tiene tiempo para dedicarle a lo que hace. Es el primer factor que empobrece las obras: sin tiempo, sin dinero y sin recursos no logras poner en juego todo tu potencial. El otro ejemplo lo da el mundo literario. En un mundo saturado de libros acabas apostando por aquellos que crees que van a tener éxito. Pero claro, el "éxito" es un concepto muy relativo. No sabes qué va a funcionar. ¿Qué ocurre? Que la gestión editorial gira hacia criterios puramente mercantiles del tipo "el autor sale en la televisión", "el tema tiene mucha actualidad", "la novela copia lo que está de moda"… Y todo eso empobrece también las obras: productos muy similares de escasa calidad enfocados a lectores de capacidad intelectual previsiblemente limitada. Un Vargas Llosa no sería posible hoy.

P: La civilización con mayor potencial de la historia sólo parece capaz de producir estupidez.

R: Es que cuando careces de referencias echas mano de la imitación. Si alguien te promete que ha inventado algo que va cambiar radicalmente todo, no puedes no apuntarte. A los inversores les ocurre todo el rato. Lo que importa es la generación de expectativas. Así, cuando tienes que gestionar una empresa, acabas por escoger los conceptos de moda, los que circulan entre las élites económicas. No sabes qué hacer, no tienes soluciones claras, qué haces… pues escoges lo más sencillo. Y eso fabrica mucha estupidez.

P: ¿Cava así la empresa su propia tumba?

Cuando te dedicas a venderte te queda muy poco tiempo para hacer bien tu trabajo“

R: Sí, sí, algunas seguro. Es verdad que una empresa depende mucho de su posición estructural en el mercado y que si detenta el oligopolio es muy difícil que caiga. Pero también es cierto que la manera de competir ahora pasa por visibilizar la diferencia luciendo una imagen atractiva y un capital simbólico potente. La empresa se vende así y los propios empleados de la empresa hacen lo mismo. Intentan mostrar una imagen de triunfadores todo el tiempo. Qué pasa, que cuando te dedicas a venderte te queda muy poco tiempo para hacer bien tu trabajo. La propia dinámica de la empresa te obliga a ello para competir con otras empresas que se venden muy bien. Acabas trabajando para la apariencia. No puedes por ejemplo descuidar tu cuerpo…

P: Pero entonces, si una empresa quiere triunfar sobre sus competidores en semejante ecosistema, ¿no bastaría con  que se olvidara de las apariencias y se dedicara a hacer bien su trabajo? ¿O es que el consumidor ya no busca el mejor producto?

R: Lo busca, pero en un mercado sobreabundante no es fácil informarse sobre qué producto es mejor que otro. El capitalismo de hoy no es el de los 50 o el de los años 20. El contexto es decisivo. Si tienes que competir con empresas que se venden muy bien, tu producto podrá ser muy bueno y, aún así, perderás mercado. Ahora mismo, hacer un buen trabajo es heterodoxo. Un directivo de una empresa bastante potente lo cuenta así: "A mí mi jefe me ha pedido que haga el trabajo rápido y sucio".

Portada de Hermano Lobo. ¡O nosotros o el caos!
Portada de Hermano Lobo. ¡O nosotros o el caos!

P: En la segunda parte del libro llega el turno de la política. Afirma que los nuevos partidos han escenificado una "rebelión de los despreciados" pero, tal y como pinta hoy la situación, ¿la nueva política no ha acabado por comprar el plan suicida de la empresa al fiarlo todo a la imagen?

R: Algo de eso hay, sin duda. La gente que va a parar a los nuevos partidos es gente desencantada de la política, que ya militó y sufrió la decepción. Los que fundaron Podemos, por ejemplo, buscaban su propio espacio como los que se arrancan a crear su propia empresa. El mundo al revés. Primero haces visible la nueva opción y luego la construyes. Podemos canalizó al principio todo el descontento pero luego no fue capaz de cerrar la puerta. 

P: ¿Y por esa puerta ha pasado Ciudadanos?

R: Ha pasado Ciudadanos, sí. Podemos fue la 'startup' mala y Ciudadanos la buena. 

P: Ya al final del libro se adentra en la nueva ideología utópica de Silicon Valley, ese cóctel de ciberoptimismo y anarcocapitalismo que sueña con vencer a  la muerte en un mundo libre de cualquier control. Una nueva religión: "gente perfecta persiguiendo ideas imperfectas".

R: Ellos tienen un plan perfecto en la cabeza y el elemento que perturba ese plan perfecto es el ser humano. Como bien dice, se trata de una nueva religión triunfante. Porque si para vivir 150 años tomas cien pastillas diarias, no tienes relaciones sexuales, trabajas todo el tiempo y no te casas porque, para estar juntos tanto tiempo, ¡cualquiera elige pareja!... pues hombre, para eso, disfruta de la vida que ya inventaremos algo más adelante. En resumen, para ganar la utopía tienes que trastocar todo aquello en que consiste ser humano. Y los modelos de negocio que se implantan insisten en acabar con el hombre tal y como lo conocemos. 

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