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el triunfo de un estilo

El extraño viaje del hip-hop español: de malotes a buenos chicos

Todo han sido dificultades para para los chavales que decidieron contar sus problemas cotidianos con ritmos y rimas. Pero el éxito de Kase.O nos advierte de que los tiempos han cambiado

Foto: Concierto de Kase (EFE)
Concierto de Kase (EFE)

Sábado. Lleno total total en el Palacio de los Deportes. No es una noche normal, sino un momento histórico, la primera vez que un rapero de aquí agota todo el papel en un recinto emblemático de Madrid. La alegría y el buen rollo son máximos. La reflexión crucial la pronuncia R de Rumba, el pletórico DJ, cuando nos recuerda que han llegado hasta aquí sin sonar en la radio comercial, sin apenas apoyo la prensa escrita, ni de las instituciones. Aparte de la limosna de algún espacio en Radio 3, todo han sido dificultades para para los chavales que decidieron contar sus problemas cotidianos con ritmos y rimas.

Como la rumba carcelaria, como el techno, como el rock urbano, estamos ante el triunfo de un estilo de abajo frente a los prejuicios clasistas de las élites. La gira de ‘El Círculo’ (2016), el espléndido último álbum de Kase.O, ha pasado por siete países. Sesenta fechas de las que se han llenado treinta y tres. El hip-hop español ha calado en América Latina, mucho más que la música hípster hecha por aquí, tan apoyada por la industria. Durante muchos años, el canal de Youtube de la discográfica rapera BOA fue uno de los más potentes de nuestro país. Nuestra comunidad hip-hop se ha ganado de sobra este fiestón.

Aquellos primeros días

El concierto desborda intensidad. Pero, más allá de disfrutarlo, para los viejunos funciona como un activador de recuerdos. En los años noventa, el rap español fue un género que se cantaba obligatoriamente con gesto de mala hostia. Recuerdo que Mario Pacheco, director de la discográfica Nuevos Medios, decía que Los Violadores del Verso (grupo donde se forjó Kase.O) salían siempre en las fotos con cara de acojonar, “como los guardias civiles de antes”. Algo parecido podríamos decir del colectivo madrileño El Club de Los Poetas Violentos.

Años después, la Mala Rodríguez confesaría que le cuesta escuchar su primer disco porque estaba cantando drogada

La otra estrella del género, María Rodríguez, había elegido llamarse La Mala. Su elepé de debut era un misil nuclear, comparable a cualquier cosa hecha en Estados Unidos. Años después, Rodríguez confesaría le cuesta escuchar 'Lujo Ibérico' porque le parece demasiado evidente que en algunos pasajes está cantando drogada (con el tipo de sustancias que crispan la dicción). La otra estrella nacional era Mucho Muchacho, un sobrado de El Prat rebosante de flow, cuyo discurso consiste en subrayar en cada rima lo molón que es él y lo cutres que somos todos los demás. Los artistas citados hicieron canciones enormes en sus primeros álbumes, pero no se puede sostener un género musical con esos niveles de hostilidad, nihilismo y amargura. Ni el género ni la vida.

Madurar sin ablandarse

El ambiente de esta noche es totalmente distinto. En parte, porque Javier Ibarra -nombre real de Kase.O- ha cambiado su enfoque de la mejor manera posible. Lo explicaba magistralmente en una entrevista del año pasado: “Se acabó el superhéroe. Ahora soy una persona que mete la pata, sufre y llora”, explicaba. Parece una chorrada, pero es fundamental: los raperos también son personas vulnerables. En los años noventa, en el hip-hop mandaban las bases duras, oscuras, hostiles.

Rimadores de culto como Jeru The Damaja se mencionaban como signo de autenticidad. Ya saben: gente vestida de militar, con cara de pocos amigos e historias crudas al extremo (por cierto, muy bien contadas). Poco a poco, el hip-hop español ha ido evolucionando de querer parecer un malote neoyorquino a sonar como una persona de aquí. Los grupos maduraron a velocidad de vértigo. Por ejemplo, Los Chicos del Maíz, entre cuyos 'Pasión de Talibanes' (2011) y 'La Estanquera de Saigón' (2014) hay un paso de gigante en musicalidad y matices. También avanzó La Mala, cuyo discurso ha ganado en calidez, aunque no haya superado los himnos de sus comienzos.

Respeto a las mujeres

A lo largo del concierto, algún discurso de Kase.O cae en los tópicos de manual de autoayuda. Ya saben, la famosa frase que dice que si te propones algo de verdad no tendrás problema en conseguirlo. Todos sabemos que no es cierto, sobrevivir en la jungla capitalista no ha sido nunca cuestión de simple voluntad. Su repertorio, en cambio, sí explica cómo ha llegado a acercarse a una vida plena, tranquila, disfrutable. Las apariciones de la cantautora Rozalén y de la popera cool Nawja Nimri funcionan a la perfección. No son anécdotas, sino pruebas de que Kase.O es capaz de evitar de manera natural el estereotipo de “bitches” (putas) que impone el rap estadounidense. Los cameos de sus compañeros de Violadores del Verso también irradian intensidad. La noche cumple todo lo que se podía esperar.

¿Moraleja? Deberíamos multiplicar nuestro respeto al hip-hop nacional. Cuidar a la generación que hoy comienza a despuntar. Me refiero, por ejemplo, a artistas como Arce y Jarfaiter. O a veteranos ninguneados como Arma X. Lejos de aprender de nuestros errores, hoy España bate el récord de raperos amenazados por el sistema judicial. Su pecado es denunciar la corrupción del sistema político y aspirar a un mundo mejor. Aunque suene sorprendente, el modelo de conducta que proponen los raperos españoles es el un ser humano consciente, orientado y socialmente razonable. Por algún motivo, parece que estamos más cómodos con ese pelotón de egomaníacos consumistas agrupados bajo la etiqueta de trap.

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