burbujas de ocio a toda costa

Festivales de verano: dos muertos en cuatro días

Mientras el público discute si en estos casos ‘el espectáculo debe continuar’, el número de siniestros es ya preocupante

Foto: Ramos de flores en una valla cercana al lugar donde falleció el acróbata Pedro Aunión en el Mad Cool. (EFE)
Ramos de flores en una valla cercana al lugar donde falleció el acróbata Pedro Aunión en el Mad Cool. (EFE)

A veces las fatalidades llegan de dos en dos. Y esta vez llegan para dar un aviso a un sector, el de los macrofestivales y otros grandes eventos musicales, en los que se trabaja a gran velocidad. El viernes el coreógrafo Pedro Aunión fallecía al precipitarse desde casi 30 metros de altura en una performance acrobática dentro el festival madrileño Mad Cool antes del concierto del trío californiano de punk Green Day. El 27 de junio un operario que instalaba las gradas para el ciclo Conciertos de Viveros, en Valencia, cayó desde apenas dos metros de altura, pero quedó en coma cerebral durante siete días. Falleció el 4 de julio.

No se recuerda semana más trágica en la corta pero frenética historia de los festivales musicales españoles. Da igual cuáles hayan sido los fichajes más sonados de la temporada: este 2017 quedará marcado en el feliz mundo de los macrofestivales por estos dos trágicos sucesos. Por lo menos, así debería ser, aunque el primer factor en que coinciden ambos casos ha sido el intento, por parte de sus responsables, de que pasasen desapercibidos. El segundo, cómo no, son las condiciones de seguridad en que se han producido los accidentes.

Un coma silenciado

En el caso del montador de gradas de Valencia, casi se consigue tapar el accidente. Durante una semana nadie supo nada de él. El diagnóstico no era una fractura de tibia sino un coma cerebral. Los responsables del montaje de la grada, la Asociación de Promotores Musicales de la Comunidad Valenciana, no informaron del accidente al Ayuntamiento y tuvieron que ser colectivos como el Ateneu Llibertari del Cabanyal quienes iniciasen una campaña desde las redes para exigir información. Desafortunadamente, el mismo día que saltó a la luz la noticia y el requerimiento de transparencia al Ayuntamiento, fallecía el operario.

Una chica se lamenta del accidente sufrido por el bailarín en el Mad Cool. (EFE)
Una chica se lamenta del accidente sufrido por el bailarín en el Mad Cool. (EFE)

En el Mad Cool todo fue más inmediato y aun así, más extraño. Cuando Pedro Aunión cayó, mucha gente observaba su número. Unos vieron su caída en directo; otros, por las pantallas. Sin embargo, la organización tardó cuatro horas en emitir un comunicado al respecto. Tiempo suficiente para que la noticia corriese como la pólvora y saltase hasta los medios de comunicación. Tiempo suficiente para que Green Day, el grupo estrella de la velada, pudiera consumar su esperado 'show'. Tiempo suficiente para que algunos asistentes, consternados, abandonaran el recinto echando pestes del festival y del trío.

¿Sabía Green Day lo que acababa de ocurrir? Puede que sí. Puede que no. Hay personajes en el entorno de estos grandes artistas cuyo trabajo es asegurarse de que nunca se enteren de absolutamente nada de lo que ocurre a diez metros de ellos. Los impermeabilizan, los profesionalizan, los inmunizan: los deshumanizan. Aunión falleció a más de 20 metros de Green Day. Suficiente, pensarán algunos. Sin embargo la reacción del festival y el trío, acertada o no, constata una evidencia: nada puede alterar el desarrollo de un macrofestival. Ni siquiera una muerte a escasos metros y minutos de la actuación principal.

La dictadura del ocio

Los festivales se están convirtiendo en espacios metafóricamente blindados a la realidad, burbujas de ocio a toda costa. Todo lo que ocurra fuera se queda fuera. Nada puede ni debe estorbar el derecho de sus asistentes a disfrutar al máximo esos tres días. Algunos han pagado varios cientos de euros para estar ahí. Las condiciones de trabajo de los músicos locales o de los camareros no son tema de conversación. Un concierto sorpresa de Mogwai, sí. La muerte del trabajador que montaba la grada en la que tú te ibas a sentar es un percance menor. Que un artista caiga de 30 metros de altura y se mate es una putada.

Si algo falla, algo tan difícil de seguir llamando ‘algo’, como la vida de una persona, se echa mano al mito del caos que generaría el público festivalero

En cambio, que Green Day suspenda su concierto provocaría EL CAOS. ¿Tan seguros estamos de ello? ¿Tan poco confiamos en la especie humana? Damos por supuesto que ante el anuncio de la defunción de un artista y la más que razonable cancelación del resto de conciertos de la jornada, el público se levantará en armas contra el regidor del escenario, y que nadie a su alrededor le hará comprender lo excepcional y triste de la situación. El asistente al festival, sediento de punk-pop sinfónico, exigirá justicia bajo la amenaza de destrucción masiva. El Mad Cool será pasto de las llamas si no salen Green Day.

Los festivales son ciudades de quita-y-pon dentro de las cuales lo más importante es garantizar que todo funcione tal y como se ha planeado durante meses y meses. El primer mandamiento es garantizar el ocio de sus asistentes. Y si algo falla, algo tan difícil de seguir llamando ‘algo’, como la vida de una persona, se echa mano al mito del caos que generaría el público festivalero. Ya no se trata solo de cerrar los ojos ante lo que está ocurriendo en el mundo real: ahora se nos enseña a cerrar los ojos ante lo que está sucediendo aquí dentro.

Asistentes a la segunda jornada del festival Mad Cool. (EFE)
Asistentes a la segunda jornada del festival Mad Cool. (EFE)

Burbujas de tres días

En 2011, cuando el Primavera Sound y el Sónar coincidieron con las protestas del 15M, se generó un incómodo y muy llamativo contraste entre lo que pasaba en la calle y el ambiente que se respiraba en los festivales. Parecían galaxias distintas: la España indignada y la España del todo va bien y suena mejor. Desde entonces, cada año ha quedado más claro que los macrofestivales no son precisamente espacios sensibles a las quejas de la ciudadanía. En plena huelga de los trabajadores de Movistar, la mayoría de festivales tenían un stand de Movistar para que su público se bañase en burbujas. Este año, mientras los taxistas estaban en armas, Cabify ofrecía sus servicios en el Primavera Sound. Para entendernos, un festival en la España del 50% de paro juvenil es esto:

Tampoco es de extrañar. Los precios de este tipo de eventos hacen que buena parte del público sea extranjero y/o de clase media. La clase obrera va a estos macroeventos culturales a trabajar. Y las condiciones de trabajo son, en algunos casos, iguales o peores que las que ofrecen ahí fuera. Los accidentes laborales de músicos como Supersubmarina, las muertes de esta semana o las condiciones salariales de camareros y demás jornaleros de festival dibujan un cuadro donde, a menudo, no se respetan los más mínimos derechos laborales.

Esta misma semana saltaba a la luz la oferta de trabajo del mismo Mad Cool para puestos de enfermería: quien quisiera optar a la plaza debía llevar su propio material sanitario. Por desgracia, esta misma precariedad laboral que se estila cada vez más en los festivales hace que pocos trabajadores se atrevan a exponer su situación por miedo a no volver a ser contratados. Sin embargo, el año pasado el técnico de sonido Ramon Sendra expuso su caso en un vídeo en el que filmaba y narraba sus 20 horas de trabajo para un festival de jazz.

Un momento de la concentración en recuerdo de Pedro Aunión Monroy. (EFE)
Un momento de la concentración en recuerdo de Pedro Aunión Monroy. (EFE)

¿Cuántas horas puede haber conducido, como máximo, un grupo que no tiene chófer propio antes de tocar en un festival? ¿Cuántas horas seguidas debe trabajar un camarero como máximo, a más de 30 grados de temperatura y expuesto a un constante volumen sonoro? ¿Cómo comprobar las condiciones de seguridad en las que trabajan los montadores de escenarios en cada uno de los cientos de festivales que se celebran cada verano en España? Mientras los camareros, montadores de escenarios y grupos estatales de la escala más baja del negocio se animan a filmar su propio vídeo, tal vez los ayuntamientos y las comunidades deberían determinar respuestas a estas y tantas otras preguntas para así exigir a todos los festivales el cumplimiento de una larga y detallada lista de requerimientos antes de conceder un solo euro de las arcas públicas.

El sábado, la Unión Estatal de Sindicatos de Músicos, Intérpretes y Compositoras convocó una concentración a la entrada del Mad Cool bajo el lema: “No más accidentes mortales. Seguridad y condiciones dignas ya”.

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