explotación laboral

Infierno en el festival de Benicàssim

Los camareros de las barras denuncias las deplorables condiciones de trabajo de la gran cita musical celebrada los pasados 13, 14, 15 y 16 de julio

Foto: Acceso al camping de trabajadores del FIB.
Acceso al camping de trabajadores del FIB.

Propuesta a tres veinteañeros de Levante para atender las barras del FIB: “¿Os apetece trabajar en el festival por ocho euros la hora, de cinco de la tarde a tres de la mañana?” La respuesta es sí. La cosa cambia durante la primera reunión en el recinto: “Bueno, al final vais a currar hasta las siete y media de la madrugada”. Un triste wasap les comunica que, en realidad, cobrarán 7, 5 euros. Estos cambios de última hora serían suficientes como para enfadarse, pero es solo el principio de la larga cadena de incumplimientos de la organización.

Cuando les hicieron la propuesta, les vendieron que tendrían a su disposición una zona de acampada especial para empleados, con sombra y equipada para el descanso. Lo que se encontraron fueron unos toldos que no llegaban para todos, unos pocos arbolitos y una valla sin rafia suficiente para proteger sus tiendas del sol. “Te ibas a dormir sobre las seis y media o siete, al finalizar tu turno, pero a las nueve ya era imposible pegar ojo por el sol, el calor y el ruido. Entonces nos íbamos a la playa del pueblo, pero todas las sombras estaban cogidas por los ingleses”, explica una de las tres camareras que ha contactado con El Confidencial para explicar su experiencia.

Zona de acampada de los trabajadores del FIB donde se aprecia el toldo insuficiente.
Zona de acampada de los trabajadores del FIB donde se aprecia el toldo insuficiente.

Imposible descansar

La zona de acampada destinada a empleados carecía de servicio de seguridad, duchas y aseos. Ni siquiera contaba con una fuente de agua potable. Tenían que caminar para usar los servicios de los asistentes, que estaban alejados, saturados y donde la única opción para ducharse era el agua fría. Faltaban además contenedores de basura, por lo que los desperdicios se acumulaban, con el consiguiente riesgo sanitario y de incendios. “Algunas zonas eran un estercolero, llenas de botellas de cristal y rodeadas de gente fumando”, recuerdan.

Dentro de las barras, tampoco había aseos, por lo que tenían que esperar las largas colas de los servicios del festival. Uno de los trabajadores, veinteañero y fortachón, tuvo que escaparse a dormir seis horas en una pensión del pueblo porque no podía con su alma. “Encontré una cama libre de chiripa, sé que varios de mis compañeros también tuvieron que pagar para poder descansar”, recuerda.

Basura en la zona de descanso de los trabajadores del FIB.
Basura en la zona de descanso de los trabajadores del FIB.

Golpes de calor y un desmayo

El reposo era imposible entre las fiestas en el 'camping' adjunto y el ruido de las pruebas de sonido, que comenzaban a las nueve de la mañana. “Recuerdo haber visto un golpe de calor y el desmayo de una compañera. Terminó en la enfermería con suero. El problema es que la atención médica estaba junto al escenario grande, el punto más ruidoso del festival”, dice uno de los chicos.

Recuerdo haber visto un golpe de calor y el desmayo de una compañera. Terminó en la enfermería con suero

¿Más detalles lamentables? A los camareros les piden llegar un día antes del festival para firmar su contrato, del que no les dan copia. También les imparten un cursillo de riesgos laborales. El viaje de ida no está cubierto por la Seguridad Social, así que cualquier percance que ocurra en la carretera corre totalmente a cargo de los empleados. No se les aclara si tampoco esta cubierto el del viaje de vuelta (el festival afirma que lo está pero algunos trabajadores se quedaban a descansar en el pueblo el lunes y volvían a sus casas el martes, con lo que ya no se encontraban cubiertos).

Comida insuficiente

En la zona de empleados tampoco había cocina, lo cual disparaba los gastos de manutención. Como remate, los puestos del recinto no hacían ningún descuento a los trabajadores. Para resistir todo el día, les daban un bocadillo de carne, tortilla, remolacha o berenjena. “Si llegabas con retraso, quedaban sobre todo los de verdura, que no tienen proteínas suficientes para aguantar horarios tan largos”, explica un camarero. Su único descanso era media hora para comerlo y cinco minutos de vez en cuando para un cigarro. "Yo no fumo y hasta que no pregunté no me dijeron que podía descansar cuando estuviera roto", lamenta el chico. La supervisión era asfixiante, con trabajadores "infiltrados", vigilantes externos y señores mayores sospechosos.

De repente, a las cinco de la mañana, aparecían dos cincuentones sobrios y se acercaban a echar un ojo y olerte el aliento

"De repente, a las cinco de la mañana, aparecían dos cincuentones sobrios y se acercaban a echar un ojo y olerte el aliento", recuerdan. Entre las causas de bronca, estaba echar alcohol de más a las copas, algo para lo que muchos clientes les presionaban, o tomar un Red Bull para aguantar el tirón. “Una noche se nos acercaron unos ingleses a preguntar cómo eran las condiciones de trabajo. Ellos habían sido camareros en festivales de allí y después de currar cuatro días les daban tres libres para disfrutar del festival. Llevaban unas camisetas de Glastonbury. Les dijimos que hacíamos turnos de hasta 14 horas y no daban crédito”, recuerdan.

“Paso de volver a ese puto infierno”

El calvario con la organización sigue con las largas colas a la hora de cobrar. “¿Quién aguanta hora y media de cola después de darlo todo durante cuatro días?”, dice un camarero de la zona. Cuando un chico terminó su último turno, el domingo a las siete de la mañana, a los empleados de su barra les pidieron retractilar todos los bidones de cerveza y botellas de alcohol para que no hubiera robos de empleados o de asistentes ebrios. “Es increíble porque después de cuatro días de trabajo intenso es muy fácil que se te caiga un barril en el pie”, explica. En el papel con instrucciones que les repartieron, se subraya la prohibición de consumir drogas, ya que algunos recurren a ellas para soportar los prolongados horarios de trabajo. “Este es un curro para farloperos”, comentaban los más veteranos.

Tras cuatro días de trabajo extremo y dos de traslados los trabajadores cobran 120 euros (quien menos horas hizo) y 240 (quien más)

Lo único que recuerdan firmar estos tres trabajadores es un papel sin cláusulas, del que solo hay una copia que se queda la empresa. Al final, económicamente, lo que queda limpio tras cuatro días de trabajo extremo y dos de traslados (algunos desde Alicante o Murcia) son 120 (quien menos horas hizo) y 240 (quien más). Las tres personas entrevistadas, veinteañeros precarios de Levante, prefieren no dar su nombre, a pesar de estar seguros de que no van a trabajar nunca más en Benicàssim. “Pasamos de volver a ese puto infierno”, aseguran. Ellos son quienes nos proporcionan el material gráfico para el artículo.

Zona de descanso de los trabajadores del FIB.
Zona de descanso de los trabajadores del FIB.

Benicàssim no responde

Durante dos días, El Confidencial solicitó una entrevista por teléfono con algún responsable de las barras del festival. El departamento de prensa nos pidió poner por escrito las cuestiones en las que estábamos interesados. Pasado ya el plazo establecido para la respuestas, recibimos un documento de dos páginas, con membrete oficial del festival, respondiendo detalladamente a nuestras preguntas. Un minuto después nos llama el responsable de comunicación para decirnos que han cambiado de opinión y que prefieren que no se usen esas declaraciones. Nuestra postura ha sido suprimir del reportaje las acusaciones que refutaba el documento, pero respetar la petición de no hacer uso de las respuestas.

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