de lo alternativo a lo elitista

El pase vip de un millón de euros y el giro pijo de los festivales (y Aznar en Coachella)

Citas como Coachella (California), Secret Solstice (Islandia), Glastonbury (Reino Unido) y Burning Man (Estados Unidos) derivan cada vez más hacia el pijismo

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Atención, pregunta: ¿puede existir una entrada para un festival de música que valga un millón de dólares? De momento, ya se intenta: la directiva de Secret Solstice, que se celebra en Reikiavik, entre el 16 y el 19 de junio, con los Radiohead como estrellas. La estrategia arrancó ya en 2015, cuando ofertaron entradas de 200.000 dólares. Afirman que vendieron alguna, así que se han animado a reforzar el órdago hasta el millón. ¿Qué incluye este abono disponible solo para multimillonarios? Seis pases vip, dos conciertos exclusivos, ida y vuelta desde cualquier lugar del planeta en avión privado, villa de lujo para siete noches, área exclusiva junto al escenario, transporte en helicóptero y fiesta privada dentro de un glaciar, entre otros privilegios.

No se trata de una rareza, sino de un síntoma, ya que la mayoría de festivales han comenzado a abrazar esta tendencia a la separación de los asistentes por renta: en España, por ejemplo, con la normalización de las entradas vip de citas como Primavera Sound (250 euros), Sónar, (295 euros) y Beniccásim (300 euros). No son cantidades comparables, pero sí grietas en el espíritu original de los festivales de música popular, donde se venía a disfrutar en condiciones de igualdad, sin ventajas según el tamaño de la cartera.

El pase vip de un millón de euros y el giro pijo de los festivales (y Aznar en Coachella)

Alonso Aznar, 'hipster' y cool

No podemos olvidar el festival Coachella, celebrado hace unos días en Indio (California), que se ha convertido en cita preferida de la facción júnior de la élites y de las celebridades más 'cool' del planeta.

Alonso y sus amigas, en Coachella. (Instagram)
Alonso y sus amigas, en Coachella. (Instagram)

Este año han acudido iconos pop como Rihanna, Leonardo DiCaprio, Alessandra Ambrosio y la habitual Paris Hilton. Por parte española, la estrella ha sido Alonso Aznar, hijo del expresidente. Así lo contaba la web Vanitatis: “En la imagen, compartida por el propio Alonso, aparecen Isabel Eulate Gómez-Acebo, Adriana Zurita, Sofía Sendagorta y Pino Gil de Biedma, condesa de Sépúlveda; todas ellas con apellidos que en su día acapararon los titulares de las tradicionales páginas de 'vida social'. Y es que la de Alonso Aznar podría ser la pandilla que diera el relevo a esa 'beautiful people' de los ochenta y noventa. Desde luego, muchos de ellos son precisamente los descendientes de aquellos que en su día conformaron la 'jet'. El relevo generacional es posible”.

Más claro, agua. Por lo visto, Alonso Aznar acudió al festival más 'trendy' del mundo para superar el bajón de su traslado de Londres a España. Qué tristeza volver al tercer mundo. 

El pase vip de un millón de euros y el giro pijo de los festivales (y Aznar en Coachella)

Recreos de clase alta

¿Cuándo comenzó el pijerío a irse de las manos? El diario 'The Guardian' fue uno de los primeros en denunciarlo, con una pieza de opinión publicada en septiembre de 2014, titulada 'Tories en Glastonbury, republicanos en el Burning Man'. “Para un número creciente de miembros de la clase dominante de Reino Unido, probar el barro de Glastonbury se ha convertido en otra de sus interacciones sociales, al mismo nivel que comer fresas con nata en Wimbledon o lucir sombreros de copa en las carreras de Ascot”. El primer ministro, David Cameron, presume de “pasión indie”, declarando su devoción por The Smiths y The Jam, dos grupos de origen obrero que se mostraron espantados por sus elogios.

Glastonbury ha registrado un crecimiento notable del 'glamping', contracción de 'glamour' y 'camping', que permite a los ricos descansar en condiciones similares a las de un hotel. “La cultura popular actual está dominada por directivos y familias ricas, la cultura de la celebridad se presenta como ejemplo de la buena vida. Las clases altas muestran su desprecio hacia los llamados 'chavs', chicos de clase trabajadora que 'no están a la altura'. La música popular, que hace tiempo sonaba peligrosa y rebosante de potencial para el cambio, se ha convertido en un simple espejo que refleja los valores de la parte más rica de la sociedad”, denuncia el texto, aludiendo al reblandecimiento o desaparición de estilos como el punk, el hip-hop o el grime.

Para la clase dominante, probar el barro de Glastonbury está al mismo nivel que lucir sombreros de copa en las carreras de Ascot

Modelos, Mark Zuckerberg y el Tea Party

El caso más sangrante es el festival estadounidense Burning Man, que se celebra en el desierto de Nevada. Nacido como una fiesta 'hippie', anticipo de la utopía igualitaria, se ha ido transformando en una apología de los valores libertarios de derecha, a la que acuden en masa los peces gordos de Silicon Valley y los directivos de fondos de capital riesgo. “Los grandes empresarios aman Burning Man, sin ningún tipo de ironía. Cualquiera que haya seguido la historia del festival sabe que ha desparecido cualquier elemento anticapitalista. En 2014, un fondo buitre montó una fiesta que costaba 16.500 dólares por cabeza. Fue un evento con pulseras para acceso a zonas exclusivas y modelos traídas expresamente para hacer compañía a los invitados”, explica la revista 'Jacobin'. 

Burning Man es ahora un espacio donde la élite de Silicon Valley hace relaciones sociales. Por allí han pasado figuras como Mark Zuckerberg (Facebook), Larry Page (Alphabet, empresa madre de Google) y Grover Norquist, miembro del partido republicano, conocido por su feroz oposición a cualquier subida de impuestos (especialmente, de las élites). También acuden muchos redactores de 'Reason', publicación financiada por los hermanos Koch, millonarios conservadores que apoyaron económicamente los inicios del movimiento Tea Party. El máximo directivo de Tesla, Elon Musk, ha llegado a decir que “Burning Man es Silicon Valley”.

Los grandes empresarios aman Burning Man, sin ironía. En 2014, un fondo buitre montó una fiesta a 16.500 dólares por cabeza

Sueldos de 300.000 dólares

El festival, que se celebra en el desierto de Black Rock, fue fundado por una pandilla de 'hippies' y artistas que cada año quemaban una especie de 'ninot' en la playa de Baker, San Francisco. Acosados por la policía, decidieron trasladarse al desierto, para desarrollar un encuentro participativo, donde cada asistente tuviera que aportar algo de vida, música y diversión colectiva. Actualmente, a lo largo de un mes, se monta, celebra y desmantela un encuentro que reúne a alrededor de 60.000 personas cada año. Hoy, los asistentes más ricos pagan a un pequeño ejército de precarios para que instalen sus campamentos con aire acondicionado. Estos trabajadores eventuales se encargan luego de dejar todo limpio, en jornadas de 15 a 20 horas diarias, pagadas a 180 dólares por cabeza.

El pase vip de un millón de euros y el giro pijo de los festivales (y Aznar en Coachella)

Burning Man se convierte cada año en una ciudad de 60.000 habitantes, más sofisticada de lo que parece, ya que cuenta incluso con su propio censo, que revela que entre 2010 y 2014 se dobló el número de asistentes con sueldo de más de 300.000 dólares anuales (desde el 1,4% hasta el 2,7%). “Burning Man representa un futuro modelo social particularmente atractivo para los ricos, que se basa en un Estado del bienestar desmantelado, donde una oligarquía libertaria financia los servicios públicos según su capricho, en forma de obras de caridad”, zanja el artículo de 'Jacobin'.

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