fiebre del oro pop

Arenal Sound, Kolme Rock... La debacle de festivales, un casino donde apostó la Gürtel

¿Por qué se han evaporado media docena de festivales musicales esta temporada?

Foto: Arenal Sound en 2015: el festival de Burriana (Castellón) pende de un hilo
Arenal Sound en 2015: el festival de Burriana (Castellón) pende de un hilo

Oleada de cancelaciones festivales. Entre ellas, destacan Marenostrum, Boelo Sun Festival, Kolme Rock, Trafalgar Festival y Territorios Sevilla. También Monegros Desert Festival, cita electrónica clásica en el desierto aragonés, que no resucita tras su suspensión en 2015. El popular Arenal Sound, de Burriana, pende de un hilo administrativo. El Marenostrum fue cancelado con solo veinticuatro horas de antelación y el Kolme Rock se desplomó mientras se celebraba. ¿Cuál es la explicación a esta debacle? “Los motivos son diversos, pero tengo la impresión de que en nuestro país se están suspendiendo más por causas burocráticas y de permisos que porque la supuesta burbuja haya pinchado”, explica Joan S. Luna, directivo de la revista Mondo Sonoro y discjockey habitual en festivales indies por toda la península. 

Crisis, Gürtel y marcas

Comparar la proliferación de festivales con la burbuja inmobiliaria pudo tener sentido hasta el batacazo económico global del 2008. La cosa es más forzada cuando los ayuntamientos dejan de tener dinero y además se desploma el poder adquisitivo de la mayoría del público. De hecho, como explicamos más abajo, hemos pasado de burbuja a casino. Y en la transición entre ambas se ha llegado a involucrar judicialmente a dos festivales con la trama Gürtel. Hablamos del Summercase de Boadilla del Monte y del Rock In Rio en Arganda del Rey, ambas localidades situadas en Madrid.

Cuando tienes urbanizado casi todo el suelo rentable, lo natural es mirar hacia eventos que hacen grandes cajas con entradas, barras y subvenciones

En el fondo, es comprensible: cuando tienes urbanizado casi todo el suelo rentable, lo natural es mirar hacia eventos culturales, que hacen grandes cajas con las entradas, barras, subvenciones y patrocinios. El compadreo con marcas y cargos públicos fue lo que atrajo a la famosa trama. Los tribunales irán diciendo hasta qué punto hubo delitos. En el caso del Summercase, los contratos hablan de comisionistas que manejaban un 20% del dinero de los patrocinadores, porcentaje que podía alcanzar los 700.000 euros. 

La fibre del oro pop

Hoy los festivales siguen resultando atractivos, pero por otras razones. Si juntas media docena de artistas con gancho, más unos cuantos de relleno, se supone que cualquiera puede abarrotar recintos de gran tamaño. Una oferta tentadora para quien busque beneficio a corto plazo. La trampa es que no todo es tan sencillo. Nos lo explica Zara Sierra, curtida en mil batallas, que hoy dirige la compañía de representación Desvelo: “La perspectiva de un negocio rentable ha atraído a muchos empresarios de otros ámbitos, que han visto en los festivales un filón. Reunir en un recinto a decenas de miles de personas que estén consumiendo durante dos o tres días parece un negocio fácil a priori. El problema es que montar un evento así entraña una complejidad tremenda: hay tantas cosas que pueden salir mal que si no tienes experiencia y solvencia profesional es fácil verse superado por los imprevistos”, explica. La oleada de cancelaciones del verano 2016 le dan la razón. 

Montar un evento así entraña una complejidad tremenda: hay tantas cosas que pueden salir mal que es fácil verse superado por los imprevistos

Existe otro motivo paradójico. Apostar por los artistas que venden más entradas ha creado un efecto homogeneizador. Todos quieren contar con la gallina de los huevos de oro, hasta el punto de que pueden acabar por matarla. “Hace diez años, o incluso menos, había una decena grandes citas a lo largo del verano. Ahora son treinta o cuarenta, que inevitablemente empiezan a coincidir en fechas. Si además todos tienen carteles prácticamente idénticos es lógico que el público potencial se reparta entre las varias citas que hay cada fin de semana”, explica Sierra. De ahí parte el genial chiste de El Mundo Today, que publicaba el siguiente titular: “Nace el Sin Love of Lesbian, el primer festival donde no tocan Love Of Lesbian”. La “noticia” deja clara la saturación a la que hemos llegado. Love Of Lesbian, Izal o Vetusta Morla son algunos de esos grupos de aquí que se consideran infalibles a la hora de vender entradas.  

Más desastres

Aparte del indie, también se ha consolidado el modelo de festival “punk”, con artistas como Narco, Los Chickos del Maíz, Gatillazo y similares. Es el caso del Kolme Rock, celebrado el fin de semana pasado en Colmenarejo (Madrid). Su desarrollo no pudo ser más aciago: a las siete de la tarde, se había acabado la cerveza, pero no fue el único líquido ausente, ya la organización avisó a los grupos de que no podría pagarles por falta de fondos. Unos tocaron, a pesar con retrasos y problemas técnicos. Otros no lo hicieron, más por miedo a la pésima organización que por la falta de remuneración.  Pueden leer una crónica detallada en la página web Maneras de Vivir. En el extremo más cool, también se dan organizaciones desastrosas, caso del festival Charco el pasado fin de semana. Este encuentro de dos días, centrado en artistas latinos y celebrado en el jardín botánico de la universidad Complutense, sufrió retrasos, problemas de sonido y varios cambios de horario que pusieron a prueba la paciencia del público. 

El Kolme Rock fue aciago: a las siete de la tarde se acabó la cerveza y la organización avisó a los grupos de que no podría pagarles por falta de fondos

¿Soluciones? Desde la APM, siglas de la Asociación de Promotores de Música, lamentan la falta de atención al sector. Contesta su presidente, Pascual Egea: “Cada festival muere por motivos diferentes, pero muchas de estas cancelaciones podrían evitarse si hubiera algún tipo de regulación. No todo el mundo es capaz de montar un festival. Hay que tener conocimientos técnicos que ofrezcan ciertas garantías. Se necesitan habilidades profesionales. Por parte de la administración, tampoco puede ser que el primer informe negativo te llegue a un día de empezar el festival, cuando llevas cuatro meses currándote el cartel, la promoción y los servicios”. ¿A qué tipo de regulación aspira? “Llevamos unos seis años reclamando un Ley de la música. Cuando la presentamos, nos dijeron que no era el momento porque estaban con un cambio de gobierno. Reclamamos desde la bajada del IVA hasta unos estándares de profesionalización. Seguiremos insistiendo hasta que nos hagan caso”, promete.  

Soluciones de futuro

La Ley de la música también es una aspiración de la Unión Estatal de Sindicatos de Músicos, que se consideran una de las partes vulnerables del escalafón. “Los festivales están dominados por la ambición de marcas y promotores. Lo que buscan es maximizar beneficios económicos. Los artistas han sido los que menos han importado en este proceso, sobre todo solistas y bandas nacionales que funcionan en la pequeña industria independiente. Una ley de la música debe surgir del acuerdo entre todos las partes del sector y sentar las bases para un desarrollo industrial y creativo donde todos los músicos se encuentren protegidos”, explica el compositor José Sánchez-Sanz. ¿Cuáles son sus principales reivindicaciones? “La creación de un estatuto del artista que contemple las especificidades de nuestra profesión como la intermitencia, los ingresos irregulares, las bajas por enfermedad y que nos proteja más allá de nuestra presencia en los escenarios, cuando componemos o cuando ensayamos. Por otro lado, aspiramos a la implantación de una forma legal  de relación entre músicos y salas de conciertos, festivales y administraciones públicas que regularice la contratación y la protección de artistas”, señala. 

¿Cuáles son las perspectivas de futuro en la escena festivalera? “Aparte de los ya consolidados, será más sencillo que sobrevivan los festivales que ofrezcan algo diferente, que apuesten por carteles fuera de lo habitual”, opina Joan S. Luna. El ejemplo lo pone Zara Sierra: “Pienso en el Huercasa, que se celebró hace un par de semanas en Riaza. Se trata de un festival de música country. Obviamente, su capacidad de convocatoria tiene un techo, porque se dirigen a un público con un interés muy específico, pero es un público que no van a tener que disputarse con la competencia porque nadie más está ofreciendo lo mismo que ellos. Tengo la intuición de que en los próximos años van a proliferar los festivales, digamos, "de género". Además, son mucho más sostenibles económicamente. En lo que se refiere a promoción, por ejemplo, requieren una inversión infinitamente menor, porque sólo necesitan conseguir presencia en tres o cuatro medios más o menos especializados”, apunta. 

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