'hasta el último hombre' y 'blood father'

¡Levántate, Lázaro! La resurrección de Mel 'el apestado' Gibson

El cineasta firma 'Hasta el último hombre', donde demuestra que es capaz de filmar una de las batallas mejor rodadas de la historia del cine

Foto: Mel Gibson en un fotograma de 'Blood Father' (2016)
Mel Gibson en un fotograma de 'Blood Father' (2016)

No han sido las siete trompetas, pero los crótalos fervorosos de Juan Manual de Prada ya lo han anunciado: Mel Gibson ha resucitado. Mel 'el apestado', Mel 'el antisemita', 'Mad Mel' -Mel 'el loco'-, ha transmutado en Mel 'el redivivo'. El escritor español, en su última columna en 'XL Semanal', proclamaba a los cuatro vientos con devoción y sin filtro el resurgimiento lazarino de este "carca glorioso", este "macho alfa sin parangón", este "católico acérrimo, de los que rezan en latín y follan a chorro libre" que ha vuelto a la vida, según él, para partirnos "la jeta a pollazos". Ahí es nada.

Sin que sirva de precedente, y a pesar de la panzada de testosterona que siente una al acabar de leer la hagiografía 'gibsoniana', el entusiasmo es en realidad compartido; eso sí, en una gradación menos azogada y por motivos ajenos al catolicismo y/o el desgaste genital. Pero no al tamaño.

En la década pasada, los medios rebautizaron a Gibson como 'Mad Mel', el nuevo bufón de Hollywood, el guiñol que recibe todos los palos mientras el respetable aplaude extasiado

La memoria es puñetera y las demolicioness, un divertido espectáculo público; hace 10 años el mundo decidió degradar a categoría de paria a Mad Max Rockatansky, a Martin Riggs, a Bret Maverick y a William Wallace. Fue durante un 2006 'horribilis', tras un arresto por conducir borracho, una diatriba etílica antisemita que acabó en las webs amarillistas de medio globo -globo, el que llevaba-, entradas y salidas de rehabilitación y un cordón sanitario a su alrededor que acabó tumbando. ¿Gibson? ¡No conozco a ningún Mel Gibson! El comienzo de una espiral que tan sólo era el preludio a cámara rápida de un derrumbe que se clausuró en 2010 con una ruptura sentimental especiada a base de batallas por la custodia, grabaciones de conversaciones enloquecidas y acusaciones de violencia machista contra su entonces última pareja. Fue entonces cuando los medios rebautizaron a Gibson como 'Mad Mel', el nuevo bufón de Hollywood, el guiñol que recibe todos los palos mientras el respetable aplaude extasiado.

2016 es el año de la expiación. Primero, como actor protagonista, ha dejado de arrastrarse por la amnesia de los créditos de segunda y los proyectos demenciales con los que amigos -tan poco sospechosos de conservadurismo como Jodie Foster-, intentaron echar un cable a la estrella caída en desgracia. Una cadeneta de títulos infames y cameos autoparódicos que sólo sirvieron para potenciar su hedor a cadáver.

El punto de inflexión sucedió a mediados del año, tras el estreno de 'Blood Father', un 'thriller fronterizo' digno y adulto, en el que el actor recuperaba su 'mojo'El punto de inflexión sucedió a mediados del año, tras el estreno de 'Blood Father', un 'thriller fronterizo' digno y adulto, en el que el actor recuperaba su 'mojo' con su interpretación de un ex alcohólico y ex convicto redimido que se entrega al martirologio para salvar a una hija descarriada. Entendible el porqué de la implicación del actor en el proyecto. Mayor quizás que una buena caída, es el gusto convertirse en el predictor de un regreso. Pocas cosas hay más orgásmicas que un "te lo dije" a tiempo, y con la primera película dirigida por Gibson en diez años en previsiones, los mentideros del cine se frotaban las manos hasta la combustión no espontánea.

Mel Gibson tatuando una entrepierna en 'Blood Father'
Mel Gibson tatuando una entrepierna en 'Blood Father'

Y es que el sombrero que mejor le sienta, y a pesar de los prejuicios, es el de director. Mel Gibson no sólo es un cineasta de acción apabullante por lo arrollador de su puesta en escena, lo exagerado de su épica y por su espiritualidad bronca marca de la casa. Gibson es, aunque suene atrevido, un buen director. A secas. Primero, por su transparencia, su falta de hipocresía y su entrega total, sin remilgos, a un discurso en el que cree fervientemente. Un alegato de construcción algo primaria, incluso naíf, muy de la víscera, que despierta ternura y que, desde luego, trasluce una sinceridad y una falta de complejos absolutas. Eso y que mueve la cámara como un francotirador.

¡Levántate, Lázaro! La resurrección de Mel 'el apestado' Gibson

Un evangelista del cine

Es cierto que Gibson no participa del concepto 'el cine por el cine', o el arte como fin último. Como un evangelista, el cineasta cree en sus películas como instrumentos con un propósito mayor, pero sin olvidar el divertimento. Como un popurrí mental, mitad catequesis en una parroquia de la Castilla profunda, mitad documental explícito sobre la elaboración de embutidos cárnicos. Clint Eastwood haciéndole el amor a Takashi Miike.

'Hasta el último hombre', su última película como director, exuda 'gibsonismo' en cada fotograma. Un protagonista profético -Desmond Doss, el primer objetor de conciencia que recibió la Medalla de Honor del ejército de los Estados Unidos-, que desde su humilde humanidad acabará cambiando el destino del rebaño. Un alegato a favor de valores como la tolerancia, el esfuerzo, el heroísmo, la fidelidad para con los ideales. Y una batalla épica, increíblemente bien rodada, en la que consigue transmitir lo desorientador, sucio, confuso y aterrador que se debe de ser un campo de batalla.

Gibson ha filmado una batalla épica, increíblemente bien rodada, en la que consigue transmitir lo desorientador, sucio, confuso y aterrador que se debe ser un campo de batallaLa película es el reflejo elocuente de la dicotomía interna del cineasta, ya no como cineasta, sino como persona. Un comienzo tranquilo, de familia humilde de clase trabajadora, con problemas de adicciones y violencia contrastada con valores como la bondad, el esfuerzo, la disciplina y la sobriedad -aunque no la de la botella- que recuerda mucho al cine de Eastwood, elegante, sencillo y de manos callosas y el corazón tierno. Una primera mitad de atardeceres dorados, piquitos en la boca y cinturones que en un momento te sujetan el pantalón de lana tosca, al otro te dejan el culo en carne viva.

Y es en la segunda parte cuando hace acto de presencia el Gibson más genuino, con un dominio de la planificación, la dirección de grandes multitudes, los actores secundarios, y la representación descarnada e hiperrealista de la violencia del que pocos podrían presumir. Si no es la batalla mejor rodada de la historia del cine, poco le falta. Se le excusan hasta las contadas pasadas de frenada, que resultan incluso entrañables. Y hasta el regusto a Coca Cola y pollo frito.

De momento, y a falta de la lectura de los nominados a los premios gordos, 'Hasta el último hombre' opta a siete estatuillas de los Critic's Choice Awards que, como antesala, no son desdeñables. Pero, sobre todo, ha servido para recordarnos que Mel Gibson, locuras aparte, es bueno en lo que hace. No el más grande. No el más prestigioso. No el mejor. Pero bueno, lo suficientemente clarividente para conciliar a crítica y a público y lo suficientemente auténtico como para mantenerse fiel a sí mismo, al igual que el Desmond Doss de su película. No sé si va a partir jetas "a pollazos", pero lo que es seguro es que le hará tragar a más de uno prejuicios con honda, aunque sea en la confortabilidad de la intimidad, y al final acabarán reconociendo que tiene más de trovador que de bufón. Para quienes bailaron sobre su tumba, plomo.

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