concierto de los ganglios

Dos mil catalanes gritan “¡soy extremeño!” ante una foto gigante de Franco

Barrio de Gracia. Los Ganglios. Todo va como la seda, todo es diversión y 'festigàbal' hasta que aparece en la pantalla gigante una foto de Francisco Franco...

Foto: Fotograma del videoclip 'Color de rosa' de Los Ganglios
Fotograma del videoclip 'Color de rosa' de Los Ganglios

Barcelona, once y media de la noche del jueves, aniversario del asesinato de Federico García Lorca. En el patio central de la Sedeta del barrio de Gracia, donde se celebran el Festigàval, una muchedumbre de jóvenes catalanes blancos de clase media baila distraídamente en un concierto de Los Ganglios. Los 'hispters', como niños grandes, celebran los bocinazos de coche de choque que les disparan desde el escenario. Todo va como la seda, todo es diversión y 'festigàbal' hasta que aparece en la pantalla gigante una foto de Francisco Franco

La luna, en lo alto, está llena y radiante, quieta, mientras que el Caudillo tiene la cara teñida de amarillo. El líder de Los Ganglios, flaco y rapado como un poligonero alicantino,  es más extremeño que el miajón de los castúos y se llama Xoxé Tétano. Grita con la boca pegada en el micrófono:

- ¡Caudillo! ¡Amarillo!

Dos mil catalanes gritan “¡soy extremeño!” ante una foto gigante de Franco

Siento bajar toda la excitación al estómago. Sospecho que en unos segundos se desatará un linchamiento y miro a mi alrededor. En un instante se abrirá paso la ofensa entre las barbas que hieden a loción Macho, y lo que hasta el momento era jovial entretenimiento burgués se transformará en una tormenta de imprecaciones. 

Pero todo son caras sonrientes y baile. Las gafas de pasta no se rompen atravesadas por los ojos disparados de las órbitas en un arrebato de indignación con forma de muelle. Los labios color Russian Red de las muchachas lanzan besitos al dictador. No hay motín. Los jóvenes de Gracia corean:

- ¡Caudillo! ¡Amarillo!

Y Xoxé Tétano sigue:

- ¡Ayer, blanco! ¡Hoy...!

- ¡Color de rosa! -resuelve el público.

Mientras Los Ganglios saltan por el escenario entre aclamaciones, el Caudillo observa asombrado al público desde la pantalla. A eso queda reducido el terror cuando se le estampa en la cara la tarta del sarcasmo: el déspota convertido en icono pop como en las obras de arte de Eugenio Merino, al que la Fundación Francisco Franco quiso echar a los perros por frivolizar con la imagen de su fundador.

El jolgorio de los jóvenes delata la sobreactuación de los políticos y los medios de comunicación. Dos semanas atrás, los indepes del Parlament pusieron el grito en el cielo porque el Ayuntamiento de Ada Colau había contratado una exposición callejera donde se verá una estatua decapitada de Franco  Según los indignados profesionales versión estelada, frivolizar con la dictadura es un pecado, un acto de cinismo sin límites. Delante del escenario, bajo la tormenta de electrocumbia con letra surreal, yo me pregunto si habrá alguno entre el público o si, por el contrario, se habrán ido ya a curarse con Aromas de Monserrat, un disco de Llach y el libro Victus entre las manos. 

Dos mil catalanes gritan “¡soy extremeño!” ante una foto gigante de Franco

Los Ganglios continúan con ese canto al área de servicio Rausan, llamado 'El Regalo', donde abroncan a un amigo que se ha lucido con el regalo que les ha traído de Zaragoza. A continuación, se sumergen en la electrocumbia y el bakalao más depravados. Pienso: todos estos 'hipsters' del público, ¿no son los mismos que abominaron toda su vida de esos estilos musicales propios de los habitantes de los cinturones industriales? Pero tengo la impresión de que si Los Ganglios les dieran reggaeton, yo vería a las fans de Els Pets y Vetusta Morla restregando el canesú contra los pantalones de pitillo de sus amigos.

Los Ganglios tiene permiso para todo. La ofensa se anula entre los brazos del consentimiento. Gracia, donde las esteladas cuelgan en infinitos balcones, no se molesta con estos músicos de Extremadura. Xoxé Tétano decide ir un paso más allá:

- ¡Repetid! ¡Soy extremeño!

Su mujer, a los teclados, es Leli Loro, una rubia de Suecia:

- ¡Soy extremeño!

El público:

- ¡¡Soy extremeño!!

- ¡Y quiero buitres negros!

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