el mapa de los graffitis de madrid

La poesía de barrio huele a spray

Las pintadas callejeras de una ciudad hablan de la historia de sus barrios, de su gente, y son un excelente barómetro de cómo está la salud democrática desde la base social

En la fachada de la iglesia de San Ildefonso, en Malasaña, hay unas pegatinas que parecen describir a Mario y sus colegas, sentados cada día en las escaleras de la parroquia. “Raro”, indican los adhesivos. Pasan las mañanas y las tardes ahí mientras lanzan besos con la punta de los dedos a las chicas y piden “otra litrona y un piti”. Al girar la esquina, un mensaje en la pared de la misma iglesia insta, con exquisita educación, al hipotético lector a que pruebe el sexo anal: “Caballero, explore su ano”. “Ese, ese sí que es bueno”, chilla Mario desde su silla de ruedas. A escasos metros, un señor con carpeta y modales geométricos exclama al ver la pintada: “¡Qué vergüenza! ¿Y eso es digno de fotografiar?”.

A unos siete kilómetros, en Vistalegre (Carabanchel), Rafa saca un rotulador de la riñonera y con gesto serio, como si se dispusiese a firmar un documento ante notario en vez de una pared, planta su tag, Nes, en el portal en el que hace un momento se fumaba un porro antes de irse a la academia: “En Mates saqué un siete en la primera evaluación, un siete en la segunda y un cuatro en la tercera. Y va y me suspende. Pero yo a lo que quiero dedicarme es al socorrismo. Y cuando hago deporte no fumo nada de nada”. Tiene catorce años y pinta desde hace tres, cuando vio que la mayoría de sus amigos lo hacían. “Me gusta dejar mi nombre en las calles, creo que es algo muy de barrio”.

Se puede analizar un barrio en función de sus pintadas, pero normalmente, cuando se ha hecho, ha sido desde el prejuicio clasistaEscribimos en la mesa del instituto el nombre de la persona que nos gusta; en nuestra mano, el día del examen para no olvidarlo; en un post-it, la cita con el médico; en la cara, una reivindicación política; ¿por qué no escribir en las paredes? La ciudad es una piel que manchamos a diario. Contaba Enrique Vila-Matas que a finales de los ochenta en Fez, Marruecos, un día los muros amanecieron pintados. Eran obra de un vagabundo emigrado que para orientarse en aquella maraña de calles había decidido mapear la ciudad con grafitis.

Mario y sus compañeros en la plaza de San Ildefonso, en Malasaña (Noemí López Trujillo y Mamen Hidalgo)
Mario y sus compañeros en la plaza de San Ildefonso, en Malasaña (Noemí López Trujillo y Mamen Hidalgo)

Del mismo modo, las pintadas callejeras de una urbe como Madrid pueden resultar una cartografía: buscar la vena, apretar con los dedos y ver cómo late cada barrio. En Carabanchel, las pintadas trepan por los edificios como enredaderas, mientras que Goya huele a lejía y sus paredes son amables como el vecino que siempre saluda por las mañanas. “Los ricos no se quejan. O si lo hacen, al menos tienen más voz para ello”, señala el grafitero e ilustrador Isaac Malakkai. El silencio de los muros, para los pobres.

“A mí me gustan las firmas: me gusta ver quién ha pasado por un sitio y si esa persona iba con alguien más, si lo hizo en un sitio complicado o no. Según se mire, las pintadas afean o configuran la historia de un lugar”, explica el grafitero y activista Noaz. “Está claro que los grafitis en trenes y edificios abandonados no gustan tanto como los murales más artísticos, bonitos y correctos. Pero es una cuestión de mirarlo con perspectiva: hay muchas historias detrás de las firmas. Varios de los artistas urbanos que admiro empezaron a pintar trenes y paredes con rotuladores cuando tenían quince años. Creo que se necesita un proceso de maduración, así que dejen a los chavales expresarse y preocúpense de cosas más importantes”, añade.

En Orcasur, la esperanza de vida es de 71,3 años; en el barrio Salamanca es de 78,9, según un estudio del Ayuntamiento de Madrid. Esta zona, perteneciente al distrito Usera, está considerada una de las más peligrosas de la ciudad. Basta con pasear por una de sus calles principales para ver cómo los yonquis bajan a pillar su dosis. Al final de la avenida de Orcasur, el dueño de un bar se queja del grafiti que ha echado raíces en su pared: “Lo que pone será estupendo, pero que lo pinten en otro lado, no en mi negocio”. “Contra el patriarcado y el capital, lucha obrera y feminista”, reza el mensaje.

'Ama al Rayo', rezan las paredes de Vallecas (Noemí López Trujillo y Mamen Hidalgo)
'Ama al Rayo', rezan las paredes de Vallecas (Noemí López Trujillo y Mamen Hidalgo)

“Se puede analizar un barrio en función de sus pintadas, pero normalmente, cuando se ha hecho, ha sido desde el prejuicio clasista, pervirtiendo su comprensión como un fenómeno cultural, compartido y plural”, apunta Fernando Figueroa, doctor en Historia del Arte. “En la Transición, se hablaba de ‘la personalidad de barrio’ y se aludía al tipo de grafiti que había en el entorno para confirmar si era obrero o facha. Hoy se podría hablar de barrios vividos —donde el grafiti es prueba de la vitalidad de sus gentes— o de barrios abandonados o no-lugares —donde el grafiti es testimonio o suplemento de una carencia vivencial—“, prosigue.

“Cuando leo algo como ‘te kiero, Lore’ me hace gracia, pero no lo considero street art. Aun así, yo me imagino a esa persona que ha querido dejar constancia de ello, aunque sea una estupidez, en lugar de quedarse callada. Hay mucho pop cuyas letras son absolutamente quinceañeras y lo llaman arte musical”, comenta Isaac Malakkai. La ciudad se convierte en una suerte de red social, un Twitter en el que el espacio es real y los caracteres, aerosol. “El grafiti, bien analizado, es un excelente barómetro de cómo está la salud democrática desde la base social”, apunta Fernando Figueroa.

Grafitis feos, toscos e invasivos. Pollas y tetas dibujadas. Insultos que a alguien no le bastaba con verbalizar. Declaraciones de amor adolescente. La libertad de expresión no vertebrada que aparece en cualquier lugar sin avisar, como una tormenta bronca de verano. Malasaña es hípster y Orcasitas, poor gang, pero ambos huelen a spray.  

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