los sueños fantásticos de josé hernández

Larvas de 'Alien' en el Barroco español

La Real Academia de San Fernando rinde homenaje al artista con una exposición de casi 80 piezas. "No hay nada más inútil que intentar explicarnos el porqué de nuestras obras", dijo el pintor

Foto: Larvas de 'Alien' en el Barroco español

Vivió y murió en un país en el que jamás podría triunfar. Nada que hacer allí donde la realidad es tan empalagosa que nada puede perforarla, tan hipócrita que las imposiciones racionales acaban con todo guiño imaginativo que las ponga en duda. Prohibida la dura imaginación pura, prohibido el golpe de decrepitud, decadencia y pesimismo sobre la solaz paellera. Mientras unos se preguntaban por los límites de la pintura figurativa, otros revisaban el arte abstracto, José Hernández (1944-2013) hurgaba en los límites de una fantasía a la española, algo así como una psicopatología barroca, poblada de seres anómalos, hipnóticos, alucinantes. Bestezuelas en los márgenes de los cuadernos de lo real.

El Académico moría el pasado noviembre, rodeado del mismo silencio con el que se mueven sus criaturas entre óleos, aguafuertes, dibujos, carteles o esculturas. “He comprendido que no hay nada más inútil que intentar explicarnos el porqué de nuestras obras. Lo importante es saber que son tuyas, que son inseparables de ti. Que te acompañan mudas, como tu sombra”, dejó dicho el artista en su ingreso. Ahora la Real Academia de San Fernando le rinde homenaje con una exposición de cerca de 80 piezas, que ha pasado antes por Valencia, ciudad en la que otra muestra estará abierta cinco meses (hasta septiembre). En la Academia, donde dirigió la Calcografía Nacional, estará seis semanas.

Una imagen de archivo de José Hernández (Academia de BBAA San Fernando).
Una imagen de archivo de José Hernández (Academia de BBAA San Fernando).

La muestra El sueño anclado -y las otras dos- está comisariada por Carlos Arenas, quien explica que el recorrido asoma “el universo perturbador, trágico, grotesco y misterioso de José Hernández, poblado por figuras en descomposición o que se metamorfosean, por monstruos y extraños seres mutantes que circulan por estancias y espacios degradados, en arquitecturas palaciegas de otra época, impregnadas por una atmósfera teatral y melancólica”.

Hernández, uno de los artistas españoles más singulares de las últimas tres décadas, espera una exposición a la altura de su importancia, que recupere su trascendencia en la historia del arte contemporáneo y que investigue el sentido esencial del conocimiento técnico que desarrolló a lo largo de cinco décadas. “Una técnica a la que siempre he tenido como algo más, bastante más, que un simple vehículo. Es algo que forma parte de la propia sensibilidad creativa”, dijo.

Máscara de desprecio, de José Hernández.
Máscara de desprecio, de José Hernández.

En la sede de la Academia se comprobará uno de sus mayores credos: que la pintura es silencio. Un silencio de imágenes, tan inquietante como los escritos de Lautréamont, Poe, Rimbaud y Kafka. Hernández se entrega al síndrome de lo fantástico, como si fuera el único recurso válido para explicar eso, “el alma humana”. Y entonces el lector, el espectador, el que mira y lee, queda sin juicio a la lógica.

“La obra artística -insistía- es inseparable de la conducta humana”, como demostró El Bosco en las Tentaciones y el Goya más atormentado. Y Quevedo, siempre Quevedo, en sus Sueños: “Este discurso es del infierno. Si fuere oscuro, nunca el infierno fue claro; si triste y melancólico, yo no he prometido la risa”. Faltó la risa. Con ella, ese país en el que vivió y murió José Hernández le habría dado fama y gloria.  

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