muere el pintor y grabador josé hernández

Adiós al rey de las sombras

José Hernández llegó al límite de su imaginación sin traicionarla. No lo hizo porque le era innata. Mucho más que un estilo inconfundible.

Foto: Fragmento de una de las imágenes de la ilustración para 'Metamorfosis', de Kafka.
Fragmento de una de las imágenes de la ilustración para 'Metamorfosis', de Kafka.
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    José Hernández llegó al límite de su imaginación sin traicionarla. No lo hizo porque le era innata. Mucho más que un estilo inconfundible, la pintura y los grabados del académico, que ayer fallecía en Málaga a los 69 años, su imaginación era su vida y su obra, inseparables e inconfundibles. Lo que más le sorprendía al propio artista era que su obra hubiese conservado a través de los años una unidad de formas a las que reconocía como propias. “Insisto: necesito dejarme guiar por la imaginación, dependo de ella, avanzo con ella, hasta el momento en que sientes que lo alado se vuelve pesado. Hay entonces que detenerse”, contaba Hernández, rey de la fantasmagoría más luminosa que haya olvidado este ingrato reino llamado España.

    Fiel a sí mismo y ajeno a toda contaminación, y a los marchantes que le pedían más ligereza, más rapidez, más obra en menos tiempo, para que el mercado abasteciera el hambre de sus imágenes grotescas y surrealistas. A mayor producción, mayor beneficio. Sin embargo, el camino del pintor del silencio era otro. “Lo maravilloso de un cuadro es que está siempre inacabado y hay que volver a empezar otro y dejarlo igual, inacabado. Porque la vida es siempre inacabada. Lo sin vida es acabado”, decía. La luz que engendra sombras sólo puede hacerse en silencio, aparte.

    'Ópera veneciana' (1971), colección del Museo Reina Sofía.
    'Ópera veneciana' (1971), colección del Museo Reina Sofía.

    En el camino a la luz, y las sombras, Luis Buñuel lo liberó de las dudas y complejos. Recordaba un largo encuentro en el que el cineasta le convenció de que su atracción por lo oscuro forma parte de la poética que define a los hombres. “He comprendido que no hay nada más inútil que intentar explicarnos el porqué de nuestras obras. Lo importante es saber que son tuyas, que son inseparables de ti, que te acompañan mudas, como tu sombra”.

    Memoria de bolsillo

    Guardaba sus sombras en cuadernos. A ellos les dedicó el discurso de su ingreso en la Academia de San Fernando, en 1989. Apuntes que empezó cuando “era soñador de pintor” y que le acompañaron hasta el final. En ellos aparecen sus anotaciones para realizar un insecto para ilustrar Metaformosis de Kafka. Las imágenes anotadas en todos esos cuadernos pertenecen a la memoria, son “intransferibles”. Secretos menores que guardó por miedo a que los borrará el tiempo.

    La película de José Hernández, el pintor, debería arrancar con un plano que barriera la obra que colgaba de las paredes de su primera exposición. Tánger (donde nació), 1962, pen la ciudad vivían Tennessee Williams, Truman Capote, Orson Welles, Paul Bowles… La exposición en la librería De Colonnes tuvo otro invitado especial: Francis Bacon. Dijo de aquel pintor que daba sus primeros pasos que “el día en que, definitivamente, lo invadan todos sus fantasmas, será él y nadie más que él”. Y aparecieron. Los fantasmas de Hernández que vaticinó el pintor inglés estaban ahí desde: “El pintar es para mí un pretexto para expulsar mi malestar. Si yo me sintiera seguro en la vida no pintaría”, palabra de José Hernández.

    No fue el único personaje que se cruzó en Tánger. Un día, en el estudio del pintor marroquí Ahmed Yacobi, mientras tomaba café se abrió una puerta y apareció “una persona en el más delirante estado de alucinación que cabe imaginar”. Allen Ginsberg. Cuando el escritor Beat se serenó contó que venía de ponerse a prueba en un experimento: llenaba una bañera con agua a igual temperatura que la del cuerpo, comprobándolo con un termómetro, se tapaba los ojos y oídos y se introducía en la bañera, se relajaba “hasta el olvido total de uno mismo”. Según Ginsberg, volvía a renacer. También William Burroughs, que terminó leyendo Los sueños de Quevedo después de que Emilio Sanz Soto, se lo entregara tras escuchar al escritor que España no había producido ninguna obra literaria realmente onírica.

    El propio José Hernández contaba sobre su proceso creativo, sin señalización, que pintando iban surgiendo figuras que, al principio, le sorprenden hasta que termina familiarizándose con ellas. “La necesidad de recrearlas se agudiza en mí. Con mi pintura he ido creciendo sin preocuparme nunca de su evolución, dejándola aflorar naturalmente, sin forzarla”.

    Siempre condicionó su creatividad al desarrollo técnico. “Para mí es esencial el conocimiento de la técnica. Una técnica a la que siempre he sentido como algo más, bastante más, que un simple vehículo. Es algo que forma parte de la propia sensibilidad creativa. Su constante transformación nos abre aminos nuevos, se adelanta a nuestros empeños, hasta permitirnos encontrar lo que buscábamos”. Ahí está la llave que abría la puerta de la creatividad del grabador y pintor. La intuición alimentada por el conocimiento de sus herramientas. La vibración del silencio, el descenso a los infiernos.

      

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