Lenin, Mickey Mouse y Cristo, de la mano
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el pop art desde el este

Lenin, Mickey Mouse y Cristo, de la mano

Una exposición londinense revisa la apropiación del pop art por parte de artistas del antiguo bloque comunista

Foto: Obra de Alexander Kosolapov
Obra de Alexander Kosolapov

¿Vendería usted a su madre por tener un cuadro de las sopas Campbell de Andy Warhol? ¿Sueña con las Marilyn serializadas del mismo artista? ¿Es usted de los que se compraría un cojín con una reproducción de los cuadros-viñeta de Lichtenstein? Entonces no hay duda: le gusta el arte pop y quizás, pero sólo quizás, también le pueda gustar la exposición Pop Art: East meets West inaugurada hace unos días en la Saatchi Gallery de Londres.Más de cincuenta años después de que aquel género revolucionara el arte contemporáneo, la galería propiedad del coleccionista estrella británico Charles Saatchi trata de demostrar que el pop sigue gozando de buena salud gracias a la apropiación y reinterpretación del género por parte de artistas chinos, taiwaneses y ex soviéticos y también a través de creadores occidentales cuya trayectoria también está influida por el pop art.

La Saatchi Gallery no es una galería cualquiera. Se trata casi de un museo con 13 enormes salas donde hasta el próximo 23 de febrero se celebra el legado del género a través de 250 obras firmadas por 110 artistas a los que parece unir, sobre todo, su debilidad por la vertiente más kitsch del pop. Teniendo en cuenta que el kitsch parece haberse apropiado de la cultura a gran escala, es posible que la propuesta sea acertada, aunque cabe preguntarse si es realmente algo que deberíamos celebrar.

Ocurre lo mismo con la obra de Oleg Kulik Deep into Russia (1997), media vaca también a tamaño natural con un gran agujero en el trasero creado para que el espectador pueda meter la cabeza dentro y ver a un feto con el rostro de Lenin que da vueltas sobre sí mismo y de cuyo cordón umbilical sale otro pequeño Lenin. El estómago de la vaca está hecho de espejos por lo que la sensación al introducir la cabeza en su interior es aún más inquietante.

La exposición está dividida temáticamente, lo que propicia que haya salas mucho más redundantes que otras. En las tres que se dedican al concepto Habitat, quizás tomando como referencia el collage de Richard Hamilton Just what it is that makes today’s homes so different, so appealing? (1956), es donde se pueden encontrar algunas de las obras menos estridentes y con las que se busca una reflexión más sutil alrededor del concepto de hogar que interesó a los primeros artistas pop.

Hay instalaciones como Incident in the corridor near de kitchen, de Ilya y Emilia Kabakov, donde cacerolas y platos cuelgan en medio de la sala y cuadros que ya son clásicos como el de Gary Hume Four Doors I (1989). Frente a ellos contrasta la falta de originalidad de la obra Sofá blanco del aclamado Ai Weiwei. Es exactamente lo que dice su título, un sillón blanco en mármol y está fechado en 2011. ¿Es posible decir algo nuevo con un sillón a tamaño natural tras cinco décadas de artistas de todo el planeta reproduciendo mobiliario hogareño en todas las variantes posibles?

Sin embargo, sí resulta interesante darse un paseo por las salas dedicadas a la ideología y la religión puesto que, aunque haya un exceso de ‘lenins’, también hay algunos clásicos del arte que merece la pena revisitar y algunas ideas buenas para la reflexión. Ahí está el Piss Christ (1987) del norteamericano Andrés Serrano, que cuando fue mostrado por primera vez a finales de los ochenta provocó convulsiones en el mundo del arte. Se trata de un pintura de un cristo sumergido en orina que Serrano pintó, supuestamente, utilizando la suya propia.

Ahí está también la instalación United Nations-Man and Space (1999-2000) del chino afincado en Nueva York Gu Wenda, quien reproduce todas las banderas del mundo utilizando pelo humano y las cuelga en una sala de luces tenues que obliga necesariamente a la introspección.

Abundan las esculturas políticas que aspiran a ser divertidas, como Hombre con retrato de Lenin (de la serie Paraíso perdido) de Grisha Bruskin, donde un hombre de metal lleva una pancarta colocada a la altura de su cara con… ¡bingo! , el rostro de Lenin o Dólar y martillo de Leonid Sokov, donde la tradicional hoz de la bandera soviética ha sido sustituida por el símbolo del dólar. Quizás en los noventa ambas obras tuvieron su momento pero no han sobrevivido demasiado bien al paso del tiempo.

Otras en cambio, como Abacus de Sergei Shutov, parecen ser más actuales que nunca. Fechada en 2001, muestra a doce maniquíes cubiertos completamente de negro arrodillados en el suelo y postrándose frente a una serie de retablos en los que no hay ninguna imagen. Todos tienen motor por lo que al entrar en la sala la primera impresión es que aquello son de verdad mujeres de negro reverenciando a alguien o a algo. Quizás sea la prueba más evidente de que mientras la política y sus iconos atraviesan sus horas más bajas la religión, desgraciadamente, no pierde actualidad.

No obstante eso es sólo una hipótesis: en el mundo real, en el del dinero, esta semana Londres acogía múltiples subastas de arte ruso sobre las que había una gran expectación y que han resultado ser un fiasco: la guerra que enfrenta a Rusia y a Ucrania preocupa también a los coleccionistas rusos, que no se han lanzado en masa a comprar como han hecho en los últimos años ante el clima de inestabilidad que persigue a su país. La política ya no es pop pero sus efectos siguen siendo imprevisibles.

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