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Literatura del malestar, una vuelta a la cruda realidad
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escritores contra la narrativa de evasión

Literatura del malestar, una vuelta a la cruda realidad

La literatura realista se olvida de las cosas para jugar con los sentimientos de personajes que padecen la miseria de un mundo que se está desmoronando

Foto: Un niño lee en la oscuridad con su linterna (Reuters)
Un niño lee en la oscuridad con su linterna (Reuters)

“Renunciar es renunciar”, dice una de los personajes de Lara Moreno (Sevilla, 1978) en la que es su primera novela Por si se va la luz (Lumen) y una de las más prometedoras puestas en escena de la nueva literatura. “Renunciar es renunciar”, tajante decisión que ha llevado a dos personajes a abandonar la ciudad y repoblar un pueblo. La indecisión, la inestabilidad, las dudas, la incertidumbre. El malestar. La literatura realista se olvida de las cosas para jugar con los sentimientos de los personajes que viven hoy como pueden, los protagonistas que padecen la miseria de un mundo que se desmorona y los escritores cuya mirada no es ajena.

Carlos Castán (Barcelona, 1960) también escribe su primera novela. Como Lara, Castán había hecho sus pinitos (sobresalientes) en el género chico, el relato, y con La mala luz (Destino) se cuela en el relato del cansancio, el miedo y la insatisfacción. “El aprendizaje de la decepción, del engaño que es todo. Hemos entendido lo frágil y endeble que es todo”, se refiere el autor a la incidencia de la literatura en la vida. Cuenta que es muy difícil vivir sin estar empapado del mundo, “ese mundo te ilumina y te ensucia”. “El escritor tiene detrás sus lecturas, su pasado y su entorno. Y éste le afecta de una "manera especial”, aclara Castán sobre el escritor comprometido por el contexto social. Comprometido, enredado, envuelto, obligado.

placeholder Carlos castán construye en 'la mala luz' un ejercicio lírico sobre el miedo

Antes de la cita con el escritor, un autobús con una gran publicidad en la que se lee: “Evádete”. Y alguien feliz haciendo algo. El autobús pasa y libera el fondo de la ciudad tal cual es, con su ruido, su trajín y sus calles. El relato de la realidad sufre una dura batalla por ver cuál es el discurso vencedor: el de las afueras del libro o el de los libros. El de la publicidad o el de la literatura, el de la verdad o el de la mentira. Y una pregunta, ¿cuánta verdad necesita el ser humano (y lector)? En los últimos años, la literatura en España vivía en la autocomplacencia dulce de los productos achocolatados, escapistas y desarmados de crueldad; acomplejada si se despegaba un milímetro del buenismo.

Ahora el lector reconoce el pesimismo en sus propias vidas. Cosas que antes la gente prefería no plantearse porque las veía muy lejanas. Ahora hay más oídos porque se han derrumbado tantas certezas

“Ahora el lector reconoce el pesimismo en sus propias vidas. Cosas que antes la gente prefería no plantearse porque las veía muy lejanas. Cosas como la condición humana, la imposibilidad de alcanzar lo que se desea, la identificación con la vida propia, el descrédito del amor, etc. Ahora hay más oídos porque se han derrumbado tantas certezas”, explica Castán que se queja de que antes cualquiera que planteara un libro en estos términos era considerado “un cenizo”.

Tanto Moreno como Castán escriben en primera persona (identificación del lector con los problemas y la inquietud de los personajes). Conciencia y recuerdo del discurso que cala –el literario- frente al epidérmico e inmediato del discurso que se impone de un vistazo –la publicidad. El cartel contra el libro no es una batalla nueva, pero ahora el libro –algunos escritores- parece que se rebelan a adoptar el lenguaje publicitario, a bailarle el agua a la realidad maquillada y perfumada.

El despertar de la sociedad

Bienvenidos a la sociedad del desengaño, que ha despertado y se ha encontrado con que tiene opresión en lugar de libertad, elitismo en vez de igualdad y le han cambiado la fraternidad por la sociofobia. César Rendueles (Girona, 1975) es otro de estos autores que subraya la importancia de la toma de conciencia para resolver los problemas que parecían haberse disuelto sin dejar rastro, sin haber afrontado ningún conflicto político, y de los que utiliza el libro como arma arrojadiza.

El filósofo indicaba en una entrevista a El Confidencial por su obra Sociofobia. El cambio político en la era de la utopía digital (Capitán Swing) que “la industria del entretenimiento desempeñó un papel crucial” en ver la explotación laboral “el atrezo de un episodio de Friends y no la antesala de la pobreza”. “Proveyó a mi generación de un tipo de consumo legitimador que nos hizo pensar que la catástrofe que se gestaba era un entorno interesante y sofisticado”, dice.

La sociopatía es un vaciamiento de la conciencia individual en beneficio del reconocimiento general. Con el reconocimiento parece que se tapan las carencias

Rendueles es el fondo de todas estas novelas a las que nos referimos, la red en la que se tejen los planteamientos sobre la importancia de urdir una comunidad y de regresar a la dependencia mutua, la deliberación sobre el desengaño: ni los expertos, ni la tecnología, ni el mercado nos librarán de nuestros problemas. “El cuidado mutuo es la base de un vínculo social racional y libre y una fuente potencial de realización personal”.

“La sociopatía es un vaciamiento de la conciencia individual en beneficio del reconocimiento general. Con el reconocimiento parece que se tapan las carencias”. En nuestro peculiar itinerario por una literatura que molesta, que cambia la evasión de la novela erótica por el dolor, la muerte, la responsabilidad civil en los años del final del Estado del Bienestar, recalamos en Alejandro Gándara (Santander, 1957), que acaba de publicarLas puertas de la noche (Alfaguara).

Esta es una historia de aprendizaje que emprende el propio escritor, que quiere entender, asumir y consolar ante la muerte. Esta comunidad sociópata agrava la pérdida de ayuda y de consuelo común. “Esta sociedad es muy experta en eso: coge a todos los enfermos mentales y les da una profesión. Un escritor es un narcisista. Tengo una amiga que dejó el psicoanálisis porque sólo le llegaban a la consulta narcisos”.

Gándara quería escribir algo “necesario y urgente” o nada. “Me duermo ya con las novelas. Es la misma historia con pequeñas variantes: intriga, más una contradicción, más un desenlace. Quería escribir algo que me importara”. La suya también es una intención narrativa contra la autocomplacencia, pero descartó la muerte más cruel –la de un hijo o la de un padre- para que el dolor no lo inundara todo y aniquilara la reflexión. “Algunos no se han enterado que son mortales y siguen pensando que son inmortales”.

Luchando por la realidad

Hay tantos vínculos entre el ensayo de Rendueles y otras novelas como las referidas, que es difícil resumirlo en una coincidencia editorial. Isaac Rosa (Sevilla, 1974) con La habitación oscura (nótese la relación entre títulos de éste con Por si se va la luz de Lara Moreno y Tiempo de encierro de Doménico Chiappe) es –perdón por la expresión- el cabeza de cartel de este breve ejército, que resiste como puede contra otras formas de representación de la realidad mucho más fuertes que la literatura: “La política, la economía, el periodismo”, señala el propio Rosa.

placeholder Lara moreno deslumbra a los libreros con 'por si se va la luz'

“Son relatos de la realidad frente a los que la literatura poca fuerza tiene hoy. Tal vez por eso buena parte de esta literatura se repliega sobre sí misma (autoficción en auge), busca otros espacios (evasión) o reproduce esas otras representaciones para no quedarse atrás y ser admitida en la mesa de los mayores”, explica Rosa. De hecho, es el primero en dar la batalla por perdida: “Quizás parezco derrotista, pero aunque no me resigne, veo mucha de esa literatura (la de resistencia, la mía misma) como un esfuerzo melancólico”.

La literatura renunció a levantar la alfombra de las representaciones dominantes para ver la mierda que había debajo

Para este escritor la literatura mayoritaria aceptó durante los años previos a la crisis el consenso ideológico y económico y renunció a indagar la realidad. Pese a las excepciones. “Renunció a levantar la alfombra de las representaciones dominantes para ver la mierda que había debajo, la debilidad de unos cimientos podridos”. Y ahora que todo se ha derrumbado, los escritores también han sido sepultados por la ruina de ese mundo. “Veo a los escritores como esos ejecutivos que tras la caída del World Trade Center caminaban cubiertos de polvo y ceniza, cegados por la nube de polvo, desconcertados. Es decir, como el resto de ciudadanos”, cuenta Rosa.

Las expectativas contra el relato oficial son compartidas con Chiappe (Perú, 1970). Tiempo de encierro (Lengua de Trapo) es una novela basada en un desahucio real de una pareja que espera su primer hijo y pide para su novela que sobreviva al tiempo para “rebatir el discurso de las cifras”. Y a pesar de que la intención de su escritura haya sido desasosegante está convencido de que el resultado es “optimista”.

“Porque la rebelión, desde lo personal, es ya un primer paso para ese despertar, para encarar ese malestar”, y el malestar, según este escritor, no deja actuar. Vivimos inmovilizados como si padeciéramos una enfermedad mortal. “Nos han convencido que la patología es tan grave que no tiene otro remedio que la amputación y que nos quedemos en la camilla, esperando, sin segunda opción y sin luchar”.

Chiappe viene del periodismo y tiene el deje de empaparse de calle. El oído supera a la ficción y se alza en “una voz contra un parasistema de corrupción y caudillismo que ha sido descubierto”. “Sería cobarde callar, pero también es cierto que hay mayores valentías en estos tiempos en que se instala el miedo”, asegura. Por eso ha elegido el punto de vista de Ingrid, mujer joven, embarazada y desahuciada, como marco que se interrumpe con otros puntos de vista y otras conciencias.

Lara Moreno no cree que la realidad condicione tanto. De hecho, para la autora de Por si se va la luz asegura que “la literatura nace de lo íntimo”, aunque la intimidad aspire a lo plural. En este caso, la intimidad es desasosegante. “¿Es que existe la literatura del bienestar?”, se pregunta. Hay tantos ejemplos en lo alto de las listas de éxitos… “Nace de un desasosiego y hay una intención de incomodidad en los personajes. Pero en el fondo intento crear una esperanza, una ilusión de salida de emergencia”, explica.

Necesitamos buena literatura que agriete la representación dictada. Si no puede reemplazarla, al menos que la impugne

Al preguntarle por las coincidencias con La habitación oscura, Moreno aclara que todavía no ha leído la novela de Rosa, pero sí una entrevista en la que le hizo replantearse parte del discurso que ella tenía con su propia novela. Asegura no haberse planteado una intención política. “El acto reflejo fue literario”, pero comprendió que había hecho “lo contrario que Isaac Rosa, pero partiendo de la misma angustia con respecto a la posibilidad de la falta de luz”.

Lo cierto es que la novela de Lara es una huida. “He quitado a mis personajes de en medio, los he alejado de todo eso que me incomoda y me supera, a lo que no sé cómo enfrentarme”. La novela de Isaac, precisamente, busca un refugio en medio de la ciudad para todos sus personajes. Es un exilio interior para no enfrentarse, a veces, a sus problemas y, otras, para crear un refugio. En ambos casos, una generación incapaz y harta. Y ambas en primera persona: “Porque me daba la libertad de ver en la oscuridad”, reconoce Lara Moreno.

Isaac Rosa también se muestra, en el fondo del malestar, cuando los años gloriosos han pasado y la armada invencible ha vuelto a hundirse, un poso de esperanza. “Pese a todo, necesitamos buena literatura que agriete la representación dictada. Si no puede reemplazarla, al menos que la impugne”, aunque ello obligue a incomodar y desestabilizar al lector. Entre el realismo y el desencanto, la literatura quiere intervenir.

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