El dilema del regatista Lemieux: ¿ganar el oro en los Juegos o salvar dos vidas?
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El dilema del regatista Lemieux: ¿ganar el oro en los Juegos o salvar dos vidas?

Era el 24 de septiembre de 1988 cuando nuestro protagonista navegaba segundo en la categoría Finn. Rozaba el oro, pero un avistamiento cambió su vida para siempre

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Imagen: Irene de Pablo.

Has pasado años preparándote para ese momento, para ascender a los cielos de la gloria olímpica. Las oportunidades son pocas y los minutos de competición, los que decidirán si tu nombre es grabado con letras de oro en la posteridad o desaparecerás del mundo como una nota a pie de página, transcurren rápidamente. La gloria o el olvido. O tal vez, en el caso de Lawrence Lemieux, ambas cosas. Sacrificar la victoria para conseguir la inmortalidad.

Era el 24 de septiembre de 1988 y el regatista canadiense figuraba segundo en la clasificación, justo detrás de nuestro José Luis Doreste. Lemieux surcaba las olas de Busán, en el estrecho de Corea, durante la quinta de las siete pruebas de la clase Finn. Era una de las pocas oportunidades que tenía para rozar el oro olímpico. Sin embargo, un avistamiento en mitad de las olas cambiaría su vida para siempre. A su derecha, Lemieux atisbó un barco a la deriva. Uno de sus tripulantes se aferraba al bote, el otro ya había caído al mar. Supuso que serían regatistas de la competición de clase 470, que se celebraba al mismo tiempo.

Lemieux gritó para preguntarles si necesitaban ayuda. Pero el fuerte viento se llevaba las palabras de respuesta. Volvió a preguntarles si era necesario que les socorriese. Nada. Algo decían, pero no sabía qué. Ante la duda, el canadiense cambió su rumbo y se acercó a la navegación singapurense.

Fue el segundo deportista en ganar la medalla Pierre de Coubertin durante la competición

Rescatar a Joseph Chan fue más difícil de lo que pensaba. La corriente le empujaba en el sentido opuesto del viento, lo que estaba ocasionando unas olas de elevada altura. Si no manejaba bien la situación, era posible no solo que no pudiese rescatar a su compañero, sino que también él mismo terminase hundido. Finalmente, Lemieux fue capaz de subirse al bote, y el canadiense socorrió a su compañero, Siew Shaw Her, que se aferraba con dificultad a la barca y sangraba profusamente de una de sus manos.

Lemieux aguardó en el mar hasta que una patrulla recogió a los infortunados regatistas. Demasiado tarde para él, que terminó en el puesto número 22 de la clasificación. El último. Sin embargo, la organización decidió reconocer su gesto y devolverle la posición en la que se encontraba cuando tomó la decisión que cambió su vida. Aunque le había eliminado de la carrera por el oro, Lemieux fue condecorado por José María Samaranch con la medalla Pierre de Coubertin. Era el segundo deportista que la ganaba durante la celebración de unos JJOO (la mayoría se reparten 'a posteriori' o incluso de forma póstuma), después de Eugenio Monti.

"La primera regla de la navegación es que si ves a alguien en problemas, tienes que ayudarle", recordaba décadas más tarde, ya retirado, cuando fue introducido en el salón de la fama de Alberta. "Simplemente lo haces".

"La primera regla de la navegación es que si ves a alguien en problemas, tienes que ayudarle"

¿Qué pasó por la cabeza de Lemieux en ese momento en que dejaría de competir por el oro para pasar a la historia como un héroe olímpico? "Mi lógica fue: ¿realmente necesitan ayuda? Porque a menudo eres capaz de socorrerte tú mismo", recordaba. "Pero en esos momentos no era capaz de entender si necesitaban ayuda o no. Simplemente, tenía que ir. Si llegaba y no necesitaban mi ayuda, 'c'est la vie'. Pero si no iba, sería algo de lo que me arrepentiría toda mi vida". El canadiense añadiría que todas esas cosas las pensó 'a posteriori', o tal vez simplemente pasaron por su mente de forma inconsciente. En realidad, no tuvo ningún debate moral consigo mismo. "En ese instante, tenía que ir".

Lo más probable, han señalado investigaciones posteriores, es que si Lemieux no hubiese decidido variar su curso, Chan se habría ahogado, porque las olas eran tan altas que "habría sido como encontrar una aguja en un pajar".

Pero el '¿qué habría pasado si…?' ni da valor ni se lo quitó a la hazaña de Lemieux. El verdadero valor de su acto se encuentra en actuar sin pensar en las consecuencias, sin saber si era necesario o no, en respetar los códigos del mar, los códigos humanos, por encima de la victoria deportiva. De esa manera, alcanzó la verdadera gloria. El súmmum del espíritu olímpico.

Has pasado años preparándote para ese momento, para ascender a los cielos de la gloria olímpica. Las oportunidades son pocas y los minutos de competición, los que decidirán si tu nombre es grabado con letras de oro en la posteridad o desaparecerás del mundo como una nota a pie de página, transcurren rápidamente. La gloria o el olvido. O tal vez, en el caso de Lawrence Lemieux, ambas cosas. Sacrificar la victoria para conseguir la inmortalidad.

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