Somos más ricos y sanos, pero ¿'sabemos' vivir más? En exclusiva para suscriptores
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ADELANTO EDITORIAL

Somos más ricos y sanos, pero ¿'sabemos' vivir más? En exclusiva para suscriptores

Los avances tecnológicos nos han permitido vivir más años, pero ¿por qué nos genera tanto pánico? El reto es que el ingenio social consiga ser amplio, profundo e innovador

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Imagen: EC Diseño.

Nuevas tecnologías inteligentes. Vidas más largas y saludables. El progreso humano ha alcanzado cotas muy altas, pero, al mismo tiempo, ha creado una enorme inquietud sobre el futuro. ¿Corren peligro nuestros puestos de trabajo? Si vivimos hasta los 100 años, ¿dejaremos de trabajar alguna vez? ¿Y cómo cambiará nuestra forma de querer, dirigir y aprender de otros? A esas y muchas otras preguntas trata de dar respuesta 'La nueva longevidad', el último libro de Andrew J. Scott y Lynda Gratton, editado por Galaxia Gutenberg.

Hay una cosa indudable: los avances tecnológicos no han ido acompañados de las innovaciones necesarias en nuestras estructuras sociales. En esta era de cambios sin precedentes, todavía no hemos descubierto formas nuevas de vivir. Expertos en economía y psicología, Andrew J. Scott y Lynda Gratton presentan un sencillo marco basado en tres principios fundamentales (narrar, explorar y relacionarse) con el fin de proporcionarnos las herramientas para sortear los obstáculos que nos aguardan.

Al tiempo hoja de ruta personal y manual básico para gobiernos, empresas y universidades, 'La nueva longevidad' es la guía esencial para una vida más larga, más inteligente y más feliz. "Vivimos vidas más largas y más saludables, y eso hace que nos enfrentemos a desafíos trascendentales. Pero, como destaca este maravilloso libro, también ofrece enormes oportunidades, cambios en nuestra forma de invertir en educación, nuestra forma de trabajar, consumir, construir nuestra vida social e incluso regularnos a nosotros mismos". Ahora, en exclusiva para suscriptores, te ofrecemos un capítulo de un libro que invita a la reflexión y es de lectura obligada.

Una larga vida

La historia de la humanidad es una historia asombrosa de logros colectivos. A través de miles de años hemos aumentado sustancialmente nuestra población, nuestra esperanza de vida y los recursos a nuestro alcance. Como consecuencia, hoy somos mucho más ricos y mucho más sanos.

El motor de este progreso es el ingenio humano, que ha expandido el conocimiento de tal manera que, al incorporarlo a las nuevas tecnologías y a la educación, crea nuevas posibilidades y nuevas oportunidades. El fuego, la agricultura, la escritura, las matemáticas, la imprenta, la máquina de vapor, la electricidad, la penicilina y los ordenadores no son más que algunas de las innovaciones que han impulsado nuestro nivel de vida.

El ingenio humano ha impulsado estas mejoras, pero los avances no siempre han sido suaves ni rápidos. A veces son dolorosos, largos y tumultuosos, tanto para las personas como para la sociedad en su conjunto.

Pensemos, por ejemplo, en el cambio que supuso, hace 10.000 años, pasar de la recolección a la agricultura. Con el tiempo, la gente fue más rica y más sana, pero la transición a las nuevas tecnologías de la agricultura provocó una caída del nivel de vida que duró varios siglos. En el Reino Unido, durante la Revolución industrial, hubo un desfase similar y el nivel de vida de muchas personas no mejoró en las primeras décadas de disrupción tecnológica. Los problemas que lastraban a la gente no eran solo económicos, sino también psicológicos. Como consecuencia de la industrialización, muchas personas tuvieron que emigrar lejos de sus familias y sus comunidades tradicionales para vivir en unas ciudades en rápida expansión en las que a menudo carecían de apoyos y seguridad.

También tuvieron que aprender nuevas habilidades y adoptar nuevos papeles, identidades y, muchas veces, formas de trabajo alienantes. Para muchos de los que vivieron esa transición, la sensación de progreso habría sido algo muy distante. Estas dos transiciones comparten un mismo modelo: la creatividad humana produjo avances tecnológicos que debilitaron las estructuras económicas y sociales existentes, lo que, a su vez, hizo que fuera necesaria otra forma de creatividad humana: el ingenio social. Si el ingenio tecnológico crea nuevas posibilidades basadas en conocimientos nuevos, el ingenio social crea formas de vivir que permiten que esos inventos mejoren colectiva e individualmente la situación de los seres humanos.

Ahora bien, es importante saber que el ingenio social no es un resultado automático del ingenio tecnológico. Y, sin ingenio social, la creatividad tecnológica no produce beneficios indiscutibles. Esa es la razón de que el patrón histórico de progreso y adelanto se vea mejor en retrospectiva que a través de quienes están viviendo el cambio. Y también de que esos periodos –cuando hay un desfase entre esos dos tipos de ingenio– se caractericen por la ansiedad, la transición y la experimentación social.

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El síndrome de Frankenstein

Vivimos en una época en la que el desfase entre el ingenio tecnológico y el social es cada vez mayor. La creatividad tecnológica está avanzando a toda velocidad, mientras que el ingenio social se queda atrás y, por consiguiente, nuestras formas sociales –las estructuras y los sistemas que forman el contexto de nuestra vida– no están aún a su altura. Nos deslumbran los logros inminentes que promete la tecnología, pero nos inquietan las consecuencias sociales.

En 'Frankenstein', la novela de Mary Shelley, la criatura del doctor Victor Frankenstein se rebela y mata a su hacedor. También hoy existe una sensación de 'síndrome de Frankenstein', el temor a que precisamente nuestros triunfos tecnológicos humanos se vuelvan contra nosotros y, en lugar de progreso, nos proporcionen miseria. En otras palabras, el miedo a que la creatividad tecnológica se manifieste con tanta fuerza y tanta rapidez que aplaste nuestro estilo de vida y corramos el riesgo de perder nuestro empleo, nuestro sustento e incluso nuestro concepto de lo que significa ser humano.

Los medios de comunicación están llenos de ese tipo de advertencias: "La automatización costará ochocientos millones de puestos de trabajo de aquí a 2030", "más de la mitad del empleo estadounidense en peligro". Y estos miedos no son solo económicos, sino incluso existenciales. Stephen Hawking expresó así su temor: "El desarrollo de la plena inteligencia [artificial y generalizada] puede anunciar el fin de la raza humana", un miedo que comparten personajes como Bill Gates y Elon Musk. La novela de Shelley es un relato aleccionador sobre el ingenio y los conocimientos humanos.

La preocupación por el ingenio humano no se limita a la tecnología. También existe un profundo malestar a propósito de la longevidad. Durante el siglo XX esa capacidad de invención produjo grandes mejoras en la salud pública y avances médicos asombrosos que han prolongado enormemente la vida. Al comenzar el siglo, una niña nacida en el Reino Unido tenía una esperanza de vida de unos 52 años; a finales de siglo había aumentado a 81 años (y en 2010, a 83). En 2050 habrá en China más de 438 millones de personas mayores de 65 años (más personas que las que componen la población actual de Estados Unidos); en Japón, una de cada cinco personas tendrá más de ochenta años. Pero, en vez de celebrar estos avances extraordinarios, existe el miedo a que una sociedad envejecida haga que algunos países entren en bancarrota, destruya pensiones, aumente el gasto sanitario y desemboque inevitablemente en una economía más débil. Tenemos miedo al ingenio humano y nos preocupa que el avance del conocimiento socave la vida y el bienestar de las personas.

Tenemos miedo al ingenio humano y nos preocupa que los avances del conocimiento socaven la vida y el bienestar de las personas

La preocupación por que los logros humanos sean contraproducentes es comprensible, pero, a nuestro juicio, es restrictiva. Dados los antecedentes históricos, tiene que haber formas posibles de garantizar los beneficios para la humanidad. ¿No deberíamos considerar que las nuevas tecnologías inteligentes y la posibilidad de tener vidas más largas y saludables son ventajas, y no problemas? ¿Las nuevas tecnologías inteligentes y la vida más larga y saludable no deberían ser oportunidades, y no problemas? En palabras de Joseph Coughlin, director de AgeLab, el laboratorio del envejecimiento en el Massachusetts Institute of Technology (MIT): "¿El mayor triunfo en la historia de la humanidad, y lo único que somos capaces de decir es que va a arruinar Medicare? ¿Por qué no aprovechamos para crear nuevos relatos, nuevos rituales y nuevas mitologías para las personas en su proceso de envejecimiento?".

El reto es que, para palpar verdaderamente esas ventajas, el ingenio social debe ser tan amplio, profundo e innovador como la creatividad tecnológica. Y eso significa que cada uno de nosotros debe ser creativo: estar dispuesto a desafiar las normas, crear formas de vida nuevas, construir análisis más profundos, experimentar y estudiar. Y significa también que nuestras instituciones –ya sean de gobierno, educativas o empresariales– deben estar a la altura del reto del ingenio social.

Esa necesidad de ingenio social es el factor fundamental que nos mueve a escribir este libro. Nuestra esperanza es suscitar una conversación sobre lo que, como seres humanos, nos gustaría lograr en respuesta a las nuevas tecnologías y al aumento de la longevidad y cómo podemos intentar ser más fuertes en las décadas venideras. Queremos servir de ayuda al lector en su reflexión sobre lo que puede ocurrir en los próximos años, interesarle por las formas que puede adoptar el ingenio social y proporcionarle las herramientas necesarias para sortear de manera proactiva las transiciones y las turbulencias que todos experimentamos.

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Imagen: Galaxia Gutenberg.

Pioneros sociales

Las discusiones sobre cómo va a cambiar nuestro futuro se centran siempre en los fenómenos del 'ascenso de los robots' y la 'sociedad envejecida'. Resulta llamativo lo impersonales que son estas expresiones. Hablan de máquinas o del 'otro'. Sin embargo, la creatividad humana necesaria para que estos avances nos beneficien a todos será intrínsecamente personal.

El motivo es que las tendencias generales y aparentemente impersonales de la longevidad y la tecnología tienen enorme repercusión en lo que significa ser humano. Como vamos a ver, están influyendo en si nos casamos y cuándo, en nuestras formas de compaginar la familia con el trabajo y distribuir las tareas entre los sexos, en lo que aprendemos, cómo aprendemos y de quién, en lo que pensamos de nuestra carrera y nuestro trabajo y cómo construimos nuestra identidad profesional, en lo que hacemos en cada etapa de nuestra vida y cómo elaboramos un relato vital.

Estos fundamentos de la vida están cambiando, como es inevitable. La pregunta que debemos hacernos es: ¿en qué queremos que se conviertan?

Dado que millones de personas afrontan los mismos dilemas y se hacen las mismas preguntas, esta preocupación está empezando a ser terreno fértil para el ingenio social. Lo que está claro es que el pasado no va a ser la guía más acertada para el futuro. No parece que las opciones tradicionales de las generaciones anteriores sean apropiadas; y quizá las estructuras sociales que solían servir de marco de vida ya no son capaces de cumplir su función. Necesitaremos comprender estas tendencias y tener el valor y la motivación que nos empujen a actuar en consecuencia. Sea cual sea nuestra edad, a medida que la longevidad y la tecnología nos sitúan en circunstancias completamente nuevas, debemos estar preparados para experimentar como individuos, pero también colectivamente, como familias, empresas, educadores y gobiernos.

Debemos estar preparados para ser pioneros sociales: ese es el mensaje fundamental de este libro.

Nuevas tecnologías inteligentes. Vidas más largas y saludables. El progreso humano ha alcanzado cotas muy altas, pero, al mismo tiempo, ha creado una enorme inquietud sobre el futuro. ¿Corren peligro nuestros puestos de trabajo? Si vivimos hasta los 100 años, ¿dejaremos de trabajar alguna vez? ¿Y cómo cambiará nuestra forma de querer, dirigir y aprender de otros? A esas y muchas otras preguntas trata de dar respuesta 'La nueva longevidad', el último libro de Andrew J. Scott y Lynda Gratton, editado por Galaxia Gutenberg.

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