Ideas para salir de la crisis: por qué hasta ahora han fallado

En la última década han surgido numerosas ideas brillantes para mejorar la economía y reducir la desigualdad. Pero la mayoría de ellas no tenían en cuenta su viabilidad política

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Es posible que la década larga transcurrida desde que se inició la crisis financiera en 2008, con el estallido de Lehman Brothers, hasta la irrupción del covid-19 haya sido la más activa intelectualmente en mucho tiempo. Periódicos, revistas, escritores, economistas, partidos, blogs, fundaciones, 'think tanks', bancos y universidades han propuesto una cantidad inédita de ideas con las que resolver prácticamente cualquier aspecto de nuestra forma de vida: desde el más recóndito detalle de los sistemas fiscales, pasando por la puesta al día de los sistemas de bienestar, hasta la refundación general del capitalismo. Semana tras semana, parecía que encontrábamos la clave que nos sacaría del estancamiento secular, solucionaría las crecientes desigualdades o el desencanto con la tecnología. Sin embargo, una década larga después, incluso en la hipótesis poco probable de que el covid-19 sea un accidente dramático pero pasajero, no parece que nuestras sociedades vayan a mejorar en ningún aspecto sustancial.

Ideas para el cambio

Y ello a pesar de que muchas de estas ideas para el cambio se convirtieron en auténticos éxitos, globales y locales. Thomas Piketty y su denuncia de la desigualdad, Mariana Mazzucatto y su defensa del papel del Estado en la innovación y la economía, Joseph Stiglitz y sus propuestas para un "capitalismo progresista", Yanis Varoufakis y sus críticas a la ortodoxia del FMI y el Banco Central Europeo, o Michael Lewis y su inquietante descripción del funcionamiento del sistema financiero estadounidense y de las burbujas inmobiliarias europeas. Estas y otras ideas semejantes poblaron la imaginación de una determinada élite global con recetas para reconducir el sistema y enmendar los errores cometidos en cuarenta años de llamado "neoliberalismo".

Yanis Varufakis en un acto en defensa de la democracia europea. (Reuters)
Yanis Varufakis en un acto en defensa de la democracia europea. (Reuters)

En España, colectivos de autores como 'Nada es Gratis', 'Hay Derecho' o 'Politikon' hacían una propuesta tras otra —relacionadas con la economía, el sector público o la representatividad y la inclusión— para mejorar la democracia española, y sus miembros se convertían en la encarnación de un reformismo profundo pero, al mismo tiempo, bien conectado con las élites tradicionales. En Davos se hablaba de cómo recuperar la igualdad perdida. En Madrid, el Congreso se llenaba de jóvenes asesores y veteranos economistas con ideas para que los diputados nos representaran de verdad y bien.

Muchas de estas ideas, además, procedían de la izquierda. No todas. Pero, en cualquier caso, las propuestas para sacar a Occidente de lo que primero fue una crisis financiera, luego económica, luego de deuda, luego política y ahora sanitaria y de nuevo económica no procedían del conservadurismo tradicional. Durante esos años, mientras la izquierda y el reformismo liberal discutían propuestas osadas (aunque no necesariamente viables, como veremos después) para reformar a fondo un sistema que claramente no estaba funcionando como debía, el centroderecha europeo, y con él el español, apelaba a sus viejas recetas sin sentir ninguna necesidad aparente de ponerlas al día: menos impuestos, menor regulación, contención (pero no bloqueo) del cambio social y una meritocracia teñida de moralismo según la cual el fracaso individual suele deberse más a fallas del carácter que a fallas del sistema. Ninguna de estas ideas está obsoleta, pero llamaba la atención que la derecha, que en términos económicos suele fiarlo casi todo a la capacidad del capitalismo para alentar la innovación y generar nuevas fórmulas de creación de riqueza y empleo, sintiera que en términos ideológicos la innovación no solo no era necesaria, sino indeseable.

La derecha, que en términos económicos suele fiarlo casi todo a la capacidad para alentar la innovación, sentía que en términos ideológicos la innovación no era necesaria

Sea como sea, la avalancha de ideas reformistas, procedieran de la izquierda o del liberalismo, tuvieron un éxito enorme en el plano intelectual. Los libros que las desarrollaban se convertían en 'bestsellers' en buena parte de Occidente: de 'El minotauro global", de Yanis Varoufakis —descrito en la portada del libro como "la nueva estrella del rock del movimiento antiausteridad europeo"— a 'El capital en el siglo XXI' de Thomas Piketty, que llegó a vender un millón y medio de ejemplares en todo el mundo gracias, en buena medida, al apoyo que le brindó la intelectualidad de izquierdas estadounidense. O 'La gran apuesta', del periodista de Bloomberg Michael Lewis, que se convirtió en una película de Hollywood coprotagonizada nada menos que por Brad Pitt y 'Too Big To Fail', del periodista del 'New York Times' Andrew Ross Sorkin, adaptado también en una película protagonizada, más modestamente, por William Hurt.

Thomas Piketty escucha a Benoît Hamon en un acto de campaña. (Reuters)
Thomas Piketty escucha a Benoît Hamon en un acto de campaña. (Reuters)

Como siempre ocurre, los políticos se sintieron atraídos por esa oleada, fuera por su genuino interés en las ideas que traía consigo o por la celebridad cada vez mayor de sus autores. Syriza ofreció a Varoufakis el Ministerio de Economía griego; Joseph Stiglitz se reunió con Pablo Iglesias, secretario general de Podemos; la semana pasada, en el estrado del Congreso de los Diputados, Íñigo Errejón citaba a Mariana Mazzucato, y su tesis de que sin el apoyo del Gobierno estadounidense a la investigación tecnológica nunca habría existido la pantalla táctil del iPhone, para defender la capacidad inversora del Estado. Entre los autores nacionales, Luis Garicano, respetado economista liberal, profesor de la London School of Economics, promotor de 'Nada es Gratis' y autor del exitoso libro 'El dilema de España. Ser más productivos para vivir mejor', era reclutado para la política primero como asesor de Albert Rivera, el líder de Ciudadanos, y más tarde como eurodiputado. También otros dieron el salto a la política. Lo hicieron al menos dos miembros de 'Politikon'. Y el que durante un tiempo fue uno de los economistas más mediáticos en España, José Carlos Díez. El autor de 'Hay vida después de la crisis', un libro lleno de recetas para recuperar la prosperidad, lo intentó como asesor de Susana Díaz, aunque regresó a la actividad privada cuando esta salió derrotada en las primarias del PSOE ante Pedro Sánchez.

El fracaso político

Pero bien fuera reconvertidos en políticos o, en el caso más habitual, como sus inspiradores, la mayoría de los creadores de estas ideas, que habían tenido un éxito sin precedentes en el mundo intelectual, no consiguieron verlas convertidas en realidades políticas. El caso más espectacular, por supuesto, fue el de Yanis Varoufakis, que en 2015, ya como ministro de Economía, llevó a cabo una desastrosa negociación con las autoridades de la Unión Europea para la reestructuración de la (ciertamente casi impagable) deuda griega. Thomas Piketty se sumó al equipo del candidato socialista francés Benoît Hamon en las elecciones de 2017, en cuya campaña este defendió la introducción de una renta universal y un impuesto a los robots, y en las que consiguió poco más del 6 por ciento de los votos. Jeremy Corbyn, que suscitaba entusiasmo entre los columnistas de 'The Guardian' y recibía el apoyo de Paul Mason, un periodista reconvertido en autor de grandes éxitos de recetas económicas comunitaristas como 'Postcapitalismo. Hacia un nuevo futuro', abandonaba el liderazgo del Partido Laborista británico tras su catastrófica derrota ante Boris Johnson en las elecciones del año pasado. Bernie Sanders, el candidato preferido por la izquierda intelectual anglosajona por su predisposición a ir mucho más allá en las políticas redistributivas tradicionales del Partido Demócrata estadounidense, a quien apoyaban escritores como Naomi Klein, autora de los bestsellers 'No logo' y 'La doctrina del shock', no lograba vencer en las primarias presidenciales a Joe Biden, un político mucho más ortodoxo.

Naomi Klein en un acto del partido laborista británico. (Reuters)
Naomi Klein en un acto del partido laborista británico. (Reuters)

Esto no significa que algunas de estas ideas no fueran buenas. Un buen puñado de ellas no solo son buenas, sino necesarias. Pero a estas alturas resulta evidente que, a pesar del entusiasmo generalizado que despertaron en el mundo académico y periodístico, su conversión en realidades políticas parece que entraña una enorme dificultad. Primero, para introducirse en los programas políticos que, a fin de cuentas, diseñan profesionales de la política que suelen tener un olfato mucho más afinado que los economistas para detectar las preferencias de los votantes. Y luego, cuando se incluyen en los programas, para que las voten los ciudadanos.

Las teorías económicas de Thomas Piketty son fascinantes por su erudición, amplitud y vindicación de la justicia. Pero intente convencer al ciudadano medio de que le vote si sigue afirmando que "hay que acabar con el fetichismo de la propiedad privada". La crítica de Mazucatto a la noción de "valor" en la economía actual es certera, profunda y trascendente, pero trate de convencer a las clases medias de que la mayor parte de los trabajos del sector financiero no tienen ninguna clase de valor. La afirmación que hacen muchos de los autores mencionados de que en el pasado, aunque los impuestos sobre la renta alcanzaban en algunos casos el 90 por ciento, no por ello los ricos dejaban de serlo o dejaban de invertir es estrictamente cierta: animo a algún partido con vocación ganadora a incluir esa propuesta en su programa.

"Todos sabemos lo que tenemos que hacer, pero no sabemos cómo hacer que nos vuelvan a votar después de hacerlo". Ahora esa frase ingeniosa define por completo la política occidental actual

Podría parecer que los economistas más brillantes, que son capaces de introducir en sus modelos las posibilidades más sofisticadas, no pudieran siquiera contemplar la más cierta de todas: la posibilidad de que sus propuestas sean inviables políticamente, o de que para sacarlas adelante haga falta un capital político, una capacidad de liderazgo, que en este momento probablemente no tenga ningún político europeo, y por supuesto tampoco Pedro Sánchez. Hemos hablado durante mucho tiempo de los peligros de la fragmentación política, y ahora lo hacemos de la polarización y sus riesgos. Y somos testigos de una de sus consecuencias más esperables: que sea imposible hacer reformas en un sentido o en otro, aun cuando se reconozca su necesidad, por falta de capacidad política. Como es bien sabido, cuando los líderes europeos se enfrentaban a lo peor de la crisis del euro a mediados de la década pasada, Jean-Claude Juncker afirmó: "Todos sabemos lo que tenemos que hacer, pero no sabemos cómo hacer que nos vuelvan a votar después de hacerlo". Ahora esa frase ingeniosa define por completo la política occidental actual.

Muchos de los economistas que, de manera brillante, han trabajado durante más de una década en ideas para arrastrar al capitalismo hacia posiciones más de izquierdas, o en todo caso menos anquilosadas en la vieja ortodoxia, han visto en la crisis actual la enésima ventana de oportunidad para llevar a cabo las reformas que propugnan. Sin ella quizá los políticos hubiesen tardado mucho más en poner en marcha rentas mínimas, los bancos centrales no hubieran adoptado posturas aún más expansivas y los líderes de la Unión Europea y sus países miembros hubieran considerado ridículo o temerario un estímulo fiscal como el que pronto se pondrá en marcha para intentar recuperar una economía devastada.

Bonitas frases en un libro

Pero, siendo esto cierto, sospecho que la ventana de oportunidad se cerrará pronto. En primer lugar, ejemplos como las dificultades administrativas para implantar de manera efectiva el ingreso mínimo vital en España, o el caos que ha rodeado las devoluciones fiscales a los contribuyentes en Estados Unidos, están dejando claro que los Estados, aún los aceptablemente robustos, están diseñados para las viejas políticas de bienestar, no para las que se reclaman en esta nueva época. Pero en segundo lugar, y de manera más profunda, es probable que inesperadamente esta crisis provoque un rechazo cada vez mayor a las políticas redistributivas. Estas son más importantes que nunca, dirán los autores mencionados aquí y muchos otros. Y es cierto. Pero es muy probable que los tiempos políticos que vienen hagan que sean aún menos viables de lo que han sido hasta ahora. "Un líder sin seguidores es solo un tipo que pasea", dice una vieja crítica a los políticos que están más pendientes de sus ideas que de su capacidad para utilizarlas y seducir. Los académicos, los pensadores y los científicos sociales no tienen por qué depender de esa lógica, porque su trabajo es otro. Pero si queremos operar en política con un mínimo de realismo, debemos aprender la lección de que las buenas ideas sin votantes son solo bonitas frases en un libro.

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