UN ANÁLISIS DEL PASADO

La Transición, en el diván

Partiendo de la idea de que fue un proceso de éxito, ¿se dan las condiciones para que funcione una segunda, como solicitan cada vez más personas?

Foto: Santiago Carrillo y Manuel Fraga, en una fotografía de 2008. (EFE)
Santiago Carrillo y Manuel Fraga, en una fotografía de 2008. (EFE)

Algunas voces empiezan a reclamar una “segunda Transición”. Eso me ha animado a recuperar estudios que hice hace años sobre la primera, y que dormían en el fondo de un cajón. En ellos intentaba mostrar que necesitamos aplicar la psicología a la historia para comprenderla. Es una verdad de Perogrullo. El origen de la historia es la acción humana, y la psicología se encarga de comprender el comportamiento individual y colectivo. En el modo de enfrentarse con un problema —y la situación española a la muerte de Franco lo era— intervienen cuatro ingredientes, que mezclan razón y pasión: el modo de percibir la situación real, los deseos y expectativas vigentes, las creencias y las ideas que el sujeto tiene sobre su capacidad para enfrentarse con el problema. Voy a describir brevemente la situación durante la Transición, para en otro artículo compararla con la situación actual. Parto de la idea –que compartimos casi todos los que vivimos aquellos inciertos años— de que la Transición fue un éxito. ¿Se dan las condiciones para que lo hubiera en otra?

¿Cómo se percibía la situación española en los años de la Transición? Había mejorado el nivel de vida y se había aliviado el traumático cambio de una sociedad rural a una sociedad urbana. También había aparecido una sociedad de consumidores y de telespectadores. El turismo nos había puesto en contacto con otros sistemas de vida. Había minorías politizadas, pero con poca capacidad para movilizar a la sociedad, excepción hecha de los sindicatos. Como cuenta Martin Villa en sus memorias, el régimen franquista había decidido “no controlar una porción extensa de la vida española y esta se había organizado un poco a su aire al margen de la situación”. Las fuerzas económicas —la banca sobre todo— se inclinaban por un liberalismo económico 'protegido'. Y la presión extranjera existía, aunque sin demasiada intensidad. Areilza describió la posición de Kissinger, después de la muerte de Franco, recomendando avanzar hacia la democracia pero “sin demasiado afán, exigencias ni prisas”.

Había un escepticismo general en Europa, como resaca de una época de certezas absolutas

Segundo punto. ¿Cuáles eran los deseos de los españoles? Lo que fundamentalmente querían era mantener y aumentar el nivel de bienestar. En el 'Informe Foessa sobre el cambio social en nuestro país, 1975-1983', el 59% de los ciudadanos colocaba en primer lugar el vivir mejor, con seguridad y paz. EL 15%, que no existieran desigualdades sociales. El 11%, la capacidad de decisión y participación, y el 9%, que hubiera libertad para todos. La 'Encuesta europea sobre valores' realizada en 1981 subrayaba la pasividad de nuestra sociedad. En la de 1990, esta característica parecía aumentar: “Es una sociedad con menos intereses que las del resto de Europa, menos motivada, más tranquila e integrada, con menos tensión. Una sociedad desapasionada, en definitiva”. Por diversas razones, gran parte de los españoles creían que podían perder algo si las cosas no se hacían bien, y eso hizo que la disyuntiva política entre 'reforma' y 'ruptura' se resolviera enseguida a favor de la primera. Se prefirió la reforma. Se tenía un objetivo claro: conseguir la democracia, parecernos a Europa, pero valorando más el bienestar que el ejercicio de los derechos políticos. “Pido la paz y la palabra”, pedía, por ese orden, Blas de Otero. Hace unos días, Felipe González recordó que una de las dificultades para negociar con los independentistas catalanes es que estos están seguros de que no van a perder nada, cosa que no ocurría en las negociaciones de la Transición, cuando se podía perder todo. Conviene recordar que cuando en noviembre de 1976 se votó la Ley para la Reforma Política, nadie estaba seguro del resultado.

Tercer punto, las creencias. ¿Cuáles eran al comienzo de ese periodo? Había un escepticismo generalizado y nada dramático. Una de las enseñanzas que nos ha dejado el siglo XX es que el adoctrinamiento intensivo deja poca huella una vez que el régimen cambia. Cuando hace años Andrés Sopeña publicó 'El florido pensil', una divertida antología de libros de texto del periodo franquista, los mismos que los habíamos estudiado nos reímos a carcajadas al ver aquella propaganda tan ingenua. Dos acontecimientos habían influido en la generación que hizo la Transición. El mayo francés y la invasión de Praga, que desenmascaró del todo al régimen soviético. Cada vez se desconfiaba más de las instituciones. En 1981, el 50% de los encuestados estaba satisfecho con el papel de la Iglesia católica como guía espiritual, pero solo el 39% la consideraba de fiar como guía moral. Se trataba de un escepticismo general en Europa, como resaca de una época de certezas absolutas, y de palabras grandilocuentes, que había llevado a dos locuras colectivas. Había una crisis general de autoridad en todos los ámbitos. En esa misma encuesta, solo un 25% de los europeos reconocía que tenía principios seguros. El posmodernismo defiende que un pensamiento débil es siempre menos peligroso que las supuestas verdades fuertes.

Una salida acomodaticia pero eficaz

Los intelectuales en España tomaron una postura que favorecía la Transición. Jordi Gracia ha historiado el despertar de la conciencia crítica bajo el franquismo, en 'Estado y cultura'. Tierno Galván, ya en los cincuenta, tenía una idea de la situación política supongo que compartida por mucha gente en aquel momento. Sus puntos principales eran: (1) la guerra es un hecho históricamente fundacional que hay que superar, pero no replantear; (2) cualquier planteamiento político no puede poner ese régimen en cuestión, porque sería propiciar otro enfrentamiento civil; (3) el régimen franquista es muy sólido, más que el propio Franco; (4) la salida democrática solo podrá ser administrada por la monarquía. En 1963 publica 'Anatomía de una conspiración', en la que sostiene que aunque todo el mundo creía que nada cambiaría después de la muerte de Franco, todo cambiará. José Luis Aranguren es otro testigo interesante, porque fue notario del cambio de la sociedad española. Pasó de ser un intelectual católico a ser un cristiano incrédulo, expulsado de la universidad por oposición al régimen. Joaquín Ruiz Jiménez, ministro de Franco, funda 'Cuadernos para el diálogo', evoluciona hacia la democracia cristiana, para acabar siendo un tenaz defensor de los derechos humanos, como saben muchos detenidos en la Dirección General de Seguridad franquista. Podría mencionar otras muchas figuras con una trayectoria parecida: Laín Entralgo, Tovar o Ridruejo.

El suave escepticismo que he descrito permitió una salida acomodaticia, pero eficaz. El pragmatismo se encarnó en todas las fuerzas políticas. Recuerden la frase de Deng Xiaoping, el gran reformador chino, que Felipe González popularizó: “Da igual que el gato sea blanco o negro, lo importante es que cace ratones”. Víctor Pérez Díaz señala que los gobiernos socialistas aprendieron a decir a la población: "Seamos realistas, no se puede hacer gran cosa". “Este ronroneo de políticas públicas pragmáticas, graduales, conservadoras de lo fundamental del 'statu quo', ha sido y es el telón de fondo de la adhesión del público al Gobierno socialista” ('La primacía de la sociedad civil', 1993). Los jóvenes también se habían convertido en pragmatistas tranquilos. El pueblo español, sigue comentando Víctor Pérez Díaz, poco interesado en la política, se desentendió pronto de ella: “Con la transición democrática todo ha ocurrido en España como si tan pronto como el pueblo español se liberó de su servidumbre política se hubiera dispuesto a descargarse del peso de su libertad y a depositarla sobre los hombros de los dirigentes de los partidos”. Ya en 1981, aparece un interés por la política inferior a la media europea.

Felipe González: gato blanco, gato negro. (EFE)
Felipe González: gato blanco, gato negro. (EFE)

Tal vez por recordar la historia reciente, la tolerancia se convirtió en la virtud esencial de la democracia. La pérdida de certezas —políticas, religiosas, ideológicas— hizo posible una mayor tolerancia al cambio. Amando de Miguel señalaba que en España temas como la aprobación de la Ley del Divorcio o la legalización del aborto se aprobaron con mucha menos polémica que en otros países ('Ahora mismo: sociología de la vida cotidiana', 1987).

El cuarto factor que influye en la resolución de los conflictos es la idea que tenemos sobre nosotros mismos y sobre nuestra capacidad para resolver los problemas. Los españoles de la Transición desconfiaban de su capacidad para la convivencia política. Se repetía una frase cautelosa: “No podemos volver a las andadas”. El terrorismo reforzaba este miedo. Uno de los 'himnos' de la Transición, la canción de Jarcha 'Libertad sin ira', describe muy bien la situación:

"Dicen los viejos que en este país hubo una guerra

y hay dos Españas que guardan aún,

el rencor de viejas deudas.

Dicen los viejos que este país necesita

palo largo y mano dura

para evitar lo peor.

Pero yo solo he visto a gente

muy obediente hasta en la cama".

Mucha gente no tenía una lectura aceptable de nuestra historia en este siglo y ante la ambigüedad del juicio se prefirió no escarbar en el pasado. El 17.5.1977, en una entrevista publicada en 'El País', Santiago Carrillo decía: “Quiero llamar la atención de ustedes en que el proceso de transición se basa en no remover el pasado, compromiso tácito para que la democracia no se vuelva a hundir”. Según Gregorio Morán, en 'El precio de la Transición', ”el proceso de ocultamiento y liquidación del pasado no fue algo limitado a la clase política sino algo más amplio, más concienzudo. La primera igualdad que instauró la transición a la democracia es que todos somos iguales ante el pasado”.

Creo que los políticos de la Transición comprendieron bien la situación y por eso los problemas se resolvieron de manera inteligente. Pudieron intentar movilizar las pasiones políticas, encrespar los ánimos, pero no lo hicieron. Pusieron en práctica lo que a lo largo de la historia se ha considerado la virtud esencial del político: la prudencia, la 'sophrosyne' aristótelica. Prudencia que no es cautela ni timidez, sino el talento para aplicar los principios generales a los casos particulares, la culminación de la inteligencia práctica. Recientemente, ha sido traducido el libro de Archie Brown, de la Universidad de Oxford, sobre los líderes políticos de la Edad Moderna. Dedica mucha atención a lo que denomina “líderes transformadores”, que consiguen pacíficamente cambios sistémicos en su nación. En ese grupo incluye a De Gaulle, Suárez, Gorbachov y Mandela. Me ha interesado mucho la valoración hecha por un estudioso extranjero de la Transición.

Con este artículo solo pretendo recordar la complejidad de las soluciones políticas, y comprobar si es verdad lo que creo: que la historia es el banco de pruebas de la humanidad, y que su experiencia es lo único que tenemos para intentar aclarar el futuro.

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