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La Antártida de Gabriel de Castilla, otro gran español olvidado
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La Antártida de Gabriel de Castilla, otro gran español olvidado

Si profundizamos en las crónicas nos daremos cuenta de que los éxitos que otros se arrogan tuvieron como protagonistas a muchos compatriotas anónimos que jamás fueron honrados como se merecían

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Una cabeza sin memoria es como una fortaleza sin guarnición.

Napoleón.

Hay una deuda no conciliada entre lo cierto y lo falso, entre los que callan y los que hablan demasiado, en el abismo que existe entre la ignorancia endémica y el no querer saber (que es peor todavía que el hecho de no tener recursos para acceder al conocimiento), de la incertidumbre al pavoroso abismo del oscurantismo y de la humildad a reconocer nuestra estulticia. Tener historia y no interesarse por ella es pasotismo sin más. Si profundizamos en las crónicas y nos sumergimos en ellas, nos daremos cuenta de que los éxitos que otros se arrogan tuvieron como protagonistas a muchos españoles anónimos que jamás fueron honrados como se merecían.

Desde siempre ha existido una enorme polémica sobre si fue Gabriel de Castilla o el holandés Dirck Gerritsz el primero en avistar los contornos de la Antártida desde las islas Shetland del Sur, en el erróneamente llamado Mar de Drake que en puridad debería de llamarse Mar de Hoces. Fue este último un descubrimiento más veraz y consistente, pues el avistamiento sucedió en 1526, cuando los tripulantes de la carabela San Lesmes, que eran parte de la expedición de García Jofre de Loaísa en su ruta hacia las Molucas, quedaron dispersos tras una monumental tormenta al atravesar el Cabo de Hornos. Según el criterio del holandés, esta visión, real o no, ocurrió al parecer en 1599. En fin, que es probable que anduviera mal en el tema de los números y tuviera un patinazo contable, o había bebido sin mesura para conjurar la hostilidad de aquel mar de muerte.

"No hay que olvidar que todavía en aquella época existía la idea, aunque cada vez más desarraigada, de la catarata abisal"

Así, desde una verdad posible o relativa, pudiera ser que el marino palentino y los cerca de dos centenares de hombres de su tripulación, tras un susto de muerte, se convirtieran en los primeros en avistar la Antártida.

No hay que olvidar que, en lo más profundo de la psique de cada navegante, todavía en aquella época existía la idea, aunque cada vez más desarraigada, de la catarata abisal en la que las embarcaciones eran devoradas por un flujo de agua colosal que las arrastraba hacia los límites de la nada. En el acervo popular esta convicción era más real que entre el mundo de los marinos, pero la idea de la Gran Catarata estaba ahí presente.

En lo tocante a las líneas de lo que se conocía como 'Terra Australis Incógnita', siempre hubo una clara percepción de su más que probable existencia, pero la asociación de los famosos 40 rugientes con sus brutales vientos y permanente mar arbolada, que eran de por sí un elemento disuasorio bastante contundente, impedía cualquier intento de exploración. Aquellas siluetas fantasmagóricas rodeadas de un tenebrismo, que ni el mismo Turner podría imaginar en la plenitud de su inspiración, creaban los contornos o perfiles de un lugar solo habitado por la locura.

Foto: Palawan, Filipinas (Fuente:iStock)

En documento histórico recogido en el Archivo de Simancas, y con copia en la biblioteca del almirantazgo holandés, Laurenz Claesz, componente de la tripulación de la nave de la Corona Española (Carlos V era rey de España desde 1516) cita textualmente, “se vislumbraron unas islas cubiertas de nieve, que por la situación geográfica (64 grados de latitud sur)…” podrían formar parte del actual archipiélago más sureño de las Shetland, islas que configuran hoy parte de la geografía Antártica.

Otro tema a tener en cuenta, pero que es sumamente controvertido por inquietante, es el famoso mapa dibujado en 1513 por el almirante y cartógrafo turco Piri Reis, objeto de acaloradas controversias, en el que se muestra lo que podría sugerir el perfil de las costas de América y, quizás, de la Antártida antes de ser exploradas por los europeos, Aunque plantea muchas dudas, quizás por la excluyente arrogancia del eurocentrismo. De todas maneras, eso es algo que escapa a la intención de este artículo.

La Antártida, como se nos ha contado hasta la saciedad, era un trozo de hielo en medio del infierno. Fue descubierta oficialmente a principios del siglo XX, un mes de diciembre de 1911, por el noruego Amundsen, opacando aquella extraordinaria hazaña la muerte de varios miembros de la expedición británica del desafortunado capitán inglés Scott, que llegaría con cinco semanas de retraso a las mismas coordenadas, pero cuya vuelta fue literalmente aterradora.

placeholder Montañas y icebergs cubiertos de nieve en la Antártida (Fuente: iStock)
Montañas y icebergs cubiertos de nieve en la Antártida (Fuente: iStock)

Mientras los noruegos usaron perros Elkhound y Malamutes, probablemente traídos de su descubrimiento años antes en el ansiado Paso del Noroeste, esquís y sentido común (además de postas con alimentos de repuesto para la travesía de vuelta), los ingleses lo hicieron literalmente a pecho descubierto. Genio y figura hasta la sepultura. En ocasiones la simple voluntad no basta para alcanzar los sueños.

La Antártida es una superficie todavía hoy desconocida, vasta, monótona, asesina sin vocación, infinita y de una belleza mortal.

Amundsen, acompañado por el ingeniero italiano Nobile y un dirigible diseñado por este último, alcanzarían un 12 de mayo también el Polo Norte, aunque este ya había sido descubierto por el norteamericano Peary, no sin suscitar enormes controversias: aunque hay muchos historiadores que creen que él creyó haber llegado, una expedición efectuada a finales del mismo siglo con recursos sobrados de medición y contrastando su crónica, sentenció que a su parecer nunca llegó al punto crucial del polo, quedándose a tan solo 37 kilómetros de distancia. También se especula que pudo haber cierta demolición controlada por parte de otro competidor en aquel enorme reto, Cook, quien deseaba vehementemente desacreditarlo.

"Cabe la posibilidad de que ambos vieran la silueta de las islas Shetland del Sur entre las crestas de las olas, o tal vez padecieran alucinaciones en medio de la atroz fatiga"

En el caso que nos trae, a pesar de que las crónicas históricas no son concluyentes, el mérito de los dos navegantes, tanto del holandés como del castellano, es digno de encomio, a pesar de la accidentalidad derivada de la pérdida de rumbo o de la falta de intencionalidad por acercarse a aquel infierno helado. Cabe la posibilidad de que ambos vieran la silueta de las islas Shetland del Sur en un atisbo entre las crestas de las olas, o tal vez los dos padecieran alucinaciones en medio de la atroz fatiga.

Como conclusión podemos considerar que, puestos a especular, nos podemos poner a contar el tiempo ocurrido entre el conocido como año platónico (ciclo precesional), efecto que basado en una oscilación similar al bamboleo de una peonza que genera un arco imaginario en el espacio, y tiempo casi matemático de cerca de 1 grado cada 71,6 año,s dando como resultado que el trazado descrito por un cono recorriendo una circunferencia completa da la resultante de 25. 776 años. Así funciona nuestro planeta en el espacio. Asombro entre el vacio. Un orfanato rodeado de una belleza aplastante.

Recomiendo a mis ilustres lectores tomarse una Biodramina antes de hacer sus cálculos. Tampoco estaría de más un analgésico por si las moscas.

La pregunta final es: si en el año 1983 se batió el récord de temperatura de 90º bajo cero en la Base Vostok habitada por los incombustibles rusos, ¿podrían estar sentados sin pretenderlo encima de la joroba de un camello o de una palmera caribeña probables habitantes naturales de la Antártida hace un millón de años?

Los humanos somos un caso.

Una cabeza sin memoria es como una fortaleza sin guarnición.

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