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Carlos V, entre bambalinas: un tiempo de gloria
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Historia

Carlos V, entre bambalinas: un tiempo de gloria

Apocado en la apariencia de un ser sin dotes de seducción y con ciertos complejos, externalizó en su otro disimulado yo todas las capacidades de un estratega fino y de altura

Foto: Carlos I de España retratado por Tiziano (1532-1533)
Carlos I de España retratado por Tiziano (1532-1533)

"Tienes que aprender a levantarte de la mesa cuando ya no se sirve amor".

Nina Simone.

Curiosamente, el hombre que reinó en el corazón de la hermosísima mujer de brillante verbo e ingenio a raudales, Isabel de Portugal, nació del resultado de un matrimonio apañado. No era muy agraciado, la verdad. Bastante esmirriado, con un prognatismo muy acusado y ligeramente encorvado, con las espaldas sobrevenidas como si de un mozo de mercado tirando a alfeñique se tratara. En definitiva, estéticamente no daba para mucho. Nada que ver con su padre, el insustancial y sobrado de ego Felipe el Hermoso, un infiel asalta camas de aquí te espero.

Por el contrario, en el Museo del Prado hay una obra de Tiziano que refleja la cultivada fisonomía de esta criatura de cabellos dorados y ensortijados. Una belleza serena, de incuestionable autoridad en la mirada, que hicieron de esta emperatriz una compañera perfecta para el que, probablemente, fue el hombre político más poderoso de toda una época en la que la Corona Española abrazó con su inmenso poder la entera cintura de la Tierra.

placeholder Retrato de la emperatriz Isabel de Portugal por Tiziano (1548)
Retrato de la emperatriz Isabel de Portugal por Tiziano (1548)

Isabel de Portugal no era solamente una mujer hecha por la divinidad con los mejores mimbres, no, su monumental inteligencia e integridad moral, probada en los periodos de regencia, hacían que sus súbditos y asesores cayeran rendidos a su 'savoir faire'. Poliglota esmerada, músico de los que merecía la pena escuchar por su exquisita sensibilidad, jinete consumada, esta mujer era sinónimo de excelencia. Carlos V vivía para ella, colmándola de atenciones, de forma que el propio Garcilaso de la Vega reconocía en sus crónicas a una pareja única e irrepetible.

Pues bien, un día va y se muere.

Seis hijos huérfanos y un padre que guardó luto eterno hicieron de este hombre un sujeto de mirada ausente, un alma en pena, una proyección fantasmagórica de alguien que era un símbolo de poder incontestable al que la vida había vaciado de lo esencial, ser en el otro. Vivió de tal forma la angustia de la ida de su mujer que comenzó a comer de una forma compulsiva quien había tenido un cuerpo sin aparente necesidad de combustible. Era frugal y discreto con el condumio, hasta la muerte de la mujer que inspiró su lado más tierno. Cuando Isabel de Portugal tuvo que afrontar el Gran Viaje, una ansiedad desmedida lo convirtió en un Pantagruel desatado que, a base de vaivenes de ansiedad, vivía ora hinchado, ora famélico. Su carácter se volvió agrio, así como el olor de sus vómitos. Algunos especialistas han considerado una posible bulimia, quizás aderezada de un complejo de falta de estética al masticar. La endogamia estaba muy enraizada en su estirpe.

Foto: Ilustración de Nueva Zelanda en el Siglo XIX (Fuente: iStock)

Este hombre, famoso por su reconocida timidez, tenía mucha cintura en el manejo de los contornos de la diplomacia. Sobornó a la cúpula del poder y se convirtió, contra todo pronóstico, en emperador de Alemania frente a las desmedidas ambiciones del estirado Francisco I de Francia (un pieza de armas tomar, todo sea dicho).

Pero no fue la primera vez que le hizo morder el polvo al galo. El impenitente rencor y la absoluta falta de escrúpulos le llevó incluso a traicionar a la cristiandad, y a la Corona Española en particular, cuando dejó Marsella como puerto franco a los turcos. En el año del Señor de 1524, en la batalla de Pavía, el ejército francés recibiría un correctivo de tal magnitud que pasaría a los anales de la historia por el tremendo descalabro de la lustrosa caballería 'bleu'.

"Pero su rúbrica fue la que dejaron dos de sus seis hijos, unos destacados que pasaron a la historia saliendo a hombros por la puerta grande y derecho propio"

Las tropas germano-españolas del taciturno emperador Carlos V arrasaron a aquella hueste de caballeros, todos con uniformes de combate tipo “dernier cri”. Más o menos, la rendición de este rey de pasillo y modales histriónicos acabaría en Madrid en un retiro incómodo donde cocineros españoles lo engordarían a base de bien. Poco le duró su impostada depresión. En cuanto nuestro emperador levantó un poco la mano y dio crédito a las cosméticas promesas del francés, al cruzar los pirineos de vuelta a sus posesiones le hizo una peineta de antología.

Pero su rúbrica o firma vital fue la que dejaron dos de sus seis hijos, unos destacados que pasaron a la historia saliendo a hombros por la puerta grande y derecho propio, habida cuenta de la espectacularidad de su obra. Uno de ellos, Felipe II, obró el ansiado milagro de la fusión con Portugal, al multiplicar la enorme vastedad de tierras y mares que abarcaba aquel colosal imperio conjunto. El otro, Juan de Austria, producto de un lance horizontal muy fugaz con una hermosa flamenca llamada Barbara Blomberg, escribió una de las más brillantes páginas de la historia en la crucial batalla de Lepanto.

Sin embargo, donde puso el acento este “rey de reyes” fue en la política exterior. Apocado en la apariencia de un ser sin dotes de seducción y con ciertos complejos y taras, externalizó en su otro disimulado yo todas las capacidades de un estratega fino y de altura. La política exterior fue su espolón de proa, y ahí precisamente es donde escribió con trazos gruesos páginas brillantes. Era un explosivo de efectos retardados. La concepción en el planteamiento de las batallas hizo de él un genio de talento reconocido.

placeholder Carlos V en Cuacos de Yuste (Fuente: iStock)
Carlos V en Cuacos de Yuste (Fuente: iStock)

Con el rey de Francia tuvo cuatro enfrentamientos que debieron de dejar al coronado galo más afectado que a uno de la “movida”. Tras la clamorosa derrota de Pavía, Carlos V tuvo que aplicar correctivos a diestro y siniestro contra la Liga de Coñac, formada por el conspicuo Papa Clemente VIII que hacía manitas con el díscolo Francisco I, con los venecianos que se habían apuntado al sarao para ver si pillaban algo, y los florentinos que, a la sazón, no andaban muy finos.

Concluidas las guerras italianas, hacia 1559, la Casa de Austria se había consolidado como primera e indiscutida potencia mundial, condenando a Francia a segunda división. De hecho, nuestro emperador y Alejandro Farnesio, se dieron un paseo militar por París acompañados del malencarado rey galo, que tuvo que aguantar el tirón con una actuación memorable y una sonrisa que parecía que le iba a hacer saltar las comisuras de los labios.

Luego vendrían la caída de Túnez, Argel y la increíble y meticulosa planificación dirigida con precisión suiza en la batalla de Mülhberg. La aparición de los temibles tercios, novedosas formaciones invencibles hasta bien entrado el siglo XVII, demostrando que la eficacia surgía de la imaginación. Los tiempos de la caballería pesada habían concluido y la infantería se erigía como la reina de los campos de batalla.

placeholder Retrato de Carlos V sentado atribuido a Lambert Sustris
Retrato de Carlos V sentado atribuido a Lambert Sustris

Pero este vencedor nato, hombre todopoderoso, temido estratega, comilón compulsivo, triste figura... estaba cansado del peso del gobierno de las cosas. Las guerras, la acción política, la enfermedad (tenía gota severa y además un mosquito 'pelín' cabrón le había trasmitido la fiebre amarilla) habían hecho mella en él.

Con 55 años muy castigados, este rey emperador, desvencijado, de apariencia rotundamente senil y absolutamente desdentado, se refugió en Cuacos de Yuste (Extremadura) a esperar lo que tenía que ocurrir por ley natural.

Fue un tiempo de grandeza para nuestra historia, en el que estuvimos dignamente representados en el concierto internacional.

"Tienes que aprender a levantarte de la mesa cuando ya no se sirve amor".

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