El legado de Harriet Martineau: la mujer que se enfrentó a los abusos médicos de la era victoriana
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El legado de Harriet Martineau: la mujer que se enfrentó a los abusos médicos de la era victoriana

Nacida en Inglaterra en 1802, dejó su huella en el ámbito de la sociología, la economía, la filosofía, el periodismo y el activismo social de clase y género, pero Martineau dejó, sobre todo, su huella en el cuerpo propio

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Considerada por muchos como la primera socióloga de la historia, Harriet Martineau fue en realidad mucho más que el recuerdo que se ha conservado de ella. Nacida en Norwich (Inglaterra) en 1802, dejó su huella en el ámbito de la sociología, pero también en la economía, la filosofía, el periodismo, el activismo social, principalmente en cuanto al feminismo; pero Martineau dejó, sobre todo, su huella en el cuerpo propio.

Esta intelectual victoriana no provenía de una familia rica, pero los recursos con los que contaban le sirvieron para estudiar astronomía, historia, física y matemáticas. Hablaba varios idiomas y comenzó desde muy joven a abordar la filosofía y las ciencias sociales. No obstante, su verdadera independencia llegaría tras la muerte de su padre. Fue entonces, sin una figura de control masculina que determinaba la vida de las mujeres, también la suya, cuando comenzó a escribir.

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Fuente: Wikipedia

Había perdido la audición en un oído a los 12 años, aunque eso no le resultó un impedimento para convertirse en una de las voces más leídas de la época. Según recoge Lorena Boissoneault en 'Smithsonian Mag', "para 1834, se vendían hasta 10.000 copias de su libro 'Illustrations of Political Economy' cada mes, una cifra cinco veces mayor que la tasa a la que se vendían las novelas de Charles Dickens".

25 volúmenes en dos años

Martineau había comenzado su estela de publicaciones abordando cuestiones sobre la religión y la educación en las mujeres (su familia pertenecía a la iglesia unitaria) en distintos periódicos cuando en 1832 se dispuso a escribir una colección de cuentos que reflexionaban sobre teorías sociales y científicas expuestas por James Mill, Thomas Malthus y Adam Smit entre otras figuras de la época. En tan solo dos años, redactó 25 volúmenes a través de los que sus conocimientos y reflexiones tomaron un peso poco habitual para una mujer entonces.

"Martineau no solo se había asegurado un ingreso estable, sino que también cimentó su estatus como una de las intelectuales más populares de Gran Bretaña"

Su mayor propósito era hacer descifrable aquello que no lo parecía, es decir, acercar a todas las personas las cuestiones que durante siglos habían quedado estratégicamente vinculadas a grupos reducidos, en su mayoría hombres blancos de clase alta que empleaban un lenguaje artificioso para referirse a lo que implicaba a toda la sociedad. Así, en estos relatos la escritora inglesa entreteje conceptos sobre producción, distribución, consumo de la riqueza y comportamiento del consumidor con sus implicaciones en la sociedad. “Martineau no solo se había asegurado un ingreso estable, sino que también cimentó su estatus como una de las intelectuales más populares de Gran Bretaña”, apunta Boissoneault. En 1927 escribió 'Los Huelguistas', uno de sus artículos más famosos, donde habla sobre la relación entre las máquinas de la industria y los trabajadores.

Sin embargo, el dolor se interpuso en su escritura, aunque no detuvo su ímpetu, porque hizo de él parte intrínseca de su insaciable voluntad de expresar y reivindicar con ello su lugar y el lugar de las personas en el mundo. En una carta que envió a su cuñado médico en 1839, Martineau le expresaba sentirse débil, incapaz de caminar sin dolor "que se extiende desde las piernas hasta los talones" y "presión en la ingle izquierda, que se extiende desde la cadera hasta la espalda".

El dolor de las mujeres

Para entonces, había estado viajando por Europa y Estados Unidos. Cuando en 1834 cruzó el océano, apoyó al movimiento abolicionista de la esclavitud que luchaba contra los abusos de los colonos. Martineau utilizó una de las metáforas más sonadas acerca de la esclavitud dirigiéndose directamente a quienes la llevaban a cabo: "La diferencia entre los caballos y los esclavos es que los dueños de los caballos no abusan sexualmente de ellos".

Sus dolencias la obligaron a regresar a Inglaterra. Allí fue diagnosticada con útero retroverso y varios tumores de pólipo, dos afecciones sobre las que apenas se sabía en el momento. Sin una cura definida, ambas resultan un ejemplo claro de la masculinización de los parámetros de la ciencia durante un siglo del que se presumen avances que hicieron concebible por primera vez la erradicación del dolor. Pero el dolor de las mujeres estaba a menudo al margen de medicina.

placeholder Ilustración para una de sus obras. Fuente: Wikipedia
Ilustración para una de sus obras. Fuente: Wikipedia

Según recoge la investigadora Rachel P. Maines, durante la era victoriana, la llamada histeria femenina fue el diagnóstico habitual para un sinfín de síntomas. Desfallecimientos, insomnio, retención de líquido, pesadez abdominal, espasmos musculares, respiración entrecortada, irritabilidad, fuertes dolores de cabeza o pérdida de apetito se consideraban, directamente, fruto de una patología mental ligada a la inferioridad con la que el sistema había marcado a las mujeres, a las que también diagnosticaban de ello por "tendencia a causar problemas".

Consiguió imponerse al abuso médico

El abuso sexual era común como parte del propio tratamiento establecido para esta patología: las mujeres a las que diagnosticaban histeria veían impotentes cómo el doctor manipulaba su vagina y suelo pélvico hasta que llegaran al orgasmo, lo que en el contexto de la época se denominaba "paroxismo histérico". Era la solución a lo que aseguraban un deseo sexual reprimido. Martineau consiguió imponerse a estas prácticas desde su propia conciencia del dolor, pero también de la condición con la que era definida.

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Fuente: Wikimedia

Para mediados de siglo, la comprensión del dolor había traído consigo un conjunto complejo de dilemas morales y filosóficos a los que se sumó la escritora desde su experiencia, en un gesto casi performativo de su propia realidad. Si el dolor no tiene un propósito obvio, ¿cómo reconciliar su existencia con un universo bien ordenado? Era la gran pregunta. Ella estaba convencida de la respuesta, o al menos del camino a ella.

Se mudó a Tynemouth, una ciudad de la costa al noreste de Inglaterra, y empleó su privilegio para elegir su derecho a manejar su propio cuerpo y su cuidado: contrató enfermeras y sirvientes para que la cuidaran, mantuvo el control de su propio tratamiento médico y, pese a las molestias, siguió escribiendo sin parar. Allí permaneció durante cinco años en los que publicó una novela para niños y una colección anónima de ensayos titulada ‘La vida en la habitación del enfermo’.

Antes que Marx, Engels o Weber

En el ámbito de la medicina los reajustes continuaban. "Los médicos habían comenzado a pedir reformas que distinguieran entre verdaderos médicos y charlatanes. Querían leyes para estandarizar la atención. También querían ser vistos como profesionales médicos que podían insistir en su experiencia a expensas de la propia cuenta del paciente", dice Boissoneault. En este sentido, subraya: "Martineau no se opuso en absoluto a que la medicina se convirtiera en una práctica más científica. Se negó a dejarse definir como nada más que un cuerpo enfermo".

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Fuente: Wikipedia

Lo que hizo fue asegurarse de que sobre ella solo recaía su escritura, su voluntad misma de intentar que así fuera con todas las mujeres. Martineau ya había examinado y escrito sobre discriminación según género, clases sociales, nacionalismos y sobre muchos asuntos más antes de que lo hicieran Marx, Engels o Weber entre otros autores aclamados. Asimismo, definió ideas que siguen siendo clave en la sociología actual. Algunos trataron de acabar con su discurso y silenciarla, y aunque no lo consiguieron, su memoria ha sido ocultada por la de otros intelectuales que compartieron espacio y tiempo con ella.

Tras un tratamiento experimental y alternativo, creyó estar recuperada, pero la enfermedad seguía ahí, obligándola a confinarse de nuevo en 1855, y así permaneció durante los siguientes 20 años hasta su muerte en 1876 a los 74 años. Hasta entonces, esta mujer se aseguró de que su cuerpo fuera suyo y de nadie más.

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