Las drogas en el Tercer Reich: el polémico libro sobre las adicciones de Hitler
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'HIGH HITLER'

Las drogas en el Tercer Reich: el polémico libro sobre las adicciones de Hitler

Un autor alemán explora la relación que el Führer tenía con su médico personal, Theodor Morell, quien le proveía de Eukodal, un potente opiáceo que se inyectaba para aliviar sus dolores crónicos

Foto: Adolf Hitler en un discurso en 1925.
Adolf Hitler en un discurso en 1925.

Una de las mayores incógnitas de la historia del siglo XX es qué ocurrió en aquel búnker durante los días previos a que el líder del Tercer Reich, Adolf Hitler, cogiera una pistola y se descerrajara el cráneo junto con su esposa, Eva Braun. En aquellos últimos días que marcaron el final de la Segunda Guerra Mundial, las tropas de los aliados estrechaban más el cerco a la ciudad de Berlín. La desesperación hacía mella en los altos cargos nazis: ¿solo por la mera razón de saberse vencidos o también había un factor fisiológico y químico detrás?

"Todo el mundo sabe que Hitler andaba mal de salud en sus últimos días. Pero no hay una explicación clara de las razones. Se sospecha que sufría de la enfermedad de Parkinson. Sin embargo, para mí, está bastante claro que lo que le pasaba tenía que ver con 'el mono'. Sí, debió haber sido bastante triste. Estaba perdiendo una guerra mundial y a la vez se había quedado sin drogas". Así de tajante se muestra Norman Ohler en 'The Guardian', autor de 'Blitzed' ("El gran delirio: Hitler, drogas y el III Reich' en su edición española de 2016), uno de los libros más polémicos de los últimos años, el cual remite a la estrecha relación que mantenía el Führer con los opiáceos como el Eukodal (oxicodona) o el Pervitín.

¿Morell convirtió al Führer en un adicto de manera deliberada? No creo que fuera con esa intención, pero Hitler confiaba en él

En un inicio, Ohler se propuso escribir una obra de no ficción que mezclara estos dos temas, los cuales siempre han despertado un gran interés entre el público: drogas y nazis. Sin embargo, en cuanto empezó a revisar la documentación histórica y los archivos personales de Theodor Morell, el médico de Hitler, halló que su proyecto no tenía nada de ficción. Entre cientos de documentos, halló uno en concreto que venía remitido por el secretario privado del Führer, Martin Bormann, en el que solicitaba a Morell que dosificara más "la medicación" por el bien de la delibilitada salud del líder alemán.

Eukodal: un opiáceo muy similar a la heroína

A finales de la década de los años 20, Morell había desarrollado un tratamiento para todo tipo de dolencias y era conocido por sus inyecciones vitamínicas. Hitler le conoció gracias a la intervención de Heinrich Hoffman, el fotógrafo oficial de la Alemania nazi, quien estrechó amistad con el médico. Este le recetó Mutaflor, una preparación casera para tratar sus dolores intestinales y, tras mostrar una consistente mejoría, el Führer le comenzó a llevar a todas partes consigo. Pero en 1941 cayó gravemente enfermo y estas inyecciones no surtían ya efecto, por lo que hubo que probar con otro tipo de tratamientos más fuertes. Así es como llegó al Eukodal, un opiáceo de diseño, muy similar a la heroína.

A medida que pasaban los años, Hitler se estaba volviendo más tolerante y a la vez más dependiente de las drogas de Morell

Según Ohler, Hitler empezó a alternar este medicamento con cocaína de gran pureza, que consumía dos veces al día tras recetársela para tratar un problema en los oídos que sufría desde una explosión en un búnker. "¿Morell convirtió a Hitler en un adicto de manera deliberada?", se pregunta el autor en 'The Guardian'. "¿O simplemente era inútil que se resistiera a su personalidad fuertemente adictiva? No creo que fuera con esa intención, pero Hitler confiaba en él. Cuando los oficiales que le rodeaban intentaron expulsar a Morell en 1944, él salió en su defensa. Se llevaban muy bien. A Morell le encantaba poner inyecciones y Hitler las prefería a las pastillas debido a sus problemas de estómago. Quería un efecto rápido. Al fin y al cabo, sabía que tenía poco tiempo y que moriría joven".

Lo más llamativo es que, según el autor alemán, el Führer no se consideraba a sí mismo como un adicto. En su lugar, se refería al Eukodal en términos de salud, y Morell nunca quiso prevenirle de que, a medida que pasaban los meses y años, Hitler se estaba volviendo más tolerante y a la vez más dependiente a sus preparados químicos. Cuando los laboratorios donde se fabricaban fueron bombardeadas por los aliados, comenzaron a agotársele los suministros, de ahí que para febrero de 1945 empezara a sufrir de abstinencia.

"No era malvado, solo un oportunista"

¿Qué sucedió con Morell al término de la guerra? "Muchos nazis se salieron con la suya", sostiene Ohler. "Pero él no, no pudo hacer una nueva carrera después de lo que pasó. No había cometido ningún crimen de guerra pero perdió la cabeza. Es una figura trágica, él no era malvado. Solo un oportunista". Después de que los estadounidenses le capturasen, en 1947 le llevaron a Múnich. Allí conoció a una enfermera de la Cruz Roja judía que se compadeció de él y lo llevó al hospital de Tegernsee en el que murió tan solo un año después.

El uso de las drogas por parte de los nazis es muy conocido. No solo de los altos cargos del Tercer Reich, sino también entre los soldados. Ohler también habla de su libro del Pervitín, que bautiza como "nacionalsocialismo en forma de píldora". Desarrollada por una empresa berlinesa de la época llamada Temmler, tuvo su precedente más inmediato en las benzedrinas que usaron los estadounidenses en los Juegos Olímpicos de 1936 para dopar a sus atletas. El Pervitín irrumpió "como una sensación en la Alemania nazi", utiizado como potenciador de la confianza y el rendimiento de la población. Se recomendaba su consumo hasta a las amas de casa, sobre todo en forma de chocolate.

Foto: Foto de archivo.

'Blizted' recoge una carta de Heinrich Boll, el futuro premio Nobel, enviada en 1939 a sus padres desde el frente. En ella les suplica por un poco de Pervitín, la única forma que conocía de luchar contra su verdadero enemigo: el suño. Otto Ranke, director del Instituto de Fisiología General y de Defensa, concluyó que este medicamento era una excelente forma de mantener a los soldados en plena forma. No solo consiguió restarles horas de sueño en la Guerra Relámpago que orquestaron contra Polonia (país que conquistaron en tan solo un mes), sino que también tenía un potente efecto desinhibitorio, haciendo que se emplearan en la violencia con mucha más facilidad.

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