Descubre Portugal con esta ruta de 7 días en coche
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Vacaciones tras el desconfinamiento

Descubre Portugal con esta ruta de 7 días en coche

Una ruta ideal para exprimir al máximo al país vecino durante una semana. Y, por supuesto, puedes adaptarla a tus gustos y preferencias

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Portugal es uno de los países más bellos de Europa. En este territorio, que tiene las fronteras más antiguas de nuestro continente, encontrarás una gran diversidad de paisajes a corta distancia. También podrás encontrar muchas actividades de ocio y un patrimonio cultural único, donde la tradición y la modernidad se conjugan en armonía. La gastronomía, los buenos vinos y el pueblo hospitalario completan una oferta turística de calidad.

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Precisamente este miércoles España y Portugal abren su frontera común, siendo así el último país del espacio Schengen con el que retomamos el libre tránsito. Su cercanía con nuestro país, los 1.214 kilómetros de longitud de frontera que compartimos –la más larga entre dos países de la Unión Europea– y lo anteriormente relatado, hacen de la República Portuguesa un destino perfecto para visitar este verano.

Por ello vamos a proponerte una ruta ideal para exprimir al máximo Portugal en siete días con tu coche. Y, por supuesto, puedes adaptarla a tus gustos y preferencias. Eso sí, debido a restricciones que todavía existen en varios lugares del país vecino, debes informarte antes de visitar cada municipio.

Día 1: Oporto

Comenzaremos nuestro viaje en Oporto, donde tendremos que exprimir hasta el último minuto del día para poder disfrutar de esta ciudad que tiene algo místico. Aquí podremos disfrutar de un trato amable y generoso; con el Duero y el patrimonio de sus dos orillas, con sus puentes y monumentos, azulejos, balcones floridos y calles comerciales.

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El centro histórico de Oporto y la orilla del río Duero, donde se encuentran las bodegas del vino de Oporto (del lado de Gaia), están catalogados como Patrimonio Mundial.

La estación de São Bento, con su vestíbulo revestido de azulejos, es el lugar ideal para iniciar su recorrido. Un poco más adelante no te pierdas la catedral, desde cuyo atrio podrá disfrutar de la primera panorámica del río, de las casas y de la otra orilla. Desde allí, podemos bajar por escaleras y calles medievales hasta Ribeira, con terrazas y rincones pintorescos. Antes de embarcarse en un crucero bajo los seis puentes de Oporto, merece la pena quedarse aquí un rato para respirar el ambiente e impregnarse del río con el puente D. Luís y la orilla opuesta. Después de ver desde el río la silueta de las casas y de las torres de las iglesias, nos espera el interior dorado de la Iglesia de San Francisco. Muy cerca puede atisbar más iglesias y monumentos, azulejos en las fachadas y visitar el Palacio de la Bolsa. Saliendo desde el río, el tranvía realiza un recorrido que llega hasta Foz, donde podrá hacer un paseo y llenarse los pulmones con la brisa del mar. Allí empieza la Av. da Boavista. No muy lejos queda Serralves, con jardines para pasear o descansar, y exposiciones de arte contemporáneo. El museo es obra de Álvaro Siza Vieira, uno de los más destacados arquitectos de la Escuela de Arquitectura de Oporto, galardonado con el premio Pritzker.

Junto a la Rotonda de Boavista se encuentra la Casa de la Música, siempre imponente por su forma arquitectónica y su cartel cultural. En esta zona puede encontrar buenas tiendas para ir de compras. Pero también puede encontrarlas junto a la Av. dos Aliados. De camino quedan los jardines del Palacio de Cristal, con otra panorámica sobre el río, y el Museo Soares dos Reis. Otro jardín, lleno de esculturas, es el de la Cordoaria, rodeado de iglesias y de otros monumentos. Merece la pena subir a la Torre de los Clérigos para disfrutar de una nueva panorámica sobre Oporto. Continuamos a pie hasta Aliados, pasando por tiendas y edificios modernistas. Tras conocer esta amplia avenida, merece la pena seguir hasta la peatonal Rua de Santa Catarina, donde podremos realizar las compras que queramos. El Café Majestic resulta ideal para una realizar una pausa.

Todavía falta ir a la orilla sur del río para visitar las bodegas de vino de Oporto y probar el vino en su peculiar entorno. Desde Ribeira, podemos atravesar andando el puente D. Luís y ver, desde este lado, una de las panorámicas más bonitas de Oporto. Y, además, puede dar una vuelta en el teleférico de Gaia, que sube y baja por este lado del río.

En términos gastronómicos, este lado del muelle es una buena opción, pero en Ribeira también hay multitud de restaurantes y terrazas, al igual que en Foz, con bellas vistas al mar. Portugal conquista a los turistas por su gastronomía pero en Oporto y en la región norte esta afirmación alcanza su máxima expresión. En cualquier restaurante, más refinado o más tradicional, tendrá asegurada una buena comida acompañada por los excelentes vinos de Douro o por el refrescante vino verde, característico de la región.

Día 2: Aveiro y Coimbra

Dedicaremos el segundo día a realizar una ruta por las carreteras de Portugal para poder conocer algunos de los destinos más preciosos del país vecino.

  • Aveiro

Junto al mar y al estuario se encuentra Aveiro, un bello lugar atravesado por una red de canales. Hacer la visita a pie tampoco implica demasiado esfuerzo, ya que la ciudad es plana, y aquellos a quienes les gusta andar en bicicleta pueden optar por las "bugas", las bicicletas de uso gratuito proporcionadas por el Municipio de Aveiro.

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Aveiro tiene un conjunto de edificios del estilo ‘Arte Nova’. Gran parte se encuentra al lado del canal principal, pero hay algunos fuera de las rutas tradicionales e incluso en otros lugares. La ubicación de los edificios se indica en el guión disponible en la Oficina de Turismo y podemos conocer este estilo aún mejor en el Museo que está dedicado a él. También es emblemático de la ciudad es el dulce hecho con huevos y azúcar.

Otro lugar imperdible es el Museo Aveiro instalado en el Convento de Jesús, donde podemos admirar el Mausoleo de la princesa Santa Joana y la talla dorada que decora el interior de la iglesia. También lo encontraremos en profusión dentro de la Capilla del Senhor das Barocas y con menos exuberancia en la Igreja da Misericórdia, cuyo portal manierista merece ser destacado. Aquellos que aprecian la arquitectura portuguesa contemporánea no deben perderse los edificios de la Universidad.

  • Coimbra

Comenzamos la visita en la universidad, fundada en el siglo XIII e incluida por la Unesco en la lista de Patrimonio Mundial, una clasificación que abarca asimismo la Rua da Sofia y la parte alta de la ciudad. Merece la pena subir a la torre, donde se encuentran las campanas que marcaban el ritmo de las clases, para disfrutar de la magnífica vista de 360 grados sobre Coimbra. Pero en la planta baja hay mucho que visitar: el Patio de las Escuelas, la 'Sala dos Capelos' (Sala de los Birretes), donde tienen lugar las ceremonias más importantes, la Capilla de San Miguel, con un imponente órgano barroco y la Biblioteca Joanina, que cuenta con más de 300.000 obras que datan entre los siglos XVI y XVIII dispuestas en bellísimos estantes ornamentados con talla dorada. El conjunto de edificios ocupa el lugar del palacio en el que vivieron los primeros reyes de Portugal, los cuales llegaron a establecer aquí la capital del reino.

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A esa época pertenecen varios monumentos que presentan el esplendor del arte románico. Localizados en la Baixa, zona de compras y de cafés históricos, son de obligada visita el Monasterio de Santa Cruz, que alberga la tumba del primer rey de Portugal, Alfonso Henríquez, y, en la otra orilla, el Monasterio de Santa Clara-a-Velha, restaurado y rescatado de las aguas del río que lo anegaron a lo largo de los siglos. O también la ‘Sé Velha’ (Catedral Vieja), en cuyas escaleras tiene lugar la serenata monumental en la que los estudiantes vestidos con capas negras cantan con mucho sentimiento el Fado de Coímbra. Este es uno de los actos de la ‘Queima das Fitas’ (Quema de las cintas), en la que todos los años en mayo, los estudiantes del último curso celebran la finalización de sus estudios en una fiesta llena de color. Esa animación también se deja sentir durante todo el año en las numerosas tascas y en las Repúblicas, las residencias de estudiantes, ejemplos de vida en comunidad.

Pero hay mucho más que ver. Entre un conjunto de gran valor, el Museo Nacional Machado de Castro conserva el criptopórtico romano y da a conocer la historia de la ciudad. También son muchos los jardines que no se puede perder, como el de Choupal, el de la Quinta das Lágrimas, escenario del romance entre Don Pedro e Inés de Castro, o el Jardín Botánico. A los niños, y no tan niños, les encantará el ‘Portugal dos Pequenitos’ (Portugal de los Pequeñitos), un parque que reproduce a la escala de los más pequeños los principales monumentos portugueses.

Coimbra no es solo tradición, también posee estructuras modernas que vale la pena conocer, como el Polo II de la Universidad, el Puente peatonal Pedro e Inés, y el Pabellón Centro de Portugal en el Parque Verde do Mondego. Y para tener una perspectiva diferente de toda la ciudad, le aconsejamos un paseo en barco por el río Mondego.

Día 3: Sintra

Dedicaremos nuestro tercer día de ruta a visitar Sintra, uno de esos lugares llenos de magia y misterio en el que la naturaleza y el hombre se conjugaron en una simbiosis tan perfecta, que la Unesco lo catalogó como Patrimonio de la Humanidad.

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Desde el propio organismo de Turismo del país nos recomiendan el siguiente itinerario:

  • Por la mañana

En la plaza principal nos encontramos el Palacio de la Villa (Palácio da Vila), con sus dos chimeneas cónicas, tan características que le servirán de brújula para volver a este punto de encuentro. De finales del siglo XIV, fue el lugar de veraneo de muchos reyes a lo largo de la historia de Portugal. Cada estancia se encuentra decorada de forma diferente y tiene una historia que contar, además de la sorpresa de su interior, ya que es un verdadero museo del azulejo, con aplicaciones desde el siglo XVI, al principio de su utilización en Portugal.

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Después de deambular por las estrechas callejuelas y las tiendas de productos regionales, le sugerimos visitar el Palacio y Quinta de Regaleira. Es un palacio del siglo XIX, aunque parezca más antiguo, con una impresionante decoración, rica en simbología masónica. Muy cerca de la entrada de Regaleira se encuentra Seteais, un palacio del siglo XVIII actualmente transformado en hotel. Merece la pena entrar en sus jardines e ir hasta el mirador, desde el que se ve el Palacio de Pena, el Castillo de los Moros y, a lo lejos, el mar...

Antes de comenzar a subir la sierra, mejor será almorzar y optar por un buen restaurante en el pueblo, o realizar un picnic en el Parque dos Castanheiros, un merendero cuya entrada se encuentra en medio de Volta do Duche.

  • Por la tarde

Dedicaremos la tarde a conocer la sierra y a descubrir los rincones de un paisaje Patrimonio Mundial.

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Antes de entrar en el refugio botánico del Parque de Pena, de pasar por el Chalet de la Condesa D’Edla y de subir al palacio que Richard Strauss denominó “Castillo del Santo Grial”, hay que pasar por el Castillo de los Moros (Castelo dos Mouros). Es un testimonio de la presencia islámica en la región, construido entre los siglos VIII y IX, y ampliado después de la Reconquista.

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En la cima se encuentra uno de los palacios más románticos de Portugal, el de Pena, una reconstrucción fantasiosa e historicista, al estilo del romanticismo decimonónico, fruto de la pasión e imaginación del rey artista Don Fernando de Sajonia-Coburgo-Gotha, consorte de Doña María II.

De regreso al pueblo, si no lo hizo por la mañana, entre en una de las pastelerías para saborear las famosas queijadas y los travesseiros, especialidades perfectas para un fin de tarde en una tierra de ensueño.

  • No dejes de ver

Además de otros museos interesantes, cabe destacar el Parque de Monserrate, con su exótico palacio neogótico, y el Convento de los Capuchos (Convento dos Capuchos), construido en el siglo XVI y que utiliza corcho como revestimiento de los pequeños espacios, según los preceptos de pobreza de la Orden de San Francisco de Asís, y que contrasta con los palacios visitados hasta el momento. A 2 km del convento se encuentra Peninha, uno de los puntos más altos de la sierra y, ya camino de la costa, merece la pena conocer el Museo Arqueológico de São Miguel de Odrinhas (Museu Arqueológico de São Miguel de Odrinhas), con su importante colección epigráfica con más de dos mil años.

Días 4 y 5: Lisboa

Dedicaremos los dos siguientes días a visitar la capital de Portugal. Aquí te dejamos libertad para que te organices como prefieras para disfrutarla.

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Lisboa es una ciudad que apetece descubrir poco a poco, viendo lo que aparece en cada barrio, en cada calle. Es una ciudad simpática y segura. Con muchas cosas que ver, pero relativamente pequeña. Resulta ideal para pasar varios días o como punto de partida para pasear por el país. Es antigua. Es moderna. Pero, sin duda, siempre es sorprendente.

Podemos escoger un tema para explorarla. La oferta es amplia: Lisboa romana, manuelina, barroca, romántica, literaria, bohemia, nocturna, la ciudad del fado... Y también hay muchas formas diferentes: a pie, en tranvía, en segway, en autobús hop-on-hop-off, en un tuk tuk, vista desde el río durante un paseo en barco o desde la otra orilla, después de atravesar el Tajo en un cacilheiro... las sugerencias son infinitas.

Sin embargo, hay lugares obligatorios que no puede perderse y que siempre forman parte de la lista. Como el barrio histórico de Alfama y de Castelo, con una de las vistas más fabulosas de la ciudad y del río.

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Tenemos que pasar por Baixa, en dirección a Belém, el barrio de los Descubrimientos, con la Torre de Belém y el Monasterio de los Jerónimos, ambos Patrimonio Mundial. Pero también con el original Museo de los Coches o el moderno Centro Cultural de Belém. Ah, y no podemos olvidarnos de probar los deliciosos pasteles de nata.

Nos reservamos el atardecer y la noche para conocer Chiado y Bairro Alto, en los que la animación está garantizada. Al igual que Cais do Sodré, más cerca del río.

Pero tampoco podemos olvidarnos de la parte nueva de la ciudad. Ya sea para visitar algunos museos de referencia como el Museo Calouste Gulbenkian, en la zona norte, o, siguiendo por el río, el Museo Nacional del Azulejo. Se encuentra camino del Parque de las Naciones, la zona portuaria completamente reconstruida con motivo de la Exposición Universal de 1998. Actualmente es un importante espacio de ocio, con un nuevo paisaje urbano.

Día 6: Lagos

El sexto día será para refrescarse. En Lagos todo parece invitar a la playa y a los placeres sencillos. Pero también hay una historia de navegantes y piratas, resultado de una complicidad con el mar que perdura en los vistosos pesqueros que traen el pescado a la lonja o en el puerto deportivo en el que se mecen yates de todo el mundo.

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Esta conexión con el mar vivió su punto culminante en los siglos XV y XVI, ya que el Infante Don Henrique armó en Lagos las carabelas que alcanzaron la costa de África, hecho que marcó el comienzo de la epopeya de los Descubrimientos portugueses. También desde Lagos partió Gil Eanes, el navegante que demostró que el mundo no se acababa en el cabo Bojador y que el mar no estaba poblado por monstruos. Lleva su nombre la plaza en la que una polémica estatua de João Cutileiro evoca al rey Don Sebastián, que convirtió Lagos en la capital del Algarve, privilegio que conservó hasta 1755. Desde aquí también salió este rey hacia la batalla de Alcazarquivir, de la que nunca regresó, lo que supuso que Portugal perdiese su independencia a favor de España, la cual solo recuperaría en 1640. El pueblo siempre esperó su regreso una mañana de niebla, un sentimiento de esperanza por un salvador que quedó grabado en el alma portuguesa y que recibió el nombre de "sebastianismo".

Aunque se levantaron sobre construcciones anteriores, a esta época pertenecen algunos de los principales monumentos, como el Castillo de los Gobernadores. O las murallas de la ciudad y el Fuerte de Ponta da Bandeira que la protegían de los invasores, sobre todo de los corsarios, y que, actualmente, ofrecen bellas panorámicas sobre la población y el mar. También en Lagos, bajo las arcadas de la Praça Infante D. Henrique, se celebró el primer mercado de esclavos de Europa, espacio ahora transformado en centro cultural con exposiciones y venta de artesanía.

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Pero hay mucho más que ver. En un recorrido por las calles del centro histórico, si nos fijamos en las canterías de las puertas y ventanas, en los hierros forjados de los balcones y en los patios que proporcionan frescura en verano, descubrimos el encanto de esta ciudad secular. La Iglesia de San Antonio nos sorprende por la riqueza de su interior revestido de talla dorada y azulejos. Como curiosidad, la imagen del santo que le da nombre disfruta del rango de teniente-general, honor obtenido porque este templo sirvió de capilla al Regimiento de Infantería. Al lado, el Museo Municipal cuenta con interesantes núcleos de arqueología y arte sacro.

Y no podemos dejar de degustar su gastronomía. El pescado y el marisco son los principales ingredientes de diversos majares: de platos con almejas, percebes, huevas o pulpo, de sopas y açordas, o especialidades como el jurel al limón y los calamares rellenos. Los dulces son otra especialidad y entre ellos destacan los dom-rodrigos, receta de las hermanas del Convento de Nuestra Señora del Carmen.

Desde la larga Avenida dos Descobrimentos podemos ver el perfil de la ciudad y el puerto deportivo, lleno de vida y animación. Esta vía nos conduce al mar y a las playas, de las más bonitas del Algarve, tantas veces distinguidas por entidades y revistas internacionales. Al este queda Meia Praia, un largo arenal con casi cinco kilómetros que termina en la ría de Alvor. Hacia el otro lado se suceden arenales más pequeños bañados por aguas transparentes, a los que las rocas esculpidas por la erosión aportan una belleza deslumbrante. Así son las playas de Batata, Pinhão, Dona Ana y Camilo, a las que se llega desde el centro de la ciudad. Algo después, Ponta da Piedade, el emblema de la región, es una impresionante formación rocosa con formas recortadas y grutas excavadas que podrá apreciar en todo su esplendor durante un paseo en barco. Canavial, Porto de Mós y Praia da Luz completan esta oferta, que también incluye pequeñas extensiones de arena de difícil acceso, algunas de las cuales solo se pueden alcanzar por mar. Son pequeños paraísos que esperan ser descubiertos.

Día 7: Faro

Terminaremos nuestro viaje en Faro, capital del Algarve desde 1756. Esta ciudad es la puerta de entrada para quien llega en avión, nos recibe en su sala de estar, el Jardín Manuel Bívar, el lugar en el que todo pasa con vistas al puerto de recreo, la ría Formosa y el mar.

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El Arco da Vila permite acceder a la parte vieja de la ciudad conocida como vila adentro. En su interior se encuentra la Puerta árabe del siglo XI, el arco de cerradura más antiguo de Portugal y que servía de entrada a las murallas para quien llegaba por mar. De aquí parte una maraña de calles que merece la pena recorrer para descubrir sus esquinas y rincones. Muchos de los hallazgos arqueológicos que atestiguan la historia de la ciudad se encuentran en el Museo Municipal instalado en el Convento de Nuestra Señora Asunción, del siglo XVI.

En Largo da Sé, dominado por los edificios del Palacio episcopal, destaca la Catedral, erguida en 1251, tras la reconquista cristiana, en el lugar que anteriormente ocupaba la mezquita. En su interior se halla uno de los más destacados conjuntos de los siglos XVII y XVIII del Algarve, una época que también se encuentra bien representada en la Iglesia de San Francisco, con bellísima talla dorada y azulejos. Cerca se encuentran las dos torres albarranas que protegían el Arco del Reposo, así llamado porque, según cuenta la historia, en él descansó el rey Don Alfonso III durante la conquista de Faro.

Fuera del perímetro de las murallas hay una ciudad diferente, renovada después del terremoto de 1755 por una nobleza y burguesía ricas, como se puede comprobar en las acaudaladas casas y palacios, o en el romántico Teatro Lethes. También destacan la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen y la Iglesia de San Pedro, con decoración de estilo barroco y rococó.

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La peatonal Rua de Santo António, pavimentada con calzada portuguesa, es el eje de la zona más animada, con muchas tiendas y restaurantes. Aquí se estableció en el siglo XIX una influyente comunidad judía, cuya presencia evidencian la sinagoga y el museo existentes en el Cementerio Histórico Judaico.

Volviendo al Jardín Manuel Bívar, nada como refrescarnos con una bebida mientras descansamos en una de las terrazas junto a la ría. Y si es hora de comer, hay que buscar un restaurante para saborear las delicias gastronómicas, entre las que destacan el pescado y el marisco cocinados en la cataplana, un utensilio de cobre típico del Algarve, que se cree que también tiene origen árabe.

Y ya que estamos frente a la ría Formosa, no debemos perdernos la oportunidad de conocerla mejor. Catalogado como parque natural, este sistema lagunar cuenta con una amplia zona de marismas, canales e islotes donde se pueden observar diversas especies de aves migratorias. En el largo cordón de arena que separa la ría del mar se encuentran playas tranquilas como las islas de Faro, de Farol, de Culatra y Deserta. Del muelle de Porta Nova parten rutas regulares y otros barcos que realizan paseos por la ría y que nos llevan a estos lugares en los que relajarse es obligatorio.

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