Juan Martín Díaz 'El Empecinado': un labriego cabreado en búsqueda y captura
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Cóctel Explosivo

Juan Martín Díaz 'El Empecinado': un labriego cabreado en búsqueda y captura

Héroe de la Guerra de la Independencia, fue defenestrado por Fernando VII y consiguió cambiar el sentido de su apodo otorgándole mayor nobleza

Foto: Retrato de Juan Martín Díaz.
Retrato de Juan Martín Díaz.

Como dijo William Gladstone, ′′ Los hombres suelen estar muy predispuestos a confundir la fuerza de sus sentimientos con la fuerza de su argumento."

Es probable que uno de los poemas más increíbles de la historia fuera aquel que escribió Sir Percy Bysshe Shelley a cuatro manos con Horace Smith, 'Ozymandias'. En él, se habla del binomio ego y humildad y de cómo ambos deberían ser elementos compensados ante la grandeza de la incógnita que nos rodea, porque a la postre, venimos del polvo estelar y nos convertimos en cenizas en suspensión, una humillación para quienes un día anduvimos erguidos. De eso va este extraordinario poema romántico que escribió el esposo de Mary Shelley, la famosa autora de la novela gótica de ficción titulada Frankenstein.

¿Por qué esta reflexión previa?

En España, durante el gran fiasco del subido Napoleón Bonaparte, emperador efímero de un tránsito de patas cortas para su sobrevalorada fama; un grupo de hombres y mujeres decididos a todo, plantaron cara a aquel tarambana con alzas, idolatrado hasta la saciedad por nuestros hoy vecinos y amigos del otro lado de los Pirineos. Así como en 'Ozymandias' se habla de la grandeza de una colosal estatua troceada y tendida en las arenas del desierto (Ramsés II) aquí hablaremos hoy de como un arrogante emperador que lo tuvo todo a su favor, mordió piedra en nuestro país.

Un guerrillero llamado El Empecinado iba a causar heridas muy profundas entre las tropas francesas

Aquellos grupos de combatientes partisanos parecían la Gran Ola de Kanagawa, monstruosa, arrolladora, sin compasión e inmisericorde. Los franceses habían cometido atrocidades sin cuento y abusos sobre la población civil que ya son historia y es mejor no removerlos. Un guerrillero llamado El Empecinado se había convertido en una extraña alineación planetaria que iba a causar a la postre heridas muy profundas entre las tropas francesas y mucha pupita a la famosa "grandeur" gala.

Napoleón Bonaparte.
Napoleón Bonaparte.

Encontrar con éxito el buen equilibrio entre la lógica y las emociones, no es cuestión baladí. Este hombre enjuto y ensimismado era la síntesis de ambas. Las mejores decisiones tienden a ser siempre una mezcla equilibrada, aunque es obvio que siempre está el principio de incertidumbre por ahí rondando. Todos necesitamos un poco de suerte encontrando ese equilibrio, pero como decía Picasso, que la inspiración te coja trabajando.

El caso de los españoles es culturalmente muy distinto del de los germanos o escandinavos, pueblos aglutinados y sin fisuras en los referentes asociados a la identidad nacional. Hasta los propios griegos, pueblo mediterráneo donde los haya, han mostrado durante la refundación de la Grecia Moderna una vez enajenada del yugo turco, una unidad encomiable reflejada en sus fraternales danzas que casi los hermanan de una forma mística en el llamado Hassapikos antiguo o más moderno Sirtaki.

Aquí, como somos la hostia y ya lo he mencionado en alguna ocasión, estamos las 24 horas a la greña, pero eso sí, que no nos vengan a tocar los bajos desde afuera porque los integrantes de este orfeón de grillos que somos, nos cabreamos y dejamos de vapulear a nuestros hermanos por un rato, para todos juntos y en unión en santa comunión arrearles unos saludables mandobles al invasor. Y eso, exactamente, es lo que pasó tras la alevosa invasión napoleónica. Cuando los echamos del predio patrio a los transpirenaicos…volvimos a las andadas. Qué país…

Bueno, el caso es que al Bonaparte le entró un ataque súbito de amor por las naranjas (no me refiero a la Suite de Prokofiev, no, pues solo eran tres las piezas) y pensó que todo el campo era orégano, pero no reparó en que en esta península somos más variados que una macedonia de gourmet y que cuando nos entra un ataque de mala leche, lo bordamos.

Un labriego con pundonor

El caso, es que mientras todo un ejército que venía de arrasar Europa, pensaba que en estos pagos iban a disfrutar de una relajada jornada dominical; en un pueblo de Valladolid, Castrillo del Duero, un labriego con pundonor y un poquito de mala hostia, un tal Juan Martín Díaz, harto de tirar de arado y sin una formación militar digna de tal nombre y por ende de táctica aplicada, se había echado al monte con dos colegas (Juan García y Blas Peroles) en la primavera de 1808, con la idea de arrearles una mano a los dragones del emperador. Así tal cual. El idealismo y la inocencia de la juventud es lo que suman, un cóctel explosivo.

Todo empezó de una manera casual cuando en Fuentecen, el pueblo donde vivía apaciblemente con la parienta, apareció una patrulla de dragones y se llevó todo el vino del pueblo (hoy dentro de la denominación de origen Ribera del Duero) así, por la cara.

Comenzaron a cortar las comunicaciones y en consecuencia la logística del ejército francés en su principal ruta de abastecimiento Irún- Madrid

El que más tarde se convertiría en héroe de la nación, 'El Empecinado', inició sus actividades (se les podría llamar estragos más bien), echándole el guante a un enlace de postas del ejército francés así como quien no quiere la cosa, para abrir boca. Luego, con sus compinches de travesuras, parte de la familia, y una partida de una treintena de voluntarios muy encendidos por lo ocurrido a los madrileños el Dos de Mayo, comenzaron a cortar las comunicaciones y en consecuencia la logística del ejército francés en su principal ruta de abastecimiento Irún- Madrid.

En su época, mientras luchaba contra aquellos pobres desgraciados del otro lado de las grandes montañas, se le llegó a asociar en paridad con figuras míticas de la historia patria tales como El Cid o Don Pelayo. Tenía el mastuerzo entonces, la edad de 32 años y se escribía de él y no de otras cosas, en los periódicos que en precarias condiciones, en sótanos o buhardillas, en cabañas aisladas y en situaciones de riesgo casi temerario, loaban su figura como si del salvavidas de la nación fuera. Lo era, pero había más españoles dando “caña” también. Y por ahí, estaban los restos del ejército regular intentando ordenarse y hasta los ingleses que se suelen apuntar a cualquier cosa que implique desestabilizar a quien asome la cabeza para amenazar su hegemonía- por otro ya perdida para bien de la humanidad.

Gregorio García de La Cuesta, a la sazón, un general de la vieja escuela, pensó que a los bien entrenados franceses se les podía ganar en campo abierto y así, de esta guisa, comenzó a reunir a las partidas que merodeaban por los alrededores para captar masa crítica y darles un meneo a los franceses; más no pudo ser. La catástrofe fue antológica y en la pequeña villa de Cabezón de Pisuerga, tal que un 12 de julio de 1808, las mal entrenadas e improvisadas tropas peninsulares fueron batidas sin discusión. ¿Resultado? Algunos miles de muertos y prisioneros y una enseñanza dentro del infortunio; había que cambiar de registro.

El que comprendió rápidamente que teclas había que tocar fue El Empecinado; él y su partida se volatilizaron literalmente para convertirse en una auténtica pesadilla para los restos. Correos, armas, víveres, munición, condumio, pagas para las tropas de José Bonaparte (intentó conciliar con los españoles pero era el hermano de un “pieza”) eran requisadas sin contemplaciones y desarmados sus adversarios se les reenviaba a sus filas de origen- a los que sobrevivían claro-.

Hacia 1809 la figura del mito se agranda y más de 100.000 kilómetros cuadrados aproximadamente del territorio nacional estaban bajo un control muy precario pero sostenido. Se podría decir que para transportar unos sacos de patatas, los franceses necesitaban un regimiento, hombre arriba hombre abajo.

El camuflaje fue clave del rotundo éxito que hizo que el ejército francés pasara de una guerra de conquista a una guerra defensiva

Y hablando de sacos de patatas, la arpillera era parte de la indumentaria de camuflaje de los partisanos de El Empecinado. Ora la impregnaban de barro, ora de hierbas de matorral, ora de cabecera para un buen dormir. Esas técnicas de camuflaje en adición al conocimiento de una precaria pero eficaz lectura de la topografía que a cada partida de guerrilleros correspondía, y los enlaces con los mejores caballos a mano, fueron la clave del rotundo éxito que hizo que el ejército francés pasara de una guerra de conquista a una guerra defensiva. Empate a uno. A partir de ahí, vendría la remontada.

La partida del Empecinado se convierte en la Ira de Dios y los franceses acantonados en Pedraza, Sepúlveda, Aranda de Duero y al otro lado de la sierra de Madrid en dirección norte no daban abasto con la que les estaba cayendo. Poco más tarde, hacia 1.811 ya comandaba un “ejército” de cerca de seis mil hombres pero él, siempre era fiel a su método.

Napoleón pone precio a su cabeza y promete ascensos fulgurantes a sus generales. El guerrillero, es perseguido por tierra, mar y aire infructuosamente. Tiene el apoyo sin dilación de la población civil. Durante cerca de tres años la persecución se agrava, pero este elemento de la naturaleza acorralado varias veces (llegó a enterrarse en el intramuros de un pequeño cementerio próximo a Patones- Madrid), sobreviviendo a la mayor caza del hombre conocida hasta entonces. Mientras, desde la improvisada oquedad de una solitaria haya a la vera de un río o disfrazado de aparcero bebiendo vino de un pellejo en cualquier sórdida taberna, sus enlaces multiplicaban la grandeza de su figura; hasta tal punto, que el corso, ordena abandonar la persecución desesperado ante la presencia de este demonio encarnado y la arriesgada dispersión de sus tropas.

La toma de Guadalajara

Cuando en 1812 toma Guadalajara, la euforia colectiva se desata. Pérez Galdós cita en sus Episodios Nacionales la siguiente referencia, lamentablemente hoy amalgamada en una clase muy selecta -salvo en el primer enunciado-… “Tres tipos ofrece el caudillaje en España, el guerrillero, el contrabandista y el ladrón de caminos. El aspecto es el mismo, solo el sentido moral establece la diferencia.

Pero cuando acaba la guerra y se restaura el absolutismo, este hombre, ya mariscal de campo, se las prometía felices y en un permanente baño de multitudes; y va el rey ahumado, el rey felón en su triste laberinto y lo destierra a Valladolid.

Como apuntaba al principio, la guerra de la Independencia hizo que los españoles dejáramos de tocarnos los cojo… unidos por un rato en una causa común. Pero la guerra se acabó y retornamos otra vez a la “movida”. La jaula de grillos volvía a ponerse a funcionar a pleno rendimiento.

Fernando VII lo sentenció a la horca no sin antes ningunearle, pues el Empecinado había pedido para él y los suyos un honorable fusilamiento

Lamentablemente para El Empecinado y para poner en valor sus credenciales ciudadano político evolucionado (si vemos con carácter retroactivo la oferta ideológica del momento), se sumó al levantamiento de Rafael del Riego en defensa de la Constitución de Cádiz.

La entrada de los Cien Mil Hijos de San Luis, otra vez una horda de franceses aderezada de rancios retrógrados españoles que no querían evolución alguna, acabaría con el trienio liberal que a duras penas digería el perillán coronado. Ello, acabaría con el ilusionante proyecto progresista devolviendo el poder absoluto al impresentable de Fernando VII.

Cien mil hijos de San Luis.
Cien mil hijos de San Luis.

Por las mismas, tuvo que huir a uña de caballo a Portugal, hasta que cándida e inocentemente creyó en el indulto de este desgraciado que nos tocó padecer al pueblo español. En Olmos de Peñafiel les esperaba una emboscada. Este Grande de España sin raíces aristocráticas pero con valores a años luz de muchos de los que ostentaban ese título (muchas veces comprado en el mercadillo de la corrupción), sería conducido con sus incondicionales a Roa. Una primavera temprana de 1825, el innombrable lo sentencia a la horca no sin antes ningunearle, pues este hombre de una pieza, ejemplar donde los haya; había pedido para él y los suyos, un honorable fusilamiento. Ese mismo año en medio de una atroz canícula veraniega, llegado el mes de agosto, sería ahorcado uno de los mayores talentos militares de este país por uno de los mayores tarados que ha dado esta tierra de contrastes.

Los que amamos a este país tan turbulento sabemos que no estás muerto porque todavía hoy nos repugna pronunciar el nombre de tu asesino

Juan Martín Díaz “El Empecinado”, los que amamos a este país tan turbulento y cainita, sabemos que no estás muerto porque todavía hoy nos repugna pronunciar el mero nombre de tu asesino. Quizás ese exorcismo en apariencia ineficaz, une tu enorme figura a la del más denostado rey de este país, y mientras tú vives resucitado, él muere en nuestra historia en una agonía permanente.

P.D. En el artículo anterior dedicado a Don Diego López de Haro, colé un gazapo en el que los números romanos se me pusieron rebeldes y llamé a Fernando IV, Fernando VI. Obviamente por contexto me refería al rey castellano. Pido al respetable mis más sentidas disculpas.

Juan Martín Díaz Napoleón
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