un hombre con honor

La zona errónea de Cristobal Colón: el día que fue encarcelado de forma denigrante

Venido a menos por una gestión a todas luces negligente, el descubridor de América había dado con sus huesos ante el impertérrito y cruel Bobadilla

Foto: Cristobal Colón visto por el pintor Christoph Christian Ruben.
Cristobal Colón visto por el pintor Christoph Christian Ruben.

"…Donde habite el olvido, en los vastos jardines sin aurora;

Donde yo sólo sea memoria de una piedra sepultada entre ortigas

Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios..."

–Luis Cernuda, fragmento del poema 'Donde habite el olvido'.

Dedicado a la memoria y gesta del almirante Cristóbal Colón.

Venía en cubierta encadenado por voluntad propia. Pensaba que se cometía con él un atropello flagrante. Una mordaza de hierro fundido, con dos argollas atadas a los tobillos razonablemente amortiguadas por una buena dotación de trapos raídos pero limpios y convenientemente esterilizados, proporcionados por la marinería que le acompañaba en la carabela, le evitaban el sangrado e infecciones consustanciales propios de ese denigrante estado, más allá de la humillación consiguiente para con la figura de tan ilustre e insigne personaje. Desde el piloto hasta el último grumete, todos se deshacían en atenciones con el Gran Almirante.

Era para entonces un hombre cansado, que había visto cómo se esfumaban la vanidad y los honores concedidos, en un lance más que injusto para con aquel con quien en una hazaña sin precedentes había conseguido un respeto que por méritos propios pasaría a la posteridad con letras de oro; era un hombre de mundo con mayúsculas enfilando el estrecho final de esta presencia provisional. Su pelo blanco y su fatigada mirada eran más que elocuentes, todo un compendio de decepción.

Una brisa sostenida y cálida, amable dentro del drama a la par que refrescante, barría la cubierta mezclada con algunos rociones en una mar con visos de ligera arboladura. Ello hacía más benévolo aquel viaje tan dramático para uno de los hombres señalados por la historia, para ocupar un sitial único e inalcanzable para el común de los mortales.

Todos le adoraban como a un Dios visible. No era el intangible creador de lo metafísico y mágico, ubicuo e indetectable, jugando a atemorizar a ignorantes humanos iletrados, no; era ni más ni menos que el enorme y grandioso Almirante de la Mar Océana, Cristóbal Colón.

Cristóbal Colón ante los Reyes Católicos en la corte de Barcelona (V. Turgis, siglo XIX).
Cristóbal Colón ante los Reyes Católicos en la corte de Barcelona (V. Turgis, siglo XIX).

Un hombre de artificiosa grandeza

Venido a menos por una gestión a todas luces negligente en las competencias de lo terrenal, aquel alto idealista de pelo ensortijado y frente amplia, aquel culto e incomparable marino, aquel explorador de lo infinito, soñador de expediciones impensables e imposibles, había dado con sus huesos ante el impertérrito y cruel Bobadilla, que revestido de una artificiosa grandeza por los poderes otorgados por la Corona, en su compleja pequeñez, albergaba lo mismo que todos los que han obtenido poder sin merecerlo; delirios de grandeza y sobreabuso de sus privilegiadas posiciones .

De sus cuatro viajes a las Indias, –hay que destacar que la denominación del continente americano se hace tras la publicación del Planisferio de Martín Waldseemüller en 1507–, el descubridor del nuevo continente, posteriormente llamado el Nuevo Mundo, genera con su colosal “revelación”, el impulso decisivo para una expansión económica sin precedentes de la civilización europea; es el pistoletazo de salida para la conquista y colonización por varias potencias occidentales del continente americano, con las terribles inercias de las guerras y conflictos entre sí, por capitalizar los beneficios de aquel nuevo mercado.

En puridad los tragaldabas eran Bartolomé y Diego, que en ausencia de su hermano habían hecho de las suyas

De todos es sabido que Cristóbal Colón jamás cejó en su empeño por proyectarse hacia el Oeste. ¿Había algo más que una pulsión íntima e intuitiva sobre su destino en este cartógrafo y navegante? ¿O por el contrario ya albergaba conocimientos avanzados y contrastados? Se sabe a ciencia cierta que desde 1484 conocía la teoría de Toscanelli que afirmaba la certeza de una ruta por occidente hacia las Indias. Su cabezonería le llevó a tocar estérilmente las aldabas de los reinos de Portugal, Francia, Inglaterra y Castilla, hasta que su enorme e incondicional amigo, Fray Juan Pérez, uno de los confesores titulares de la reina Isabel de Castilla, dio con la tecla al comprometerse en las Capitulaciones de Santa Fe, en lo que con el tiempo se dio en llamar el Tratado Colombino. Aquel día nuestra ilustre e insigne reina se quitaría de encima al empecinado Colón, que a buen seguro le causó más de un dolor de cabeza, cuando no pesadillas.

Hay más de 400 biografías sobre este marino, que no necesita ninguna presentación, y quizás esté todo dicho sobre él. Pero lo cierto es que cuando el corregidor pesquisidor Francisco de Bobadilla, un elemento de armas tomar, les puso la mano encima a los tres hermanos, razones no le faltaban, más allá de su prepotencia. En contra de algunas versiones, el almirante no solo no opuso resistencia, sino que invitó a sus hermanos –que estos sí eran unos piezas de cuidado–, a entregarse. Su fidelidad y agradecimiento a la reina en particular, y a los reyes ambos, era incuestionable. En puridad los tragaldabas eran Bartolomé y Diego, que en ausencia de su hermano habían hecho de las suyas. Cristóbal estaba entonces haciendo nueva ruta en la masa continental para encontrar un paso que muchos años después descubriría el gran Balboa.

Rehabilitado y a circular

Quizás, la zona errónea del almirante –y causante de un grueso malentendido con la reina, más tarde atenuado por las disculpas y actos de contrición sobrevenidos–, se rebeló cuando comenzó a embarcar (con ánimo de lucro) y enviar esclavos de condición caníbal a la península, alegando que no solo se comían entre ellos de buen grado, sino que al parecer, les estaban empezando a gustar las novedades gastronómicas venidas de allende los mares. El caso cierto es que algunos desprevenidos españoles eran pillados 'in fraganti' en los límites de la foresta, haciendo aguas menores o tranquilas deposiciones. La cosa no coló y a punto estuvo de costarle un disgusto serio al ilustre marino, pues la reina se puso farruca y devolvió sin más preámbulos a los sorprendidos nativos a su ex-paraíso terrenal.

Colón moriría una vez más en esta vida, arrojado a los perros de la calumnia y denostado por sus errores, en vez de elevado a la categoría de mito

Sus diferencias con Bobadilla serían pronto agua pasada, pues la reina no estaba por la labor de castigar a este aéreo soñador, más allá de meterle la tijera a algunas competencias. Rehabilitado a los ojos de la Corona, Isabel la Católica lo puso en circulación de nuevo.

Retrato de la reina Isabel la Católica de Juan de Flandes.
Retrato de la reina Isabel la Católica de Juan de Flandes.

Para cuando Colón tocó tierra tras su cuarto viaje –el siete de noviembre de 1504–, ya era un hombre cuyo diferencial entre la realidad común y la de su mundo paralelo de sueños y grandezas había sufrido un desfase más propio de una patología mental severa. Su depresión y deplorable estado físico estaban fuera de toda duda. Su valedora incondicional, una súbitamente envejecida Isabel la Católica, devorada por una entonces imbatible enfermedad y postrada a partes iguales por un atroz dolor instalado en la primera ventana que nos abre a la vida, a la par que anegada literalmente en láudano, opio y vino, los anestésicos de aquel entonces, había abandonado en Medina del Campo un gélido día de noviembre del año del Señor de 1504 todo su ingenio, habilidad política, diplomacia y característica sonrisa. Poco después Colón moriría una vez más en esta vida, arrojado a los perros de la calumnia y denostado por sus errores, en vez de elevado a la categoría de mito por su increíble hazaña.

Decía Joseph Conrad, un cirujano del alma humana que del horror sabía algo, que ”todos los deseos son lícitos, excepto aquellos que elevan las miserias de la humanidad". Quizás Cristóbal Colón en su epopeya se olvidó de que tras los océanos había hombres y estrellas.

Alma, Corazón, Vida

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