el pueblo madrileño, unido

La historia de Manuela Malasaña, una heroína demasiado joven

Su terrible final la convirtió en todo un símbolo y fue una de las caras visibles del heroísmo anónimo de una pléyade que escribió el principio de la sentencia del ambicioso Napoleón

Foto: Manuela Malasaña retratada por José Luis Villar Rodríguez de Castro
Manuela Malasaña retratada por José Luis Villar Rodríguez de Castro

Dejamos pasar tantos trenes, que al final, somos la estación y no el destino.

-Zenk.

Hay una obra maestra en la polifonía española del siglo XVI llamada el "motete" (breve composición musical que se suele dar en algunas formas litúrgicas) "Tenebrae factae sunt" ("Se hicieron las tinieblas"), de Tomás Luis de Victoria, es un exponente que nos viene como anillo al dedo para el tema en cuestión.

Un día temprano de la primavera del año 1808, la invasión de España por el hombre de la mano en el píloro era ya un hecho consumado. Madrid era un hervidero de gente armada con un arsenal de lo más variopinto. Desde navajas de muelle, mosquetes tomados del cuartel de Monteleón, hasta botellas de glicerina con alcohol lanzadas con cierta soltura ( una forma de napalm primigenio), impactaban delante de los caballos que el corso había enviado a sofocar la rebelión.

Los gatos son fuertes en combate

Pero los “gatos” eran un pueblo duro de roer. Más de 40.000 ciudadanos se habían levantado en armas contra el conspicuo invasor y la guerrilla urbana lo estaba bordando. Bordando y desbordando a la caballería e infantería gala. Según los cronistas, José Bonaparte, comentaba en su relación epistolar con su hermano Napoleón que se había producido una gran insurrección en Madrid el día 2 de mayo y que el amotinamiento en las calles y casas estaba descontrolándose y su control se hacía harto dificultoso. Desde las ventanas llovían tiestos, aceite hirviendo, cacerolas con fundamento y todo tipo de artilugios de largo nombrar. Dos batallones de fusileros y quinientos caballos se habían llevado por delante a más de dos 400 hombres del enardecido y cabreado populacho.

Placa con el nombre de la Calle de Manuela Malasaña, en Madrid. (Wikimedia Commons)
Placa con el nombre de la Calle de Manuela Malasaña, en Madrid. (Wikimedia Commons)

Así las cosas, hay varias versiones sobre lo acaecido aquel infausto día sobre la muerte de una criatura que nacía a la vida como adolescente. Ella, se llamaba Manuela Malasaña o Manolita entre el vecindario. Era una joven costurera que apoyaba a su padre en las cercanías del cuartel de Monteleón aprovisionándolo de cartuchos de postas con clavos hechos literalmente a mano y con una rudimentaria maquinaria, que en su actuación en el cuerpo a cuerpo eran letales aunque carecían de distancia de tiro y por supuesto, de precisión.

Dos batallones de fusileros y quinientos caballos se habían llevado por delante a más de dos 400 hombres del enardecido y cabreado populacho

La terrible matanza producida entre la población civil madrileña fue tan escandalosa, que hasta el propio emperador hubo de redactar una misiva corregida unas cuantas veces para parecer un candoroso e inocente militar con cierto nivel ético. El ilustrado, a la par que egolatra Bonaparte, en su escrito solo dio como fallecidos a la tercera parte de los varones en aquella trágica jornada. De las cerca de 200 mujeres que dieron sus vidas en apoyo de sus maridos, nada, ninguna mención. Aquel pueblo madrileño, mal armado y peor adiestrado, salió con todo a la calle para frenar la tremenda alevosía de la invasión francesa que como todos sabemos, entró por la puerta de atrás de la historia y con malas artes.

Manuela Malasaña, una inocente criatura cuyo terrible final la convirtió en todo un símbolo, fue tal vez una de las caras visibles del heroísmo anónimo de una pléyade de soldados y civiles que en aquel durísimo momento escribieron el principio de la sentencia del ambicioso Napoleón. La ilustración era un producto de calidad y exportable pero antes había que pedir permiso, y él, no lo hizo.

Las versiones sobre la muerte de Manuela sobrevuelan un mar de dudas, pero se la vio mezclada con los insurrectos aquel día

Pero a caballo entre el mito y realidad, esta criatura, mártir y heroína partes iguales, ha sido encumbrada por derecho propio al panteón donde la memoria del país guarda a sus más entregados caídos; pero las versiones sobre su muerte sobrevuelan un mar de dudas. ¿Murió proporcionado cartuchos a su padre? ¿Fue víctima de la enorme balacera que granizaba en el épico barrio madrileño de Malasaña? ¿O por el contrario cayó fusilada al descubrirse rastros de la gris pólvora en sus manos? A día de hoy no se ha podido concluir con objetividad el desenlace de esta muchacha pero si, como atestiguan muchos de los combatientes, se la vio en medio de aquel trágico fregado mezclada con los insurrectos.

La versión más extendida contempla que durante la defensa del Parque de Artillería de Monteleón, muy cercano a la actual plaza del Dos de Mayo, el famoso emplazamiento militar que apoyaría sin fisuras la revuelta popular contra las tropas de Murat, “Manolita”, la costurera, caería de un certero tiro en la frente dejando en la más absoluta desolación a su padre. En medio de la brutal “melee”, la bala de un mosquete francés habría impactado, según cronistas, en el cuerpo de la criatura, que en ese momento suministraba los cartuchos a su padre, Juan Malasaña Pérez, que mientras tanto disparaba a buen ritmo desde el balcón de su casa en la calle San Andrés, quedando a su izquierda hacia las 10.00 del reloj la puerta principal del cuartel de Monteleón objetivo principal del asalto francés.

Cuentan que labala de un mosquete francés impactó en el cuerpo de la criatura, mientras suministraba cartuchos para disparar a su padre

La hija murió a una distancia tan próxima y critica, que su progenitor solo pudo abrazarla y seguir defendiendo su vida en el más absoluto estado de shock como es obvio. Ese mismo día, los capitanes Daoíz y Velarde y el teniente Ruiz, pagarían con sus vidas la defensa hasta el último hombre de aquel cuartel de referencia en nuestra historia.

Monumento a Daoiz y Velarde en la plaza del Dos de Mayo de Madrid
Monumento a Daoiz y Velarde en la plaza del Dos de Mayo de Madrid

Pero los franceses nos subestimaron; España fue el principio del fin de Napoleón y la primera derrota del invencible ejército francés. La indiscutible preparación del ejército galo durante el Primer Imperio (1804–1814) radicaba en una estructura vanguardista que le aportó una enorme movilidad, pero, no contaban con los españoles y su ubicua y eficaz guerrilla y el apoyo de la entera población. Se habían metido en un lodazal.

Ese día también murieron Daoíz y Velarde. España fue el principio del fin de Napoleón y la primera derrota del invencible ejército francés

Ángel Fernández de los Ríos en la Guía de Madrid publicada en el año de 1876, tiene un capítulo dedicado íntegramente a la Muerte de Manuela Malasaña. Pero la cosa no acaba ahí. Queda la versión de las tijeras.

Según las actas de defunción de aquella luctuosa jornada, hoy conservadas en el Archivo de la Villa de Madrid, hay una versión contrapuesta. En el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia, Manuela Malasaña, se dice que fue fusilada siguiendo órdenes estrictas dictadas por el Mariscal Murat, al ser portadora de un arma sin “permiso”. Al parecer, Manolita fue asesinada a sangre fría en plena calle por un pelotón francés aplicándosele la ley de fugas. Esto, ocurría al parecer el día 3 de mayo y no el 2 como de forma rutinaria se ha establecido.

Es bastante probable que Manuela Malasaña, fuera hija adoptiva y en consecuencia huérfana. También es probable que recibiera un balazo cuando regresaba del taller en el que trabajaba al descubrirse que portaba unas tijeras, y cabe también la posibilidad bastante plausible de que se revolviera para defenderse del intento de secuestro con fines evidentes por parte de los mamelucos.

La víctima número 74

Sus restos fueron enterrados en el cementerio del Hospital de la Buena Dicha registrado como el número 74 entre las más de 400 víctimas de aquel día imborrable en la memoria de la nación.

También es probable que Manuela recibiera un balazo cuando regresaba del taller en el que trabajaba al descubrirse que portaba unas tijeras

Sea cual fuera el final de esta chica, la figura de Manuela Malasaña, es a día de hoy una leyenda, símbolo de la resistencia de un pueblo en armas. El Dos de Mayo de 1808, cambiaría la historia de España, y sin lugar a dudas, también la de la todopoderosa Francia.

Eugenio Álvarez Dumont representó en un impactante óleo (se puede ver en El Prado) como Juan Malasaña da muerte al Dragón de caballería francés que había matado a su hija aún yacente. Una certera puñalada a la altura de la axila izquierda, lo deja seco in situ. La escena es de una brutalidad manifiesta y nos recuerda los horrores de la guerra, lacra, lamentablemente, que no ha dejado de perseguir a la humanidad desde sus albores.

Los españoles siempre nos unimos solo cuando nos invaden, pero cuando se acaba el tema, volvemos todos a las andadas

Murat, aquel tábano gabacho tan subido en su montura, no se había percatado de un nefasto detalle; aquel lunes de mayo en que inició la cruenta represión del pueblo madrileño estaba encajado en un año bisiesto. Mal augurio para comenzar una guerra…

Pero más triste es que los españoles siempre nos unamos solo cuando nos invaden; cuando se acaba el tema, volvemos a las andadas. Qué pueblo…

Alma, Corazón, Vida

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