RETRATO DE JACINTO DE AGUILAR Y PRADO

Así era San Fermín en 1628: “Después de los toros sacaron más de 200 platos”

Uno de los primeros relatos literarios de la celebración se debe a un soldado español del siglo XVII que se dio un garbeo por Pamplona para comprobar con sus ojos qué era eso

Foto: Los controles para evitar que se salte de Navarrería son cada vez mayores. (Efe/Daniel Fernández)
Los controles para evitar que se salte de Navarrería son cada vez mayores. (Efe/Daniel Fernández)

Vuelven un año más los sanfermines y vuelve el chupinazo, los encierros, el kalimotxo en cantidades industriales, excitados extranjeros intentando practicar el 'balconing' desde la fuente de Navarrería y, finalmente, el pobre de mí. Las cosas no siempre fueron así –por ejemplo, el chupinazo nació a principios del año pasado–, pero tampoco fueron tan diferentes en espíritu.

“Todos en sus debidos lugares, y ya ocupados diversos andamios, o tablados de infinita multitud de gente, así de la ciudad como forastera, echaron toros al coso. Corriéronse doce con tan buen concierto y orden que en más de dos horas causaron gustoso entretenimiento, con muchas y buenas suertes, en que ostentaron mucha agilidad y ligereza, gran tropa de muy diestros toreadores”.

Los edificios de esta ciudad son de opulenta fábrica: tiene muchos y muy suntuosos templos, particularmente el de su iglesia mayor

Este fragmento de la que probablemente sea la primera descripción literaria de los sanfermines, tres siglos antes de Ernest Hemingway, se remonta a 1628 y fue firmada por Jacinto Aguilar y Prado, un soldado granadino con ínfulas literarias que había servido a los austrias en Flandes o Portugal y que, a su retorno desde Francia, decidió darse un garbeo veraniego por Pamplona para ver con sus propios ojos qué eran esos tales sanfermines que arrasaban en la región.

Lo que muestra la descripción de Aguilar y Prado, como recordó el hispanista A. V. Ebersole en su día, es que tanto antes como ahora, la “exuberancia manifiesta” era la principal característica de una fiesta construida alrededor del espectáculo taurino. El título del asunto, a riesgo de devorar el grueso del artículo, es el siguiente: “Escrito histórico de las solemnes fiestas que la antiquísima y noble ciudad de Pamplona, cabeza del nobilísimo Reino de Navarra hecho en honra y conmemoración del gloriosísimo San Fermín, su patrón, este año de 1628”.

Vista general de Pamplona en 1846. (Dominio Público)
Vista general de Pamplona en 1846. (Dominio Público)

¿Cómo era Pamplona por aquel entonces? Presumiblemente, y a juzgar por los documentos de la época, una extensión apenas un poco más grande de lo que hoy es conoce como “lo viejo”. Esta es la descripción que ofrece el autor: “Toda está fortificada con fuertes murallas, que guarecen tres compañías de infantería española que asisten siempre de presidio. Tiene uno de los buenos castillos que se conocen en España, con muchas piezas de artillería, y cien plazas de soldados bien pagados”. Más: “Los edificios de esta ciudad son de opulenta fábrica: tiene muchos y muy suntuosos templos, particularmente el de su iglesia mayor es de los buenos de España”.

Estafeta antes de Estafeta

Las fiestas en honor a San Fermín (primer obispo de Pamplona, martirizado en Amiens), no obstante, se remontaban a mucho antes de la Edad Moderna. Sus raíces se encuentran en la Edad Media, alrededor del siglo XII, con las celebraciones religiosas en honor al santo navarro que tenían lugar el 10 de octubre. La razón por la que hoy se celebra San Fermín el 7 de julio y no en otoño es prácticamente la misma que por qué los festivales musicales se organizan en verano: a medida que se comenzaron a introducir acontecimientos taurinos al aire libre, los locales se dieron cuenta de que octubre era mala fecha, así que el ayuntamiento decidió moverlo para que coincidiese con el mercado de ganado.

Las navarras le hacían tilín al escritor: “Había en el sexo femenino tan hermosas y gallardas que se podían comparar a las de Granada y Toledo”

Una decisión que levantó, como era previsible, no pocas ampollas entre las autoridades eclesiásticas, que se llevaban las manos a la cabeza al ver que las procesiones perdían favor frente a la música y los fuegos artificiales, que ya no ocupaban únicamente una jornada sino casi una semana. El programa de 1591 contaba con pregón de fiestas, torneo con lanzas en la Plaza del Castillo, teatro ('Comedia y tragedia del bienaventurado San Fermín'), danzas y procesiones. Durante un par de siglos, el enfrentamiento entre el clero y los juerguistas pamplonicas fue enconado.

Hay toros y más toros en el relato del soldado, que se centra ante todo en la jornada del lunes 10 de julio: “En esta primera vista no hubo toro que no expusiese braveza”, prosigue en su descripción del encierro. “Y pareció, según se vio después, que este examen se la aumentó, avisándoles, o aumentándoles el furor, y la causa de que teniendo tanto, no ocasionase muertes y desgracias fue o intercesión del Santo, por quien se celebraban las fiestas, o ser los que asistían en ellas muy diestros lidiadores”. Una loa final: “¡Oh coraje y aliento de españoles!

Plano de Pamplona en 1719. (Gaspard Baillieul/Dominio Público)
Plano de Pamplona en 1719. (Gaspard Baillieul/Dominio Público)

Lo que también resulta meridianamente claro, a juzgar por sus palabras, es que las navarras le hacían tilín, eso sí, con un poco de chauvinismo andaluz: “Mucha gente noble muy lucida de ambos sexos, habiendo en el femenino tan hermosas y gallardas que a las de Granada y Toledo puede hacer emulación, así en hermosura como en saber ponerse los alfileres”. Vamos, que iban de punta en blanco.

El relato de las hazañas taurinas y la enumeración de lacayos, lacayuelos y algún virrey están narrados con una prolijidad que ríete tú de George R.R. Martin. Como muestra un botón, el enfrentamiento del caballero don Pedro de Osorio con el toro que ni la Víbora Roja y la Montaña: “Gran reportación tenía el valiente don Pedro, porque aguardar tanto lance, que suele ser peligroso, solo su mucho valor pudiera hacerlo. Por no parecer inmóvil se acercó al toro con un caballo tapados los ojos, tanto que aún hizo más de lo que le tocaba: finalmente irritado en natural furia le embistió el toro con osadía de bestia fiera, pero él, con la de valiente caballero, se le opuso con la gruesa lanza tan a tiempo, y con tanta destreza, que en la violencia de su movimiento halló su fatal destrozo. Metiole por entre la espaldilla la lanza, quebrando la asta con con tanta bizarría que sin tocarle el toro al caballo ha sido una de las buenas lanzadas que se han dado en España”.

Prado describió la noche pamplonica con “tantos fuegos que parecía que no había llegado, de tantas luminarias que se encendieron en la ciudad”

Lo mejor del asunto, no obstante, es la merendola posterior, que es como el cigarrito-de-después (de la corrida). “Muy espléndidos banquetes” es la descripción que Aguilar y Prado ofrece de ella, en concreto de la que otorgó el virrey al consejo: “Sirvieronse más de doscientos platos con principios y postres, y todos tan sazonados que la más cuidadosa atención no pudiera acusar descuidos. La colación se gastó por arrobas, más que mucho hubiera en todo tanta grandeza y puntualidad, si todo se dispuso a cuenta y cargo del gran talento de don Martín de Chabarría y Zárate”. Barra libre, que paga el señor Conde (del Castrillo).

También fuegos artificiales a la rudimentaria manera del siglo XVII: “Después de acabados los toros, entraron muchos gigantes con tan artificiosos fuegos que mereció ser alabado el ingeniero que tan bien los dispuso; y no fueron solos estos fuegos que otros les sucedieron, que fueron dignos de la misma alabanza: sirviendo su regocijado estruendo y esplendor de lucido postre a las grandes fiestas desde ese día”. No, la pirotecnia no es un invento de cuatro cafres del siglo XX, y Aguilar y Prado describió la noche pamplonica con “tantos fuegos que parecía que no había llegado, de luminarias que se encendieron en la ciudad”.

El torico de fuego

Quizá la mejor muestra de que las cosas cambian para quedarse igual (pero menos violentas) sea el famoso toro de fuego, que ha llegado a nuestros días como un armazón metálico con forma de toro y elementos pirotécnicos adosados que suele sacarse a pasear en muchas fiestas patronales. Hace cuatro siglos, como estará imaginando, se trataba de un toro de carne y hueso.

Como hemos cambiado. (Efe/Hilda Ríos)
Como hemos cambiado. (Efe/Hilda Ríos)

“Apenas empezó a anochecer cuando salió un toro, que parecía había sido huésped de Plutón, o traía sobre sí gran parte del infierno, tanto era el ignífero aparato, tanto el horrísono estruendo de innumerables cohetes que de sí arrojaba. Admirable fue el entretenimiento que causó por largo rato”. Y ofrece un relato que espantaría a cualquiera, animalista o no: “Quedó tan aturdido el medio quemado animal, que disminuida gran parte de su braveza, cayó en el suelo; al instante llegaron los ministros mulares, y súbitamente lo pusieron fuera de la plaza, y dejándolo ya por muerto, se levantó con tanta furia, que maltrató alguna gente antes de que lo matasen”.

Una escena que se ha repetido a lo largo de los siglos, no solo en Pamplona. Aún sigue celebrándose cada noviemebre el toro de fuego de Medinaceli, que obliga a la subdelegación de gobierno soriana a reforzar la seguridad para evitar enfrentamientos entre los partidarios del festejo y los animalistas.

Eso sí, los pamplonicas podían sacar pecho por un elemento que les diferenciaba, ya entonces, de otras festividades similares: eran de los pocos que regalaban la carne de los toros ajusticiados a los pobres, “generosidad digna de alabarse”. La exuberancia de la fiesta se mantiene; la nobleza, también.

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