QUINCE LIBROS Y MIL QUINIENTOS POEMAS

Marco Valerio Marcial, el poeta español que gozó de enorme prestigio en Roma

Hombre humilde, habitante de una mente descomunal y de una erudición sin parangón, gozaba del reconocimiento del propio emperador, senado y patricios

Foto: Busto de Marco Valerio Marcial en Calatayud. (Efe)
Busto de Marco Valerio Marcial en Calatayud. (Efe)

“El hombre es un dios cuando sueña, un pordiosero cuando reflexiona.”

Friedrich Hölderlin.

Este poeta español que aparece en la literatura y en la vida con el cambio de milenio (40-104 d.C) tenía un prestigio de tal magnitud en aquella Roma que rondaba el millón de habitantes que por orden de Domiciano -el emperador del momento- llevaba a cuatro pretorianos para protegerle del “populacho” con claras indicaciones de no usar la violencia contra sus fans, sino solo de apartarlos de su ídolo. Todos y todas querían tocarle en su decurso cotidiano desde su ínsula (bloque de viviendas) cercana al capitolio, alquilada por una de sus devotas admiradoras.

Hombre humilde, habitante de una mente descomunal y de una erudición sin parangón, gozaba del reconocimiento del propio emperador, senado, patricios y de toda la algarabía que conformaba aquella cosmopolita ciudad en loor de multitudes; pero el hecho de ir al mercado a comprar sus viandas o darse un simple paseo le suponía un calvario a la vez que un reconocimiento inmenso por parte del pueblo romano tan necesitado de referencias paternales.

Su sentido crítico era notorio, pero en Roma lo más importante era que la cabeza habitara el máximo tiempo posible sobre los hombros

Aunque a Domiciano las fuentes clásicas lo sitúan entre los emperadores romanos más odiados, junto a Cómodo, último de la famosa dinastía antonina, el delirante Calígula o Nerón, que entre sus múltiples “hazañas” destaca por la muerte con una expeditiva patada a la embarazada amante Popea, hay que decir que en su relación con Marcial siempre se dejó asesorar hasta en cuestiones banales, cultivando ambos un reconocimiento mutuo. Lamentablemente, Domiciano, al igual que los otros "piezas" antes mencionados en ese cuarteto de desquiciados, todos sin excepción, morirían asesinados. En Roma, esta especie de finiquito era algo tan popular, que se podía interpretar como si de muerte natural se tratara.

Obviamente, Marcial hubo de dedicar algunas loas cargadamente laudatorias como era preceptivo a su amigo Domiciano, por otra parte un mecenas dedicado en cuerpo y alma hacia sus protegidos. A pesar de este oneroso peaje, Marcial siempre se sustrajo de hablar de política –había un férrea censura en ese momento– salvo que fuera interpelado sobre ello por el emperador. Su sentido crítico e independencia eran notorios, pero en Roma lo más importante era, que la cabeza habitara el máximo tiempo posible sobre su infraestructura natural, esto es, los hombros.

Un número uno en tocar las narices

Durante el mecenazgo de Domiciano, Marcial escribió sus famosos nueve libros de epigramas (a su muerte legaría quince en total) en los que ponía en solfa a multitud de ciudadanos de Roma deformando ligeramente sus nombres y apellidos. Era el epigrama un formato de poesía muy comprimido que por su brevedad dotaba de contundencia lo enunciado. En puridad, el epigrama era más efervescente, irónico y a veces, hasta cruel. Era asimismo una píldora comprimida y con frecuencia explosiva en relación a su par minimalista el Haiku japonés, más elegante y sutil, o el Limerick irlandés, más extenso pero igual de procaz e incisivo.

Busto de Domiciano en el Louvre. (CC/Sailko)
Busto de Domiciano en el Louvre. (CC/Sailko)

Marcial, sin entrar en el insulto directo, pues no mencionaba al destinatario (por lo general) explícitamente, no dejaba títere con cabeza. Y como era un número uno en esta especialidad, la de tocar los coj****llos al personal, tenía un reconocimiento pleno por parte de la ciudadanía. Sus vivos versos ofrecen destellos de la vida romana, y ponen de manifiesto la admiración del poeta por el heroísmo de este pueblo de pueblos cuya madre terrenal era el Lacio. La mordacidad de su obra, es quizás, la cuna del epigrama moderno. Tras una estancia de treinta y cinco años en Roma, Marcial vuelve a Hispania en el año 98 para iniciar el postrer gran viaje.

El epigrama solía, y suele ser, un texto breve con tendencia a comunicar ideas concretas en un tono festivo y desenfadado, satírico e ingenioso. La palabra epigrama proveniente del griego, y podría traducirse como “sobre escribir “aunque la definición no deja de ser ambigua pues desde el punto de vista de este junta letras, discrepo respetuosamente de esta definición pues se aleja del meollo del sentido último del epigrama propiamente dicho.

Vivió al día a veces con estrecheces, a veces sobrevolando la gloria alimentada por el mecenazgo

Total, que en medio de aquel caótico tráfago romano, el paraguas económico y protector de Marcial, el emperador Domiciano, va y se muere…asesinado, claro. Es entonces cuando las cosas se ponen feas para el aeda. Una viuda adinerada, adoradora de este muñidor de hermosos versos, le da una cantidad más que razonable para que se compre una casa en su retiro bilbilitano (gentilicio de los naturales de Calatayud) cuando viéndose en la antesala del silencio, decide volver a Hispania. De idéntica manera, Plinio el Joven (el de las famosas Cartas escritas a Tácito sobre la erupción del Vesubio en las que hace alusión a la muerte del Plinio el Viejo) arrima a su amigo en sus postreros momentos, una generosa bolsa para que se pueda mantener sin desdoro en los años venideros.

Marcial había conocido la trayectoria de cuatro grandes emperadores en el tiempo que holló este extraño lugar. Tito, Domiciano, Nerva y Trajano. Había entrado de la mano de Séneca por la puerta grande y por el prestigio que este detentaba en aquella populosa y cosmopolita urbe; pero el gran filósofo cordobés tuvo que retirarse del inhumano predio y con esa elegancia intrínseca que le caracterizaba, se había dado de baja de entre los humanos. Hasta ese momento, Marcial había sido apadrinado por un grande, pero caído este en desgracia, su vida se había trocado en insegura y tremendamente bohemia. Vivió al día a veces con estrecheces, a veces sobrevolando la gloria alimentada por el mecenazgo.

Su obra ha sobrevivido prácticamente íntegra, y la completan quince libros con un sumatorio de unos mil quinientos poemas configurando un solo género literario, el epigrama.

La Roma antigua y moderna. (iStock)
La Roma antigua y moderna. (iStock)

En el año 98, marcharía hacia la España Tarraconense y de vuelta adonde la luz había alumbrado uno de los más grandes poetas de la historia de este país tan prolijo en ellos, pasaría los seis años que le restaban para sumar vida. Era la vida que deseaba. Su sueño hibernado, el silencio roto por el canto de los pájaros, el olor de la tierra tras la lluvia, las noches inspiradoras bajo las estrellas…vivir en suma, ser humano. En uno de sus celebérrimos versos desgranaba así:

Las cosas que hacen feliz, / amigo Marcial, la vida, / son: el caudal heredado, / no adquirido con fatiga; / tierra al cultivo no ingrata; / hogar con lumbre continua; / ningún pleito, poca corte; / la mente siempre tranquila; / sobradas fuerzas, salud; / prudencia, pero sencilla; / igualdad en los amigos; / mesa sin arte, exquisita; / noche libre de tristezas; / sin exceso en la bebida; / mujer casta, alegre, y sueño / que acorte la noche fría; / contentarse con su suerte, / sin aspirar a la dicha; / finalmente, no temer / ni anhelar el postrer día.

Marco Valerio Marcial, un lujo desconocido en un país donde solo tiene un pequeño busto conservado sin mucha amabilidad ni mantenimiento, en un recóndito rincón de Zaragoza, la Plaza del Fuerte. Algo es algo.

Alma, Corazón, Vida

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