¿QUÉ PASÓ CON FREDDIE WOODRUFF?

El Khashoggi de los años 90: una bala, un cerebro y muchas teorías de la conspiración

Se acaba de publicar 'The Spy Who Was Left Behind', el resultado de una investigación de cuarto de siglo sobre el misterio del agente de la CIA que murió asesinado en Georgia

Foto: Uno de los retratos que existen de Woodruff.
Uno de los retratos que existen de Woodruff.

Domingo 8 de agosto de 1993. Un jeep modelo Niva atraviesa la campiña del Cáucaso en la conocida como carretera militar georgiana, que rodea Tiflis. Hay cuatro personas a bordo. Una de ellas es Freddie Woodruff, oficial estadouidense que trabaja como cabecilla de la CIA en la región. El conductor es Eldar Gogoladze, antiguo coronel de la KGB que dirigía el equipo de guardaespaldas de Eduard Shevardnadze, ex ministro de exteriores de la URSS entre 1985 y 1991 y futuro presidente de Georgia entre 1995 y 2003. A su lado se encontraba Marina Kapanadze, la amante de Woodruff, conocida como “la negra Marina” por su tez oscura, pero también por sus turbios contactos con las mafias locales. La última viajera era Elena Darchiasvili, un ama de casa.

En algún momento de su viaje, varios disparos impactaron en el coche y, como ocurrió con John Fitzgerald Kennedy 30 años antes, alcanzaron la cabeza de Woodruff y esparcieron su cerebro por el automóvil. “El disparo fatal venía de dentro del coche: guardia de seguridad suspendido” fue el titular que 'The Independent' publicó apenas cuatro días después. Sin embargo, pocos días después las autoridades encontraron al culpable. Se trataba de un borrachín local de 20 años llamado Anzor Sharmaidze, que disparó al aire con su AKS-74 para detener el coche y conseguir un poco de gasolina, con tan mala suerte que alcanzó en la cabeza al cabecilla de la CIA, valga la redundancia. En 1994, se declaró culpable porque “no sabía quién iba dentro”.

La bala que mató a Woodruff nunca fue encontrada y los testigos clave se han retractado de su testimonio

Caso cerrado, al menos públicamente. En un momento crítico para la geopolítica global, no convenía remover demasiado las aguas turbulentas, así que la inteligencia estadounidense felicitó a las autoridades, y todos contentos. ¿Todos? El abogado estadounidense Michael Pullara no, porque lleva los últimos 25 años intentando adivinar qué pasó de verdad con Woodruff, un proceso que acaba de cristalizar en el superventas 'The Spy Who Was Left Behind: Russia, the United States, and the True Story of the Betrayal and Assassination of a CIA Agent'. “La bala que mató a Woodruff nunca fue encontrada y los testigos clave se han retractado de su testimonio, diciendo que fueron torturados y obligados a identificar a Sharmaidze”, señala el autor. No es solo la bala: nadie conserva el cerebro del agente.

Pullara, el abogado metido a escritor, formó precisamente parte del equipo de juristas que, pro bono, consiguieron que Sharmaidze fuese liberado 15 años después, en 2008. Aunque quizá la mayor parte del mérito se la deba llevar Andrew Higgins, el periodista de 'The Wall Street Journal' que llevó el caso Woodruff a la portada de uno de los grandes medios estadounidenses en el reportaje “Nuestro hombre en Tiflis”, que identificaba el incidente como “el primer disparo en la Nueva Guerra Fría contra Rusia”. Poco después de la publicación del artículo, Sharmaidze fue liberado. Sin embargo, las autoridades georgianas nunca dieron el nombre del verdadero culpable.

¿Quién mató a Woodruff?

Si al final se exoneró a aquel borrachín en busca de gasolina que reconoció haber sido torturado para forzar su confesión como cabeza de turco, ¿qué pasó realmente con Freddie Woodruff? Un reportaje recién publicado en 'The Daily Beast' recoge todas las teorías enumeradas por Pullara y las analiza de forma crítica. Que si pudieron ser los traficantes de heroína del Cáucaso, que si estaba detrás el agente doble de la CIA Aldrich “Rick” Ames, que trabajaba para los rusos y cuya tapadera estaba a punto de ser descubierta, que si pudo tratarse de un mercenario ruso llamado Vladimir Rakhman que fue investigado por la inteligencia estadounidense justo después del asesinato, cuando fue detenido en una estación de tren con un revólver con silenciador…

Aldrich Ames, durante su juicio en 1994. (Reuters)
Aldrich Ames, durante su juicio en 1994. (Reuters)

Lo más parecido a una conclusión a lo que ha llegado Pullara es que quizá fue Ames quien orquestó el crimen ya que, consciente de que podía ser descubierto en cualquier momento, tenía que protegerse a sí mismo. Al parecer, Ames había visitado una semana antes Tiflis, y borracho como de costumbre, había desvelado su identidad a Woodruff. El etílico Ames pasó a la historia como el agente doble que más documentos clasificados de la CIA filtró al enemigo, al menos hasta la detención de Robert Hanssen. A lo largo de una década, había estado pasando información clasificada primero a la URSS y luego a Rusia, lo que condujo a la detención de un gran número de agentes que incluso llegaron a ser ejecutados. Según esta teoría, fueron los propios rusos los que se deshicieron de Woodruff para proteger a su topo.

Una fuente seca para el autor es Marina Kapanadze, a la que intentó localizar a través de dos agentes de inteligencia, sin ningún éxito. Es, no obstante, una pieza esencial en el entramado de Pullara, que considera que tanto ella como el conductor, Eldar Gogoladze, eran agentes del GRU, el servicio de inteligencia militar ruso. Según la investigación de 'The Daily Beast', el primer marido de Marina Kapanadze era un soldado raso de dicha organización, que trabajaba en el equipo de seguridad del agente de desinformación Igor Giorgadze, un jefe de inteligencia exiliado en Rusia por intentar asesinar a Sheverdnadze. Sí, el presidente de cuya seguridad se encargaba Gogoladze, quien conducía el jeep aquel fatídico domingo.

Si yo fuese del GRU, ¿qué pintaba en ese coche? El disparo venía de atrás. ¿Te parezco idiota? No fue una operación rusa

¿Hacia dónde nos lleva todo este embrollo? Básicamente, a la mano invisible de la inteligencia rusa de los años inmediatamente posteriores a la caída del muro, en un contexto en el que, como lo resume Pullara, “Georgia era un hervidero de intrigas”, llena de exagentes soviéticos y donde cada vez más espías americanos estaban penetrando. “El aparato de seguridad ruso, resentido y desmoralizado, estaba en plena tormenta política, con su lealtad cedida a un tribunal prooccidental preparado por el presidente Boris Yeltsin, desgarrado por fantasmas de línea y dura y generales que veían a los americanos como una amenaza”, escribe el abogado.

¿Qué pasa con Eldar Gogoladze?

La pieza clave en este entramado podría ser el hombre que se autodefine en el medio americano como el “mejor amigo” de Woodruff. En el libro, aunque ocupa un lugar privilegiado, apenas suelta prenda, ya que desprecia a Pullara; arruga la nariz ante el interés desmedido de ese picapleitos tejano por un asesinato al otro lado del mundo. Sobre todo, después de que este le considere un traidor a su amigo de la CIA, le acuse de trabajar como agente triple para el GRU y que gracias a darle el beso de Judas a su compañero consiguió escalar posiciones en la nueva inteligencia rusa. Al igual que Kapanadze, hizo su trabajo y fue recompensado en consecuencia.

Gogoladze lo niega todo, y llama “idiota” al escritor en 'The Daily Beast'. Para empezar, porque es imposible que el GRU se infiltre en la KGB, como le acusa Pullara. Sin embargo, tira balones fuera cuando le preguntan sobre la autoría del asesinato: “Hipotéticamente es posible que fuese Rusia, pero si Sharmaidze hubiese sido su asesino, habría vaciado el cargador de su arma”, replica. “Si Rusia hubiese querido matarlo, podría haberlo hecho”. Básicamente, explica Gogoladze, había oportunidades mucho mejores que esa, con testigos delante, para deshacerse del agente de la CIA, quizá, incluso, aprovechándose de su enfermedad cardíaca. “Si yo fuese del GRU, ¿qué pintaba en ese coche? El disparo venía de atrás. ¿Te parezco idiota? No creo que fuese una operación rusa”.

Tampoco tiene sentido, prosigue, que fuese la amante de Freddie la que apretase el gatillo, aunque hubiese servido de informante. Gogoladze recuerda que aunque iban los dos en el asiento de atrás, se habría dado cuenta si ella hubiese disparado. No, el conductor lo tiene claro: la bala dejó una marca en el coche justo por encima de su cabeza, lo que permitió incluso averiguar la altura del asesino, por lo que Marina no pudo haber sido. Sin embargo, no termina de quedar claro el rol de la mujer, actualmente desaparecida. En el libro, un general retirado del Grupo Alfa de la KGB admite haber estado a las órdenes de Igor Giorgadze organizando diversas operaciones, y una de sus compañeras era “Marina la negra”, que fue recompensada posteriormente trabajando en Occidente para el Ministerio de Defensa ruso. ¿Y dónde está Marina? En algún lugar de Grecia, sin que nadie la haya podido contactar en los últimos años.

Alma, Corazón, Vida

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