'EL GANADOR SE LO LLEVA TODO' DE GIRIDHARADAS

Cómo los ricos que quieren arreglar el mundo te arruinan: la conspiración altruista

El último trabajo del antiguo columnista de 'The New York Times' analiza la nueva mentalidad de las élites, que consiguen perpetuarse en el poder mientras lavan su imagen

Foto: El autor, en una de las charlas Ted que le lanzaron a la fama.
El autor, en una de las charlas Ted que le lanzaron a la fama.

No hay sentencia más manoseada que aquella de 'El gatopardo' pronunciada por Tancredi: “Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”. Tiene su actualización. En un informe de la OCDE, su líder, Ángel Gurría, escribió que las élites habían encontrado la manera de “cambiar las cosas en la superficie para que en la práctica no cambie nada”. Ambas frases son recogidas en la introducción de 'Los ganadores se lo llevan todo: la farsa de la élite que está cambiando el mundo' ('Winners Take All: the Elite Charade of Changing the World'), uno de los ensayos que más prometen dar de hablar durante los próximos meses.

La tesis de su autor, el excolumnista de 'The New York Times' Anand Giridharadas, es fácil de pillar si eres uno de esos millones de personas que, como él mismo describe, “creen que el juego está amañado en su contra”. Como explica en 'The Baffler', cuando le dice a sus vecinos del este de Ohio que “trata de los ricos que fingen están salvando el mundo”, estos le respondan al momento “o sea, Mark Zuckerberg”. No obstante, cuanto más alto se encuentra alguien en la jerarquía social, más tiempo necesita para pillar de qué va el libro. Son aquellos que no se han dado cuenta de que los esfuerzos de los multimillonarios por cambiar el mundo lo dejan en el mejor de los casos como está o que, incluso, forman parte de esa élite depredadora.

Sus soluciones no pasan nunca por redistribuir la riqueza o pagar más impuestos, sino por medidas cosméticas que se transforman en distracciones

El libro muestra, en resumidas cuentas, “cómo los esfuerzos de las élites para cambiar el mundo preservan el statu quo y oscurecen su rol causando los problemas que luego se prestan a solucionar”. Tradicionalmente, recuerda Giridharadas, los ricos se refugiaban detrás de los amplios muros de sus mansiones, cruzando los dedos para que no se fijasen en ellos. Hoy ha surgido una nueva raza de súperricos: el altruista que desea “promover el cambio” o “marcar la diferencia” (esos son los clichés que utilizan), a menudo invirtiendo grandes cantidades de dinero, y que “desean ser los líderes en la búsqueda de soluciones”.

El problema de todas esas propuestas, por positivas que sean analizadas por separado, es que no son más que estrategias egoístas para aliviar su conciencia, darles buena imagen y, de paso, preservar su lugar privilegiado, pues si algo tienen en común es que no ponen en duda el estado de las cosas. “No hay ninguna duda de que la élite de hoy es una de las más preocupadas de la historia”, se puede leer en la introducción. “Pero también, atendiendo a los fríos datos, se encuentra entre las más extractivas de todos los tiempos. Al rechazar cuestionar su forma de vida, niegan la idea de que los poderosos deban sacrificarse por el bien común”.

Zuckerberg, el MarketWorlder por excelencia. (Reuters/Leah Millis)
Zuckerberg, el MarketWorlder por excelencia. (Reuters/Leah Millis)

Esa es la clave. Sus propuestas no abogan en ningún caso por la redistribución de riqueza, sino por medidas cosméticas que se convierten en “distracciones”, al pensar que “pueden salvar el mundo a través de las inversiones de impacto social, el emprendimiento, el capitalismo sostenible, el filantrocapitalismo, la inteligencia artificial o las soluciones de mercado”, como resume en su reseña de 'The New York Times' el célebre economista Joseph Stiglitz. Lo que no hacen, añade, es “pagar más impuestos personales y de sociedades, ofrecer sueldos decentes a sus trabajadores, permitir los sindicatos, financiar colegios públicos (en lugar de escuelas privadas) y apoyar las propuestas de sanidad pública y las reformas de financiación de campañas”.

“A pesar de creer que están trabajando para un mundo mejor, como mucho están removiendo los márgenes, llevando a cabo pequeñas correcciones, mientras el sistema se mantiene como es, sin interrupción”, concluye el célebre autor de 'El malestar en la globalización'. En resumidas cuentas, ellos son los grandes beneficiarios –una vez más– de sus medidas más generosas, que cuentan en exclusividad con el sector privado (y no con el público) y que desdeñan “las soluciones públicas que podrían resolver los problemas de todos, con o sin el beneplácito de las élites”.

Ellos lo guisan, ellos lo comen

A lo largo de sus capítulos, 'Los ganadores se lo llevan todo' intenta analizar la psicología de ese 0,001% filantrópico que está convencido de que está mejorando el mundo día tras día. ¿Ejemplos? Goldman Sachs, que promueve los bonos verdes o las inversiones de impacto social; Uber o AirBnb, que adoran presentarse como empoderadores de los pobres al darles la oportunidad de alquilar sus habitaciones vacías o utilizar sus automóviles para transportar personas; o los hermanos Sackler, quizá uno de los casos más llamativos, que se enriquecieron con los opiáceos antes de lanzarse de brazos llenos a las obras de caridad.

Las personas a las que critica no solo no se han enfadado, sino que lo han alabado. Bill Gates lo ha felicitado por su “compromiso con el cambio social”

Giridharadas utiliza el término de “MarketWorlders” ('Planeta mercado') para resumir la ideología de todos esos empresarios del bien que se reúnen en la montaña de Davos, en el Instituto Aspen o en la Iniciativa Global Clinton. En definitiva, círculos cercanos al partido demócrata. Es posible que la actualidad le acabe de dar indirectamente la razón a Giridharadas: esta misma semana, Hillary Clinton ponía en marcha una campaña de 'crowdfunding' para pagar el tratamiento de un miembro de su equipo que padece cáncer. Como han recordado sus críticos, Clinton rechazó durante la campaña un sistema de sanidad completamente público en EEUU. El autor es tremendamente crítico con la demócrata, capaz de llevar a Springsteen o a Beyoncé a grandes 'rallies' en ciudades donde la desindustrialización y el desempleo han hecho estragos y, en su opinión, perdiendo las elecciones por el camino.

El libro, admite Giridharadas, es una prolongación de sus charlas TED (que, por cierto, también forman parte de ese eje del mal del que habla). Especialmente aquella apelación a sus compatriotas en una intervención que trataba sobre la creciente división social y económica en EEUU: “No se consuelen con que son el 99%”, recriminaba a los oyentes. “Si viven cerca de un Whole Foods, si nadie en su familia está en el ejército, si les pagan anualmente y no por hora, si la mayoría de ustedes terminaron la universidad, si ningún conocido toma metanfetamina, si se casaron una vez y siguen juntos, si no son parte de los 65 millones de estadounidenses con antecedentes penales, acepten que puede que no sepan lo que está pasando y quizá sean parte del problema”.

La gran ironía final quizá sea el efecto que el libro ha causado entre aquellos a los que tan negativamente retrata y que es, básicamente, ninguno. O incluso positivo. Bill Gates, quizá el epítome del multimillonario altruista, ha alabado el libro por su “compromiso y dedicación para extender la justicia social”. La mayoría de los entrevistados por el periodista no se han enfadado con él. Más bien, se han salido por la tangente con frases como “has conseguido que me vea a mí mismo de una manera que no me habría imaginado”. Incluso el consultor de ONG Mark Kramer, uno de los retratados en el libro, le dedicó una crítica positiva en la que reconocía que le había hecho replantearse su función en el cambio social. Esto resume mejor que ningún otro ejemplo el nuevo rostro del amable poder global, capaz de convertir toda crítica en un argumento a su favor, absolutamente invulnerable a la crítica.

Alma, Corazón, Vida

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