UNA RAREZA HISTÓRICO-CATÓLICA

Mujeres por Franco y contra la liberación sexual: “Estaban dispuestas a darlo todo”

Tras la guerra, volvieron a sus casas con la satisfacción del deber cumplido, pero durante los años de la contienda no encajaron con el perfil que el bando nacional quería dar de ellas

Foto: Anita Roye, la única mujer conocida que sirvió con las fuerzas rebeldes en el frente de Madrid. (Topham Picturepoint)
Anita Roye, la única mujer conocida que sirvió con las fuerzas rebeldes en el frente de Madrid. (Topham Picturepoint)

Es una de las imágenes clásicas de la Guerra Civil española. Una joven de 17 años, de gesto alegre pero decidido, ofrece su perfil izquierdo al fotógrafo, Hans Gutmann. Detrás de ella se adivina la plaza de Catalunya. Se trata de Marina Ginestà, miliciana de las Juventudes Socialistas Unificadas, que terminó dando rostro a las mujeres que combatieron en el bando republicano. Pero no fueron las únicas: al otro lado hubo cientos de mujeres nacionalistas que, a pesar de luchar por el bando ganador, son tal rareza histórica que a nadie —franquistas, republicanos, historiadores— le han interesado demasiado. Entre otras razones, por un papel activo que no se correspondía con la imagen que debía conservar la mujer nacional en el nuevo régimen.

¿Quiénes eran estas mujeres que jugaron “un rol clave en las actividades de inteligencia de la Quinta Columna, en actos de resistencia contra la República y actividades de espionaje”, como desvela un artículo sobre estos “ángeles azules” publicado en el 'Journal of Contemporary History'? Como explica Sofía Rodríguez López, de la Universidad de Cádiz, su autora junto a Antonio Cazorla Sánchez, se trataba de “mujeres jóvenes o funcionarias de mediana edad, de extracción urbana y familia acomodada; solteras, estudiantes o con hermanos muy politizados, aunque también las hubo mayores, casadas y viudas en núcleos rurales, telefonistas, farmacéuticas y amas de casa”. Mujeres de derechas que zozobraban ante una ola revolucionaria que temían se llevase por delante la sociedad tradicional que habían conocido.

No eran ángeles contra peligrosas rojas, sino que terminarían adoptando un repertorio (sabotaje, espionaje) semejante al de las antifascistas

Una variedad de perfiles que compartían, eso sí, un puñado de rasgos: “Su cosmovisión e imaginario cultural católico y un fuerte sentimiento antirrepublicano, motivado en buena parte por la retirada de los crucifijos de las escuelas, la ley del divorcio y el resto de medidas reformistas que afectaban a sus familias y su identidad: federalismo, reparto de tierras o licencias militares”. Aunque solo se pueden realizar estimaciones sobre su número exacto, es muy probable que jugasen un papel en la victoria franquista mayor que el que se les ha atribuido.

“Resultan incómodas porque no atienden al prototipo nacional-católico de feminidad que terminó imperando durante la dictadura”, recuerda Rodríguez López. “Cuando hablamos de transgresoras y del modelo de 'nueva mujer' surgido a principios del siglo XX, pensamos en jóvenes liberales y/o progresistas, la 'garçon' de las años veinte, sufragista, miembro de la Residencia de Señoritas o profesional de cuello blanco, y ya para la Guerra Civil, en la miliciana antifascista”. Sin embargo, recuerda la autora, conviene no olvidar a las mujeres ligadas al apostolado, al jesuita Alarcón y Menéndez, que también conquistó las calles en contra de la Segunda República. “Azules y rojas, rojas y azules, estaban igual de dispuestas a darlo todo por sus ideales en los albores de la Guerra Civil. La diferencia es que republicanas, socialistas y anarquistas se movían por un feminismo de clase, mientras que fascistas y margaritas tradicionalistas lo hacían impulsadas por un nacionalismo ultraconservador opuesto a la liberación sexual”.

No eran ángeles contra peligrosas rojas, sino que terminarían adoptando un repertorio de acciones no tan distinto del de las antifascistas. La iconografía de los rebeldes prefería una mujer doméstica, abnegada y pasiva, pero sin esas mujeres que espiaron, robaron información, sabotearon, cuidaron a militares, formaron parte de redes de resistencia contra la República, espiaron tras las líneas enemigas o ayudaron a hombres a cruzar al otro bando, es muy probable que la Quinta Columna, esa resistencia infiltrada tras las líneas enemigas, hubiese tenido un éxito mucho menor.

Avispas por todas partes

La investigación mantiene que las mujeres tuvieron un mayor éxito que los hombres a la hora de sabotear el bando republicano gracias a sus “estrategias micropolíticas”, que era más fácil que pasasen desapercibidas. Esa era una de las claves de su silencioso éxito: “La Quinta Columna fue una organización en la sombra encargada de boicotear la legalidad vigente, y al prohibírseles la movilización a los frentes, las mujeres no solo eran mayoría, sino que tuvieron un acceso privilegiado a los medios de producción o comunicación en la retaguardia”, explica la autora de 'Mujeres en guerra. Almería, 1936-1939'.

La carlista Carmen Góngora López había creado una organización femenina alrededor del obispo local cuya misión era proteger a los religiosos

No solo eso, sino que la condescendencia con que las mujeres eran tratadas en el masculino ambiente de guerra jugó en su favor: era frecuente que nadie pensase en que podían estar trabajando para el enemigo. Sin embargo, sus tentáculos se extendían por entornos que les estaban vedados a los hombres, desde los más inmediatos (mercados, peluquerías) a ciertos despachos de ministerios o juzgados donde las mujeres de clase alta podían entrar fácilmente. “Determinados trabajos que tenían que ver con el tacto fino en laboratorios, la seducción y el espionaje, o el ocultamiento dentro del hogar, también fueron capitalizados por mujeres”, explica la autora.

Uno de los grupos más célebres fue el Auxilio Azul María Paz, que sí fue recogido por el historiador franquista Tomás Borrás y que debía su nombre a una joven falangista asesinada en octubre de 1936. Fundado por la hermana de esta, fue el primer grupo quintacolumnista madrileño y, antes de ser absorbido por la organización falangista, consiguió proporcionar comida y protección a los nacionales perseguidos, crear una red de 289 enfermeras para atender a los heridos, organizar rutas de escape a la zona franquista, recoger información sobre republicanos peligrosos, infiltrarse en el Servicio de Información Militar (inteligencia y seguridad de la República) e incluso colocar a un abogado en el Tribunal Popular que perseguía el espionaje. Es posible, sugiere la investigación, que su número rondase las 620 mujeres, aunque puede ser aún más alto.

Carmen Polo (a la derecha) y otras representantes del Auxilio Social, organización de socorro humanitario durante la dictadura. (Berliner Verlag)
Carmen Polo (a la derecha) y otras representantes del Auxilio Social, organización de socorro humanitario durante la dictadura. (Berliner Verlag)

Organizaciones semejantes también aparecieron en Barcelona, donde es conocida la historia de Carmen Trochoni, ejecutada por espionaje en marzo de 1938, y una misteriosa María Eugenia, de la que se decía que controlaba el 90% de las acciones quintacolumnistas de la capital; en Valencia, donde el montante pudo ascender a 70; en Alicante, donde 30 mujeres fueron detenidas por espionaje, o en Almería, donde la carlista Carmen Góngora López había creado una organización exclusivamente femenina alrededor del obispo local cuya principal misión era proteger a los religiosos de la violencia anticlerical que había acabado con la vida de más de 100 sacerdotes en la provincia. Allí celebraron misas secretas, introdujeron a 500 personas en la zona rebelde, organizaron protestas y difundieron bulos.

Los autores recuerdan que la importancia de estas mujeres fue incluso mayor en las zonas rurales. En Asturias, más de la mitad de los miembros de las redes nacionales eran mujeres, según un informe del PCE de diciembre de 1936. En Guadix (Granada), por ejemplo, se identificó un grupo quintacolumnista formado en su mayoría por mujeres, algunas de ellas monjas; la mayoría eran mujeres católicas y familiares de autoridades locales. El estudio cita a Manuel Uribarri, uno de los principales responsables del SIM, que llegó a escribir en sus memorias que por cada hombre de la Quinta Columna tendrían que haber detenido a 10 mujeres y que uno de sus errores había sido ignorar “el nido de avispas de esa hidra femenina”, ya que “la maldad descansa en el bello sexo”.

Retorno al hogar

Cuando la guerra terminó, el esfuerzo de estas mujeres fue reconocido. O, mejor dicho, como recuerda Rodríguez López, “recompensado de manera indirecta a través de las medallas al mérito de la Sección Femenina, las hermandades de excombatientes y excautivas, los cupos de reserva en las oposiciones del Estado y algún que otro estanquito”. No es que persiguieran precisamente la notoriedad pública, lo que revela bien qué clase de mujeres se liaron la manta a la cabeza para detener el avance de la ola roja que desde la proclamación de la República había comenzado a levantar odios entre los sectores más conservadores.

Desde el principio tuvieron claro que los principios del Estado nacional católico se basarían en la total desigualdad de los sexos

Esa es la gran paradoja: estas mujeres combatieron duramente para que las cosas no cambiasen, a favor de una jerarquía social en la que iban a ser relegadas. “No tenían un proyecto emancipador como el de las Mujeres Libres o Antifascistas, que luchaban para ganar la guerra y hacer su revolución”, recuerda la historiadora. “Desde el principio tuvieron claro que los principios del Estado nacional católico, monárquico o pretoriano que establecieran los militares golpistas, se basaría en la total desigualdad de los sexos”. Tan solo un puñado de ellas, más cercanas al fascismo alemán o italiano, pudieron soñar con un mayor protagonismo.

Era el suyo un rol coyuntural, y en cuanto cayese Madrid se las enviaría de nuevo a la oscuridad de la vida doméstica. A medida que pasaban los años, y después de que la Falange terminase apropiándose casi por completo de sus hazañas —aunque las falangistas fuesen minoría entre ellas—, “el recuerdo de sus acciones se desvaneció rápidamente —tanto entre los seguidores del régimen como entre sus enemigos— a medida que esas mujeres aparentemente ordinarias se centraban en sus hogares, matrimonios, hijos y quizá trabajos en una oficina de gobernación o una compañía pública”. De nuevo, volvían a vivir bajo el control de la sociedad patriarcal, aunque hubiesen combatido con gran independencia.

“Su fuerza contribuyó a la victoria franquista, aunque no convenía airear los medios empleados para ello”, concluye la historiadora. “No es que se ocultara a estas mujeres, elevadas a la categoría de mártires, pero su heroísmo en la guerra no se volvería a repetir”. Década tras década, su historia ha ido cayendo en el olvido, al no encajar en ningún estereotipo: demasiado independientes para la derecha, demasiado franquistas para el feminismo. El objetivo de estas mujeres ordinarias era vivir una existencia tradicional y católica, aquella que el nuevo régimen les iba a garantizar. Como recuerda Rodríguez López, “puede parecer espantoso a nuestros ojos modernos pero, tal y como ellas veían la realidad, habían ganado su guerra”.

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