UN PLACEBO CONTRA LA FRUSTRACIÓN

El ajuste de expectativas: qué pasa con los que no encuentran trabajo de lo suyo

Una investigación muestra que más de la mitad de las personas en un puesto inferior a su categoría consideran que lo hacen voluntariamente. ¿Cuáles son sus motivos?

Foto: Cuando fregar platos es una alternativa al estrés del trabajo diario. (iStock)
Cuando fregar platos es una alternativa al estrés del trabajo diario. (iStock)

España es el país europeo con más universitarios en puestos de trabajo que no requieren cualificación. Algunas encuestas sitúan en un 68% el porcentaje de menores de 25 años sobrecualificados. En algunos sectores, la diferencia es sustancial: en transporte y almacenamiento, el 70,5% de empleados encaja en este perfil. Lo lógico es pensar que la mayoría de ellos lo hacen obligados, como respuesta a una situación del mercado laboral en la que es difícil encontrar trabajo “de lo tuyo”, en espera de cambiar de rumbo a lo que uno desea hacer.

Una reveladora investigación publicada en 'Work and Occupations' por Kody Steffy, socióloga de la Universidad del Estado de Michigan, sugiere que la realidad es más compleja y es posible que elegir un puesto para el que uno está sobrecualificado no sea tan mala opción. Según su encuesta, realizada con cientos de recién licenciados, más de la mitad de los entrevistados (un 56%) consideran que lo son voluntariamente. No solo eso, sino que la mitad de ellos considera que puede ser una salida permanente: “¿Sabes? La mayoría de la gente tiene que esperar hasta la jubilación para viajar, pero quiero hacerlo mientras soy joven. Vivir experiencias, y no pasar la vida en un horario de 9 a 5”, explica una teleoperadora licenciada en Lingüística.

“Prefiero pasar tiempo con mi familia o los amigos que intentar ser feliz a través de mi empleo”, dice un licenciado que trabaja de lavaplatos

Es una más entre las incontables historias recogidas en el estudio, que sugiere que las percepciones del trabajo están cambiando entre los más jóvenes, quizá para acomodarse a la realidad de un mercado que se adapta cada vez menos a sus expectativas. En este caso, se trata de la voluntad de primar el disfrute del ocio y el tiempo libre ante las renuncias para labrarse una carrera que, como recuerda la autora, se percibe cada vez menos garantizada, y por lo tanto, requiere mucho más esfuerzo (y suerte) que en el pasado. “Si has encontrado tu vocación, genial”, explica otro licenciado que se gana la vida lavando platos. “Pero yo me digo ¿qué me gusta más que el trabajo? Cualquier cosa. La familia, los amigos, salir a cenar, dar un paseo. Me parece demasiado intentar ser feliz a través de tu trabajo”.

Muchos de estos testimonios apuntan a una nueva realidad en la que la educación superior ya no facilita un puesto en teoría acorde con el esfuerzo realizado y, por lo tanto, es preferible encontrar la realización personal fuera del mundo del empleo. “¡Es simplemente un trabajo!”, exclama el lavaplatos. “Es algo que haces durante diez años antes de pasar a otra cosa”. En los testimonios de estos trabajadores se pueden rastrear las huellas del discurso frecuente en el entorno laboral de las últimas décadas: los trabajos no son para toda la vida y uno cambiará de empleo cada poco tiempo así que cualquier inversión emocional en la empresa que te contrata es un esfuerzo inútil.

Compitiendo contra los no cualificados

Laura estudió una carrera de Ciencias y, sin embargo, ha pasado la última década trabajando en el comercio, donde ha conseguido una estabilidad que, reconoce, no habría obtenido con un trabajo “de lo suyo”. Ahora está pensando en “hacer un máster de 'marketing'” para poder llegar aún más lejos en un sector en el que jamás habría pensado que podría hacer carrera. Es otro de los correlatos de la nueva situación: en ocasiones, es más fácil prosperar desde un puesto en el que no hace falta cualificación que competir con los cientos de egresados que producen las universidades anualmente. Como declara una graduada en Psicología, “no se trata de un trabajo, sino de un sector. Puedes pasar de trabajador de cara al público a jefe”.

A largo plazo quieren una carrera tradicional en la que apliquen lo estudiado, pero ahora están centrados en encontrar su vocación

Algunos de los discursos de los jóvenes dejan entrever que, en realidad, aceptar trabajos de esta índole era visto como una oportunidad de autodescubrimiento, como el estudiante que se toma un año sabático para viajar tras acabar la carrera. Una bióloga con un puesto temporal en un almacén de medicinas lo resumía así: “Estaba flotando por la vida, no había puesto mucho esfuerzo en buscar trabajo porque no sabía cómo hacerlo”. Poco después, probó suerte en a Europa. La autora recuerda que es una percepción habitual entre la generación de los “adultos emergentes”. Ya que la adolescencia se ha alargado y la maduración se ha retrasado, es relativamente habitual salir de la universidad y aceptar un empleo no cualificado. “A largo plazo quieren una carrera tradicional en la que apliquen lo estudiado y cuentan con conseguirlo, pero ahora mismo están centrados en encontrar su vocación”, recuerda la autora.

El quid de la cuestión se encuentra en la diferencia en los niveles de estrés y la satisfacción laboral que experimentan los que consideran que su situación es involuntaria y los que no: si uno piensa que lo ha elegido voluntariamente, vivirá mucho más feliz. La ambivalencia de los testimonios sugiere que hay una compleja zona gris que separa estar sobrecualificado a la fuerza (“no he podido encontrar nada de lo mismo”) de estarlo porque uno lo desea (“quiero probar”, “ya tendré trabajo para currar de lo que sé”) en la que los condicionantes externos pueden terminar convirtiéndose en autojustificaciones internas. En definitiva, es probable que se trate de una explicación a posteriori, de índole generacional (“si otros lo hacen, yo también”) que ayuda a sobreponerse a la frustración que supone salir al mercado y que no seas capaz de encontrar empleo “de lo tuyo”.

Poner cafés como un método de relajada autoexploración (durante unos años). (iStock)
Poner cafés como un método de relajada autoexploración (durante unos años). (iStock)

La decepción, la frustración y la imposibilidad de dar respuesta a las expectativas son los sentimientos habituales entre los sobrecualificados “involuntarios”. “Buscaba trabajo relacionado con algo de ciencia”, explica uno de los licenciados. “Pero la respuesta era que no tenía suficiente experiencia ni para los trabajos más sencillos, lo que me frustraba porque ¿cómo consigo experiencia si no tengo experiencia?” A menudo, los que encajan en este grupo explican una y otra vez los pasos que han seguido, como si sintiesen que a pesar de haber hecho lo indicado no habían conseguido su recompensa. Sus compañeros “voluntarios”, por otra parte, habían reconvertido esa parálisis en una redefinición de sus valores en las que el éxito laboral ya no es lo más importante.

En ese nuevo marco, juega un rol esencial la rentabilidad, no solo económica. “No es inapropiado pensar que los estudiantes quieren 'maximizar' algo de su experiencia en la universidad, pero ¿qué?”, se pregunta la autora. La respuesta es que mientras los sobrecualificados involuntarios y frustrados solían referirse a la maximización en términos “financieros y relacionados con el estatus”, el resto, más satisfechos, lo hacían en otros términos como “encajar el descubrimiento de sí mismos y su carrera” o con “ajustar su vida a sus valores”. En otras palabras, si tener una carrera ya no garantiza un buen sueldo ni nuestro puesto soñado… tendremos que buscar otras vías de realización y un ajuste de expectativas.

Una inversión poco rentable

No es igual la clase media que la trabajadora a la hora de vivir la sobrecualificación. Significativamente, los licenciados de clase media parecían estar mucho más felices con su situación que los de clase más baja. Una de las explicaciones aducidas por la socióloga es que sus peores condiciones materiales (por ejemplo, el apoyo de los padres) hacen que no encontrar un buen trabajo (a pesar de la inversión económica) sea mucho más frustrante. Una vez más, prima la rentabilidad: si la universidad es percibida como una inversión, cuanto más dinero hayamos apostado más fácil será que nos sintamos traicionados si no conseguimos nuestro objetivo. Además, los trabajadores son las grandes víctimas de un sistema que los deja fuera al empujar hacia abajo. Uno de los testimonios afirmaba lo siguiente: “A menudo pienso en mis abuelos, están decepcionados conmigo”.

Es posible que la clase media emergente esté redefiniendo su percepción sobre el éxito como una forma de protección ante la incertidumbre

A lo que apuntan investigaciones como esta es que la concepción de la universidad como herramienta de ascensión social y del empleo como condición imprescindible para la felicidad personal parecen estar resquebrajándose. “Estos graduados describen sus experiencias como una forma de salirse de los caminos que tradicionalmente se ha esperado que siguiesen los graduados universitarios y no tienen ninguna intención de ceñirse a los cánones de una carrera tradicional”, recuerda Steffy. Es posible, por lo tanto, que la clase media emergente esté redefiniendo su percepción sobre el éxito como una forma de protección psicológica ante la incertidumbre por el futuro.

Es posible. Como recuerda la investigadora estadounidense, “algunos de los testimonios reflejan tendencias sociales y culturales que muestran que los jóvenes adultos están redefiniendo lo que significa ser adulto retrasando esa transición hacia los roles adultos tradicionales”. Lo que no termina de quedar claro, añade, es hasta qué punto los empleos insatisfactorios alteran la percepción que tenemos de nuestros trabajos, provocando que, por ejemplo, terminemos considerando como voluntario aquello que nos ha venido impuesto. Algo que también ocurre en otros aspectos del mundo laboral, como la autoexplotación, en la que el trabajador consiente trabajar más de lo debido o en condiciones extenuantes al considerar que redundará en un resultado positivo a largo plazo.

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