“ABRIMOS LA PUERTA Y HABÍA UNA FAMILIA”

El infierno de alquilar un piso: “Había más de 100 personas esperando para verlo”

Otoño es el peor momento del año para encontrar un hogar en las grandes ciudades. Esto es lo que suele ocurrir cuando la demanda es demasiado alta para la oferta existente

Foto: Pisos que disminuyen de tamaño y encuentros en la oscuridad que ríete tú de Lovecraft. (iStock)
Pisos que disminuyen de tamaño y encuentros en la oscuridad que ríete tú de Lovecraft. (iStock)

David es desarrollador informático, y este pasado agosto, mientras buscaba piso en Barcelona, se vio obligado a pagar una reserva antes de visitar el inmueble. Se decantó por otra opción, pero el ingreso ya estaba hecho. “Aún estoy esperando que me devuelvan ese dinero y van dando excusas todos los días”, explica a El Confidencial. El montante ascendía a medio mes de alquiler. “Nunca llegaron a enseñarme el piso, de hecho no hicieron más que quedarse mi dinero para nada”. A lo largo de un mes ha recibido toda clase de evasivas por parte de la inmobiliaria con la que contactó.

El de los pagos por ver un piso y las reservas fraudulentas es el lado más oscuro de una realidad que afecta en mayor o menor grado a todos los que en grandes ciudades como Madrid o Barcelona buscan alojamiento de alquiler. Los portales inmobiliarios como Idealista intentan ser rápidos a la hora de identificar anuncios sospechosos y avisan a sus usuarios cuando perciben algo raro. En la entrada de prácticas dudosas de la página, clasifican lo que le ocurrió a David bajo la etiqueta de 'timo alquiler'. Se trata, explican, de anunciantes que solo tratan con el potencial inquilino por correo electrónico, que ofertan inmuebles “casi de ensueño” y que suelen encontrarse en las grandes capitales.

Entramos en una habitación y había una mujer con su hijo a oscuras, escondidos, porque la agencia se lo había pedido


Estas situaciones son consecuencia de un mercado, el del alquiler, que se ha complicado en los últimos años, en parte por el 'boom' de plataformas como Airbnb, y que es aún más difícil al comienzo del otoño, cuando arrancan las clases universitarias. Luis es profesor y afirma sentirse “desesperado”. A finales de septiembre, visitó un piso en el madrileño barrio de San Bernardo en el que había más de un centenar de personas esperando para verlo en un plazo de seis horas. “100 personas desde las nueve de la mañana hasta las tres viéndolo”, nos explica. “Iban de cuatro en cuatro porque no cabían más en el piso. Una locura”.

Las visitas en grupo a un piso como si se tratase de una excursión es una de las situaciones que mejor conocen aquellos que han intentado buscar alojamiento durante los últimos tiempos. “Vi un piso una vez con unas 10 personas más, todas en fila india”, recuerda Beatriz, periodista. “Y que el de la agencia escondiera a los que vivían todavía en el piso en una habitación a oscuras. Y al entrar, claro, un susto de muerte”. ¿Cómo? “Sí, una mujer y su hijo estaban escondidos para que no molestasen, porque la agencia se lo pidió”.

En el piso de los horrores

Estas situaciones de casi explotación por parte de los caseros son el resultado de combinar una grandísima demanda con una oferta reducida, que permite a los propietarios de los inmuebles establecer criterios de entrada y condiciones mucho más leoninas para el potencial inquilino. Como explica Miguel Ángel, que acaba de trasladarse a vivir al centro de Madrid, “como hay mucha demanda, los ofertantes se vuelven un poco quisquillosos, te hacen entrevistas, los precios están altos, el tiempo de ver pisos es limitado ya que encadenan posibles inquilinos...”.

Cuando llegó el señor de la agencia, éramos 18. Todo el mundo entre descojonado y deprimido. Nos pone en corro y nos explica las reglas

En su búsqueda no se ha encontrado con ningún timo, pero sí con el casero de un piso en Atocha que aún estaba reformándose. “Te decían 'imagínate que esto va a ser así y esto asá, venga, dame el depósito y te lo quedas”, recuerda. Algo peor lo pasó Diego, que detalla uno de estos descensos al infierno de la búsqueda de piso. “Llego al portal con 10 minutos de antelación y hay una pareja esperando”, detalla. La inmobiliaria le había citado a las 10 de la mañana; él esperaba visitar el piso con otra persona. No le gustaba demasiado, pero era lo que había. “Según pasan los minutos empiezo a flipar: van llegando personas, parejas, hípsters, ejecutivos, una pareja china...”.

Así, como si se tratase del camarote de los hermanos Marx, la calle fue llenándose de potenciales interesados en ese piso de los que, como en 'Los inmortales', solo podía quedar uno. “Cuando llegó el señor de la agencia, éramos 18, incluyéndome a mí”, prosigue Diego. “Todo el mundo entre descojonado y deprimido. Nos pone en corro y nos explica las reglas: los interesados tienen que pedirle un papel, rellenar unos datos básicos y devolverlo. Luego el propietario seleccionará entre todos los que se presenten. Nos sube a los pisos (nos enseñó dos a la vez): una finca espantosa, pisos bien reformados pero pequeñitos. Un precio loco. Lo veo en dos minutos y me piro”.

Una chica pasa por delante de un grafiti en el barrio madrileño de Malasaña. (Reuters)
Una chica pasa por delante de un grafiti en el barrio madrileño de Malasaña. (Reuters)

Diego nos muestra un vídeo del piso que visitó y, efectivamente, de lo concurrido que está, eso parece más el Louvre que un apartamento del barrio de Malasaña. Hace no tanto, lo normal era que ciertas exigencias, como no fumar o tener mascota, tan solo fuesen importantes en caso de compartir piso. Hoy también forman parte del proceso de selección del inquilino, junto a adelantos económicos cada vez mayores (un anticipo de dos o tres meses en muchos casos), la necesidad de disponer de un contrato indefinido o incluso ¡limitaciones de altura máxima! Tanto esfuerzo para disfrutar de lo que en muchos casos no vale lo que cuesta.

Una casa no es un hogar

Las dificultades para conseguir una vivienda provocan que no sea el inquilino el que la elige, sino más bien que sea la casualidad la que haga que alguien termine cayendo en un lugar u otro. En muchas ocasiones, un traslado laboral repentino obliga al inquilino a buscar algo rápido. Otros, como Juan, pueden permitirse el lujo de pasar meses buscando piso. “Como no voy a la desesperada, no me quedo, con suerte, con lo primero que veo. Porque si hiciese esto, estaría viviendo en sitios como...”. Y pasa a enumerar algunos de los lugares que ha visitado.

Los anuncios falsos tienen un teléfono de otra comunidad, están escritos con ortografía de niño y fotos del Palacio de la Moncloa


Por ejemplo, “el cuqui apartamento de 25 metros cuadrados con la nevera en el salón y microondas en el baño”. Este estaba publicitado como exterior. “Eso sí, si seguías leyendo y mirabas las fotos, veías que las ventanas exteriores daban al interior de un patio de luces. Pero, oye, exteriores eran”. El resto de visitas tiene un cariz tragicómico semejante. En algunos casos, porque cualquier parecido entre las fotos y la realidad es pura casualidad: “También estaba el ático con fotos llenas de muebles de diseño y paredes recién pintadas para encontrarme al llegar allí con paredes desconchadas (cayó un trocito de pintura del techo a mis pies) y muebles que, con suerte, serían de la casa de campo del propietario”.

Juan sabe que cuando la dueña de un piso te advierte “igual no te gusta” antes de enseñarte un apartamento, puedes echarte a temblar. “Señaló unas escaleras que subí con miedo y encontré una estancia de dos palmos de altura con un colchón en el suelo”, explica. “No cabía ni un mueble, ni una ventana ni nadie que no supiese reptar como una serpiente”. Una última visita que linda ya con el terror geométrico de H.P. Lovecraft: “Como extra, el apartamento que solo tenía una ventana, que estaba en el salón y que, para abrirla, había que subirse a una silla. Pero no porque tuviese techos altos y estuviese en lo alto de la pared sino… en el mismo techo. ¿Adónde daba? Ni lo sé ni quiero saberlo”.

Gracias a su experiencia, Juan ha desarrollado su propio método para identificar los anuncios falsos como el que sirvió de cebo para David: “Casi siempre tienen un teléfono de otra comunidad, están escritos con ortografía de primero de Educación Infantil y fotos del interior del Palacio de la Moncloa”. La mayoría de los pisos que describe costaban unos 700 euros al mes, y las condiciones eran, en general, “semihumanas”. “En fin, que hay mucho morro”, concluye Juan.

Alma, Corazón, Vida

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