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Los siete pilares de la famosería o cómo aprender a ser como el pequeño Nicolás

Hay imágenes del pequeño Nicolás que le convierten en uno de los principales representantes de un fenómeno moderno: la Fama Frívola. Así actúa

Foto: Francisco Nicolás junto a Ana Rosa Quintana y Esperanza Aguirre.
Francisco Nicolás junto a Ana Rosa Quintana y Esperanza Aguirre.

Rumores sobre supuestos vídeos de altos cargos manteniendo relaciones con menores, chantajes y estafas a constructores y políticos,  amistades en todos los círculos de poder… y, sobre todo, fotos, muchas fotos. Hay imágenes del pequeño Nicolás que todos tendremos grabadas durante mucho tiempo y que le convierten en uno de los principales representantes de un fenómeno moderno: la Fama Frívola.

Andy Warhol anunció en los años sesenta del siglo pasado que en el futuro todo el mundo tendría 15 minutos de gloria. La afirmación parecía aventurera en una época en la que era necesario hacer algo para ser conocido. Pero en el mundo actual ese condicionante ha sido eliminado: en el Siglo XXI es perfectamente posible la celebridad vacua. Conocemos a un montón de personas de las que ignoramos qué acto les ha hecho ganar prestigio. Incluso los seres imaginarios pueden hoy en día enriquecerse con la fama pura y dura, sin necesidad de logros: Hello Kitty ha conseguido convertirse en una imagen de referencia en el mundo moderno –hasta el punto de que se la ha nombrado embajadora de turismo nipona y se ha fletado un avión decorado con dibujos suyos para representaciones oficiales– sin que la inmensa mayoría de las personas que la conocen sepan absolutamente nada sobre ella.

¿Qué se necesita para conseguir celebridad sin ningún hito en el currículo vital que la defienda? La psicología actual define siete factores que están presentes en las actuaciones del pequeño Nicolás y en las de cualquier otro famosete moderno:

  • Destaque, pero no excesivamente

Es imposible ser popular cuando se es demasiado gris, pero también es improbable que uno se haga famoso saltándose todas las reglas. Por eso, la mejor estrategia es convertirse en una muestra de un subgrupo social y llevar sus rasgos al límite. Es el caso del pequeño Nicolás, con su imagen de “pijo jovencillo”, que representa para un cierto sector de la población un prototipo que genera confianza. Optimizando ese estereotipo, consiguió sobresalir sin llamar excesivamente la atención en medio de un determinado subgrupo. 

Aplicando las teorías de dos psicólogos, Amos Tversky y Daniel Kahneman, nos explicamos con facilidad que la regla de “Destaca-pero-no-excesivamente” lleve a la popularidad. Estos investigadores definieron dos reglas decisivas a la hora de seleccionar lo que recordamos. La primera la llamaron “heurístico de disponibilidad”: efectuamos los juicios en función del caso particular que mejor recordamos. De ahí la importancia del factor diferencial: seremos más populares si se nos recuerda mejor, si llamamos la atención de alguna manera. La segunda norma de funcionamiento es el “heurístico de representatividad”: según Tversky y Kahneman, elegimos aquellas personas que tienen determinados rasgos que nos parecen representativos de un grupo. En el caso de los famosos, el individuo debe poseer ciertas particularidades que le hacen estar dentro del conjunto que hemos etiquetado.

  • Analice a su público

Las dos reglas anteriores no son tan fáciles de cumplir: hay que conocer las expectativas del target potencial para satisfacerlas. El actor Kirk Douglas afirmaba: “Si te conviertes en famoso, tú no cambias: son los demás los que cambian”. La celebridad dentro de un determinado subgrupo aumenta las exigencias y la presión social.

Estos individuos son conscientes en todo momento de los objetivos y expectativas, de las emociones y de la forma de pensar de la persona que tienen enfrente

Las personas que llevan a cabo este análisis con más lucidez tienen una cualidad cada vez más estudiada por la psicología actual: inteligencia interpersonal. Según muchos investigadores (como por ejemplo Howard Gardner, defensor de la teoría de que existen varios tipos de inteligencia) se trata de la habilidad especial que tienen ciertas personas para comprender a los demás. Estos individuos son conscientes en todo momento de los objetivos y expectativas, de las emociones y de la forma de pensar de la persona que tienen enfrente. Cualquier entrevista con el pequeño Nicolás demuestra que él, como cualquier otro poseedor de “Fama Frívola” en el mundo moderno, maneja este tipo de información. Él sabe lo que su público (los políticos y empresarios antes, los medios de información y sus seguidores ahora) quiere. Y se lo da.

  • Obsérvese continuamente a sí mismo

Las personas populares son siempre conscientes de cómo hablan y actúan y acomodan su comportamiento al público que los mira. Ya en el siglo XVII el dramaturgo Moliére consiguió diseccionar ese don en su obra Tartufo o el impostor.

Aún con miles de ojos puestos en él es difícil descubrirle un gesto de incoherencia que nos haga cuestionar el papel que se ha reservado a sí mismo

La mayor servidumbre de la “Fama Frívola” es que requiere un gran autodominio. El psicólogo Mark Snyder denomina “automonitoreadas” a las personas cuyos rasgos de personalidad les permiten asumir un rol determinado y actuar siempre con coherencia en función de lo que se espera de ellos. Él las define como individuos que se vigilan a sí mismos todo el tiempo, es decir, controlan y dirigen su conducta para lograr el efecto deseado en cualquier situación. Tienen un gran potencial a la hora de manejar su reputación social porque tienen un gran arte para manejar las primeras impresiones y comportarse en función de las expectativas de las otras personas.

En el otro extremo sitúa Snyder a los espontáneos, las personas que no suelen automonitorearse. Estos individuos son más sinceros y, por eso, no suelen ser coherentes (por dentro no somos esclavos de nuestro rol). Se suelen guiar por su yo más profundo y ése es el que le muestran a todo el mundo. El problema de esa espontaneidad es que, aunque cumplan puntualmente el estereotipo, decepcionan enseguida a su público potencial y pierden la oportunidad de ser aupados a la fama.

El pequeño Nicolás asombra por su desconcertante coherencia. Aún con miles de ojos puestos en él es difícil descubrirle un gesto de incoherencia que nos haga cuestionar el papel que se ha reservado a sí mismo. Y eso le permite seguir siendo famoso con independencia de los hechos.

El pequeño Nicolás en una imagen de archivo.
El pequeño Nicolás en una imagen de archivo.
  • Arrímese a personas que hacen algo

​En cualquier persona que ha conseguido el ascenso al estrellato encontramos una circunstancia puntual que les proyectó a la fama porque tuvieron la suerte de asociarse a ella. Un político o un escritor amigo, familiar o pareja; una serie de televisión de éxito; un equipo de fútbol triunfador; un determinado estilo musical que se puso de moda…o una actriz conocida de la que el famoso fue amigo de la mujer de su chofer. La popularidad es contagiosa y se extiende como un virus que infecta a todos los que pasaban por allí.

Es más fácil hacerse famoso y lucrarse asociando nuestro nombre al de un alto cargo que enriquecerse ocupando ese puesto

Pero el imaginario colectivo niega este fenómeno: nos gusta creer que la notoriedad pública tiene que ver con los logros individuales. Por eso es importante asociar nuestra imagen a la de las personas que, realmente, hacen algo: ocupan cargos de responsabilidad, sacan algún disco de vez en cuando o intervienen en películas.

El divulgador matemático John Allen Paulos publicó hace pocos años un artículo que podría iniciar las “Matemáticas de la Popularidad” en el mundo moderno. Se titulaba Why You're Probably Less Popular Than Your Friends. En el texto explicaba las razones estadísticas que producen como resultado que nuestros conocidos (personas que frecuentamos aunque no lleguen a ser amigos nuestros) sean más populares que nosotros. O que la mayoría de personas tengan menos seguidores en Twitter que aquellos a quienes siguen. Arrimarse a una celebridad es la mejor táctica, concluía Paulos: por asociación conseguimos los beneficios pero no asumimos sus responsabilidades morales.

En el caso de la política, la estrategia es mucho más rentable. La mayoría de la corrupción se da en los grupos de acólitos: es más fácil hacerse famoso y lucrarse asociando nuestro nombre al de un alto cargo que enriquecerse ocupando ese puesto.

  • Haga afirmaciones llamativas pero que no se puedan contrastar

La estrella mediática del Siglo XXI tiene que manejar temas que toquen nuestra fibra sensible, cuestiones que nos preocupen y que nos afecten de una manera emocional. Conspiraciones políticas, asuntos turbios de sexo, posibles crímenes,…Todo esto tiene que ser parte de la temática habitual. Y a ser posible, la forma de narrar estas historias tiene que tender a la insinuación, a la creación de rumor: el público puede así rellenar lo que falta en la historia a su libre albedrío. Sé non è vero, è ben trovato reza el viejo adagio: las historias que calan y llevan a la fama son, en muchas ocasiones, hechos que no han ocurrido pero que “deberían” suceder, porque la idea que plasman sí es cierta.

Lo bueno de hablar de algo que está oculto es que nadie puede decirte que no verlo es un argumento de inexistencia

Es esencial, también, que estas afirmaciones no puedan ser refutadas. En el pasado, era fácil citar a autores y lugares que nadie podría comprobar o hablar de hechos incontrastables.  Pero en la era de Internet, la mentira no puede estar en lo que se dice: tiene que estar en lo que se insinúa.

El pequeño Nicolás ha dado el salto al mundo mediático. A partir de aquí, sus armas tienen que ser las insinuaciones de conspiraciones que, por definición, nunca pueden ser refutadas. Lo bueno de hablar de algo que está oculto es que nadie puede decirte que no verlo es un argumento de inexistencia.

El 'pequeño nicolás' en 'un tiempo nuevo' de telecinco
El 'pequeño nicolás' en 'un tiempo nuevo' de telecinco

  • Maneje los medios de comunicación

Utilizarlos ha sido siempre muy importante, pero hasta tiempos recientes sin una base real era muy difícil alcanzar la gloria. Sin embargo, en la última década, se ha acrecentado el fenómeno de los famosos que no lo son por ninguna razón más que su poder para darse a conocer en los medios de comunicación.

Entre los vertebrados sociales, los humanos son los únicos que se conocen entre sí fundamentalmente por su reputación

A pesar de lo absurda que pudiera parecer esa facilidad humana para crear popularidad, muchos científicos la analizan como parte de la esencia del ser humano. Por ejemplo, Charles Hockett, el conocido lingüista estructuralista, afirmaba que lo que nos hace diferentes es nuestra capacidad para adquirir información sin depender de nuestra experiencia directa. Una de las consecuencias de este potencial es que, entre los vertebrados sociales, los humanos son los únicos que se conocen entre sí fundamentalmente por su reputación.

En el mundo público, ese factor es aún más decisivo. Los famosos lo son porque no tienen que explicar quiénes son aunque la otra persona no los conozca. Lo que sabemos de ellos es siempre a través de los medios: no vamos a tener ninguna experiencia directa de relación con ellos y por eso, lo esencial, es que “den bien” en la televisión, las redes sociales o la prensa escrita. Y, sobre todo, lo importante es tener en cuenta el famoso adagio: “es bueno que hablen de mí, aunque sea mal”. No importa el contenido, cuenta solo la aparición.

Un ejemplo de la importancia de esos medios: en este artículo se cita a prestigiosos científicos (uno de ellos galardonado con el premio Nobel, otro con el Príncipe de Asturias) a los que no reconoceríamos por la calle. Como su rostro no aparece en los medios, no existe para nosotros.

  • Acepte las consecuencias de la fama

Como cualquier papel vital, ser popular tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Y muchas personas no están preparadas para asumir estos últimos: observamos perplejos como individuos que se han pasado la vida haciendo esfuerzos para convertirse en celebridades se ocultan tras gafas de sol una vez que lo consiguen.

Todavía no sabemos si el pequeño Nicolás estará a la altura de las circunstancias

El mayor problema de la fama es la falta de intimidad. La popularidad es una puerta abierta a partir de la cual la gente se mete en la vida del famoso. Y es habitual que éste tenga que cambiar su comportamiento y dejar de ser uno mismo para adaptarse a lo que demanda su público. Si uno quiere ser famoso, debe saber que eso le obliga a convertirse en esclavo de las expectativas de los demás.

Todavía no sabemos si el pequeño Nicolás estará a la altura de las circunstancias y podrá alcanzar ese último paso que le llevaría al cénit de la popularidad sin base. Si lo consigue, se convertirá en un ejemplo a imitar por todos aquellos que quieran ascender a las cumbres de la Fama Frívola. 

Alma, Corazón, Vida
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