La 'vuelta al cole' es estos días un acontecimiento especialmente duro en algunos barrios pobres de Chicago. No tanto por el regreso de la rutina y los madrugones, sino por la inseguridad de los barrios que atraviesan los alumnos para ir a la escuela. Los niños transitan, de hecho, a través de rutas de seguridad especialmente señalizadas, acompañados de funcionarios municipales pagados para protegerlos y cargando sus libros en mochilas transparentes en las que no pueden esconder pistolas.

Se trata de algunas de las medidas de seguridad adoptadas por el alcalde Rahm Emanuel (un estrecho colaborador del presidente Barack Obama) para evitar que los escolares se conviertan en víctimas de la violencia que asola barrios enteros de la ciudad. Sólo en 2012 más de 500 personas fueron asesinadas en plena calle: ajustes de cuentas, robos a mano armada y fuego cruzado de los tiroteos entre pandilleros. Este año el Ayuntamiento da por satisfactorias las cifras, ya que sólo han recogido 266 cadáveres, un 26% menos que el año anterior por estas fechas.

La inseguridad de ciertos barrios de Estados Unidos es un problema viejo y en cierta manera ignorado. Según datos manejados por el Instituto Woodrow Wilson, el riesgo de ser asesinado en Chicago es casi dos veces más alto que en Ciudad de México. Y no es, ni de lejos, la ciudad más peligrosa del país. En Washington DC, la capital, la proporción aumenta un 25%, quedando todavía muy lejos de las dos urbes que cada año se disputan la 'medalla de oro' al crimen (Nueva Orleans y Detroit). Con las cifras en la mano, resultan entre 4,5 y 5 veces más peligrosas que la capital mexicana.

En Chicago, las historias de niños atrapados en medio de un tiroteo en los barrios más duros (narradas con profusión de detalles por medios locales y nacionales) han obligado al alcalde a buscar medidas, sobre todo ahora que el número de centros públicos se ha reducido drásticamente a causa de los recortes y que, en consecuencia, los escolares se ven obligados a pasar más horas andando por la calle.

La idea es que los alumnos no abandonen los 'pasillos de seguridad', un total de 91 rutas diseñadas según los índices de criminalidad de cada calle por las que, en teoría, transitan más seguros. Para reforzar esa sensación, les acompañan unos 1.200 empleados, repartidos en esquinas y aceras, a los que el Ayuntamiento paga 10 dólares la hora para velar por los pequeños. Estos 'guardaespaldas' no van armados, sino uniformados con chalecos amarillos y conectados a través de sus teléfonos móviles al servicio de emergencias de la Policía.

La violencia en las ciudades estadounidenses está tan circunscrita a barrios y calles concretas que la idea no resulta disparatada. Aún así, los padres denuncian que las rutas marcadas no son en absoluto seguras y sobre todo no solucionan el problema de fondo. Los hechos les dan la razón.

La semana pasada, dos días antes de que iniciara el año escolar, un adolescente de 14 años murió de un disparo frente a la West Side School, justo en frente de uno de los 'corredores de seguridad' recién pintados. Al día siguiente se encontró el cuerpo de un adulto en un contenedor de basura, a pocos metros de distancia de otra las rutas.

La noticia no es nueva. Chicago viene adoptando medidas de seguridad extremas para sus escuelas desde hace tiempo. El salvaje vídeo de un adolescente asesinado a golpes en plena calle en 2009, grabado con un teléfono móvil, terminó de extender la impresión de que no había ninguna medida preventiva exagerada. Una de las más polémicas, y que muchos centros se han negado a implementar hasta ahora, es la que obliga a los estudiantes a transportar sus cosas en mochilas transparentes con el objetivo de que les sea más complicado ocultar armas.

Aunque en general la tasa de criminalidad parece haber bajado un poco tras el alarmante repunte del año pasado, la situación es peor que nunca para miles de niños. Sucede que un total de 49 escuelas públicas fueron cerradas a finales del curso pasado en los barrios más pobres. Como medida de ahorro municipal. Ahora sus alumnos, alrededor de 12.000, se ven obligados a caminar más horas para ir a la escuela, atravesando áreas poco recomendables incluso para los adultos más curtidos en la 'ley de las calles'.

El presupuesto del programa de “acompañamiento” y “señalización” de rutas seguras ha ido incrementando a medida que se cerraban escuelas. Ronda ya los 15 millones de dólares e incluye proyectos de restauración de las zonas más degradas: tirar abajo edificios abandonados, limpiar los grafitis y reparar las luces de las farolas. Las críticas llueven. “El programa no resuelve el problema fundamental, es una tirita que se pone al problema importante, que es el cierre de escuelas”, se quejó en la prensa local recientemente el vicepresidente de la Asociación de Profesores de Chicago, Jesse Sharkey.