un 3,4% de la población ocupada en españa

¿Usted también paga en negro a su asistenta?: radiografía de un sector oculto

El régimen laboral que rige a las trajadoras de hogar contempla todavía múltiples desigualdades, que se suman a la discriminación que acarrea tradicionalmente este oficio

Foto: De izquierda a derecha: Marta, Yolanda, Carolina, Dona y Delia, empleadas de hogar (Foto: Carmen Castellón)
De izquierda a derecha: Marta, Yolanda, Carolina, Dona y Delia, empleadas de hogar (Foto: Carmen Castellón)

En tiempos de campaña electoral, los equipos de los partidos trabajan imaginando todas las preguntas posibles para que su candidato tenga todo atado y bien atado para dar la respuesta perfecta. Por eso, el 12 de diciembre de 2015, Mariano Rajoy acude seguro de sí mismo al programa de María Teresa Campos, a una de las pocas entrevistas que concedió el líder popular. Sin embargo, una pregunta le deja fuera de juego: “¿Por qué las que están adscritas a la Ley de Empleadas de Hogar y cotizan a la Seguridad Social no tienen paro?”. Rajoy titubea, y remite a la ley aprobada en 2012, impulsada por Zapatero, para decir que “hemos avanzado mucho”. Campos vuelve a la carga: “Pero si están en una casa, no cobran el paro”. Rajoy, sin respuesta en la recámara, se da por vencido: “Pues éste sin duda alguna es un tema que habremos de arreglar en el futuro, porque es una discriminación difícil de explicar”.

Las empleadas del hogar representan el 3,4% de la población española ocupada, una tasa sólo por debajo de Chipre dentro de la Unión Europea. Cerca de 616.000 personas limpian nuestras casas -con o sin contrato-, hacen la comida que comemos, planchan nuestra ropa, cuidan de nuestros hijos, y a menudo también de nuestros mayores. Tener servicio doméstico ha dejado de ser una opción reservada para gente adinerada, un lujo con cofia atribuido a la clase alta. Cada vez más personas cuentan con profesionales del hogar para eliminar las tareas domésticas de sus rutinas, aunque sea por unas horas semanales. Sin embargo, dentro de las cuatro paredes donde trabajan, las empleadas del hogar están completamente invisibilizadas a nivel legislativo, económico y social.

El 3,4% de los trabajadores se dedican al empleo doméstico en España, y un tercio cobra en negro“Hay una gran falta de conciencia del trabajo que realizamos, a pesar de que tenemos una labor social muy importante”, afirma Carolina Elías, empleada de hogar y presidenta de la asociación Sedoac que busca la visibilidad y la igualdad de derechos del colectivo. A su lado asienten Yolanda, Delia, Dona y Marta. Ellas son “la chica”, “la chacha”, “la que me limpia”: empleadas de hogar que han vivido las consecuencias de tener un Régimen Laboral Especial basado en la “confianza” entre empleador y empleado.

En Sedoac reivindican la labor del servicio doméstico. (Foto: Carmen Castellón)
En Sedoac reivindican la labor del servicio doméstico. (Foto: Carmen Castellón)

Sin derecho a prestación por desempleo

A pesar de que su situación laboral está regulada desde 2012, cuando entró en vigor la ley impulsada por los socialistas que trajo consigo mejoras como el salario mínimo, bajas, jubilación, vacaciones y días libres, la ristra de desigualdades que aún contempla es alargada. El derecho a la prestación del paro encabeza la lista. “Es el único colectivo en España que no lo tiene reconocido. No tiene sentido que una persona que ha estado años trabajando no tenga paro”, explica Joaquín Nieto, director de la oficina de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en España.

Eso fue precisamente lo que le pasó a Carolina que, como muchas trabajadoras de hogar, atendía a una persona dependiente: “La misma noche que murió la mujer que cuidaba de interna me dijeron que fuera buscando algo para irme. Te echan a la calle de un día para otro”. Además, despedirlas es más sencillo que a otros profesionales. En el empleo de hogar existe la figura del despido por desistimiento por la cual el empleador no tiene que alegar razones para prescindir de la empleada y sólo tiene que pagar 12 días por año trabajado, a diferencia del mínimo de 20 de un despido objetivo. “Nos coloca en una situación de discriminación”, añade Carolina, “de nada sirve tener baja de maternidad si pueden echarte si te quedas embarazada”.

Hecha la ley, hecha la trampa

Cuando entró en vigor la ley actual, las altas en la Seguridad Social se duplicaron respecto al año anterior. Por primera vez, la cotización era obligatoria para el empleador desde la primera hora de servicio (antes sólo lo era a partir de 20 horas semanales). Sin embargo, esto no siempre se cumple: “Es muy habitual que quieran descontar la cotización del salario de la trabajadora”, cuenta Lorea Urueta, ex empleada de hogar y miembro de la asociación ATH-ELE. La mayoría de empleadas acaban aceptando, porque conseguir un empleo es el primer paso para obtener los papeles que les permiten quedarse en España -la mitad de las empleadas de hogar son extranjeras-, aunque otras prefieren cobrar en negro porque no tienen intención de permanecer mucho tiempo.

Lo habitual entre las internas es trabajar entre 12 o 16 horas, así que aunque ganes el salario mínimo se te queda en dos o tres euros la hora

También es habitual que se declaren menos horas de las realmente realizadas, sobre todo en el caso de las internas, donde las jornadas son maratonianas: “Lo más habitual entre las internas es trabajar entre 12 o 16 horas, así que aunque ganes el salario mínimo, se te queda en dos o tres euros la hora”, explica Carolina. Desde Sedoac abogan además por la eliminación de este tipo de régimen por el exceso de trabajo y la dificultad de su regulación, por ejemplo, para que se cumplan las diez horas de descanso entre jornadas o las 36 horas consecutivas libres semanales que les corresponden. A eso hay que añadir que la ley contempla, además de las 40 horas de jornada, otras 20 de “presencia” (sin tareas efectivas), que en la práctica se traducen en horas de actividad. “Tu vida deja de ser tu vida para pertenecer a la de otra persona, estás las 24 horas en el trabajo. Cuando sales los fines de semana no sabes ni de qué hablar”, cuenta Marta Lucía, que ha decidido dejar la familia con la que lleva seis años conviviendo para estar más con su hijo.

Pero el régimen de externa con uno o varios empleadores tampoco las exime de trabajar por más de lo que cotizan. De hecho, con la ley, el aumento de los ingresos en la Seguridad Social no ha ido paralelo a la subida de la afiliación. Se pasó del 40% al 70% en las altas, pero los ingresos aumentaron sólo un 5%. “Hay una infracotización porque las empleadas que trabajan con distintos empleadores puede que estén afiliadas en una casa pero no en las demás o que hagan más horas de las declaradas”, añade el director en España de OIT.

Además, incluso en el caso de que se declare todo lo percibido, su base de cotización no es proporcional al salario real si supera el tramo máximo contemplado en la ley, de 798 euros. Las bajas y pensiones se calculan, como mucho, en base a esta cantidad. “Hace poco hicimos una denuncia porque a una trabajadora de hogar que llevaba 47 años cotizados de manera ininterrumpida le quedaba una prestación de 648 euros, cuando su salario era superior”, añade Lorea.

Un tercio cobra en negro

Sin embargo, cotizar, aunque sea mal, es dentro del sector casi un privilegio. Un tercio de las empleadas domésticas se encuentra en la economía sumergida, cerca de unas 170.000. Delia Servín estuvo mucho tiempo cobrando en negro, sin saber cuáles eran sus derechos: “Trabajaba todo el día, de las 7:30 que ponía el desayuno a las 23:00 que cenaban, y luego por la noche tenía que levantarme cada tres horas a darle el biberón al bebé y cada vez que el otro niño lloraba. Mi función era calmarle para que no se despertara su padre”. A Delia apenas le compensaron los 850 euros que ganaba por este trabajo, en el que aguantó un año: “No dormía, adelgacé muchísimo porque además sólo comíamos ensaladas y no me dejaban coger nada. Cuando salí tardé mucho en recuperarme, ya no podía dormir bien. No sé cómo aguanté tanto”.

Junto a ella, Dona Gamarra, ya retirada, explica que no tiene jubilación porque durante los 12 años que ha estado en España sólo ha podido trabajar en negro, y Yolanda Espinola está en trámites de regularizar los papeles para empezar a cotizar, aunque lleva siete años en el país. Carolina está en paro tras dejar su puesto porque su jefa se negaba a darla de alta: “Me dijo que primero quería ver cómo trabajaba, así que acepté, pero el tiempo iba pasando y no lo hacía. Me dijo que me podía dar 50 euros y que me lo pagara yo. Luego vinieron las vacaciones y tampoco me las pagaba y al llegar a la extra de Navidad, me dijo que tenía que estar por lo menos un año. Fue la gota que colmó el vaso. Renuncié porque era una incoherencia, estaba defendiendo el derecho de las limpiadoras y yo estaba en esa situación”, cuenta Carolina. Ella es abogada de profesión pero se dedica a las tareas domésticas porque no puede ejercer en España y ayuda como asesora de otras compañeras en Sodeac.

“Hay que concienciar a los empleadores de que tener empleadas sin afiliar no es una situación aceptable, ni aunque sea por unas horas”, considera Joaquín Nieto. “Ellos también son empleados, ¡claro que conocen los derechos!, pero hacen que no entienden el tema”, añade Delia.

La última pieza del engranaje

Los salarios de las trabajadoras domésticas dependen de los ingresos de las que las emplean. Por eso, la crisis las afectó especialmente. Curiosamente, se reflejó más en el gasto mensual que en el número de ocupadas: entre 2010 y 2013 el gasto en este servicio bajó en un 30% pero la ocupación sólo un 9%. Es decir, muchas seguían trabajando, pero por el mismo dinero. “Somos el último engranaje de la cadena, y si otros sectores están precarizados se produce un efecto cascada, nosotras siempre estaremos peor; ya no se renuncia a que te limpien la casa, en todo caso pagas menos, pero que te la sigan limpiando”, explica Carolina.

Según un estudio de la empresa de limpieza Helping, el 33,9% de los españoles dispone de servicios de limpieza para disfrutar más de su tiempo libre y un 25,4% por falta de tiempo para realizar las tareas del hogar. “Creemos que el servicio de que alguien te haga la limpieza del hogar, la comida, la plancha… es un lujo, y eso se tiene que pagar. Y si hablamos de cuidado de personas que no pueden hacerlo por ellas mismas, se tiene que hacer con servicios públicos, porque eso es un problema del Estado”, explican desde ATH-LE que, como Sedoac, abogan por una profesionalización de las tareas de cuidado.

Delia Servín, paraguaya que lleva once años en España. (Foto: Carmen Castellón)
Delia Servín, paraguaya que lleva once años en España. (Foto: Carmen Castellón)

Discriminación social

La raíz de las desigualdades que sufren a nivel legislativo surge precisamente de la discriminación que ha padecido siempre la profesión en el ámbito social, asociado al servilismo de una clase a otra, considerado 'fácil de hacer' y atribuido tradicionalmente al sexo femenino -no en vano, el 90% de las empleadas son mujeres-. “No hay limpiadores hombres, no hay amos de casa, la cocina se empezó a revalorizar cuando se metieron ellos. Cuando un hombre decida que la pasión de su vida es fregar váteres, habrá estrellas Michelín de fregar váteres”, cuenta Galicia Méndez, una empleada murciana de 30 años que tiene unas condiciones de acuerdo a la legalidad, con un salario por encima del mínimo, vacaciones, días libres y bajas.

Aun así, cuando Galicia volvió a dedicarse al servicio doméstico porque perdió su trabajo en la rama de la Comunicación, lo vivió como un fracaso. “Si decía que trabajaba limpiando casas, la respuesta de la gente solía ser: 'bueno, algo es algo', 'ya vendrá algo mejor…'. Pero un día me mosqueé, porque realmente estaba ganando más que quien me lo decía, que era ingeniero y cobraba como becario”. A partir de entonces empezó a valorar el trabajo que aprendió de su madre y su abuela y a sentirse a gusto con lo que hacía. “Esta profesión me ha permitido emanciparme y además creo que es muy feminista porque ayudo a otras mujeres a desligarse del trabajo de casa, y a que algo que antes era gratis porque lo hacían ellas, implique también a los hombres aunque sólo sea porque ahora tienen que pagarlo”.

Tenía una enfermedad, pero a ella sólo le importaba que ya no iba a estar trabajando para ella. Es como si fuéramos de su propiedad

En el caso de las extranjeras, la discriminación suele ser mayor, sobre todo si no tienen papeles, porque se aprovechan de su situación y amenazan con denunciarlas o son tratadas con desprecio. Sin embargo, a menudo, detrás del estigma hay mujeres con carrera y recorrido profesional que vinieron a España buscando un futuro que se difuminaba en sus países de origen, donde aún tienen cargas familiares. “Mi jefa se sorprendía de que supiese escribir o de que hablase bien”, cuenta Yolanda, que era administradora de empresas. “La mía de que supiera conducir”, añade Delia, también administradora. “A mí una me dijo sorprendida que tenía más estudios que ella”, añade Dona, licenciada en Educación que trabajaba en el ministerio en Perú.

Y aunque el trato sea bueno, y lleguen a sentirse a gusto con las familias que atienden, las diferencias siempre están ahí. “Tú no te puedes enfermar, 'no puedes hacernos eso', te dicen, y es muy complicado que te dejen ir al médico”, cuenta Delia, que no pudo volver a uno de sus puestos porque le dieron a elegir entre una baja médica o conservar su puesto. “Cuando dejé mi trabajo porque estaba muy enferma, la mujer a la que cuidaba se enfadó mucho conmigo. Tenía una enfermedad complicada, pero a ella sólo le importaba que ya no iba a estar trabajando para ella. Es como si fuéramos de su propiedad”, se indigna Dona.

Limitadas por cuatro paredes

El espacio de trabajo donde desarrollan las tareas no facilita tampoco mejorar sus condiciones. Una inspección de trabajo no puede entrar en un hogar por ser un espacio privado, y al ser las únicas empleadas, no pueden realizarse denuncias anónimas. “Si hacemos una demanda ante la Inspección de Trabajo, nuestros jefes saben que hemos sido nosotras, no es como una empresa donde hay muchos empleados”, dice Carolina.

La falta de inspecciones dificulta a su vez la seguridad y prevención de accidentes. En 2014 hubo 2.339 accidentes laborales de empleadas del hogar, de las cuales 51 fueron graves y cinco mortales. La ley sólo recoge que es el empleador el que debe velar por la seguridad dentro del hogar, que es además el lugar donde se producen más accidentes, pero no especifica cómo. “Yo me he negado a limpiar ventanas por fuera y lámparas de techos altísimos. No me iba a arriesgar, ni siquiera estaba dada de alta”, explica Carolina. “Además si te accidentas te echan, porque no les sirves y tampoco tienen que alegar nada”, cuenta Delia.

Tampoco tienen enfermedades laborales reconocidas, a pesar de que hay evidencias de que los profesionales de limpieza tienen mayor riesgo de asma, bronquitis, hombro doloroso, tendinitis, lumbalgia, cervicalgia o síndrome del túnel carpiano. Sólo una resolución del Instituto Nacional de la Seguridad Social considerada 'pionera' reconocía recientemente esta última como enfermedad profesional en una trabajadora doméstica en Basauri. Desde ALTH-ELE defienden que deberían ser aplicables por ley a su sector “cualquier enfermedad que se pueda derivar de una actividad similar como las reconocidas a limpiadoras de edificios, trabajadores en residencias…”.

El entorno privado, por último, también las hace vulnerables ante el acoso sexual, un problema del que muchas no quieren hablar por miedo a represalias o por vergüenza. “Es uno de los colectivos más expuestos, y claro que sucede”, explica Joaquín Nieto.

Sedoac (Foto: Carmen Castellón)
Sedoac (Foto: Carmen Castellón)

La 'anomalía' española: no ratifica el Convenio 189

Para esquivar las desigualdades, están empezando a surgir algunas cooperativas de limpieza. María Caizapanta fue una de las pioneras cuando puso en marcha junto a otras tres compañeras la cooperativa Victoria's en 2010. Así consiguen figurar como empresarias dentro del régimen general. “Los empleadores se convierten en clientes, y nosotras en empresarias, así que tenemos derecho a desempleo y todas las demás prestaciones como un trabajador normal”.

El resto, esperan -y luchan- por que España ratifique el Convenio 189 que la Organización Internacional del Trabajo elaboró en 2013, donde se recoge, entre otras cosas, que las empleadas de hogar deben tener las mismas prestaciones que cualquier otro trabajador. Sin embargo, España aún no lo ha ratificado, a diferencia de la mayoría de países de nuestro entorno y desoyendo a la Unión Europea, que ha instado a todos los países miembros a hacerlo. “Esperamos que se haga en esta legislatura porque es una anomalía, estamos por detrás de otros países”, añade Joaquín Nieto, quien considera fundamental dar este paso para que la discriminación, también en el plano social, vaya desapareciendo: “Si es el Estado el primero que las discrimina, cómo no va a hacerlo el resto de la sociedad, tendría que hacerse un plus de reconocimiento”. Desde Moncloa, no han respondido a este periódico sobre si planean ratificarlo o mejorar las condiciones del servicio doméstico en esta legislatura, como prometió en el programa de televisión.

Portugal, Italia, Ecuador o Colombia ya han ratificado el convenio que les otorga los mismos derechos

Las empleadas de hogar se aferran a este convenio para que, con una igualdad legal sobre el papel, sentirse por fin reconocidas en una profesión de la que se enorgullecen y que ponen en valor como una pieza fundamental dentro del funcionamiento social. Así, trabajadoras como Yolanda no renunciarían a dedicarse a esto: “Si se profesionalizase mejoraría la opinión que tiene la sociedad de esta profesión e incluso entre nosotras mismas. Muchas no dicen a lo que se dedican porque se sienten inferiores, pero si somos iguales al resto de los trabajadores no nos vamos a sentir así. También mejoraría nuestra calidad de vida, tendríamos nuestros derechos y estaríamos más contentas; ahora si nos quejamos vamos a la calle. A mí me gusta mi trabajo, es un oficio digno, que hago con cariño y esmero porque veo un beneficio en la familia en la que estoy que me hace sentir valorada”.

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