llega el manifiesto de rebecca solnit

Por qué los hombres le explican todo a las mujeres como si fueran bobas

El ensayo 'Los hombres me explican cosas' denuncia la epidemia de desprecio contra las mujeres, desde el asesinato hasta la condescendencia cotidiana.

Foto: Rebecca Solnit. Foto: Sallie Dean Shatz
Rebecca Solnit. Foto: Sallie Dean Shatz

Rebecca Solnit, historiadora y periodista de Estados Unidos, es una máquina de ejemplos contundentes: “Creo que la historia reciente de mi país sería muy distinta si hubieran prestado atención a Coleen Rowley, la agente del FBI que lanzó los primeros avisos sobre Al Qaeda. La credibilidad es una herramienta que raramente se concede a las mujeres”, lamenta. Gracias a los artículos de Solnit, especialmente el que da título al libro, se ha acuñado el concepto de mansplaining, cada vez más popular, que denuncia la suposición masculina de que las mujeres no saben la mayoría de las cosas y por tanto tenemos que explicárselas, normalmente en tono condescendiente, a las 'pobres bobas'.

Por supuesto, se trata de una actitud irritante, que forma parte de un entramado mayor de violencia y desprecio machista. “El asesinato es un crimen cometido por hombres un noventa por ciento de las ocasiones. En mi país se denuncia una violación cada seis coma dos minutos, aunque el total estimado de las cometidas sea cinco veces mayor. Gran parte de las mujeres que conocemos son supervivientes. Hay más de mil asesinatos anuales de mujeres en el ámbito doméstico en Estados Unidos, un 11S cada tres años. No digo que todos los hombres sean violentos, la mayoría no lo son, pero hay que tomar en serio el problema. La mayoría de los asesinatos de hombres a manos de mujeres se producen en defensa propia”, recuerda. Solnit es una de las voces más rigurosas, afiladas y contundentes del feminismo actual.

'Los hombres me explican cosas'
'Los hombres me explican cosas'

Y además con mucho sentido del humor: ‘Los hombres me explican cosas’ (Capitán Swing, 2016) se abre con una historia desternillante, donde un ricachón da lecciones a la autora sobre una biografía de Edward Muybridge (precursor del cinematógrafo) escrita por la propia Solnit. El señor daba por hecho que un texto elogiado de semejante manera en la 'New York Review of Books' tenía que haberlo escrito necesariamente un hombre. 

PREGUNTA. El concepto de ‘mansplaining’, contracción inglesa de “hombres” y “explicar”, me parece muy práctico. Conozco varios amigos que han reconocido esa inercia de ser condescendientes al hablar con mujeres. Después de leer su libro, hay algo que me zumba en la cabeza cuando me dirijo a una mujer con tono de profesor. ¿Ha notado cambios en su círculo social?

RESPUESTA. Gracias por tu confesión. Mi experiencia es que, a pesar de haber escrito este libro, los hombres me siguen explicando cosas, sin preguntarse ni preguntarme si ya las conozco. Lo estuve pensando esta semana: no es solo el contenido de lo que dicen, sino el tono en que lo dicen. Ese registro verbal en el que asumen que no lo sabes. Unos dicen “pon sal a la sopa”, en vez de preguntar si la has puesto. Otros preguntan “¿has puesto sal a la sopa?”, como asumiendo que no lo has hecho. Mi respuesta es “tengo la impresión de que eres perfectamente capaz de probar la sopa y añadir sal si es necesario”. Muchos hombre estadounidenses son sordos al tono condescendiente. Se sienten dueños del monopolio de la sal, dirigiéndose a sus empleados. Cuando nos comunicamos, no solo transmitimos información, sino la posición social que creemos tener y la que creemos que tienen quienes escuchan. Últimamente me cruzo con muchos hombres que me corrigen usando datos falsos. O que confunden sus opiniones subjetivas con hechos, lo cual es parecido a creerte Dios. Piensan que la experiencia de los demás es inferior a la suya, simplemente porque ellos no la han vivido. Pasa con el abuso sexual: te dicen que es imposible que su amigo haya acosado a una alumna o una becaria porque ellos le conocen bien. Y lo afirman delante de la víctima.  

Aa pesar de haber escrito este libro, los hombres me siguen explicando cosas, sin preguntarse ni preguntarme si ya las conozco

P. Es un ejemplo muy claro.

R.Hay docenas cada día. Me alucinan las cosas que se escriben en Facebook, templo de la idiotez y la ignorancia contemporánea. Recuerdo haber subido la foto de una manifestación feminista donde unas mujeres sostenían una pancarta con el lema “No salí de tu costilla, tú saliste de mi vagina”. Estamos ante un hecho, pero encuentras comentarios de hombres que intentan negar que los bebés salen de la vagina. Dicen que la pancarta es falsa. Solo se me ocurre pensar que la palabra “vagina” causa mucho malestar. Mis amigas de Facebook se rieron mucho con eso.

P. Hay una parte alucinante de su libro donde muestra que, a partir de cierto punto de su carrera, Sigmund Freud dejó de tomarse en serio a sus pacientes femeninas. Eso rebajó notablemente la calidad  de sus investigaciones. ¿Sigue ocurriendo?

R. No es tanto culpa de los científicos, sino de las corporaciones que les pagan para darles la razón. Esas grandes empresas son mayoritariamente creadas y dirigidas por hombres. Freud basaba sus tesis en observaciones, pero se dio cuenta de que las conclusiones que sacaba le convertían en un rebelde, impopular entre las élites sociales y económicas. Entonces abandonó la información que había recogido. En Estados Unidos, el Partido Republicano reconocía el cambio climático hasta la que la industria petrolera se dio cuenta de que afectaba a sus beneficios. Ahora su candidato a presidente es un negacionista. En 2012 no presentaron un negacionista, sino alguien que trivializaba la crisis ecológica. De 2000 a 2008 apostaron directamente por un destructor del clima. Siempre hay alguien dispuesto a creer en posturas acientíficas que le reportan beneficios.

P. También relaciona la violencia con factores culturales. Explica que, en La India, cuando alguien enloquece y escucha voces en su cabeza, estas suelen decirle “limpia tu casa”, mientras que lo que susurran en Estados Unidos es que cometas algún acto de violencia. ¿Cómo se cambia eso?

La enfermedad mental se está convirtiendo en una herida por la que supuran los problemas sociales de mi país. Por ahí se desaguan las fantasías de violencia, las continuas representaciones de fuerza como solución. El culto a las armas y los pistoleros del salvaje Oeste nos hace muy singulares, incluso comparados con vecinos como Canadá, no digamos con Europa. Estamos dominados por una ideología que reclama libertad absoluta, de una manera casi nihilista, hasta el punto de que tus derechos individuales son tan importantes que parece que los demás no existan. Nuestra visión del ‘yo’ excluye el ‘nosotros’. Tenemos el poder de una sociedad adulta, pero la mentalidad de bebés.

Estamos dominados por una ideología nihilista que reclama libertad absoluta hasta el punto de que los demás no existen

P. Este año hubo un debate feminista sobre si era mejor para las mujeres de clase trabajadora el programa social de Bernie Sanders o el hecho de que Hillary Clinton se convirtiera en la primera mujer en la Casa Blanca. ¿Cuál es su opinión?

R. ¡Ha sido un año duro! No voy a responder a eso porque ahora Hillary es nuestra candidata, la alternativa a la cascada de mentiras, odio e ignorancia que ofrece el Partido Republicano. Pero te voy a decir algo que me parece más importante: no hay que centrarse en lo que cada candidato “nos puede dar”, como si ellos fueran padres y nosotros niños. Prefiero pensar en “qué podemos obligarles a hacer”, como si nosotros fuéramos los padres, los que tienen poder para fiscalizar y disciplinar a los presidentes. Cuando Clinton llegue al poder comienza nuestro trabajo de presionar para que cumpla sus promesas, mejorar sus planteamientos y denunciar las peores políticas de su programa. En España sabéis de eso, ya que obligasteis a Zapatero a cumplir su compromiso de retirar las tropas de Irak. No hay que culpar a los políticos, sino pedirles cuentas. Estados Unidos sería un país mucho mejor si la sociedad civil se hubiera volcado en obligar a Obama a cumplir sus promesas del primer mandato.    

P. ¿Se le ocurre alguna solución para la plaga de violencia contra las mujeres?

R. Lo primero, ser conscientes de que no es un problema de las clases bajas: ocurre en las élites igual que en los barrios marginados. La trampa en la que se encierra a las mujeres es la falta de poder económico y social. Hemos hecho nuestra la frase de la fábula de Orwell: "Algunos animales son más iguales que otros". Es la misma lógica del acoso sexual: demostrar el poder de quien perpetra y la vulnerabilidad de la víctima, su falta de derechos y de valor social. Creo en implantar relaciones de igualdad. Me gustaría dejar claro que no solo me preocupan los derechos de las mujeres, sino lograr relaciones de amabilidad, empatía, compasión y respeto para todos los seres humanos. Gandhi lo llamaba aihmsa, que podemos traducir por “no hacer daño”. Un buen comienzo es desconfiar del autoritarismo y las autoridades. El feminismo ha avanzado mucho en los últimos años, considerando que se enfrenta a milenios de prácticas sociales injustas. Pero todavía queda mucho por hacer. No solo a las feministas, sino a todos nosotros. El tono es tan importante como el contenido. Pero, sobre todo, vivimos una epidemia de violencia contra las mujeres, un ruido de fondo tan extendido que hemos dejado de escuchar. 

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