CÓMO DESTACAR sobre el RESTO

La carta de presentación que logra que te acepten en cualquier universidad

Los logros académicos no son suficientes cuando se trata de entrar en los centros universitarios más prestigiosos del mundo

Foto: Conseguir la mejor educación puede ser misión imposible. (iStock)
Conseguir la mejor educación puede ser misión imposible. (iStock)

En el mejor de los casos, una carta de presentación puede ayudarte a destacar sobre el resto. En el peor, puede hacer que un candidato prometedor parezca un corta y pega con déficit de creatividad. Por desgracia, la gran mayoría de las cartas que hoy se envían son clones unas de otras: currículos reconstruidos que divagan sobre lo obvio de nuestra vida profesional. Si tuvieses uno así enfrente, ¿de verdad lo leerías hasta el final? Probablemente no, y tampoco la mayoría de los responsables de recursos humanos de empresas y universidades.

Foto: iStock.
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Internet está repleto de consejos y tutoriales sobre cómo debemos escribir nuestra carta de presentación, pero pocos de ellos van más allá de los manidos consejos de “utiliza buena gramática” o “recuerda continuamente tus virtudes y habilidades”. Quizá la mejor forma de aprender a dar con el clavo sea atender a aquellos ejemplos de personas que en algún momento se sintieron perdidos como tú frente al documento de Word en blanco y ahora ya lo han conseguido. Historias de éxito que demuestran que no solo cuenta sacar buenas notas.

Explota el factor emocional

Luke Kenworthy es un estudiante aplicado tanto en sus clases en Seattle como en las actividades extraescolares y, sin embargo, estaba nervioso el día que las mejores universidades de Estados Unidos hicieron públicas sus listas de admitidos. El Ivy Day, lo llaman.

Solo un 5,2% de los 40.000 solicitantes para Harvard han sido aceptados este año

La poca fe de Kenworthy se tornó al instante en una efusiva excitación al abrir las cartas de admisión: un 'sí quiero' general: todas le aceptaron. Harvard, Princeton, Brown, Cornell, Columbia, Dartmouth, Pensilvania y Yale; póker de universidades de la Ivy League.

La Ivy League no solo es famosa por la calidad de la educación en sus universidades, sino por la dificultad para entrar en cualquiera de ellas. Y es que cientos de miles de estudiantes solicitan su admisión cada año. Por poner un ejemplo representativo, en Harvard tan solo un 5,2% de los 40.000 solicitantes fueron aceptados en esta última ronda.

Kenworthy y su padre.
Kenworthy y su padre.

El joven estaba nervioso porque sabía que los logros académicos no son suficientes cuando se trata de la Ivy League. Como el protagonista de la película '21 Blackjack', optó por bajar al terreno de lo personal en su carta de presentación.

Todos tenemos recuerdos de nuestra infancia que preferimos olvidar. No obstante, a veces son esas mismas (dolorosas) lecciones las que consiguen un mayor impacto en nuestra forma de afrontar la vida. “Escribir un ensayo como este fue una experiencia extraña, pero también muy importante para mí”, relata Kenworthy al 'Business Insider'.

La carta que sedujo a la Ivy League

"Los suaves latidos del corazón de mi padre proporcionaron algo de consuelo mientras lloraba con mi cabeza sobre su pecho. Estaba en quinto grado. Me acababa de decir que mi madre había sido agredida por su novio y que ahora estaba en el hospital. Recuerdo sorprenderme de mí mismo, sorprenderme de estar triste después de todo lo que ella había hecho. Esta era la misma persona que, cuando yo tenía ocho años, organizó una fiesta de borrachos en nuestra casa para adolescentes más jóvenes de lo que yo soy ahora. Esta era la misma persona que desaparecía tras pasar noches enteras en el bar, la persona que fue a la cárcel por tratar de estrangular a mi padre en un estupor embriagado. No había sido parte de mi vida desde que hace más de un año mi padre recibiese mi custodia. Pensé que estaba listo para salir adelante y, sin embargo, las lágrimas calientes se precipitaban por mi mejilla al imaginarme su rostro hinchado y las magulladuras en sus brazos.

Siempre había sido un niño tímido y la ausencia de mi madre exacerbó este problema mientras trataba de extirpar mis inseguridades y llenar su ausencia con la aprobación de otros. En sexto grado buscaba constantemente la atención de un grupo de niños que, a cambio, me hacían 'bullying'. Por esa razón, cuando me cambié de escuela el año siguiente, era tímido y temeroso para involucrarme con gente nueva. Me imaginé cerca del fondo de una rígida jerarquía social. Después comencé a abrirme más, pero seguí estando obsesionado con cómo el resto me percibía.

En la escuela secundaria me pasaba horas pensando en mis inseguridades y hablando a través de recuerdos sobre mi madre con mi papá. Siempre recordaré cómo miraba fijamente las ondulaciones de la camisa de mi padre durante este tiempo. No podía olvidar ese sentimiento de impotencia, pero con reflexión empecé a entender el momento de manera diferente. Dadas las circunstancias -educado por un padre alcohólico y abusivo, y una madre negligente, involucrada en varias relaciones disfuncionales con hombres controladores, bebiendo para adormecer las injusticias de la vida, para darse cuenta de que era demasiado tarde para parar-, no tengo manera de saber si mi vida va a ser diferente de la suya.

Por primera vez empecé a comprender una idea que desde entonces me ha otorgado libertad: no puedo ponerme en el lugar de mi madre y, por lo tanto, nadie puede ponerse en el mío. La forma en la que los demás me perciben es inherentemente inexacta, por lo que no necesito preocuparme de lo que piensa el resto. Comprender esto me ha proporcionado la libertad para desentenderme de la aprobación de los demás, y finalmente de estar a gusto conmigo mismo.

Comencé a abrirme. En secundaria empecé a hablar con otros sobre cosas que me fascinaban, sobre viajes espaciales y filosofía, en vez de buscar con desesperación puntos en común. Dejé el fútbol al darme cuenta de que tan solo participaba por el estatus que me concedía, y me uní a lo que realmente disfruto: correr. Empecé a mantener la puerta abierta a mis compañeros de clase, a saludarles por las mañanas con la esperanza de iluminar su día. Me involucré en el consejo estudiantil, lo que me llevó a ser elegido presidente. Incluso entonces, mi puesto no era lo más significativo, sino la forma en la que podría utilizarlo para ayudar a los demás. La base sobre la que se fundan mis amistades pasó de la mera validación al respeto mutuo y genuino.

Mientras escuchaba los latidos del corazón de mi padre esa noche, mi mente se llenó de ira y tristeza y, sin embargo, estoy agradecido por las lecciones que aprendí de mi madre, el dolor que sentí era un paso necesario en el proceso para convertirme en la persona que soy ahora, alguien que no tiene miedo a expresarse".

Alma, Corazón, Vida

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