“NO RECOMIENDO ESTA EMPRESA A NADIE”

Le faltaban 5 minutos para jubilarse, le pidieron que fuera sincero y mandó esto

"Para lo que me queda en el convento..." Algo así debió pensar este mando intermedio de una empresa de autopistas que se ha quedado a gusto poniendo verde a sus jefes

Foto: Se las va a cobrar todas juntas. (iStock)
Se las va a cobrar todas juntas. (iStock)

No todos los héroes llevan capa. En ocasiones, hasta el más común de los mortales es capaz de llevar a cabo un acto de sacrificio que le confiere instantáneamente el reconocimiento y admiración de sus iguales, al sacar a la luz todo aquello que atormenta a los simples mortales en su vida diaria y que no son capaces de confesar por miedo a las consecuencias. Se trata de pequeños gestos que contienen en sí mismos un hálito de eternidad, llevados a cabo por anónimos hombres cuyo recuerdo resuena a lo largo de las épocas.

Uno de ellos es Michael Stuba, un estadounidense de 58 años que acaba de jubilarse de su trabajo como mando intermedio en la Comisión de Autopistas de Peaje de Pensilvania, de la que había formado parte durante los últimos 35 años, desde que entró como simple cobrador. Su momento de gloria llegó cuando sus superiores le pidieron, por favor, que les concediese una última y “sincera” entrevista final con el objetivo de mejorar. Lo que sucedió después no te sorprenderá.

No tenemos moral. Los jefes han perdido el contacto con el empleado medio, y tan solo miran por sí mismos

Dicho y hecho. Apenas faltaban unos minutos para que expirase su tiempo de servicio en la empresa de carreteras, y decidió cumplir con su última misión: decir la verdad con “honestidad brutal”. Así que rellenó el cuestionario y pensó que, ¡qué diablos!, en lugar de enviarlo a Recursos Humanos para que lo leyesen en diagonal y lo borrasen medio minuto después quizá al resto de sus compañeros y superiores también les gustaría conocerlo, así que decidió pulsar el botón de “responder a todos” y enviárselo a sus 2.000 compañeros. Y se ha lió una buena.

La verdad del mundo laboral

La historia de Stuban, aunque aparentemente anecdótica, ha sido recogida por gran cantidad de medios de la Costa Este de EEUU, desde los más locales como 'Philly' (una marca de 'The Inquirer') a otros con difusión internacional como 'The Washington Post'. Básicamente porque parece que hay multitud de trabajadores que se identifican con las airadas opiniones de Stuban sobre su trabajo.

Exit questionnaire
Exit questionnaire

¿Qué decía exactamente en la carta de despedida? En primer lugar, empezaba reconociendo que no quería jubilarse. Sin embargo, aunque “los primeros 30 años fueron maravillosos, los últimos cinco han sido terribles”. La lista de quejas es cuantiosa: “No tenemos ninguna moral. La PTC ha perdido el control, los jefes a nivel ejecutivo no tienen contacto con el empleado medio, y tan solo miran por sí mismos”, explicaba. “Todo es secreto de estado, no se pregunta a la gente que está sobre el terreno hasta que las decisiones están tomadas. Los empleados trabajan a ciegas”.

En resumen: “Durante los primeros 30 años me sentía parte de un equipo, los últimos años me he sentido como alguien ajeno, como si los que trabajamos en el terreno no importásemos”. Una queja, la escasa relación entre los trabajadores a nivel de calle y los mandos, cada vez más frecuente en el mundo laboral. “Creo que los niveles superiores de la gestión (ejecutivos) no se preocupan por nosotros ni nos aprecian. La sensación que tenemos es: haz lo que te decimos o búscate otro trabajo”.

Stuben recuerda haber recibido por error un correo de un inspector pidiendo trabajo para un conocido

También, la “estupidez” de intentar ocultar el nepotismo y el favoritismo: “Nos daban clases donde nos decían que no éramos políticos; eso es una gilipollez”, detallaba. “Los trabajos y los ascensos eran dados por los políticos, en función de quién eres, no de lo que sabes. Se crearon puestos para gente que no tiene ninguna cualificación. Se contrataba a la gente de la calle cuando tenemos personal preparado en plantilla”. Además, debían ser bastante torpes: Stuben recuerda haber recibido por error un correo de un inspector pidiendo trabajo para un conocido. El problema no es tanto que sea así (“yo también he sido parte del sistema”) como que, además, se intente fingir que esas cosas no ocurren a diario.

“Cuando me pidieron una entrevista honesta de salida, les di una”, ha explicado el célebre jubilado a 'Philly'. “Lo envié minutos antes de marcharme”. Se le puede reprochar no haberlo hecho antes, lo que probablemente habría mejorado el día a día de sus compañeros (y el suyo), pero desde luego ha creado un pequeño terremoto al exponer, de manera sincera, algunos de los defectos de la organización laboral moderna. “Contratan a gente que es tan tonta como esta piedra”, añadió.

No han entendido nada

Tan relevantes pueden ser las quejas en el tiempo de descuento de Stuban como la respuesta recibida por parte de sus compañeros y sus superiores. Un trabajador le dijo que si no estaba a gusto podía irse a la aerolínea Southwest, que estaban ofreciendo buenos sueldos. La respuesta más dura fue escrita –sorpresa ninguna– por el presidente de la compañía que, implícitamente, terminó por darle la razón a su antiguo empleado.

“No te conozco personalmente, pero me alegro de no haberlo hecho”, respondió el presidente

“Señor Stuban, creo que nunca nos hemos conocido en persona, y después de leer su Cuestionario de Salida, estoy agradecido de no haberlo hecho”, comenzaba la respuesta-a-todos enviada por Sean Logan, el presidente de la compañía que, para más inri, había sido senador por el Estado de Pensilvania. El ahora relajado y feliz Stuban considera que, vista la respuesta, su antiguo jefe no había entendido nada. “Si fuese una compañía eficiente y alguien te dijese que no tienes moral pero sí muchos problemas, puede que no tengas por qué creerme, pero quizá deberías investigar un poco”.

Otra cosa es que los cauces fuesen los adecuados, y su queja no haya terminado convirtiéndose simplemente en una pataleta que será rápidamente olvidada. El dueño de la compañía lamentaba que se trataba de una “forma equivocada” de comunicar sus problemas, y que si quería haber sido constructivo, había otros caminos para hacerlo. Lo cual plantea, claro, otra duda: ¿y si, en realidad, no hay otra manera? ¿Y si, en un momento de crisis sindical, automatización del trabajo, precariedad e insularización del empleado, no le quedase a este otra salida que, simplemente, quejarse cuando ya no le pueden despedir? A Stuban ya le da igual: él va a centrarse en el trabajo social de su iglesia y disfrutar de su momentánea fama.

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