LOS CHICOS BUENOS NO TOCAN ROCK’N’ROLL

Las razones por las que los gilipollas siempre llegan más lejos que tú en la vida

Todos nos hemos quejado en algún momento de que las personas más engreídas, egoístas y trepas lleguen tan lejos mientras los más amables tienen problemas. Pero somos parte de su complot
Foto: 'Sí, soy un gilipollas, pero también soy tu jefe'. (iStock)
'Sí, soy un gilipollas, pero también soy tu jefe'. (iStock)

Kiss up kick down es una de esas bellas expresiones inglesas que tan difícil resultan de traducir al castellano, al menos de forma tan certera. Sería algo así como “besando a los de arriba y pateando a los de abajo”, una locución que se utiliza con frecuencia para describir lo que ocurre en una organización cuando alguien halaga sin parar a sus superiores mientras abusa de los empleados a su cargo. Es, al mismo tiempo, una de las estrategias favoritas de los trepas para llegar a los escalafones más altos de la jerarquía. Pero, ¿es realmente útil?

Cada vez más investigaciones y libros intentan identificar si son los rasgos positivos o negativos los que llevan a una persona a convertirse en un líder, una discusión que en muchos casos se basa en las biografías de los grandes triunfadores. ¿Era Steve Jobs un cabrón con pintas o un exigente pero comprensivo superior? ¿Y Bill Gates? ¿Y Alejandro Magno? En un artículo publicado en The Atlantic, Jerry Useem intenta responder dicha pregunta a través de la bibliografía existente y entrevistas con sus autores. Y, aunque reconoce que no hay ningún modelo perfecto, llega a identificar con bastante acierto en qué casos comportarse como un malnacido resulta rentable.

Los hijos de puta, ¿nacen o se hacen?

Casi todos nos hemos quejado en algún momento de nuestras vidas de que las peores personas a las que conocemos suelen llegar muy lejos mientras que las más amables parecen tener problemas para prosperar. Que estemos todos de acuerdo en ello es paradójico, puesto que, si sabemos que es así, ¿por qué no hacemos nada para impedirlo? Pues porque según muestran las investigaciones realizadas por el profesor de la Universidad de Ámsterdam Gerben van Kleef, las personas más odiosas no sólo parecen más poderosas, sino que su comportamiento les ayuda a prosperar.

La violación de las normas sociales hace parecer a los hombres más poderosos

En un estudio publicado en el Journal of Experimental Social Psychology, Van Kleef demostró cómo los maleducados parecían personas más poderosas. En el experimento, dos hombres se sentaron en una cafetería; uno de ellos saludaba al camarero, pedía educadamente el plato y colocaba la carta en su sitio; el otro se sentaba con los pies encima de la mesa, trataba de manera despectiva al encargado del bar y arrojaba la carta de mala manera. Cuando los participantes en el estudio tuvieron que elegir entre uno y otro, seleccionaron al último: la violación de las normas sociales hace parecer a los hombres más poderosos, mientras que su contemplación parece cosa de pusilánimes.

Sí, cuéntame más, por favor. (Corbis)
Sí, cuéntame más, por favor. (Corbis)

Como recuerda el autor, el problema con la aptitud y la competencia es que son muy difíciles de demostrar en muchos entornos, especialmente en el profesional, donde el éxito o fracaso de una empresa depende de demasiados factores como para reducirlo a una única variante. Por eso nos fijamos en guías visuales y de comportamiento (si pone los pies en la mesa y fuma puros, debe ser alguien importante) o en explicaciones a posteriori (si es el presidente, por algo será). Según una investigación realizada por el psicólogo Cameron Anderson de la Universidad de Berkeley y publicada en el Journal of Personality and Social Psychology, las personas que aseguraban conocer geografía –aunque no fuese así– eran valoradas de forma más positiva por sus compañeros en cuanto a su conocimiento de la materia, aunque en realidad no tuviesen ni idea. “Cuando esa gente dice que tiene una puntuación de 95 cuando realmente es de 30, se lo creen”, señala la investigadora.

Ascendiendo en la pirámide social

El primer paso ya está dado. Muestra confianza en ti mismo, sé maleducado y la gente empezará a pensar que eres un tipo interesante. Es en ese momento cuando empiezas a escalar en la jerarquía. ¿De qué manera? Por una parte, a través del kiss up kick down del que ya hemos hablado, y que se desarrolla a través de unas reglas estrictas. En el instituto todos hemos visto cómo muchos chicos se metían con otros de su tamaño, pero raramente los más populares o los más pardillos lo hacían. Estaban cumpliendo las reglas no escritas de la agresión.

Lo que ocurre es que dichas agresiones se producen de forma local en la escalera social, lo cual quiere decir que uno sólo se enfrenta con aquel a quien puede superar o por quien puede ser superado, es decir, con aquellos con los que disputamos un puesto. Este enfrentamiento se produce con más frecuencia a medida que uno prospera… Hasta que llega al escalón superior y, de repente, puede “permitirse el lujo de ser agradable”, puesto que ya no necesita acabar con la reputación de nadie para ocupar su lugar. Es más, podría resultar contraproducente, ya que sólo los que temen por su posición atacan a los demás.

Los gilipollas se permiten determinadas licencias con los demás porque creen que se lo merecen

Esa pequeña ventaja se ha convertido, por lo tanto, en una herramienta de crecimiento social que ha permitido al capullo llegar a un nivel en el que nadie le va a poner en cuestión. “Una vez que la jerarquía emerge, la gente tiene a construir racionalizaciones sobre por qué los que mandan están ahí”, explica el autor. Una vez los poderosos se han instalado en su posición, el círculo se cierra y se comportan como se espera que se comporten, es decir, con un agresivo lenguaje verbal y siendo un poco condescendientes con los demás. Al mismo tiempo, empiezan a utilizar su derecho de decidir los destinos de los demás, dirigir las discusiones y buscar los aliados que más le convienen, que son los que les ayudan a perpetuar su estatus.

Narcisistas, psicópatas e incómodos chicos buenos

Ello no quiere decir que el mundo se divida entre buenos y malos, generosos y egoístas, triunfadores y fracasados. No es verdad que sólo los malos triunfen, sino más bien, que tanto para unos como para otros, la posibilidad de éxito tiene forma de U. Es decir, las buenas personas pueden llegar a lo más alto por sus cualidades personales, pero también a lo más bajo, porque son las más propensas a ser explotadas por los demás. Algo que también ocurre con los abusones, que o escalan rápidamente o pueden hundirse por su propio peso. Así pues, no sólo hace falta ser un cabrón, sino un cabrón con determinadas cualidades.

Aaron James, autor de Assholes: a Theory (es decir, "gilipollas: una teoría"), considera que los “gilipollas” del título de su libro reúnen tres cualidades que los diferencian de los psicópatas y que les permiten prosperar a pesar de su carácter: se permiten de forma sistemática determinadas ventajas sobre los demás; lo hacen porque creen que se lo merecen; y por esa razón les da igual lo que piensen los demás. Al contrario que los psicópatas, saben que los demás tienen derechos y sentimientos, pero les da igual. Un perfil muy cercano al de los narcisistas que, como sugiere en el artículo Donald Hambrick de la Universidad de Penn State, tienden a tomar más riesgos, lo que los convierten en los líderes más decisivos y preciados si la jugada les sale bien.

El periodista concluye el artículo con una nota de esperanza para aquellos que, como Adam Grant, autor del superventas Dar y recibir (Ediciones Gestión), creen que son los givers, los generosos, los que llegan más lejos. En la mayor parte de casos, los cabrones terminarán cayendo en su propia trampa, sobre todo en las siguientes situaciones: si no son capaces de repartir los beneficios con el resto de sus compañeros –el autor recuerda cómo la segunda venida de Steve Jobs a Apple estuvo marcada por un mejor trato a sus subordinados–; si tienen que tratar con las mismas personas una y otra vez; si no tienen carisma o si cometer un error imperdonable con el que pierdan toda su credibilidad.

“Aun así, hay al menos tres situaciones en las que un toque de gilipollez puede ser útil”, recuerda Useem. A saber: cuando tu trabajo te permite conocer a tanta gente distinta que tu reputación no queda dañada, puesto que no tienes que volver a tratar con los mismos una y otra vez; en los momentos en los que un grupo se ha formado, pero todavía no existe una jerarquía, como puede ser el primer día en clase o cuando una empresa comienza a crecer; y, por último, cuando el grupo atraviesa una crisis y se necesita a un líder rápido y seguro en sí mismo que sea capaz de sacarlo de la parálisis. El resto depositará su confianza en él y, si consigue hacer valer su aparente credibilidad, se encaramará a lo más alto y el círculo de la hijoputez se cerrará una vez más.

Alma, Corazón, Vida

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