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¿Por qué empezamos a mandar postales de nuestros viajes? El origen de la tradición
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Una curiosa costumbre turística

¿Por qué empezamos a mandar postales de nuestros viajes? El origen de la tradición

Se trata de la única carta cuyo mensaje es público y que no exige respuesta. Hoy repasamos la historia de esta popular forma de comunicación en España y cómo ha definido nuestra cultura

Foto: Fuente: iStock
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Las Ramblas, la Plaza Mayor de Madrid, la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, el Centro Niemeyer, la Torre del Oro o el Guggenheim de Bilbao. Estas son algunas de las localizaciones más típicas que muestran las tarjetas de visita españolas apostadas y acumuladas en los quioscos y tiendas de souvenirs. Parece que llevan toda la vida con nosotros pero su origen es relativamente reciente. Una de sus peculiaridades es que es la única carta cuyo contenido es completamente público: no viene metida dentro de un sobre por lo que está pensada para ser expuesta, restando así protagonismo a lo que escribimos en ellas en favor de la imagen. Y, por supuesto, es la perfecta representación de la industria turística, es decir, del hecho de viajar por puro placer, lo cual tampoco es una actividad tan moderna.

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¿En qué pensamos cuando enviamos a alguien una postal? ¿Qué queremos decirle? Muchos a lo mejor han olvidado hacerlo, aprovechando opciones más cómodas y rápidas, como por ejemplo un 'selfie'. Sin embargo, la industria de las postales en ningún momento de su historia ha sufrido ningún traspié. A pesar de los avances tecnológicos y las múltiples formas de manifestar que te acuerdas de alguien al ver algún sitio emblemático, su lugar en las tiendas de souvenirs está garantizado.

¿A quién envías postales?

"Si la foto virtual en una red social (Instagram, Pinterest, Facebook...) constituye la prueba del 'yo estuve aquí/allí', la postal sigue ejerciendo de recuerdo personalizado", asevera María del Carmen Rodríguez Rodríguez, profesora de Sociología en la Universidade da Coruña, en un interesante artículo publicado en el libro 'Sociología por todas partes' (Editorial Dykinson, (2016). "Mientras el destinatario de lo primero es una generalidad, muchas veces anónima y desconocida", pues volcamos la imagen a la red esperando que la puedan ver el mayor número de personas posible, "el del segundo es un individuo concreto, único, con el que se tiene una relación de cierta proximidad, que se conoce, por lo que la postal se convierte entonces en una prueba de ese vínculo, un reconocimiento de cierto afecto".

"Lo que debe escribirse se hará en el reverso e irá firmado por el remitente", explicaron las autoridades cuando fue autorizado su uso

¿Cuántas declaraciones de amor se habrán llevado a cabo a lo largo de la historia por tarjeta postal? Así, a la vista de todos, como una confesión desesperada que surge en mitad de un viaje a un país lejano. Antes de que algún inocente enamorado ya esté esperando recorrer el mundo para declararse, merece la pena reparar en la historia de las tarjetas postales en España, ya que como decíamos, su origen no es para nada reciente, y está unido al del turismo. Como explica Rodríguez, es un producto comercial que reúne en sí mismo dos intereses y actividades económicas concretas: la industria editorial, postal o papelera y la turística.

"La transmisión de correspondencia ha obtenido recientemente fuera de España una mejora que en general ha sido acogida de manera favorable. Tal es la creación de unas tarjetas postales que circulan con módico precio y que en su reverso puede el remitente consignar datos o noticias. La Dirección General de Comunicaciones ha opinado favorablemente por la creación en España de unas tarjetas postales que podrán circular por la mitad del precio señalado a las cartas". Con estas palabras bautizaba Práxedes Mateo Sagasta, Ministro español de la Gobernación, en mayo de 1871, una orden Real por la que autorizaba la circulación de estas estampas en todo el territorio español, admitiendo el éxito que habían tenido en otros países europeos y proponiendo como principal reclamo comercial su bajo precio.

placeholder La primera tarjeta postal de España. (Antonio Cotter Mauriz, 'Catálogo de enteros postales de España 1873-1973)
La primera tarjeta postal de España. (Antonio Cotter Mauriz, 'Catálogo de enteros postales de España 1873-1973)

En aquellos tiempos gobernaba Amadeo I de Saboya durante el Sexenio Democrático (1868-1874), justo antes de la declaración de la Primera República Española. Es precisamente en este período cuando se lanza la primera tarjeta postal de la historia, la cual todavía no estaba ilustrada. En ella, aparecía la inscripción del régimen, junto a un sello de cinco céntimos con la efigie de la República impreso en azul y negro en la cartulina. Además, tenía instrucciones, para que alguno no se perdiera a la hora de usar este nuevo invento: "Lo que debe escribirse se hará en el reverso e irá firmado por el remitente".

Un invento austríaco

Pero como decíamos, el verdadero origen era europeo. Concretamente, se le atribuye a Emmanuel Hermman, catedrático de Economía en la Academia Militar de Wiener Neustadt, en Austria, quien en 1869 convenció al Servicio de correos del Imperio Austrohúngaro para que comenzara a hacer circular pequeños trozos de papel sin sobre pero franqueados a los que llamó como "nuevo medio de correspondencia postal". Fue Adolf Maly, en aquellos años director de Correos y Telégrafos de Viena, quien autorizó y puso en circulación la primera tarjeta postal del mundo el 1 de octubre de ese mismo año.

Nada más comenzar el siglo XX, empieza a despuntar la afición coleccionista con las primeras asociaciones y exposiciones, sobre todo en Madrid y Barcelona

No fue hasta veinte años después cuando las tarjetas postales se empezaron a parecer a lo que son ahora: un reclamo turístico que muestra lo más representativo de un país. Fue en 1889, en la Exposición universal celebrada en París, cuando el periódico francés 'Le Figaro' edita varias de ellas con la emblemática Torre Eiffel a partir de grabados de L. Libonis, como explica el historiador Jean-Louis Guereña en su artículo 'Imagen y Memoria. La tarjeta postal a finales del siglo XIX y principios del siglo XX'. Por su parte, las primeras españolas ilustradas fueron madrileñas y "llevan matasellos de 1892", como repasa el historiador. Estas fueron impresas por la empresa Casa Hauser y Menet, llevando por título 'Recuerdo de Madrid', en la que se colocaron cuatro viñetas para representar la Plaza de Toros, la Carrera de San Jerónimo, la Puerta del Sol y la Calle Alcalá, sin duda cuatro de la ubicaciones más emblemáticas de la capital.

Curiosamente, fueron dos suizos asentados en Madrid los que pusieron en marcha la primera compañía de artes gráficas que se convertiría en la "editora de postales más importante de España". Óscar Hauser y Adolfo Menet se establecieron en la calle Ballesta y empezaron a producir estas postales por el método de la "fototipia". Sin embargo, no tuvieron mucho éxito. "En el año 1892 solo vendieron unas quinientas tarjetas ilustradas", asegura Francisco Carreras y Candi en su canónico libro 'Las tarjetas postales en España', publicado por primera vez nada menos que en 1902. Eso sí, vivieron un auge increíble: "Diez años más tarde, en 1902, "contaban con una colección de 1.300 tarjetas diferentes y una tirada que no bajaba de 500.000 mensuales".

placeholder 'Recuerdo de Madrid', una de las primeras postales de España. (Hauser y Menet, en 'Las tarjetas postales ilustradas de España circuladas en el siglo XX', de Martín Carrasco Marqués)
'Recuerdo de Madrid', una de las primeras postales de España. (Hauser y Menet, en 'Las tarjetas postales ilustradas de España circuladas en el siglo XX', de Martín Carrasco Marqués)

El 'boom' que vivieron en los próximos años fue impactante. Nada más comenzar el siglo XX, empieza a despuntar la afición coleccionista en España y las primeras asociaciones "cartófilas", además de exposiciones, sobre todo en Madrid y Barcelona. Un aspecto curioso a señalar es que, como reitera Guereña, muchas ciudades de interior poco pobladas o atractivas a los ojos de los primeros turistas extranjeros, como Soria o Ciudad Real, tardaron un tiempo en empezar a producirlas.

placeholder Embaladoras de sardinas en San Sebastián. ('Catálogo de las primeras tarjetas postales en España impresas por Hauser y Menet 1892-1905', 1992)
Embaladoras de sardinas en San Sebastián. ('Catálogo de las primeras tarjetas postales en España impresas por Hauser y Menet 1892-1905', 1992)

Como señala el historiador, a través de ellas podemos ver edificios que ya no están a raíz de que fueron destruidos por la Guerra Civil, al igual que actividades locales o de carácter folclórico de pueblos y gentes que ya no se realizan, poniendo el ejemplo del pamplonés Juego de las Bochas. Del mismo modo, en ocasiones nos desvelaban realidades laborales ahora obsoletas, como una fábrica de navajas en Albacete en 1902. Guereña también destaca aquellas que ilustraban el trabajo femenino, algo bastante llamativo para la época. Evidentemente, la mayoría de las tarjetas de postales de mujeres tenían un contenido erótico.

La Iglesia, principal agente detractor

Las tarjetas postales no recibieron el respaldo de toda la masa social del momento. Mientras que proliferaban por doquier empresas dedicadas a su producción en las principales ciudades, que no cesaron de intentar llevar a cada una de ellas lo que consideraban como "lo más típico" del país, también surgieron detractores. Entre ellos, los sectores más tradicionalistas y conservadores de la Iglesia, como se explica en 'Evocación, historia y tarjetas postales entre repúblicas (1869-1939)', de los académicos castellano-manchegos Esther Almarcha, Óscar Fernández, Isidro Sánchez y Rafael Villena.

"Esa Iglesia que venía monopolizando tradicionalmente la estampa religiosa para el control ideológico de la sociedad", aseguran, en clara referencia a las estampas cristianas que desde siempre se repartieron entre la población para "mantener la devoción", como "seguro contra las penas del purgatorio" o "de sermones". En especial, no veían con buenos ojos aquellas de contenido erótico o pornográfico, llegando a imponer demandas contra aquellos que distribuyeran este tipo de tarjetas.

Un "viaje a domicilio"

A modo de conclusión, cabe señalar el efecto sociológico, y tal vez psicológico, que produce el hecho de recibir una postal de algún conocido. "La postal no es un solo 'yo me acordé de ti', sino un 'yo estuve allí'", señala Rodríguez. Al igual que el souvenir, "atesora un recuerdo, una memoria del haber estado, captura un momento en el tiempo y lo rememora cada vez que se ve". Algo lógico, pero que en caso de ser el receptor y no el emisor, te convierte en protagonista del viaje. "Con su envío se pretende hacer al destinatario, de una forma vicaria e indirecta, partícipe de la experiencia viajera".

placeholder Una de las postales más antiguas de Costa Rica en 1898 (Fuente: Wikimedia)
Una de las postales más antiguas de Costa Rica en 1898 (Fuente: Wikimedia)

Se trata, en resumidas cuentas, de "un viaje a domicilio", como lo expresa por su parte Guareña. Por otro lado, es una forma de comunicación unidireccional, pues cuando enviamos una postal nunca esperamos respuesta, a diferencia de una carta o un mensaje. "Se envía, se regala y no espera directamente una contrapartida, una respuesta, aunque la contraprestación podría ser menos material y más vanidosa, orientándose a la afirmación jactanciosa del 'yo estuve allí y tú no'", observa Rodríguez. Por todo ello, si estás pensando en realizar un viaje a un lugar lejano ahora que la pandemia está llegando a su fin, no se te olvide enviar una de ellas a quien tengas en tus pensamientos una vez allí: tal vez con un poco de suerte puedas trasladar de manera mental todas las sensaciones que tuviste atravesando lugares desconocidos.

Las Ramblas, la Plaza Mayor de Madrid, la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, el Centro Niemeyer, la Torre del Oro o el Guggenheim de Bilbao. Estas son algunas de las localizaciones más típicas que muestran las tarjetas de visita españolas apostadas y acumuladas en los quioscos y tiendas de souvenirs. Parece que llevan toda la vida con nosotros pero su origen es relativamente reciente. Una de sus peculiaridades es que es la única carta cuyo contenido es completamente público: no viene metida dentro de un sobre por lo que está pensada para ser expuesta, restando así protagonismo a lo que escribimos en ellas en favor de la imagen. Y, por supuesto, es la perfecta representación de la industria turística, es decir, del hecho de viajar por puro placer, lo cual tampoco es una actividad tan moderna.

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