La mejor televisión... a la peor hora
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La mejor televisión... a la peor hora

Guillermo Giménez y Antoni Daimiel han convertido la NBA en un acontecimiento televisivo y antitelevisivo a la vez, con el poder de las imágenes y el ingenio de sus conversaciones

Foto: LeBron James, jugador de Los Angeles Lakers. (Kim Klement-USA TODAY Sports / Reuters)
LeBron James, jugador de Los Angeles Lakers. (Kim Klement-USA TODAY Sports / Reuters)

Puede que la mejor televisión posible se esté proponiendo en el peor horario imaginable. Y no por un sabotaje en propia meta, sino porque los partidos finales de la NBA, disponibles en Movistar, acostumbran a emitirse a las tres de la madrugada. Demasiado tarde para aguantar despierto. Demasiado pronto para levantarse. Ni siquiera las teletiendas, los tahúres y los nigromantes aceptan avenirse a una franja tan clandestina ni tan remota de la parrilla.

No se me ocurre mejor espectáculo televisivo, insisto, que la serie final entre los Lakers y los Heat. Por la categoría estética del acontecimiento y por la devoción que algunos profesamos a LeBron James. El jugador absoluto. El centro de gravedad de la NBA. Y el protagonista de una temporada —líder de asistencias— que le puede proporcionar la forja del cuarto anillo.

Foto: The Road Warriors, durante su época en la AWA. (AWA)

Son todas ellas buenas razones para instalarse en el duermevela de las tres, aunque la verdadera proeza televisiva —comunicativa— la emprenden Guillermo Giménez y Antoni Daimiel. No han podido desplazarse a la finalísima de Orlando por las restricciones sanitarias. Lo que sí han hecho es convertir los pasajes de relleno —tiempos muertos, descansos, obligaciones publicitarias de la liga americana de básket— en un acontecimiento propio, sin mayores recursos que la conversación, las afinidades y la erudición baloncestística. Es muy arriesgado oponer a un gran espectáculo televisivo —la NBA en plenitud— un formato tan poco televisivo como dos profesionales charlando en una mesa sin complejos generacionales ni tabúes puritanos.

Podrían resentirse del desamparo horario, de las limitaciones del estudio, de la duración de los programas —tres horas y media—. Pero ocurre que Giménez y Daimiel han convertido el entremés en una suerte de teatro mayor. Se trata de comunicar. Y de trasladar a la audiencia un modelo alternativo que nos sustrae al ritmo desesperante de las pausas. Daimiel y Giménez saben mucho de baloncesto. Informan. Aportan criterio, pero el mayor mérito de sus prestaciones de madrugada consiste en haber creado un entretenimiento propio independientemente de los contenidos ortodoxos.

Ni siquiera se requiere una afición militante al basket para disfrutarlo. Giménez y Daimiel trascienden los partidos. Y resuelven con ingenio, jerga propia y recursos profesionales un escenario endemoniado. Por la hora. Por la difusión de un canal cerrado. Y porque las interrupciones forzosas les constriñen a competir con las imágenes de un acontecimiento deportivo sublime: la final de la NBA.

El modelo se remonta al patriarcado de Andrés Montes y se ha consolidado más allá de Giménez y Daimiel, incluso. La segunda línea —Fran Fermoso y Ramón Fernández— es tan brillante como la primera. Y consolida la proeza de mantener la atención en un hábitat mediático a contracorriente. No ya por los madrugones, sino porque la cultura española —la europea— no tolera demasiado bien el ritmo sincopado de los espectáculos americanos. Demasiadas interrupciones. Excesivos parones. Giménez y Daimiel —Fernández y Fermoso— han transformado el tiempo muerto en el tiempo vivo, hasta el extremo de que estos fabulosos porteros de noche en el alambre ni siquiera necesitan el baloncesto para atraer a los espectadores. Terminará sucediendo que el relleno sean las imágenes de LeBron. Nos vemos a las tres.

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