En Wuhan ya organizan hasta macrofiestas y es sencillo entender por qué lo permiten
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No, no es una temeridad, aunque lo parezca

En Wuhan ya organizan hasta macrofiestas y es sencillo entender por qué lo permiten

El epicentro de la pandemia del coronavirus ha recuperado la normalidad con medidas mucho más estrictas que las aplicadas en España y en otras zonas de Europa

placeholder Foto: La macrofiesta celebrada en Wuhan. (Reuters)
La macrofiesta celebrada en Wuhan. (Reuters)

Por mucho que el Gobierno chino trate de instilar dudas sobre el origen de la pandemia del coronavirus, es evidente que todo apunta a Wuhan como epicentro de la crisis sanitaria provocada por el SARS-CoV-2. Allí se detectaron los primeros casos de la neumonía atípica que ahora tiene al mundo en vilo, y sus 11 millones de habitantes fueron los primeros en descubrir lo que es un confinamiento.

Por eso, es fácil entender que muchos en todo el mundo hayan sido incapaces de contener su sorpresa, e incluso su indignación, al ver las fotografías y los vídeos tomados durante una macrofiesta celebrada hace unos días en la capital de la provincia de Hubei: miles de personas, sin mascarilla ni distancia física, bailaron en una piscina al son de DJs y gogós.

Más difícil de entender es cómo se ha llegado hasta este punto y por qué esa fiesta no es, necesariamente, una muestra de irresponsabilidad. Para explicarlo, conviene señalar las grandes diferencias en las medidas decretadas por China y España.

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Wuhan fue confinada el 23 de enero, cuando el mundo todavía estaba convencido de que el coronavirus no era más que una simple gripe china, y poco después lo hizo el resto de la provincia. Casi 60 millones de habitantes fueron sometidos a una cuarentena estricta: el transporte público se detuvo por completo, solo los trabajadores más esenciales pudieron continuar con su actividad, y las autoridades acabaron prohibiendo salir de casa sin apenas excepciones. Nada de sacar a pasear al perro, hacer la compra o sacar la basura.

Se cortaron las carreteras e incluso se establecieron barricadas en urbanizaciones y calles para dar el alto a cualquiera que quisiera pasar. “El confinamiento fue en cuanto a comunidad, no individual”, comenta el arquitecto Vicente Guallart, que ha estudiado las diferencias de la cuarentena china para diseñar las viviendas de un barrio de la ciudad de Xiong’an. “Se organizaba la gente para reducir la exposición al exterior sin provocar desabastecimiento”, añade.

Y así fue. Al principio, una persona por familia podía salir una hora al día para avituallarse. Luego se determinó que las compras se harían ‘online’ o, en su defecto, por teléfono. Los mensajeros dejaban los alimentos en la puerta y los vecinos salían a cogerlos, reduciendo así el contacto. Además, las mascarillas fueron obligatorias desde que se confirmó la transmisión aérea, y en apenas un par de semanas se lanzaron las aplicaciones móviles de rastreo, como la 'app' RadarCovid, que España quiere implementar ahora y que en China aún son obligatorias para la población. De forma adicional, se realizaban controles de temperatura a todo el que podía salir.

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Foto: Reuters.

Mano dura continuada

Wuhan estuvo en esta situación 76 días. Reabrió cuando ya no registraba ni contagios nuevos ni mucho menos muertes por covid-19. “El objetivo, desde el principio, ha sido erradicar el virus. No contenerlo”, comentaba Sun Mingming, director ejecutivo de la División de Administración Médica de la Comisión de Sanidad de Shanghái. O sea, el Partido Comunista no quería aplanar la curva sino aplastarla. “Es posible que no lo logremos hasta que haya una vacuna, pero el hecho de intentarlo da más garantías de éxito que la contención”, añadió en una conversación con este periodista poco antes de que España decretase el estado de alarma.

Con esa intención, en marzo se decretó la cuarentena de todos los llegados del extranjero y, más adelante, de los que regresaban de zonas como Hubei, en las que se habían dado multitud de casos. Sin excepción. Ese confinamiento de 14 o 21 días se llevaba a cabo en un centro sanitario, en un hotel de cuya habitación no se podía salir o en el domicilio, en cuya puerta se colocaba un sensor de movimiento y una cámara de videovigilancia para confirmar que nadie salía o entraba.

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Imagen de Wuhan en abril. (Reuters)

Poco a poco, China fue retomando la actividad dejando Hubei aislada. Los test comenzaron a ser masivos y, poco después de la reapertura de Wuhan, sus 11 millones de habitantes protagonizaron la mayor campaña de pruebas realizada hasta ahora. Toda la población se hizo el test: los positivos, independientemente de que fuesen asintomáticos, fueron puestos en cuarentena. En España, como contraste, rastreadores que llaman a los infectados para ver si han desarrollado síntomas los han llegado a encontrar en la playa.

Desde que dio por concluida la primera ola, China ha decretado medidas similares a las de Wuhan en las ciudades que han sufrido rebrotes, por pequeños que hayan sido: desde la pequeña localidad fronteriza de Suifenhe hasta la capital, Pekín; desde la ciudad noroccidental de Urumqi, cercana a Kazajistán, hasta la capital de la provincia nororiental de Heilongjiang, Harbin, en la frontera con Rusia. Además de poner en cuarentena a los contagiados, todos sus contactos cercanos han quedado bajo observación. El pasaje de aviones y de trenes ha corrido la misma suerte cuando se ha detectado un infectado a bordo.

Así, este miércoles China registró solo 17 casos de covid-19. Pero lo más sorprendente es que todos fueron importados del extranjero. Ninguno de los 1.400 millones de chinos residentes en el país cayó enfermo el 19 de agosto, y solo uno dio positivo sin presentar síntomas. Lógicamente, está en cuarentena. Y no es que hayamos elegido el día con los mejores resultados: desde el pasado día 16, no ha enfermado nadie.

Macrofiestas sí, pero no descontroladas

“China ha sufrido mucho para batir al coronavirus. La economía de mi provincia ha quedado devastada, pero ahora podemos salir y reanudar la actividad con seguridad. En Occidente, veo que hay temor a las consecuencias económicas y políticas y por eso no se decretan las medidas que serían deseables. Pero, a largo plazo, eso va a ser más dañino”, avanza Liu Weifang, residente en Wuhan, que se asombra al saber que el uso de la mascarilla en España no ha sido obligatorio hasta hace unas semanas y que el rastreo de casos es bastante deficiente.

Liu no fue a la macrofiesta de la piscina, que se celebró con un aforo del 50% y en la que todos los asistentes tenían el código verde de la aplicación móvil, pero la aplaude porque es “uno de los primeros eventos para celebrar que estamos vivos”. Informado sobre las críticas que ha recibido, sobre todo entre grupos de conspiranoicos y de quienes acusan a China de haber extendido el coronavirus, siente que haya gente que se indigne ante la felicidad “de quienes tanto han sufrido” y espera que el resto del mundo “pueda disfrutar pronto de este tipo de actividades de ocio”.

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Foto: Reuters.

Sin duda, es difícil comparar China con España. Al fin y al cabo, el país al completo solo cerró durante un par de semanas tras el Año Nuevo Lunar, y luego apoyó a Hubei sin fisuras. Pero también es cierto que incluso la población de ciudades que no fueron confinadas se quedó en casa: en Shanghái, por ejemplo, el metro iba completamente vacío y la mayoría de los comercios permanecieron cerrados durante semanas. La gente teletrabajó durante meses.

En cualquier caso, quien señale que China es una dictadura y que por eso puede tomar medidas tan drásticas puede mirar a otros casos de éxito, como Taiwán o Corea del Sur. Aunque estos dos países democráticos no confinaron, destinaron multitud de recursos a operaciones de rastreo y a cuarentenas selectivas que han salvado sus economías. La Corea capitalista todavía sufre algunos rebrotes, en casos relacionados con actividades de ocio, pero nada comparado con la segunda ola de España. Eso sí, nadie pone en tela de juicio que haya que descargar una aplicación móvil que puede atentar contra su privacidad para combatir el coronavirus.

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