microbiología extrema

Así metí un virus soviético ilegalmente en España para salvar la vida de mi padre

La resistencia a los antibióticos es un problema dentro y fuera de nuestro país que, a veces, obliga a algunos pacientes a buscar soluciones en lugares tan remotos como Tiflis, Georgia

Foto: Viales con fagos (George Eliava Institute)
Viales con fagos (George Eliava Institute)

A veces el pasado llama a tu puerta, pero cuando eres un cirujano cardiovascular de cierto prestigio, ese pasado puede tener muy mal aspecto.

Por ejemplo, el de un hombre extranjero de 75 años al que operaste de un 'bypass' coronario en los años noventa y que un día de finales de abril aparece en tu consulta —situada en una localidad costera española— postrado con un dispositivo de asistencia ventricular que puedes ver, junto al corazón mismo, a través de un agujero del tamaño de una pelota de tenis en el tórax del paciente.

El agujero está horadado por una infección, contraída en Berlín tres años y medio antes, de 'Staphilococus aureus' resistente a la meticilina o MRSA, una superbacteria inmune a todos los cócteles de antibióticos que le fueron administrados desde entonces, y que provocaron a su vez severos problemas en el riñón y el hígado de este paciente, al que llamaremos Rick.

El agujero causado por la infección de MRSA en el tórax deja ver la asistencia ventricular (Cedida)
El agujero causado por la infección de MRSA en el tórax deja ver la asistencia ventricular (Cedida)

El cirujano, al que llamaremos doctor Álvarez, ha accedido a contar a El Confidencial esta historia a cambio de modificar su nombre y el de su paciente, así como la ubicación de la clínica privada donde suceden los hechos. A cambio del anonimato, el médico promete ser prolijo en su narración de los hechos.

Debido a su diabetes y a tener más de 65 años, el trasplante de corazón le fue denegado y tuvo que conformarse con el asistente ventricular. "Es un aparato que chupa la sangre del corazón y la manda a la aorta con una máquina rotativa que produce un flujo continuo", explica Álvarez.

Un dispositivo de asistencia ventricular.
Un dispositivo de asistencia ventricular.

Este dispositivo está unido a un cinturón de baterías por un cable de alimentación que atraviesa la piel. Al infectarse este cable, el agujerito que atravesaba la epidermis de Rick acabó convirtiéndose en una mina de superbacterias a cielo abierto.

La misteriosa terapia

En primavera de este año, y estando Rick ingresado en Berlín, el cirujano recibió una llamada de la familia advirtiendo de su llegada a España.

"Siempre es un misterio para mí cómo este hombre logra viajar en avión en esas condiciones: acostado, con el cinturón de baterías... cuando llegó aquí era un cadáver, estaba inconsciente, era todo desastroso", dice Álvarez.

Sea como fuera, allí estaba Rick, para quien el tiempo se agotaba rápidamente. Al poco de llegar a la clínica, su hijo propuso al cirujano emplear con su padre una terapia experimental que podría resultar eficaz.

"¿Fagos?"

Era la primera vez que el cirujano oía hablar de ellos. Su sorpresa fue a más cuando el hijo explicó que existía un centro de investigación especializado en terapia fágica en Tiflis, capital de la antigua república soviética de Georgia. Poco después, él y su madre desaparecieron, dejando a Rick hospitalizado en la clínica.

Antibiótico soviético olvidado

Entre tanto, el médico aprovechó para informarse un poco más sobre el tema en Google.

Los virus bacteriófagos, o fagos, fueron descubiertos en 1917 por el franco-canadiense Félix d'Herelle, que incluso con dudas sobre su naturaleza, logró aislarlos para curar de disentería a un paciente dos años después. Un día de 1926, un joven microbiólogo georgiano llamado George Eliava apareció en el Instituto Pasteur de París para aprender con d'Herelle sobre esta nueva terapia. Años más tarde ambos se volverían a unir en el centro de investigación que Eliava fundó en Tiflis aunque su colaboración no duró mucho, ya que Eliava fue declarado enemigo del pueblo y fusilado en 1937.

Eliava (izq) y D'Herelle (centro) en Tiflis (Instituto Pasteur)
Eliava (izq) y D'Herelle (centro) en Tiflis (Instituto Pasteur)

Mientras los soviéticos se entretenían con estos virus, en Inglaterra Alexander Fleming descubría la penicilina y declaraba inaugurada la edad de oro de los antibióticos. A los ojos de la medicina occidental, los bacteriófagos quedaron rápidamente desplazados tras el telón de acero. El instituto de Eliava quedó bajo control de Stalin, que lo empleó como un lazareto donde enfermos de todos los rincones de la URSS acudían a darse ungüentos o enjuagues hechos con fagos.

Uno de los pocos laboratorios en España donde hoy se está investigando con fagos es el de Francis Mojica, conocido por ser el descubridor del sistema de corta-pega genético CRISPR-Cas y el más firme candidato español al próximo Nobel. Uno de sus colaboradores en la Universidad de Alicante, Jesús García, explica que la de los fagos "es una historia en la que se mezclan la ciencia y la geopolítica: en los países del Este, principalmente en Georgia pero también en Rusia o Polonia, ha seguido el interés en investigarlos", expone este microbiólogo, cuyo grupo participa en una investigación millonaria de la UE para estudiar el uso de fagos en agricultura y reducir así el uso de antibióticos en la alimentación de los cerdos.

Su trabajo con los fagos está en una fase que García considera, eufemísticamente, "muy poco sexy". Están visitando granjas de la zona y recogiendo muestras de cerdos con diarrea. Este hecho indica que los animales sufren una infección de 'Escherichia coli' enterotoxigénica, por lo que los investigadores pueden aislar en estas heces los fagos adecuados que, en un futuro, podrían servir para tratar la infección.

"Nosotros empezamos a formar parte de este proyecto, no por nuestra experiencia en bacteriófagos como tal, sino en los sistemas CRISPR-Cas, que como se sabe, son sistemas que las bacterias utilizan para defenderse frente al ataque de fagos", explica García. "Las cepas que poseen sistemas CRISPR-Cas están mejor protegidas ante una eventual terapia fágica que se dirija contra ellas".

El regreso del hijo

Cuando, días más tarde, el hijo apareció en la clínica con una nevera llena de viales conteniendo un líquido transparente, Álvarez supo exactamente dónde había estado. Se había marchado en avión a Georgia y había vuelto en coche para introducir en el país todas aquellas dosis de fagos. Mantuvieron el siguiente diálogo:

"Mire, yo le voy a limpiar la herida y tratar de curarla, pero esto de los fagos...", dijo el cirujano.

"¿Pero cómo nos dice usted que no va a usarlos, con el viaje que hemos hecho y el dinero que nos ha costado?", le respondió el hijo.

En España, la única forma de usar tratamientos experimentales sobre un paciente es mediante el llamado uso compasivo. Cuando ningún remedio funciona, el caso es extremo y el enfermo acepta, la ley aquí permite tirar de tratamientos no aprobados por la Agencia Española del Medicamento. A eso se acogieron y quizá fue la razón última de que acabaran dirigiendo sus pasos a España.

Si ningún remedio funciona y el enfermo acepta, la ley permite tirar de tratamientos no aprobados por la Agencia Española del Medicamento

"Si le digo la verdad, no sé muy bien cómo funcionaba porque los médicos hemos querido mostrarnos un poco alejados para evitar responsabilidades", confiesa el cirujano. "A mí los familiares me dijeron que querían que le diera eso a un enfermo que no tenía otra salida, pues yo se lo doy, como si te dicen que le pongas un poco de agua de Lourdes en la mesilla de noche...".

Los viales venían con un protocolo, dictado en Georgia, que el hijo y la mujer de Rick conocían ya de memoria. Así, comenzaron a empapar una esponja en aquel líquido y aplicársela en el agujero del tórax. Cada vez que le practicaban una cura, tenían que anestesiarle porque el corazón estaba a la vista. Paralelamente, el paciente ingería un vial de fagos cada mañana. Así estuvieron unos veinte días.

Todo empieza en París

Durante una época, el hijo de Rick solía trabajar en Londres, donde tenía una empresa de importación de productos de Europa del Este. "Solía importar comida de Georgia, por lo que tenía bastantes conexiones allí", cuenta. "No me sorprendió que la Unión Soviética tuviera una terapia que Occidente no tuviera o de la que no supiera nada".

El cartel del centenario de la investigación con fagos, organizado conjuntamente por el Instituto Pasteur y el George Eliava.
El cartel del centenario de la investigación con fagos, organizado conjuntamente por el Instituto Pasteur y el George Eliava.

En abril de este año, y con su padre al borde del colapso, el hijo de Rick se presentó en el Instituto Pasteur de París para asistir a un congreso organizado con motivo del centenario de los fagos. Sabía que asistirían científicos georgianos y llevó con él una muestra, que le habían facilitado en Alemania, de la superbacteria que estaba matando a su padre. "Me encontré con ellos en París, les di las muestras, se las llevaron de vuelta a Georgia y descubrieron qué fagos eran más efectivos contra su infección bacteriana", explica a cambio de su anonimato, "entonces fui a Tiflis y traje los fagos de vuelta a España".

Por suerte para Rick, era un fago que ya tenían. "Suelen tener preparaciones para bacterias como la 'Escherichia coli' o el 'Staphilococcus aureus' así que no les llevó demasiado tiempo", confiesa. "Si no tienen el fago y tienen que hacerlo a medida puede llevarles hasta un mes aislarlo y crear una preparación con él".

¿En qué consistía ese líquido transparente que el cirujano vio dentro de los viales? El método, 'grosso modo', es el siguiente: se toma una solución y se satura con las bacterias para las que se desea un antídoto. En ese momento, el líquido tiene un color oscuro, pero una vez introducidos los fagos, éstos van eliminando poco a poco a todas las bacterias hasta que el envase queda transparente. Una vez hecho eso, filtran el caldo resultante y llenan con él los viales.

Mark van Raaij investiga en el Centro Nacional de Biotecnología la estructura de los fagos y cómo logran aniquilar a las bacterias. "El fago no entra entero, sino que reconoce la membrana de la bacteria y la atraviesa con su cola", explica Van Raaij, "es decir, lo único que entra en la bacteria es el ADN del fago, que luego usa los propios sistemas que la bacteria usa para hacer proteínas para hacer proteínas de fago: se apropia de su metabolismo para replicarse". Así, cuando los mezclas a ambos en un botecito de cristal, el virus siempre acaba venciendo sobre la bacteria y reproduciéndose sin parar a su costa.

Bacteriófagos insertando la cola a través de la membrana de una bacteria de E. coli
Bacteriófagos insertando la cola a través de la membrana de una bacteria de E. coli

En el CNB, como en cualquier otro centro de los que integran la red de investigación FAGOMA en España, solo hacen investigación básica y nunca han trasladado los conocimientos sobre fagos a la práctica médica.

Varios días después, en la clínica privada

Siguiendo los preceptos georgianos, el doctor Álvarez estuvo unos veinte días aplicando fagos a la herida de Rick, que seguía bebiéndose un vial diario religiosamente. El primer cambio lo notaron en la primera semana, cuando las úlceras por decúbito (llagas en la parte baja de la espalda debidas a mantener la misma postura durante meses) comenzaron a curarse.

Para el hijo del paciente, era una señal de que los fagos estaban funcionando. El cirujano no estaba tan seguro, pero su desconfianza en el método fue decayendo con el paso de los días. "Cuando pasaron ocho o diez curas hicimos un análisis y vimos que el cultivo daba negativo en MRSA, aquello tenía buen aspecto", explica Álvarez. "En aquel momento decidimos cerrar la herida: cogimos el músculo pectoral, lo estiramos haciendo un 'flap' y conseguimos cerrarlo: en aquel momento no estábamos muy convencido de que eso fuera a funcionar, no me habría extrañado nada encontrarme a los cuatro días que aquello hubiera empezado a echar pus".

Dos empleadas del Instituto George Eliava fabricando fagos.
Dos empleadas del Instituto George Eliava fabricando fagos.

Pero no lo hizo. Y hubo algo más. El cirujano, cuya trayectoria se extiende a unas cuantas décadas, nunca antes había visto cerrar una herida sin tener que sustituir la pieza infectada. Ponía como ejemplo al rey Don Juan Carlos, que tras contraer en 2013 una infección de 'Staphyloccus hominis' en la prótesis de su cadera, tuvo que someterse a otra intervención para reemplazarla.

En este caso, el cable que originó la infección sigue dentro del cuerpo de Rick, que a día de hoy sigue hospitalizado en esta clínica costera recuperándose de las secuelas de estos últimos tres años y medio. "Está ingresado porque tiene una cirrosis hepática que nos obliga a sacarle cada cierto tiempo líquido de la tripa", aclara Álvarez.

¿Un caso único o el futuro de los antibióticos?

Además de este caso de cura con terapia fágica, solo existe uno descrito en la literatura médica occidental, es de finales de 2015 y apareció en una revista científica el pasado mes de agosto. Tom Patterson, un estadounidense de 68 años, había entrado en coma tras cuatro meses de infección. La causante en este caso era una cepa de 'Acinetobacter baumannii' resistente a los antibióticos. Como nada funcionaba, los médicos de la Escuela de Medicina de la Universidad de California emplearon una terapia experimental con fagos que funcionó a la perfección.

Patterson, en coma antes de recibir la terapia de fagos (UCSD)
Patterson, en coma antes de recibir la terapia de fagos (UCSD)

Se preguntarán en qué lugar queda la medicina occidental cuando solo un remedio sovietico con cien años de edad parece ser la respuesta a la crisis de resistencia antibiótica.

El viejo problema de transportar virus

Tras estudiar medicina en Estados Unidos, Naomi Sulinger-Hoyle viajó a Georgia por placer. Solo iban a ser dos semanas pero ya lleva viviendo allí veinte años. Actualmente trabaja en el George Eliava Phage Therapy Center, un organismo asociado al instituto que se encarga de facilitar a gente como nuestro paciente estrella, o Tom Patterson, los fagos necesarios para tratarse.

"Mi trabajo consiste en coordinar a los pacientes", explica la médico por teléfono desde Tiflis. "Nos centramos en pacientes extranjeros, habitualmente nos encuentran tras buscar 'resistencia antibiótica' en internet".

Sulinger-Hoyle añade que, además de en Georgia, la terapia fágica "también está disponible en Polonia, Rusia y en un hospital militar belga". ¿Por qué no ha llegado entonces al resto de Europa o a Estados Unidos, con los problemas que llevan generando las superbacterias durante años? "Sé que la FDA estadounidense está trabajando en terapia fágica, pero los estándares científicos no son los mismos que aquí, allí hacen por ejemplo ensayos clínicos con doble ciego, que son muy caros", dice. "Para mí es uno de los mayores obstáculos para que la terapia fágica se generalice en la práctica clínica". El otro, dice la estadounidense, no son los efectos secundarios, que apenas existen, sino la logística.

Es maravilloso cuando tenemos uno de esos casos 'milagrosos' pero la terapia con fagos no es 100% en cualquier caso

"Es maravilloso cuando tenemos uno de esos casos 'milagrosos' en los que se logra curar una infección después de años y años", dice Sulinger-Hoyle, "pero la terapia con fagos no es 100% efectiva en cualquier caso".

A los ojos de la medicina occidental, existen aún razones para desconfiar. "Hay algunos fagos que, en su pequeño genoma, codifican a veces toxinas de manera que cuando infectan a una bacteria le confieren la posibilidad de convertirse en bacteria patógena", explica García. "El caso más conocido es la cepa O157:H7 de 'Escherichia coli', también conocida como 'la bacteria de las hamburguesas', que hace 20 años sembró el pánico".

La ciencia avanza a pasos lentos, a veces demasiado para la urgencia de quienes ven a un familiar consumirse por una infección intratable. Así, mientras la clínica donde Rick permanece ingresado trata de lograr la autorización de la AEMPS para el uso compasivo de los fagos, en diversos países (también España) están surgiendo empresas que organizan viajes a la propia Georgia para ser tratados. Enviar a otro país una caja de antibióticos, o incluso a un enfermo por superbacterias, sigue siendo más sencillo que enviar una caja de viales de cristal rellenos de virus.

Ciencia

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