recibió el premio en 1978

El nobel que 'juega' con los genes: "Estoy en contra de crear humanos superiores"

El responsable del descubrimiento que dio el empujón definitivo a la ingeniería genética está preocupado: "Estamos haciendo cosas sin entender las consecuencias"

Foto: Hamilton Smith recibió en 1978 el premio Nobel de Medicina por su trabajo sobre las enzimas de restricción (Fuente: cortesía de Hamilton Smith)
Hamilton Smith recibió en 1978 el premio Nobel de Medicina por su trabajo sobre las enzimas de restricción (Fuente: cortesía de Hamilton Smith)

Entre el 24 y el 26 de mayo de 1993 se celebró en Bilbao un congreso científico para discutir las implicaciones legales y éticas del Proyecto Genoma Humano. Al evento, una iniciativa de la Fundación BBVA, acudieron cuatro premios Nobel, entre los que se encontraba el investigador Hamilton Smith. También asistió el biólogo y empresario John Craig Venter, que algunos años después iniciaría su propia cruzada para secuenciar el genoma humano de forma independiente y privada.

Los dos expertos coincidieron en una de las cenas que se organizaron durante aquellos días. “Nos caímos muy bien”, asegura Smith a Teknautas. Después de la comida, de camino al hotel, “me preguntó si estaba interesado en unirme al consejo de asesores científicos de su nuevo instituto [el Instituto para la Investigación del Genoma] en Gaithersburg. Le dije que iría a echar un vistazo”, cuenta este experto en biología molecular que ha formado parte del equipo de Venter desde 1998.

Hoy, a sus 85 años, el científico estadounidense, responsable de un descubrimiento que dio el empujón definitivo a la ingeniería genética, expresa sus recelos sobre algunas de las aplicaciones potenciales de la edición del genoma. “Estoy un poco preocupado porque estamos haciendo cosas sin entender las consecuencias”, asegura.

Smith recibió el premio Nobel de Medicina en 1978, junto con el suizo Werner Arber y su por entonces colega de la Universidad John Hopkins Daniel Nathans, por sus trabajos sobre las enzimas de restricción tipo II. Aunque Arber predijo por primera vez la existencia de estas proteínas que cortan el ADN en sitios muy concretos, Smith fue el primero en observarlas en acción en el laboratorio a finales de los 60. Una vez se las mostró al mundo, otros comenzaron a utilizarlas para editar el genoma.

Paul Berg, un biólogo de la Universidad de Standford, empleó en 1972 las enzimas de restricción para crear en el laboratorio un pedazo de ADN con genes de dos virus diferentes. Y con la difusión de la técnica, llegaron las aplicaciones comerciales. Una de las primeras empresas dedicadas a explotar su potencial biotecnológico fue Genentech, fundada en 1976. El equipo científico de la compañía utilizó las enzimas de restricción para crear bacterias de la especie ‘E. coli’ portadoras del gen responsable de producir insulina en humanos.

Smith empezó a colaborar Venter en 1993 en la secuenciación del genoma de la batería ‘H. Influenzae’ (Fuente: cortesía de Hamilton Smith)
Smith empezó a colaborar Venter en 1993 en la secuenciación del genoma de la batería ‘H. Influenzae’ (Fuente: cortesía de Hamilton Smith)

El hallazgo de Smith supuso un hito en la investigación y aplicación práctica de la ingeniería genética. “Las enzimas de restricción tipo II forman parte del arsenal de herramientas moleculares de cualquier laboratorio”, indica Gemma Marfany, experta en genética de la Universidad de Barcelona.

Sin embargo, las tijeras químicas descubiertas por Smith y el resto de laureados no se emplean para cortar el ADN de células vivas u organismos. Aquí se usa otra herramienta molecular, la técnica CRISPR, basada en la utilización de la enzima Cas 9 para partir las cadenas de genes. Aunque pertenece a la misma clase que las de restricción (ambas son endonucleasas), la Cas 9 es programable, es decir, se le puede especificar el sitio en el que debe hacer el corte.

El estudio de estas cuchillas dirigidas “también comenzó a principios de los 90, pero no se conoció su verdadera importancia hasta la primera década del 2000”, explica Smith. CRISPR llegó un poco más tarde. La herramienta fue desarrollada en 2012 por un equipo de investigadores de la Universidad de California, en Berkeley.

Desde entonces la técnica se ha perfeccionado tanto que se plantea su aplicación para editar las células germinales humanas (aquellas que dan lugar a óvulos y espermatozoides) y embriones, una cuestión que ha despertado un intenso debate ético. Si estas células se alteran genéticamente, los cambios se transmiten a las siguientes generaciones.

Aún no estamos listos

“Me preocupa la edición de la línea germinal humana, porque no sabemos lo suficiente todavía”, advierte Smith. “Quizá en 50 o 100 años...” El experto en genética molecular se muestra partidario de modificar embriones humanos “siempre que se trate únicamente de células somáticas”, esto es, aquellas que formarán los tejidos del organismo y con cuya muerte se extinguiría cualquier cambio genético introducido artificialmente. “Los efectos se limitan a una persona”, aclara el investigador.

Por eso Smith está a favor de modificar el ADN de las células somáticas para “corregir enfermedades genéticas en individuos”. Este es el fundamento de las terapias génicas, como las que desarrollan en la empresa estadounidense Sangamo Therapeutics, enfocadas a combatir enfermedades infecciosas como el sida o genéticas, con alteraciones destinadas a desaparecer.

Sergio Ferrer
Sin embargo, el científico tampoco encuentra aconsejable, con el conocimiento del que se dispone actualmente, “eliminar una enfermedad genética a nivel global alterando la línea germinal, porque no sabemos sus consecuencias a largo plazo”. Pone como ejemplo la erradicación de algún trastorno mental: “Podría ocasionar una pérdida de creatividad permanente en la población”, sostiene.

En cuanto a la clonación de animales, un área de investigación que ha perdido popularidad en los últimos años, Smith no cree que tenga ya mucho sentido científico. “Supongo que la clonación humana es posible, pero no creo que aprendiéramos mucho más de lo que ya sabemos”, dice. “Ya lo hemos hecho en una oveja. Ya hemos extraído su valor para la ciencia”.

Durante los últimos años, el trabajo de este experto se han centrado en la biología sintética. Ha participado, junto con el resto del equipo del Instituto Venter, en la creación de la primera célula artificial y la síntesis de una bacteria con la mínima cantidad de información genética posible, un logro que alcanzaron el año pasado.

“Las células son las unidades fundamentales de la vida”, nos recuerda Smith. “Los mecanismos que les permiten hacer sus funciones y reproducirse están determinados por una serie de genes que son necesarios y suficientes para la vida”, pero todavía no conocemos cuáles son estas piezas de ADN básicas. “Una célula mínima es a la biología como el átomo de hidrógeno a la física”, señala el investigador. “Una vez entendamos el funcionamiento de la célula más simple, podremos empezar a comprender versiones más complejas”. Y a fabricarlas desde cero.

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