¿Quién tiene tanta imaginación

'Chemtrails', wififobia, antivacunas... El origen de los bulos pseudocientíficos

Desde complejas conspiraciones secretas hasta estrambóticos procesos supuestamente científicos. Si algo no se puede achacar a la pseudociencia es la falta de imaginación

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Conspiraciones para envenenarnos desde el cielo o terapias basadas en diluir un principio activo hasta casi hacerlo desaparecer. Si algo no puede reprocharse a muchas ideas pseudocientíficas que estamos acostumbrados a oír es la falta de imaginación. Muchas incluyen supuestos razonamientos científicos estrambóticos, otras resultan sorprendentes por lo inesperado y otras simplemente es imposible deducir de dónde ha salido esa idea. Como conocer el origen de una doctrina o concepto es un paso más para entenderlo mejor, estas son las raíces históricas de algunas de esas teorías.

1. Los 'chemtrails'

Reciben el nombre de 'contrails' o 'chemtrails', según quién hable de ellos, aunque son el mismo fenómeno: las estelas nubosas que aparecen en el cielo cuando pasa un avión y el vapor de agua que expulsa el avión se congela en diminutos cristales de hielo. El matiz que aportan ambas palabras sin embargo es importante: 'contrails' se refiere a que son estelas de condensación, mientras que 'chemtrails' se utiliza para señalar su supuesta composición química, ideada según algunos grupos con todo tipo de intereses perversos, desde enfermar a la población o controlar su comportamiento hasta controlar el clima o contaminar el suelo. 

El término 'chemtrails' fue utilizado por primera vez en 1999 por William Thomas, un periodista estadounidense que desde entonces ha escrito varios libros autopublicados a través de internet en los que recoge todas las pruebas que dice haber encontrado de que existe una conspiración a gran escala para fumigarnos con sustancias químicas o bacteriológicas.

A partir de entonces, la teoría de la fumigación de productos químicos o bacteriológicos con intenciones oscuras se ha ido extendiendo por el mundo a través de la red, incluida España, donde existen observadores muy activos que recopilan supuestas evidencias de esas actividades para publicarlas y debatirlas como pruebas.

2. Las vacunas y el autismo

En 1998, el médico de origen canadiense Andrew Wakefield publicaba en la prestigiosa revista científica 'The Lancet' un artículo en el que relacionaba la vacuna de la triple vírica (sarampión, parotiditis y rubeola) con un aumento en el riesgo de padecer autismo, así como problemas gastrointestinales. El estudio tuvo muchísimo eco en los medios de comunicación, y eso hizo aparecer y tomar fuerza a muchos grupos antivacunas en todo el mundo. 

Wakefield se convirtió en portavoz de esta idea, y llevó a cabo una activa campaña de concienciación. Muchos padres dejaron de vacunar a sus hijos por miedo a que la vacuna les causase más daños que beneficios, y como resultado comenzaron a aparecer casos de enfermedades infecciosas que estaban controladas hasta ese momento, al menos en los países desarrollados: sarampión, paperas, tosferina, difteria...

Estudios posteriores demostraron que la investigación de Wakefield había sido manipulada: engañó a los padres, hizo pruebas inconvenientes a los niños, fabricó los resultados y ocultó un conflicto de intereses económico (había sido contratado por un abogado que contactaba con padres de niños autistas para demandar al fabricante de la vacuna). 'The Lancet' se retractó del artículo publicado y Wakefield perdió su licencia para ejercer la medicina en el Reino Unido, donde vive, aunque él sigue defendiendo la validez de sus resultados. El problema es que el daño está hecho: la asociación entre vacunas y autismo sigue circulando con fuerza entre los grupos antivacunas, aunque su solidez científica ha sido desmentida.

3. Las ondas del wifi son malas para la salud

El miedo al wifi es la última manifestación de una preocupación por los efectos de los campos electromagnéticos que no es nueva. Luis Alfonso Gámez, periodista y divulgador científico, cuenta que el origen de esta idea se remonta a los años 70. “Como todas estas cosas, el bulo comenzó en Estados Unidos”. En 1976, el periodista Paul Brodeur publicaba un artículo en 'The New Yorker' en el que alertaba de los riesgos del uso del microondas y unos años después, en 1989, publicó varias piezas en las que vinculaba el cáncer y las líneas de alta tensión (algo, recordamos, de lo que no hay evidencias científicas).

La cadena británica tuvo que reconocer que no hay pruebas sobre la exposición a largo plazo a las conexiones wifi

En 1993, en el programa de Larry King, el asunto tomaba una nueva dimensión con la intervención de David Raynard, un hombre que aseguraba que la radiación del móvil había originado o acelerado la aparición de un tumor cerebral a su mujer. Raynard aseguraba que el tumor tenía la forma y el tamaño que recordaban a los del teléfono, y por ello había denunciado al fabricante, NEC, ante la justicia. El caso quedó zanjado cuando el tribunal expresó su empatía por Raynard y su necesidad de encontrar un culpable para la enfermedad de su mujer, pero dictaminó que "la incertidumbre de la evidencia y lo especulativo de la hipótesis científica" hacían imposible desligar causa y coincidencia.

Pero si el tema cogió impulso fue un tiempo después a causa de un documental de la BBC. Emitido el 21 de mayo de 2007, en él se alertaba del peligro que suponían las señales wifi para los escolares británicos. La emisión despertó cierta polémica: numerosas voces científicas protestaron contra lo que consideraron una información tendenciosa hasta que la cadena británica tuvo que reconocer que “no hay pruebas sobre la exposición a largo plazo a las conexiones wifi”. 

Han pasado casi 40 años desde que se postuló esta teoría y los estudios realizados por diversos organismos no han podido encontrar evidencias de esos efectos. Se trata de un fenómeno en el que se mezclan la tecnofobia y la desinformación, aderezadas por una difusión de casos no contrastados en los medios de comunicación.

4. La homeopatía

Samuel Hahnemann, médico alemán que vivió en el siglo XVIII fue el primero que postuló la doctrina de la homeopatía, un sistema de medicina alternativa en que "lo similar cura lo similar". Hahnemann creía que las causas subyacentes de una enfermedad eran las miasmas, y que los remedios homeopáticos actuaban sobre ellos. Estos eran preparados diluyendo sucesivamente la sustancia elegida en alcohol o agua destilada, y después dándole un enérgico golpe contra un cuerpo elástico. 

Este método se hizo popular durante el siglo XIX, entre otras cosas porque usaba técnicas mucho menos aterradoras que las sangrías y las purgas que practicaban los fisiólogos por entonces, que eran inefectivas y además peligrosas. En comparación, aunque la homeopatía no ha podido demostrar su eficacia, los homeópatas obtenían mejores resultados, ya que en muchos casos tampoco causaban ningún daño, así que los que la usaban tenían menos probabilidad de morir a causa del tratamiento. 

Sin embargo, también fue criticada desde sus inicios. Sir John Forbes, médico de la Reina Victoria, dijo en 1843 que las dosis de principios activos en la homeopatía eran tan pequeñas que eran "un atentado contra la razón humana". James Young Simpson, médico escocés conocido por el descubrimiento de las propiedades anestésicas del cloroformo, firma una cita que resume la principal crítica científica a la homeopatía: "Ningún veneno, sin importar si es fuerte o poderoso, en su milmillonésima o quintillonésima podría afectar en ningún grado al hombre o dañar a una mosca". 

En el siglo XX hubo varios momentos en que aumentó el interés por la homeopatía. Fue una disciplina muy estudiada por los científicos nazis, que promulgaban la naturaleza como fuente de salud. Pero fue a partir de la segunda mitad de los 70 cuando resurgió y las ventas de las compañías homeopáticas comenzaron a aumentar, asociadas al movimiento 'hippy' y 'new age', y continuó durante las décadas siguientes con el aumento de la quimiofobia y la preferencia de los 'productos naturales' frente a los 'medicamentos' que se ha instalado en una parte de la sociedad.

5. Reiki

Según los practicantes del reiki, una práctica pseudocientífica que usa la imposición de manos como medicina alternativa, este es un sistema de armonización natural que utiliza la "energía vital universal" para tratar enfermedades y desequilibrios físicos, mentales y emocionales. La primera referencia al reiki es de 1922, de la mano de Mikao Usui, un monje japonés que afirmó haberla descubierto tras alcanzar el estado máximo de iluminación durante un retiro espiritual en el monte Kurama de Kioto.

Se trata de una forma de medicina alternativa y también de una disciplina espiritual, basada en cinco principios: no te irrites, no te preocupes, sé agradecido, trabaja con diligencia y sé amable con los demás, que estarían sacados de un libro, 'Principios de salud', escrito en 1914 por el doctor Bizan Suzuki, amigo de Usui. Los practicantes tenían que recitarlos una vez al día y basar su vida en ellos. Uno de ellos fue Chujiro Hayasi, médico y oficial de la marina japonesa, y último maestro certificado personalmente por Usui. Tras la muerte de este en 1926, funda su propia asociación, sistematizando el método y orientándolo hacia su vertiente más terapéutica, que posteriormente se expandió hasta llegar a Occidente.

Emily Rosa (LindaRosaRN - Wikipedia)
Emily Rosa (LindaRosaRN - Wikipedia)

En 1996, Emily Rosa, una niña de nueve años, demostró con un sencillo experimento que los practicantes del reiki que se han colado en la sanidad estadounidense son realmente incapaces de detectar la energía vital que dicen controlar para curar a sus pacientes: las personas que curan con las manos aseguran que lo hacen limpiando un supuesto campo energético humano pasando las manos a pocos centímetros del cuerpo. La niña se planteó averiguar si detectaban realmente algún tipo de energía o solo creían hacerlo. 21 de ellos se sometieron a su experimento.

La niña y el sanador se sentaban en una mesa, frente a frente y separados por un cartón como si fuese un biombo. En su base, dos agujeros permitían que las manos del terapeuta pasasen al otro lado, apoyadas en la mesa y con las palmas hacia arriba. La niña decidía a cara o cruz sobre cuál de las manos colocaría una de las suyas, y preguntaba al sanador en qué mano percibía el campo energético, apuntando las respuestas en un cuaderno. Los participantes acertaron el 44% de los intentos, lo cual entra dentro de lo esperable debido al azar. 

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