El lado oscuro de las 'fitness bands': pueden convertir tu entrenamiento en una pesadilla
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disfrutamos menos cuando nos monitorizamos

El lado oscuro de las 'fitness bands': pueden convertir tu entrenamiento en una pesadilla

Si controlas tu rendimiento físico, el 'running' te acabará gustando menos. Lo demuestra un estudio que ha analizado cómo monitorizarnos provoca que veamos nuestras aficiones como un trabajo más

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(Foto: Pixabay)

El elegante smartwatch Fitbit Blaze para competir con el Apple Watch midiendo nuestra actividad física, un sujetador que controla las calorías que quemamos o un cinturón inteligente que nos regaña con vibraciones cuando somos demasiados vagos son algunos de los flamantes wearables presentados en el CES de Las Vegas con la intención de conquistar nuestro cuerpo en 2016.

De acuerdo con las optimistas previsiones de IDC, el mercado de los dispositivos que llevamos encima, con Fitbit y sus famosas pulseras a la cabeza, crecerá en los próximos años. Frente a los 80 millones que se despacharon el año pasado, en 2019 la cifra de ventas casi se triplicará, alcanzado los 214 millones.

Aunque cada vez más runners monitoricen su agradable y relajante carrera matutina con un dispositivo sobre su muñeca, a no todos les acabará satisfaciendo que ese pequeño aparato descubra la relación entre sus zancadas y su condición física. De hecho, un tercio de los wearables acabará encerrado en un cajón, sin estudiar el rastro digital de sus dueños.

¿Por qué buena parte de los usuarios dispuestos a cuantificar sus hábitos de alimentación, sueño o ejercicio acaban relegando los casi siempre costosos dispositivos que tanto les habían ilusionado? Un reciente estudio de la Escuela de Negocios Fuqua de la Universidad de Duke, que se publicará esta primavera en el Journal of Consumer Research, explica cuál puede ser la causa de tal desafección: la monitorización no da la felicidad.

"Cuando las actividades se realizan en beneficio propio y solo por divertirse, las mediciones puede tener efectos perjudiciales", asegura rotundamente Jordan Etkin, autora del trabajo, a Teknautas. Aunque los apasionados del quantified self se sienten dichosos monitorizando cada aspecto de sus vidas, la mayoría de los participantes en este estudio afirmaban disfrutar menos de las actividades cuando las monitorizaban.

La frustración de convertir pasiones en números

Para demostrarnos que la cuantificación puede ser un aburrimiento, Etkin ha llevado a cabo seis experimentos en los que ha pedido a diferentes grupos, de entre 66 y 310 estudiantes, que dibujaran, anduvieran o leyeran. Curiosamente, aquellos participantes que no cuantificaban las formas que habían trazado, los pasos que habían dado o las páginas que habían leído se divertían más realizando esas actividades que los que sí tenían que llevar un registro. Sin embargo, aquellos que medían la actividad eran más productivos.

En una de las pruebas, Etkin dividió en tres grupos a 100 jóvenes participantes. Unos tenían que vigilar con cierta frecuencia su actividad física a lo largo del día con ayuda de un podómetro, mientras otros lo llevaban encima con la tapa sellada para que solo la investigadora pudiera conocer los resultados del ejercicio. El tercer grupo podía decidir si quería comprobar el número de pasos que daba con el podómetro o prefería caminar a su aire.

Los resultados demuestran que somos cotillas por naturaleza: al 71 % de los que tenían libertad de elección les picó el gusanillo de la curiosidad y supervisaron el número de pasos que habían dado. Según Etkin, estos resultados prueban que nos seduce la idea de plasmar nuestras conductas en cifras, aunque al ponerlo en práctica acabemos decepcionados con nuestra decisión.

"La gente no parece prever que monitorizar un comportamiento reducirá cuánto disfrutan de él, lo que contribuye a su preferencia por monitorizarse o analizar el feedback de su monitorización cuando está disponible", señala la investigadora.

Pese a hacerlo por gusto, aquellos que decidieron monitorizarse disfrutaron prácticamente en igual medida del acto de caminar que aquellos que tuvieron que medir su rendimiento constantemente por obligación. Al mismo tiempo, esos dos grupos se divirtieron bastante menos que los que ignoraban cuántos pasos habían dado. Además, aquellos que habían supervisado su comportamiento percibían el paseo como una obligación e incluso se sentían menos felices y satisfechos consigo mismos al final de la jornada.

¿Triunfarán los 'wearables' aburridos?

Ahora bien, si en todos los experimentos de este estudio de la Universidad de Duke monitorizar la capacidad artística, física o de lectura sí provocaba que los participantes fueran más eficientes, ¿no nos saldrá a cuenta llevar nuestra pulsera encima y mejorar nuestra condición física aunque correr se convierta en un calvario?

Para tratar de comprobar los supuestos efectos perniciosos de la monitorización, se pidió a 66 participantes de la investigación que leyeran durante ocho minutos. Aquellos que veían el número de páginas en su documento leyeron más que los que no tenían esta información (16,7 páginas frente a 14,36), pero también eran más reacios a continuar la lectura durante más tiempo.

Según el estudio, si queremos que una actividad nos resulte divertida, lo mejor sería no monitorizarla, porque acabará debilitando nuestra motivación inicial

"Como medirnos hace que las actividades divertidas se perciban como trabajo, si la medición desaparece, la gente producirá menos", admite Etkin. "Así que medirnos puede tanto aumentar como descender la productividad, dependiendo de si se utiliza continuamente o si se utiliza y después se abandona".

Según el estudio, si queremos que una actividad nos resulte divertida, tal vez lo mejor sea no monitorizarla, porque acabará debilitando nuestra motivación inicial por hacer ejercicio. "Cualquier wearable o dispositivo de cuantificación personal que ponga la atención en los resultados cuantitativos tendrá estos efectos", asegura esta profesora. Por el contrario, si caminamos teniendo en mente que nuestro objetivo es mejorar nuestra condición física, puede que conseguir nuestra meta acabe pesando más que ese descenso en nuestra diversión.

Así que comprarnos un wearable para que en 2016 el running se convierta en nuestro hobby tal vez no sea lo más adecuado. No obstante, si lo adquirimos para cumplir nuestro propósito de ponernos en forma este año (el objetivo más probable), sí puede ayudarnos. Eso sí, llevarlo encima y comprobar continuamente nuestras marcas no va a ser precisamente un camino de rosas.

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