Tauromaquia

La suerte de Jesús Rivero: ni la parálisis de su derecha evitó que fuese torero

El novillero nació con una grave limitación en su brazo diestro por una mala praxis durante el parto. El sueño de ser matador le ha hecho sorprender en los ruedos

Foto: El novillero Jesús Rivero posando para El Confidencial. (Fernando Ruso)
El novillero Jesús Rivero posando para El Confidencial. (Fernando Ruso)

Jesús nació diestro, pero es con la zurda con la que se maneja. Sus nervios del brazo derecho se desgarraron al nacer por un error médico y la consecuente parálisis le obligó a ir contra su propia naturaleza: piensa para su diestra, ejecuta con su siniestra. Esa discapacidad del 50 por ciento ha condicionado su vida, pero no ha malogrado su sueño de ser torero. Con la izquierda ya se abre paso en los ruedos.

El novillero Jesús Rivero despacha la entrevista con El Confidencial en dos tiempos. El primer encuentro con los periodistas tiene lugar durante su preparación para la final de la liguilla taurina en la que se dirime quién es el mejor de Andalucía; el segundo, un día después de su actuación, saboteada por una cogida en su primero de la tarde que le obligó a quedarse en la enfermería. La ilusión de las vísperas contrasta con la aflicción de la resaca.

Yo soy muy devoto de la Macarena y le pregunto que por qué a mí. ¿Por qué el toro me corneó al inicio de la faena? Ella tiene sus razones

“Y no es por la voltereta, o la cornada de hace un mes. Los toreros estamos para esto. Yo soy muy devoto de la Macarena y le pregunto que por qué a mí. ¿Por qué el toro me corneó al inicio de la faena? ¿Por qué no al entrar a matar, con todo ya dicho? ¿Por qué? Ella tiene sus razones. Y quizá hoy no entienda sus respuestas, pero dentro de cierto tiempo lo veré. Todo tiene un significado”, reflexiona el novillero.

—¿También le preguntas por el brazo? ¿Por qué a mí?

—Eso ya no es una pregunta. La limitación está ya asimilada, nací con ella. No conozco otra cosa. Ahora las preguntas son otras: ¿Por qué no me salen bien las cosas? ¿Por qué no me sale un contrato? ¿Por qué no me llaman?

Jesús Rivero preparándose para una becerrada de la ganadería de Los Millares, en Trigueros (Huelva). (Fernando Ruso)
Jesús Rivero preparándose para una becerrada de la ganadería de Los Millares, en Trigueros (Huelva). (Fernando Ruso)

Jesús entró por primera vez en un quirófano a los nueve meses de vida. De esa no tiene recuerdos, pero de las siguientes sí. Una a los 14, para una trasposición de los tendones de su pierna a su hombro; a los 17, para que pudiese estirar completamente el brazo, limitado a 90 grados en el codo; y la más feliz de todas: el pasado mes de agosto, en su debut como novillero con picadores. ‘Exitoso’, de la ganadería de Rocío de la Cámara, lo corneó en su glúteo derecho.

“Ojalá hubiese entrado más veces por cogidas que por el brazo, porque la última vez que entré en quirófano iba feliz”, insiste el novillero.

Jesús nació torero

Cuenta Jesús que fue su abuelo materno, Felipe, quien sembró en él su afición a la tauromaquia. El hoy novillero recuerda las tardes de sofá, tele y corrida. También la de veces que iban juntos a los hoteles para ver la salida de las cuadrillas camino a la plaza.

Rivero saludando al novillero Emilio Silvera. (Fernando Ruso)
Rivero saludando al novillero Emilio Silvera. (Fernando Ruso)

Desde niño dice que quiere ser torero”, asegura su tío Fernando, que ejerce de mozo de espadas. “Salíamos de los toros y el niño iba dándole pases a todo aquel que se encontrase por el camino”, recuerda. “En la playa no jugaba a la pelota, me pedía que le diese una toalla y que le hiciese de toro”, añade quien lo acompaña hoy allá a donde va.

Para la familia, la afición al toro sirvió de acicate para que Jesús ganase movilidad en su limitado brazo derecho. Su abuelo, albañil de profesión y torero frustrado, lo inscribió con siete años en la Escuela de Tauromaquia de San Fernando sin mayor pretensión que esa.

“El toro me ha hecho ser la persona que soy. También me ha dado movilidad en el brazo, porque me he exigido para recuperarme. Me he pedido más esfuerzos para poder torear a pesar de la limitación del brazo. Y he ganado mucho físicamente”, reconoce el novillero.

El novillero Jesús Rivero posando para El Confidencial. (Fernando Ruso)
El novillero Jesús Rivero posando para El Confidencial. (Fernando Ruso)

Rivero es hoy un novillero espigado. Se mueve con soltura en el callejón, sin quitar ojo al animal. Como escudriñándolo. Ya en el albero mueve el capote con ambas manos gracias a un sistema de agujeros por los que mete los dedos de su derecha. “En un tentadero le regalaron un capote viejo y agujereado, al cogerlo él vio que si metía por ahí los dedos podía lancear. Poco a poco, con mucho trabajo, fue perfeccionando la técnica. Gracias a las operaciones ha ido cogiendo más fuerza en su derecha y ahora es capaz”, detalla su mozo de espadas.

Disipando dudas con la muleta

Su técnica llama la atención de los expectantes ‘tapias’, torerillos que acuden a los tentaderos para ganarse el favor de los ganaderos y poder darles varias tandas a las becerras. Hasta no hace mucho, Rivero fue uno de ellos. Se ponía en los arcenes de la carretera confiando que alguien lo llevase a tentar. “Muchas veces se venía sin dar ni un pase”, recuerda su tío. Pero ahora el joven tiene otro estatus.

Muchos en su entorno son los que piensan que Jesús jamás habría sido torero sin su discapacidad en el brazo derecho

—¿Alguna vez te dijeron que tú no podrías ser torero?

—Todo eran dudas. Yo iba al campo a darle muletazos a las becerras, pero no es lo mismo el campo que una plaza, en la que hay público y mucha exigencia. El maestro tuvo muchas dudas, pero un día le dije que se las quitaría yo con la espada y la muleta, que es con lo que hablamos los toreros. Y gracias a Dios le quité las dudas y he toreado ya hasta treinta novilladas.

Muchos en su entorno son los que piensan que Jesús jamás habría sido torero sin su discapacidad en el brazo derecho. “Lo ha hecho ser fuerte, muy fuerte. Porque si lo han derribado veinte veces él se ha levantado treinta”, sostiene su mozo de espadas. “Yo le insistía siempre en lo mismo: si quieres ser torero, lucha”, recuerda su tío.

El último en echarlo al suelo fue Canastero, un bicho de buenas hechuras del que no sacaron ni la tablilla del peso. “Pesaría más de 500, eso seguro”, valora el novillero, que rumia la cogida que lo llevó a la enfermería con una costilla rota el pasado domingo. Los médicos le prohibieron volver al ruedo. “Eso es lo que duele, el haberme fallado. Yo necesitaba salir y ponerme delante del otro toro”, lamenta.

Foto: Fernando Ruso
Foto: Fernando Ruso

—¿En qué piensa cuando se está en el albero con un toro acechándote?

—En levantarse rápido. [Ríe]. Me dolía muchísimo la espalda y me faltaba el aire. No era capaz de respirar. Levantarme, sobreponerme a lo que venga, siempre ha sido algo instintivo en mí. Cuando te ves en el suelo recuerdas las horas de fisioterapia, el trabajo que he hecho para darle movilidad al brazo… Ahí sacas la raza.

Cuando se quita el traje de luces, Jesús es un chaval como cualquier otro de 24 años. Estudió el grado medio de Gestión y Administración y oposita a Tramitación Procesal y Auxilio Judicial. Asume que si no llega a ser torero cogerá con más ganas los libros para labrarse el porvenir. “No se me caen los anillos —advierte el novillero—, he trabajado en inmobiliarias, en empresas de etiquetado electrónico, en grandes almacenes… y voy a hacer lo que sea para sacar mi vida adelante y ayudar a mi madre, que nos ha sacado adelante trabajando en un supermercado. Ojalá sea en el mundo del toro”.

Rivero, calentando con el capote, en los momentos previos a la becerrada. (F. Ruso)
Rivero, calentando con el capote, en los momentos previos a la becerrada. (F. Ruso)

Una vida de sacrificios

Defiende Rivero que él no eligió ser torero, que la profesión lo eligió a él. Que no sabe vivir de otra manera y que es en el ruedo donde él logra expresarse. Sujeto pasivo de su propia vida, enumera los sacrificios que ha hecho para llegar hasta donde está. Su juventud, las salidas del viernes por la noche, el centrarse en los estudios. Todas las vidas posibles. “Y no me pesa, porque es lo que mi cuerpo y mi alma me han pedido”, sentencia el novillero, que mantiene un tono reflexivo durante la conversación.

De él dicen que es una persona muy seria, que marca las distancias. Seco. Él responde que la vida lo ha hecho ser una persona dura, también en la plaza. “En el ruedo, el torero posee a la persona, porque adquiere un compromiso con la profesión que le obliga a cambiar su actitud. El que se viste de vaqueros y camisa no es el mismo que el que se viste de torero por la tarde”, revela.

El novillero, natural de San Fernando, Cádiz, sujetando la muleta con los dedos de su mano derecha. (F. Ruso)
El novillero, natural de San Fernando, Cádiz, sujetando la muleta con los dedos de su mano derecha. (F. Ruso)

¿La limitación en el brazo derecho te ha hecho ser un torero diferente?

—Sí. De cara al escaparate, puedo parecer diferente. Mato con la mano izquierda. Cojo los trastos de una forma diferente a los demás. Pero un torero es un toreo y el toro pasa por donde mismo.

(F.Ruso)
(F.Ruso)

A Rivero no le gusta que su limitación en el brazo robe protagonismo al novillero que es. “Cuando me veían de tapia a la gente le sorprendía. Cogía los trastos con la izquierda. Llamaba la atención. Luego comprobaban que era un chaval que solo quería ser torero y que arreaba como el que más”, recuerda.

¿Quién es más cruel: el toro o la gente?

—La gente. El toro es agradecido.

¿Con qué sueñas?

—Con ser feliz toreando. No pido más. Ya sea como profesional o toreando para mí. Torear me da felicidad. Si yo no llego, será por la gente. Muchos ponen la limitación del brazo por delante del torero. Luego le doy treinta muletazos al toro y ya se olvidan.

¿Hay algo que duela más que una cornada?

—Lo que más me duele es que la gente tenga dudas hacia mí. Eso duele muchísimo. Las cornadas se cierran, pero las dudas no.

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