DOCTOR JOSÉ LUIS MADRID ARIAS

“En 1966 me dijeron que una Unidad del Dolor en España no tenía porvenir"

El doctor Madrid Arias creó la primera unidad en un hospital público que trataba el dolor crónico de los pacientes. Lo hizo gracias a su empeño personal; las autoridades se opusieron

Foto: El doctor José Luis Madrid Arias. (Foto: Jorge Álvaro)
El doctor José Luis Madrid Arias. (Foto: Jorge Álvaro)

Desapercibida entre varios chalés de la zona norte de Madrid, asentados a la sombra de las torres Kío, se esconde una casa con paredes blancas donde vive alguien que tiene muchas batallas que contar. Con 87 años muestra sorpresa porque alguien quiera escuchar su vida. Pero José Luis no tiene una vida al uso; sus actos nos han hecho la vida menos dolorosa. Este doctor retirado de la medicina hace 17 años, en cuya bata se podía leer Dr. Madrid Arias, puso en marcha la primera Unidad del Dolor en nuestro país hace 43 años. La suya es una vida de empeño, constancia, investigación y dedicación a los demás.

Nos recibe en su casa, con un perro guardián y un gato curioso. Hay saludos, pero no preguntas. No importa, él empieza a relatar una historia que nos retrotrae a 1959, cuando se marchó a EEUU a estudiar su especialidad, anestesiología. 

A finales de los años 50 en España solo se aplicaba la anestesia general, no existía la local. Eran tiempos donde los afortunados se iban a estudiar a Francia, pero Madrid Arias fue más allá y cruzó el charco para plantarse en el continente americano. Estando allí decidió mandar en 1963 una carta a John Bonica, que trabajaba en el estado de Washington, para poder aprender de él la técnica de la anestesia local. Bonica tampoco es un cualquiera, es el creador de la primera unidad del dolor en EEUU en 1960.

El doctor Madrid Arias (primero por la derecha) junto a los compañeros de equipo en EEUU. (EC)
El doctor Madrid Arias (primero por la derecha) junto a los compañeros de equipo en EEUU. (EC)

Tres años estuvo trabajando con esta eminencia que experimentó con su mujer la primera epidural. “Fue Bonica quien me animó a volver a mi país, a que propagara esto de la unidad del dolor, que seguramente tendría éxito. Me dijo que si no, volviera a EEUU porque tenía sitio para mí”, cuenta el protagonista.

Nunca regresó aunque en España se chocara con un muro de piedra. “Cuando llegué, fui a ver a la eminencia de la anestesiología en España (se niega a dar su nombre), con una carta de recomendación de Bonica. Cuando la leyó me dijo: ‘Lo mejor es que te vuelvas a EEUU porque aquí no vas a tener porvenir’. Se me cayó el alma a los pies. Ni Bonica se lo podía creer”. 

Pero no cejó en su empeño y con una plaza en la Fundación Jiménez Díaz, “el único sitio donde enseñaban medicina moderna”, empezó a tratar pacientes con dolores crónicos fuera de sus horas de quirófano como anestesista. En 1968 atendió a 52 personas; en el 72 ya eran 214. Su técnica para aliviar el sufrimiento entonces era la anestesia regional, bloquear los nervios. Sus primeros pacientes, enfermos de cáncer. “El dolor crónico no tiene ninguna función. El agudo te avisa de que algo va mal, como un dolor de muelas, pero el crónico solo martiriza, empobrece, frustra, hace miserable a la persona”.

Grabación de los primeros experimentos con pacientes. (EC)
Grabación de los primeros experimentos con pacientes. (EC)

Su gran oportunidad llegó en 1973, cuando le nombraron jefe de servicio del Primero de Octubre (el actual Doce de Octubre) y tuvo potestad para hacer y deshacer. “Allí ya tenía autoridad para organizarlo a mi manera, así que organicé una unidad del dolor que era lo que yo sabía hacer”. Entendió desde el principio que necesitaba la ayuda de más profesionales, que el dolor no es cosa de uno, y por allí pasaron traumatólogos, fisiólogos… “A un enfermo hay que mirarle en su conjunto, incluso desde el punto de vista psicológico”.

A pesar de que el doctor Madrid Arias ya trataba pacientes por su cuenta en el hospital, no fue hasta 1981 -casi 20 años después de EEUU- cuando la entonces Dirección General del Insalud decidió crear la Unidad para el Estudio y Tratamiento del Dolor, dotada con espacio propio y tres médicos con dedicación completa. Por allí pasaron muchas personalidades: “Políticos, familia real, banqueros, periodistas importantes, gobernadores…Cuando ven que algo funciona, te consultan”, pero su secreto profesional está por encima de facilitar algún nombre. Pasaban por las mismas dependencias que el resto de los mortales porque siempre se negó a tener una consulta privada. Y desde entonces, hasta ahora, han florecido 181 unidades por todo el país, incluida una dedicada exclusivamente a niños.

España, su piedra en el camino

Existe una relación de amor-odio entre el doctor Madrid Arias y España. No olvida las dificultades que le pusieron en nuestro país para crear estas unidades. Tampoco que en 1984 en el Senado y en 1988 en el Congreso se presentaran dos mociones por parte de dos doctores para crear estas unidades en hospitales públicos y fueran rechazadas. “Es la ignorancia, la ceguera de este puñetero país. Es tan cerrado que no hay manera”, escupe enfadado el doctor. “Es un país poco dado a facilitar las cosas, pone muchos impedimentos. Cuando alguien viene de fuera se le mira como ‘¿este qué se creerá?’”. Critica también los recursos con los que se dota hoy estas dependencias. “Entra mucha gente sin formación apenas, con la idea de que dar pastillas es lo ideal y creo que, desde el punto de vista universitario, se tendría que estructurar mejor, como especialidad, por ejemplo”.

José Luis Madrid junto a su perro y su gato. (Foto: Jorge Álvaro)
José Luis Madrid junto a su perro y su gato. (Foto: Jorge Álvaro)

Confía en que la única manera de aliviar el dolor crónico se debe basar en los fármacos bien administrados, aunque reconoce que no ha tenido oportunidad de investigar con otras técnicas, como la marihuana. Lo que sí rechaza tajantemente es la eutanasia como forma de terminar con el sufrimiento de un paciente. “Estoy a favor de darle a una persona los medios para quitarle el dolor hasta que se muera, hasta que se vaya poco a poco. Es una decisión muy personal pero creo que un médico no debe estar de acuerdo con esto”. Plantearle el caso de la niña de 12 años que reabrió el caso de la eutanasia infantil le hace pensar. Medita unos segundos y reconoce que no sabría qué haría en esa situación. “De entrada, fríamente, no lo haría”.

Tras 17 años retirado, hace balance; su trabajo siempre le ha reportado satisfacciones, “es una actividad desesperante a veces, pero gratificante cuando alivias a las personas”. Ha aprendido que el dolor no entiende de clases, dinero, religión, edad pero aún no entiende ni sabe para qué sirve el sufrimiento. “No sé por qué la naturaleza nos ha dado este dolor crónico que no sirve para nada, que amarga a la persona”, reflexiona.

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