Por qué el pragmatismo alemán hacia Rusia tiene todas las de perder sin Merkel
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EUROPEAN COUNCIL ON FOREIGN RELATIONS

Por qué el pragmatismo alemán hacia Rusia tiene todas las de perder sin Merkel

El fracaso de la visita de Borrell a Moscú tan solo demostró una dinámica común entre algunas élites políticas europeas. Pero el pensamiento ingenuo también se produce en Berlín

placeholder Foto: Angela Merkel. (Reuters)
Angela Merkel. (Reuters)

Durante años, tanto Alemania en general como Angela Merkel en particular fueron la base de la política europea respecto a las sanciones contra Rusia. Sin embargo, lo que ha ocurrido en las últimas semanas demuestra la inconsistencia de la postura de las élites alemanas y augura momentos complicados para Berlín una vez que la canciller abandone su puesto.

Poco después de que Armin Laschet fuera elegido como el nuevo líder de la CDU -y, por tanto, convertirse en el sucesor más probable de Merkel- surgió el debate sobre su política exterior. Algunas de las declaraciones en el pasado de Laschet indican cierta simpatía por los regímenes de Putin y Assad y por su política exterior. Además, ha criticado con dureza a Estados Unidos y Reino Unido y defendido el gasoducto del Nord Stream 2. Su simpatía por Francia crea preocupación en el este de Europa, donde Alemania es vista como un contrapeso a París y, sobre todo, a los intentos del presidente Emmanuel Macron de hablar con Moscú. La política exterior jugó un rol residual en la campaña de la CDU, por lo que solo se empezó a hablar de las ideas de Laschet después de ganar las primarias.

Laschet ha tratado de limpiar su imagen criticando al gobierno ruso por encarcelar al líder opositor Alexei Navalni. Sin embargo, la pregunta es si su posición ideológica acabará afectando o no a su política exterior en el caso de que sea canciller. Lo que se sabe de sus prioridades políticas es que dará más importancia a los trabajos y a la economía y mirará a la política exterior como un medio para conseguir un crecimiento doméstico más robusto. Durante décadas, la política exterior alemana ha estado plagada de fracasos a la hora de solucionar los problemas en seguridad en temas como el comercio o las inversiones con Rusia y China, así como los déficits en áreas como la defensa, la contrainteligencia o la supervisión financiera, como se ha visto en el escándalo de Wirecard. Es poco probable que Laschet cambie las cosas para mejor.

Foto: El alto representante junto al ministro ruso de Asuntos Exteriores, Sergei Lavrov. (EFE)

Ha habido grandes errores en la visión alemana sobre Rusia. Las peticiones de Berlín para ampliar las conversaciones con Moscú, que han llegado cada vez que Rusia hacía algo, siempre han ignorado el hecho de que ya existe el diálogo entre el Kremlin y los líderes europeos. El problema es que este diálogo no produce resultados. Una pequeña minoría de diputados alemanes, que apoyan ampliar las sanciones y disuasión militar no piden que se acabe el diálogo como tal, sino que seamos conscientes de que una mayor presión en Moscú señalaría que los europeos se toman en serio a sí mismos. Solo entonces se podrá avanzar en otros temas.

A veces los alemanes, junto a los franceses y a otros europeos occidentales, tratan de buscar posibilidades de “compromiso selectivo” y cooperación con Moscú en áreas donde haya un “interés común”. Sin embargo, malinterpretan el deseo del Kremlin para cooperar en temas que solo le importan a la Unión Europea, ya sean mejorando la seguridad europea o implementando la política climática. Además, Europa carece de poder transaccional sobre Moscú. Por razones económicas, la UE no considera imponer sanciones duras a los rusos. Además, desde un punto de vista militar Europa es débil y la inteligencia y contrainteligencia europea no son ningúna amenaza para las operaciones encubiertas en Europa o en su vecindario. Por último, la política exterior común europea es tan débil que es fácilmente desmantelada por la fuerza militar. En otras palabras, la UE no tiene nada que ofrecer ni nada con qué amenazar. ¿Por qué debería escuchar el Kremlin?

Josep Borrell, el alto representante de la UE para política exterior y seguridad, viajó hace unos días a Moscú para explorar qué opciones había en el campo de cooperación selectiva. No sorprendió a nadie ver que volvió con las manos vacías. Peor aún: Borrell fue humillado por la decisión rusa de expulsar a los diplomáticos de Alemania, Polonia y Suecia durante visita, para reforzar el punto de que los asuntos internos de Moscú no son asunto de la UE. La visita de Borrell no fue un fracaso por una mala diplomacia o por la falta de preparación del alto representante - como algunos han dejado caer - sino porque el mandato del viaje estaba basado en una interpretación errónea: que Rusia tendría algún interés en alinearse con las estructuras y las normas europeas. El fracaso de la visita desencadenará otra ronda de discusiones sobre cómo debemos tratar con Moscú. Berlín no tiene ningún interés en repeensar su asunción de que puede mejorar las relaciones entre Rusia y Europa desde una posición de debilidad y apostarlo todo a los beneficios a largo plazo de los lazos económicos. Pero este enfoque es cada vez más inexistente en Europa.

El rápido desmantelamiento de la política rusa de Merkel en su partido puede sorprender a algunos extranjeros. Después de todo, ella defendió fervientemente las sanciones en el Consejo Europeo y rechazó las peticiones de otros países de fortalecer los lazos económicos con Moscú. Pero las cosas se ven distintas desde casa. En los últimos 16 años, Merkel ha centralizado todas las decisiones importantes de política exterior en la cancilleria. Desafortunadamente, Merkel ha dado la espalda a cualquier rival intelectualmente capaz en su propio partido. Y su indiferencia personal hacia temas de seguridad y defensa no ha ayudado a desarrollar un consenso doméstico sobre cómo tratar con Moscú a la hora de proteger la seguridad europea.

Foto: El Alto Representante de la Unión para Política Exterior y de Seguridad, Josep Borrell, durante su intervención en la Eurocámara.

Por lo tanto, el debate alemán sobre Rusia y la seguridad europea volverán al estado en el que se encontraban en 2005, infravalorando el ritmo al que el mundo ha cambiado. Cuando Laschet se describe a sí mismo como un “pragmático”, acierta si lo hace en los términos contemporáneos alemanes: quiere encontrar un mínimo terreno común para un compromismo beneficioso a ambas partes. Sin embargo, este “pragmatismo” apenas funcionará con potencias que piensan en términos de coerción y dominación, listas para convertir en armas todo tipo de herramientas. El “pragmatismo” ya fracasó en el pasado y está destinado a fracasar en el futuro.

Mientras tanto, muchos en la comunidad de expertos y en la prensa internacional ponen sus esperanzas en el ascenso del Partido Verde Alemán, cuya agenda en política exterior está más en línea con sus expectativas. Sin embargo, es demasiado pronto como para anticipar un profundo cambio en la política exterior alemana. Mientras el sistema de partidos alemán experimenta una transformación completa nadie debería infravalorar la persistencia del “pragmatismo” en todos los partidos dentro del aparato burocrático.

Los temas de política exterior solo jugarán un pequeño rol durante las elecciones y las negociaciones de las coaliciones. Pese a que la política exterior importa dentro de la burbuja de expertos, no es relevante en la competición política. Al final de la jornada, cualquier gobierno en coalición encontrará compromisos en el mínimo común demoninador, aquel que es poco probable que satisfaga a cualquiera de los dos. En ese sentido, lo único que parece predecible en Alemania es que, después de Merkel, el país será menos estable en su política exterior y, por ende, se podrá confiar menos en ellos.

*Análisis publicado en el European Council on Foreign Relations por Gustav Gressel y titulado 'Dead-end pragmatism: Germany's Russia strategy after Merkel'

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