Capítulo final del Brexit: la hora de las apuestas políticas para cerrar el acuerdo
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POCO MÁS DE UN MES

Capítulo final del Brexit: la hora de las apuestas políticas para cerrar el acuerdo

La negociación técnica ha llegado a su límite de acción y todo está pendiente ya de las decisiones políticas referidas a la gobernanza del acuerdo, la pesca y la igualdad de condiciones

Foto: Banderas del Reino Unido y de la Unión Europea. (Reuters)
Banderas del Reino Unido y de la Unión Europea. (Reuters)

Durante décadas ha habido un modo de negociación típico de Bruselas que ha funcionado no libre de críticas: la negociación “a la europea”, la que apura hasta la última madrugada para acabar cerrando un pacto en el último momento cuando parecía que todo estaba a punto de desmoronarse. Muchos esperan que esa sea la coreografía final cuando se alcance por fin un pacto comercial entre la Unión Europea y el Reino Unido, que continúan sin cerrar un acuerdo a poco más de un mes de que finalice el periodo transitorio, el 31 de diciembre de 2020.

El tiempo se agota y los equipos técnicos han hecho su trabajo completando prácticamente todos los detalles del texto legal. Queda el truco final, el último capítulo, que es completamente político. Está todo atado, pero en Bruselas se espera que Boris Johnson, primer ministro británico, dé un paso adelante político que permita avanzar en los asuntos que desbloquearán el acuerdo. Porque hay tres puntos que siguen impidiendo un acuerdo total y son los que ya se preveían en febrero de 2020: la gobernanza del acuerdo, pesca y el ‘level-playing field’ o igualdad de condiciones.

En Bruselas la coreografía parece clara: Johnson debe ceder en materia de igualdad de condiciones y en la gobernanza del acuerdo, en donde la Unión Europea ha ofrecido ya algunas cesiones, pero siendo estos el corazón del mandato negociador europeo, y, a cambio, los Veintisiete ofrecerán a Londres cesiones en materia de pesca que al primer ministro británico le vendrían bien para las circunscripciones pesqueras, que votaron mayoritariamente por el Brexit y siguen convencidas de su decisión, siendo así un granero de votos que el Partido Conservador no puede perder.

Foto: Shanker Singham. (Reuters)

El acuerdo está cerca, pero no significa que esté todo acordado. Michel Barnier, negociador jefe de la Comisión Europea, explicó esta semana que todavía hay diferencias “fundamentales” entre ambos lados. Pero, precisamente, esas diferencias solo podrán salvarse si hay un impulso político que permita acercar posturas.

Presionar con el reloj

Durante muchos meses la estrategia de negociación a nivel político consistió en jugar con el tiempo. Hacer ver a la otra parte que se está dispuesto a una salida sin acuerdo, y esperar que la presión del tiempo y la visión del precipicio hagan el resto. Pero el tiempo apremia. El Reino Unido y la Unión Europea han ido creando fechas límites que una y otra vez se han saltado para seguir conversando. Sin embargo, hay una fecha límite que no se moverá, como explicaba recientemente Valdis Dombrovskis, vicepresidente ejecutivo de la Comisión Europea a cargo de Comercio, la del 31 de diciembre de 2020.

El lado británico esperaba que el proceso de ratificación del acuerdo pudiera hacer que la UE se diera más prisa en cerrar el pacto y se abriera así a hacer cesiones. Porque ese proceso sería lento: un texto de 600 páginas junto a sus anexos tendría que ser traducido a 23 lenguas oficiales, pasar por las 11 comisiones del Parlamento Europeo que quieren revisarlo y ser aprobado en el Pleno de la Eurocámara, cuya última sesión se celebra en la semana del 14 de diciembre. Un calendario endiablado.

Los diplomáticos ya discuten vías para quitarse de encima la presión temporal y permitir al equipo liderado por Michel Barnier negociar sin mirar demasiado de reojo al reloj. Y eso se podría hacer poniendo en marcha el acuerdo de forma provisional, lo que permitiría al Parlamento Europeo votar ya en 2021. Existen algunos problemas y dudas técnicas al respecto, especialmente en lo que se refiere a la naturaleza mixta de algunas partes del acuerdo, pero se busca una solución que permita su puesta en marcha provisional de la manera más rápida posible. También se baraja la posibilidad de un voto exprés en la Eurocámara justo a finales de año, incluso convocando un Pleno extraordinario para votar tan tarde como el 28 de diciembre.

Foto: El primer ministro británico, Boris Johnson. (EFE)

Pero desde Bruselas existe la firme decisión de quitarse de encima la presión del tiempo. No es del todo una novedad: las fuentes de la negociación europea siempre han asegurado que negociarían hasta el último minuto si fuera necesario. Incluso más allá de sus fechas autoimpuestas. Una vez liberados de esa presión, la UE considera que prácticamente ha devuelto la última bola al campo británico. Lo que queda es pura política y debe ser el primer ministro del Reino Unido el que decida cómo quiere proceder.

Lo normal sería que esa pirueta política se dejara para un encuentro cara a cara con Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, y quizás también con otros líderes europeos. Micheal Martin, primer ministro irlandés, ha explicado que ya todo depende de la “voluntad política”, pero ha explicado que espera que se pueda alcanzar un acuerdo a finales de esta misma semana, un rumor que ya circuló durante la semana pasada. En todo caso, en Bruselas insisten: no tiene sentido centrarse en la “coreografía” de un posible acuerdo, en cómo proceder supuestamente, porque todavía no hay ningún acuerdo que escenificar. Y eso es lo importante.

Batalla doméstica

En negociaciones de tal envergadura, la voluntad política es la que da finalmente impulso a las cuestiones técnicas. Pero, en este sentido, desde el inicio del Brexit el discurso más complicado que ha tenido que preparar siempre el inquilino de Downing Street nunca ha sido el dirigido a Bruselas, sino a sus propias filas. La batalla real siempre estuvo en casa. Ocurrió con Theresa May y está ocurriendo de la misma manera ahora con Boris Johnson. En la superficie, con una mayoría absoluta de 80 escaños en la Cámara de los Comunes, la situación del actual líder conservador en nada se parece a la de su antecesora. Pero, bajo el agua, la formación está más dividida ahora si cabe y la autoridad del primer ministro ha quedado completamente hundida por su gestión ante la pandemia.

En los tiempos de May, había un único grupo de rebeldes, el ERG, que aglutinaba al núcleo duro de 'tories' euroescépticos. En la actualidad, en la formación hay un grupo de presión para prácticamente cada política: los que no quieren alargar las restricciones sociales en pandemia para no dañar más la economía, los que velan por la unidad del país ante el auge independentista escocés, los que quieren marcar distancia con China, los que defienden los intereses del norte de Inglaterra, cuyo electorado abandonó al laborismo en las generales de 2019 por primera vez desde la II Guerra Mundial para asegurarse el divorcio con el bloque… En los últimos meses, de una u otra manera, cada grupo ha humillado a Johnson en Westminster amenazando con rebelión.

Boris Johnson y Theresa May. (Reuters)
Boris Johnson y Theresa May. (Reuters)

Por lo tanto, aunque de puertas para fuera el 'premier' pueda parecer un excéntrico político que disfruta lanzando órdagos a Bruselas, de puertas para dentro no es libre, ni mucho menos. Y los populistas pueden tomar caminos de lo más insospechados cuando se ven acorralados. Aunque en Londres se respira optimismo, el líder 'tory' sigue defendiendo ante los suyos que la posibilidad de un no acuerdo aún sigue encima de la mesa porque no está dispuesto a cerrar pacto a cualquier precio.

El recordatorio es ahora más importante que nunca porque, tras la abrupta salida de Downing Street del oscuro Dominic Cummings —cerebro de la campaña del Brexit—, hay preocupación entre las filas de que Johnson esté dispuesto ahora a realizar grandes concesiones. El sistema electoral británico no funciona a base de listas. Los diputados se deben a sus distritos. Y los nuevos 'tories' del llamado Muro Rojo del norte de Inglaterra están recibiendo estos días varias llamadas de parroquianos preocupados por lo que pueda pasar de aquí al 31 de diciembre, cuando termina el periodo de transición.

En este sentido, entre las filas conservadoras ha creado gran malestar que el Gobierno haya pagado silenciosamente la factura de mil millones de libras que Bruselas mandó el pasado 31 de enero. El día en el que el Reino Unido salió oficialmente del bloque, la Comisión Europea explicó que se había tenido que recalcular la contribución al presupuesto 2019-2020 de cada estado miembro y que al Reino Unido le tocaban mil millones de libras más de lo previsto.

Foto: El ex consejero del Primer Ministro británico Dominic Cummings sale del nº10 de Downing Street. (Reuters)

Los 'tories' sin cartera habían pedido que el pago quedara condicionado a una conclusión exitosa de las negociaciones comerciales. Pero esta semana ha salido a la luz que Downing Street decidió pagarla en verano sin hacer ruido para eliminar un potencial obstáculo en las conversaciones.

En cualquier caso, en los medios y en el debate en Westminster es como si el país no estuviera a punto de finalizar casi cinco décadas de relación con la UE. El foco de atención está puesto en la pandemia y la “Revisión de la Estrategia de Gasto” que este miércoles presenta el Chancellor, Rishi Sunak, en la Cámara de los Comunes.

Se trata de la hoja de ruta para los próximos años. Y, de alguna manera, Johnson se la juega ante las próximas generales porque quedará patente hasta qué punto está comprometido con su gran promesa del 'levelling up', es decir, equilibrar norte y sur, o en otras palabras, garantizar a los que fueran históricos distritos laboristas que va a cuidar de ellos generando empleo y oportunidades.

El apoyo del llamado Muro Rojo fue clave para que Johnson consiguiera mayoría absoluta en las generales de 2019. Pero estos distritos al norte de Inglaterra, sumamente euroescépticos, son los que más están padeciendo los efectos de la pandemia y de los que más sufrirían si finalmente no hay pacto comercial con la UE.

El Chancellor insiste en que, aunque es preferible cerrar convenio, no será “a cualquier precio”. Y, además, considera que el coronavirus tendría un impacto mucho mayor en la economía del Reino Unido que una salida sin acuerdo que obligara a relacionarse con el bloque bajo las pautas de la Organización Mundial del Comercio (OMC), lo que supone cuotas y aranceles.

Dominic Cummings. (Reuters)
Dominic Cummings. (Reuters)

Sin embargo, el gobernador del Banco de Inglaterra, Andrew Bailey, discrepa y advierte que el costo económico de un Brexit duro sería mayor a largo plazo que el daño causado por el Covid-19. Las consecuencias de la pandemia y las medidas del confinamiento ya han llevado al Reino Unido a la recesión más profunda registrada en la historia reciente, con una caída del 20% del PIB en el segundo trimestre.

Con la economía bajo continua presión ante la segunda ola del coronavirus, el Banco de Inglaterra estima que la pandemia causará cicatrices persistentes a largo plazo, con una producción económica total aproximadamente un 1,75% más baja de lo que hubiera sido a finales de 2023. Un Brexit sin acuerdo comercial no causaría a corto plazo tanto daño como el infligido por la pandemia a principios de este año. Sin embargo, el modelo de la reputada London School of Economics estima que el PIB del Reino Unido crecerá un 8% menos de lo que lo haría en caso de permanecer en la Unión Europea.

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